ATRACTORES EXTRAÑOS: Viaje alrededor de mi manzana

El puesto de la esquina La intemperie da el mejor sazón: el mismo platillo, la misma torta de tamal no sabe igual si no se disfruta en plena calle, si no es aderezada por el mofle del camión materialista o por el canto de los pájaros de tizne; no sabe igual si no se envuelve […]

Texto de 24/08/16

El puesto de la esquina La intemperie da el mejor sazón: el mismo platillo, la misma torta de tamal no sabe igual si no se disfruta en plena calle, si no es aderezada por el mofle del camión materialista o por el canto de los pájaros de tizne; no sabe igual si no se envuelve […]



El puesto de la esquina

La intemperie da el mejor sazón: el mismo platillo, la misma torta de tamal no sabe igual si no se disfruta en plena calle, si no es aderezada por el mofle del camión materialista o por el canto de los pájaros de tizne; no sabe igual si no se envuelve en papel de estraza, para comer aquí o para llevar; si no se ha hecho una larga, oficinesca cola de pie para alcanzarla. Los puestos de comida languidecen o fracasan cuando al fin optan por la formalidad, cuando se mudan a locales con luz y agua corriente, cuando juegan el juego pretencioso del restaurante.

Comer a la luz del sol, entre el fragor de los cláxones, no tiene nada de la distensión de un pícnic: siempre de prisa, a nadie se le ocurre extender el mantel a cuadros para recostarse a ver el paso de las nubes… Y, como sea, algo de ese sol y de esas nubes tal vez se filtre entre los poros del taco de canasta, tal vez penetre en la textura casi sólida de la salsa verde ambulante, que quién sabe cuántos kilómetros habrá hecho para llegar hasta aquí, y que no tardará en reanudar su marcha antojadiza y traqueteante, en busca de una nueva esquina en que ofrecerse.

Tendido eléctrico

Casi nadie lo nota (ni siquiera porque permite esos homenajes públicos y aéreos a los zapatos viejos, que terminan sus días colgados de lo más alto), y sin embargo está allí, segmentando la perspectiva del cielo con sus pentagramas eléctricos, con sus pautas que convierten a los pájaros en notas musicales, en grafías ya de suyo sonoras. Su presencia a veces enmarañada y loca, presagio del cortocircuito, es más evidente cuando uno viene de otro país o del aire despejado del campo, pero en realidad basta alzar la vista o dejarse guiar por su zumbido un tanto amenazante. Si en otra época, como en las fotografías de los años veinte de Tina Modotti, fue indicio de modernidad —el cielo atravesado por la velocidad y el progreso—, hoy esa profusión de cables se antoja desfasada, innecesaria, añeja, lastres paralelos de una ciudad que no ha sabido sentir pudor por sus entrañas.

Puesto que guardan cierta similitud con los tendederos de ropa, el mejor lugar para reparar en los cables son las azoteas, desde donde invitan a colgar también en ellos las sábanas recién lavadas.

Los aparta-espacios

Tiene que ser un objeto ligero, aunque voluminoso; podría ser una gran roca de mampostería, de esas utilizadas en las películas para que el monstruo, llegado el momento, la pueda cargar; pero aquí no hay monstruo a la vista, como no sea el mismo espacio, es decir, la necesidad imperiosa de espacio, de un maldito lugar para estacionar el coche; la urgencia de apartar ese hueco fugaz convertido en negocio, en un negocio tan desesperado como peculiar: el comercio de lugares vacíos apañados a veces incluso con el cuerpo, con la firme resolución —casi siempre acompañada de los brazos cruzados— de que “de aquí no me voy a mover”, si bien siempre será mejor dejar una vieja cubeta en lugar del cuerpo, un guacal para la fruta, por ejemplo, un garrafón de plástico o cualquier cosa que esté a la mano: una piñata rota, una planta de plástico, un carrete industrial para el cable de luz, de esos que hacían pensar a Mafalda en los gigantes y en el misterio resuelto de cómo se cosían los botones; lo cual lleva a recordar de nuevo al monstruo —todos los caminos conducen al monstruo—, al monstruo del espacio vacío, del espacio que siempre hace falta, del espacio por conquistar.

Cerrada de otoño

La calle más estrecha es también la única de doble sentido. Como es físicamente imposible que dos coches pasen al mismo tiempo por allí, uno al lado del otro, y como hasta dos bicicletas encontradas corren el riesgo de chocar de tanto que se angosta el callejón a causa de los vehículos que invaden la banqueta, se decidió, ¡y se votó en consulta pública!, que hasta el fin de los tiempos conservara el doble sentido. De otro modo se perdería una encrucijada incierta en medio de una cuadrícula demasiado sosa y predecible; de otro modo no habría lugar —¡aunque no lo haya!— para la maniobra complicada, para el viejo torpe baile vehicular del “uno por uno”, arruinando así una ocasión para el tumulto y las mentadas de madre…

Dos coches que se encuentran a mitad de camino pueden permanecer así, enfrentados, durante horas, no porque sea inútil dar marcha atrás, sino porque ninguno de los conductores quiere ceder, porque ambos juran tener la razón y creen no infringir ninguna regla de tránsito. Y entonces prefieren encender la radio o pintarse las uñas, mandar mensajes de texto y casi enamorarse —desde luego no entre ellos, que se miran y se miran tras el parabrisas—: enamorarse de su propia cerrazón e intransigencia, de su encapsulada furia.

Locales comerciales

Es imposible saber por qué unos sobreviven y otros no. Hay locales que son ya una tradición en el barrio y que, como emblema de su longevidad, se dan el lujo de recibir al marchante con pericos parlantes que te saludan amablemente. Hay otros, más parecidos a aves migratorias, que no duran ni una estación completa y que, tan pronto uno los necesita, ya han emprendido el vuelo. Es verdad que ya desde su ruidosa pero lánguida inauguración era fácil adivinar que algunos giros no perdurarían —como la tienda especializada en jabones de figuritas—; pero ¿quién se atrevería a trazar, a priori, una línea divisoria entre los locales llamados a cerrar sus cortinas metálicas y los que no?

En esta manzana se mantienen contra viento y marea el sastre, la pollería, el plomero, el taller mecánico, la frutería, la fonda, el herrero, la papelería, los antojitos, la cerrajería y el café internet; pero ha habido de todo, incluso negocios que no se encuentran a kilómetros a la redonda y a los que se les auguraría un destino boyante: un dentista, una pastelería fina, un restaurante gourmet, una cremería, un salón de belleza, una tintorería, un seudobar de tapas, una mercería… Justo enfrente de un improbable cibertarot hay un local maléfico, señalado por el infortunio, que ha abierto y cerrado sus puertas más de cinco veces en un año…

Los grandes negocios de la cuadra son pájaros menos inquietos y de otra estirpe: un Oxxo, un gimnasio, una cafetería alternativa. Tal vez hicieron, como nadie más aquí, estudios de mercado y llegaron para quedarse; lo que ya han hecho es cambiar de golpe la fisonomía de toda la manzana.

Presencias verticales

Los he contado y hay igual número de postes que de árboles. Algo así como la intercalación azarosa, para el que avanza a pie y tiene todavía la prestancia de levantar los ojos, del árbol verde de la vida y del árbol gris de la teoría, que en este caso correspondería a los postes monolíticos y perentorios de concreto (aunque también los haya de madera y de metal). En ambos tipos de árboles —en los retorcidos y en los racionales, en los de follaje auténtico y en los meros troncos sin brazos—, suelen posarse las aves, pero los postes son los únicos que se utilizan a todo lo ancho para fijar anuncios: como si hubiera una resistencia a clavar cualquier cosa en la piel viva de los troncos, la publicidad inmobiliaria y la propaganda proliferan precisamente allí donde no se puede clavar, donde hay que echar mano del alambre, de la cinta adhesiva y el engrudo.

Tal es la cantidad de papelitos y recados que la gente adhiere a la superficie de otro modo insípida y plana de los postes —mascotas extraviadas, ventas de garaje, menús de comidas corridas, cuartos en renta, ¡objetos encontrados!—, que quizá no reparamos en que desde los tiempos del Viejo Oeste, en que se colgaban carteles en busca de forajidos, no hemos dejado de necesitar de un periódico mural para comunicarnos con los vecinos, no importa que a falta de paredes libres y públicas hayamos encontrado esta solución desperdigada y espasmódica, este remedo de periódico mural con hipo.  



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