Atractores extraños: Walter Benjamin, lector del futuro

Fiel a su propia historia de investigador independiente, apartado de la academia y con intereses más bien oblicuos y variopintos, además de buen frecuentador de los puestos callejeros y de las transacciones informales como correspondería al hijo de un anticuario, Walter Benjamin articula sus reflexiones sobre el coleccionismo desde la perspectiva del mero aficionado, aquel […]

Texto de 22/05/18

Fiel a su propia historia de investigador independiente, apartado de la academia y con intereses más bien oblicuos y variopintos, además de buen frecuentador de los puestos callejeros y de las transacciones informales como correspondería al hijo de un anticuario, Walter Benjamin articula sus reflexiones sobre el coleccionismo desde la perspectiva del mero aficionado, aquel […]

Fiel a su propia historia de investigador independiente, apartado de la academia y con intereses más bien oblicuos y variopintos, además de buen frecuentador de los puestos callejeros y de las transacciones informales como correspondería al hijo de un anticuario, Walter Benjamin articula sus reflexiones sobre el coleccionismo desde la perspectiva del mero aficionado, aquel que cuenta con magras finanzas para abastecerse de materiales y no puede darse el lujo de acudir con frecuencia a las subastas, de modo que debe descartar, casi por principio, las piezas que el mercado paralelo de las antigüedades ya reputa como valiosas o raras, aquellos libros exquisitos ya perfectamente documentados y tasados que suelen exhibirse en las vitrinas de los museos y cuyas portadas se reproducen en los catálogos.

Pero más allá de su carácter empedernido y solitario, obligado a depender sólo de sí mismo, el atractivo del coleccionista diletante radica en que ha sabido hacer de su falta de dinero una fortaleza y, apoyado solamente en su gusto y en su voluntad de riesgo como quien confía mantenerse de pie únicamente sobre sus dedos pulgares, se las ha ingeniado para conformar una de esas “colecciones imposibles” en que las fruslerías y los autores desconocidos, todos esos residuos tantas veces despreciados e incomprendidos, terminan por valer tanto como el oro. Con ojo de clarividente y algo del arrojo del tahúr, debe conformar —debe inventar—, rascando en los tiraderos y regateando en los puestos ambulantes con paciencia de hormiga, una colección imprevista, esto es, un cosmos nuevo, reluciente e inadvertido, a partir de lo que para otros era poco más que basura y prácticamente nadie habría aceptado ni siquiera como regalo.

A un buen lector se le reconoce sobre todo porque sabe anticiparse al futuro, y es ese sentido de la anticipación el que lo conduce hacia la senda siempre incierta y siempre apasionante de las colecciones imposibles. Benjamin mismo fue perfeccionando un método de investigación basado en lo inaparente, en los textos poco o nada conocidos, en los autores de segundo orden, en lo desechado por las diferentes literaturas y, en general, en lo que podría considerarse las rebabas y sobrantes de la historia. De modo que al encarar el tema después de todo intensamente personal del coleccionismo, en lugar de ocuparse en relatar los detalles de alguna adquisición estelar o de algún hallazgo irrepetible sin más mérito que el de la buena fortuna, optó por recomendar esa clase de búsqueda a contracorriente, esa estrategia marginal, comprometida con lo desplazado y lo ya olvidado, que confía en la contingencia de los remates antes que en la guía cierta de los catálogos. “En pocas palabras, la sugerencia que queremos hacer es que dirijan su mirada hacia las primeras obras de escritores no abiertamente eminentes, o más aún, hacia los pequeños libros, sumamente interesantes, de esos autores desaparecidos que no fueron más allá de los dos o tres volúmenes: escritores que no dejaron obras completas, que no ocuparon nunca más que unas líneas en las historias de la literatura y que, sin embargo, tienen cosas que decir sobre su época mucho más notables que gran parte de los escritores que triunfaron”.

Su atracción por el coleccionista en general y su simpatía por quienes profesan un amor desmedido por los libros y no cuentan con más recursos que su tiempo y su deseo, están estrechamente ligadas al proyecto desorbitado y desde el comienzo experimental del Libro de los pasajes, para el cual era preciso consultar, archivar y extractar una cantidad ingente de materiales desperdigados y sin relación aparente, abrevando de fuentes inopinadas e incluso remotas, ya fuera en libros descartados y nunca antes abiertos, en fotografías o catálogos publicitarios, o bien en folletos o periódicos viejos. La labor necesaria para una empresa de esa magnitud, a fin de cuentas inconclusa también en parte debido a su envergadura y ambición (a partir del principio del montaje —del montaje de deshechos— se propuso construir una filosofía estrictamente material del siglo xix, una filosofía basada en los objetos concretos, en lo particular y existente pero apenas advertido, y ante la cual el lector tendría que desarrollar esa capacidad de la fantasía de “interpolar en lo infinitamente pequeño”), no sólo tuvo lugar en los archivos y bibliotecas públicas —principalmente de París y Berlín—, sino que en buena medida ya había comenzado, ya había tomado impulso y definido su cariz acumulativo y proliferante en las propias colecciones a las que Benjamin había dado forma con tenacidad, sobre las que, además, así sea brevemente, dejó huella escrita por los mismos años en que había comenzado su proyecto monumental del Das Passagen-Werk.

Interesado en el reverso de las cosas, en ese perfil ciego y sin apenas control que permite un acercamiento inesperado a fin de tomarlas desprevenidas, Benjamin armó, por ejemplo, una colección de libros de enfermos mentales, entre los que se contaba, entre otros, el hoy ya célebre volumen de Daniel Paul Schreber, Memorias de un enfermo de nervios. Precisamente porque estamos acostumbrados a tener en alta estima la escritura y no es infrecuente que en la idea misma del libro haya algo de fortificación y de museo —de unas paredes amuralladas cuyas puertas no se abren a cualquiera, pues están reservadas a “lo superior”, a lo digno de ser conservado, a lo eminente—, a Benjamin le fascinaban esos textos peregrinos e inexplicables, por definición disparatados que, como auténticos polizones, habían logrado vencer el filtro quién sabe cuán reblandecido de los criterios editoriales para materializarse en forma de libro y ocupar un lugar en los estantes, al lado de las obras de Kant o de los tratados de Euclides. Asimismo, Benjamin coleccionó novelas “para criadas” del siglo xix, abecedarios ilustrados y toda clase de libros para niños, con una debilidad especial por los cuentos de hadas: una franja más bien utilitaria y abiertamente comercial del universo libresco, que si bien en principio nadie tomaría muy en serio, refleja facetas poco estudiadas del libro entendido como fenómeno popular y como documento.

Las colecciones de Benjamin, inopinadas y un tanto inquietantes (amasó también una colección de juguetes rusos, otra de reproducciones de las distintas sibilas, otra más de fotografías de escaparates y tiendas y pasajes comerciales, así como de estudios de interiores y de decorados teatrales, y ya en el plano propiamente del archivo, una colección de anécdotas sobre Kant y otra de impresiones y experiencias derivadas del consumo de drogas), son parte indisoluble de sus búsquedas teóricas, y de algún modo preparan o acompañan el tipo particular de investigación que desarrollaría a contrapelo de las búsquedas académicas acostumbradas, con una orientación más bien de tipo periférico, basada en la recopilación y la ordenación de lo residual, de lo obliterado y tangencial, de toda clase de materiales dispersos y en apariencia insignificantes que, sin embargo, permanecen como emblema de una época. En ese sentido, sus colecciones no sólo son reflejo fiel de la mente que las conjuntó, de sus intereses y recurrencias, sino también de su metodología y casi diría de sus preguntas, materializadas en sus adquisiciones y tesoros, lo cual sería de esperarse en alguien que anotó lo siguiente: “Las posesiones y los bienes se relacionan con lo estratégico”.

La clave de esta forma de coleccionismo que podríamos calificar como “crítico” quizá tenga menos que ver con la figura del coleccionista novato o con la del bibliómano sin dinero que con la del investigador como pepenador o ropavejero ambulante, la cual procede en línea directa de la figura, promovida tantas veces por Charles Baudelaire, del poeta como trapero: “He aquí un hombre que ha de recoger la basura de una jornada de la capital. Todo lo que la gran ciudad desechó, todo lo que perdió, todo lo que despreció, todo lo que hizo pedazos, él lo registra y lo recoge. Coteja los anales del exceso, el Cafarnaún de los desechos. Clasifica las cosas, hace una selección acertada; se comporta como un avaro con su tesoro reuniendo las basuras que, entre las mandíbulas de la diosa industria, se convertirán en objetos útiles o agradables”.

Esta metáfora baudeleriana del poeta como trapero (chiffonnier), tan decisiva para el proyecto del Libro de los pasajes, también es significativa para entender la posibilidad de un coleccionismo de tipo no burgués y una bibliomanía muy alejada de sus derroteros posesivos habituales. Así como en Das Passagen-Werk el historiador materialista se propone recoger y ordenar los despojos de la historia, aquellas cosas desdeñadas y “hechas pedazos” que se quedaron sin lugar, en su faceta de coleccionista de desechos (lumpensammler), vestido con su traje de bibliómano de los bajos fondos, se interesa igualmente en los residuos, en lo no reconocidamente valioso: en aquellos libros relegados y que nadie procura, pero que han de ponerse a salvo de la dispersión y la ruina en cuanto hablan de su época tanto como pueden hacerlo los fósiles de un determinado periodo geológico.

A diferencia de la suerte que corrieron sus pequeñas colecciones y buena parte de su archivo personal, que en vida pudo dispersar estratégicamente en varios puntos de Europa con la abierta intención de salvarlos (los legajos que componen el manuscrito del Libro de los pasajes se los confiaría, por ejemplo, a Georges Bataille), su biblioteca se perdió casi en su totalidad, a excepción de algunos restos raquíticos depositados en Moscú. Obligado por las circunstancias y las mudanzas constantes, y más tarde por la persecución y la guerra, Benjamin tuvo que dar un giro a su manía de coleccionista de libros que, como se desprende de su correspondencia, había comenzado ya desde 1916; un viraje práctico de aligeramiento y sencillez, que en buena medida lo liberaría del agobio y el peso que suele representar, desde el punto de vista enteramente físico, el libro entendido como volumen y la biblioteca en cuanto cárcel autoelegida.

Incapaz de llevar a cuestas todas las chucherías y curiosidades sobre las que en algún momento habría querido reflexionar, imposibilitado de cargar en la maleta su variopinta casa teórica —que en su caso estaba ligada, como pocas otras, a sus archivos y posesiones materiales—, el giro operado en El libro de los pasajes hacia la miniatura y la cita, hacia el fragmento y la acumulación, constituye el subterfugio, a la vez desesperado y genial, de un coleccionista sin domicilio fijo que, anticipándose al futuro, debe aceptar su destino y, en plena huida, ya sólo puede contar con lo portátil como aliado. EP

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