Condición de espina

Arrecia el viento anunciando el temporal de lo que no habita el desierto; arremolina con su fuerza levantando la hojarasca en el ulular de la barbarie; todo equivoca su sitio en la desfachatez de su fugacidad: lo inanimado conoce por unos segundos el traspié del volador y surca el aire como velero sobre sueño de plata […]

Texto de 17/01/17

Arrecia el viento anunciando el temporal de lo que no habita el desierto; arremolina con su fuerza levantando la hojarasca en el ulular de la barbarie; todo equivoca su sitio en la desfachatez de su fugacidad: lo inanimado conoce por unos segundos el traspié del volador y surca el aire como velero sobre sueño de plata […]

Arrecia el viento anunciando el temporal de lo que no habita el desierto; arremolina con su fuerza levantando la hojarasca en el ulular de la barbarie; todo equivoca su sitio en la desfachatez de su fugacidad: lo inanimado conoce por unos segundos el traspié del volador y surca el aire como velero sobre sueño de plata hasta dar con la dureza del piso. Hoy los vientos me trajeron a la terraza un sombrero de paja para recordar los días resguardados en secreto, esos veranos en el mar donde el sol adormecía en su reflejo y el agua en su chapoteo irradiaba el fulgor esmeralda de su profundidad, cómo olvidar el sabor salado en los labios y el juego atesorado de las horas que transcurrían en el descubrir lo vivo, ese cangrejo color arena subiendo y bajando de las manos, o el camarón escondido entre las piedras del estero, o el puente de tablones de madera por el que se llegaba al pueblo, las calles de tierra apisonada, los papayos, los cocoteros…, miríada pronta a perder su paraíso, pero no por ello la infancia, ese tiempo sin tiempo donde el claroscuro siempre hace su marca.

Te leía a Salgari, y juramos, tantas veces como tantas páginas cruzamos, que huiríamos a la India en busca de Mompracem; pero al paso de los años las selvas se nos confundieron en su inigualable esplendor, como debía de ser, porque hay cosas que así deben de ser. Tu risa de viento, tu pelo ensortijado por el viento, todos nuestros cuerpos envueltos por el viento y el mar encrespado de olas irisadas por el viento. ¿Cómo saber que esos momentos de altozano serían luego la cuña que haría mella? De nada sirven las claves que se aprendieron para distinguir si habría de entrar el norte o si la lluvia abrazaría la sierra y bajaría por los montes arrastrando consigo los cuerpos de los animales muertos por su coda, si quedarían o no entre las raíces; de nada sirve saber dónde anclar o cuándo detenerse ante el olor del “huele de noche”… Minucias, porque en este cielo de ciudad, la noche no es cobijo de estrellas.

Arrecia el viento y me trae un sombrero; no soy capaz de salir a por él, ni probarlo ni testarlo, me gusta verlo desde mi silla en testimonial de lo que no adivino y habrá de venir, porque desconozco esta lengua irredenta de calle, de piedra agreste alzada en edificio infame, de fiera aquejada por una sed ingénita, y menos sé la causa por la que su vuelo ha cedido al cobijo de la terraza. Lo cierto es que tampoco sé cómo volver al párrafo donde Salgari describía al tigre arrancando la cabeza de la presa en huida. Aún escucho el rumor del agua, aquí, a pesar de la distancia.

Lo perdido siempre tiene condición de espina, y el viento, termina siendo un siroco enloquecido que arrastra consigo lo preciado. Se nos han muerto las orquídeas, el padre y algunos amigos, pero no lo entrañable, eso se ha aferrado hacia adentro con la fuerza inusitada del gravitar, y nos ha enseñado con su peso a mantener el sino de la verticalidad: si se ha de morir que siempre sea de pie, que el infortunio nunca lleve a caer de rodillas. ¿Recuerdas Los fusilamientos de la Moncloa de Goya? De pie, como los árboles, hacia lo alto.

Tantas confesiones hirsutas hechas con las manitas llenas de arena, a la par de brincar las olas, debieron de provocar extrañeza en quien no supiera que veníamos de lo roto.

Tanto tiempo desde entonces y todavía no canta el sereno.

El miedo queda. Y ahora enciendo veladoras para ahuyentar las sombras que me anublan con su azul, sombras que me acechan cuando pienso en la muerte de los que quedaron atrás; el miedo de no vivir del todo y el miedo de haber vivido ya lo irremediable. ~

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MARIANA BERNÁRDEZ es poeta y ensayista. Su libro más reciente es Dolores Castro: crecer entre ruinas (DGP/UAM, Ediciones del Lirio y Gobierno del Estado de México: FOEM/CEAPE, 2015).

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