Atractores extraños: La rebelión del humor

No sé si haya un carácter típicamente flemático, pero hay que agradecer que algunos de los mejores ensayistas ingleses e irlandeses se inclinaran hacia esas figuras tachadas por ellos mismos de “peligrosas”: la ironía y el humor. Incluso cuando el tono dominante de su prosa (como, por ejemplo, en Charles Lamb) sea afable y delicado, […]

Texto de 22/09/17

No sé si haya un carácter típicamente flemático, pero hay que agradecer que algunos de los mejores ensayistas ingleses e irlandeses se inclinaran hacia esas figuras tachadas por ellos mismos de “peligrosas”: la ironía y el humor. Incluso cuando el tono dominante de su prosa (como, por ejemplo, en Charles Lamb) sea afable y delicado, […]



Atractores extraños: La rebelión del humor

No sé si haya un carácter típicamente flemático, pero hay que agradecer que algunos de los mejores ensayistas ingleses e irlandeses se inclinaran hacia esas figuras tachadas por ellos mismos de “peligrosas”: la ironía y el humor. Incluso cuando el tono dominante de su prosa (como, por ejemplo, en Charles Lamb) sea afable y delicado, la complicidad creciente que logran establecer con el lector debe mucho a esa forma de provocación sutil, basada en los sobreentendidos y en el reverso o lado ciego de lo que abiertamente se nombra.

En los ensayos en muchos sentidos pioneros de Jonathan Swift (André Bretón lo consideraba el verdadero iniciador del humor negro en la literatura) lo que se impone es un tono satírico, una burla embozada que si bien al comienzo puede parecer previsible y hasta cansina, en ningún momento deja de asombrarnos y, lo más importante, de confrontarnos. Al tratar problemas sociales como el hambre o la explotación, el también párroco de Laracor y San Patricio no se entretiene en adelantar soluciones esperanzadoras como quizá correspondería a su cargo; además de que nadie se molestaría en tomarlas en cuenta, sabe perfectamente que ni una sola pieza literaria ha pasado a la historia apoyada solamente en su probidad, sus buenos sentimientos o su sensatez. Más arrojado e imaginativo —más original—, Swift opta por la estrategia de prender fuego a lo razonable; opta por el arrebato y el rodeo de hacerse pasar por un monstruo meditabundo que, en aras de un humanismo del todo inconsecuente, propone una barbaridad largamente sopesada. Su “Una modesta proposición para impedir que los niños irlandeses pobres sean una carga para sus progenitores o para su país, y para hacerlos útiles al público”, de título tan largo como duradero su influjo (publicado anónimamente en 1729), tal vez sea el mejor ejemplo de ello. Al tomar partido por lo indefendible y aun por lo abominable —convertir a los rollizos niños de un año en artículo de dieta—, se ampara en la conmoción que puede producir el absurdo, para entonces deslizar una serie de críticas al sistema económico que, de cualquier manera, y más temprano que tarde, condenaría a esos mismos niños a la miseria, la mendicidad y muy probablemente la muerte.

Ya se ha observado muchas veces que Swift “provoca la risa, pero no participa de ella”. Precisamente porque la propuesta es de lo más antinatural e impropia, lo que hace ver, por efecto del contraste, es la impropiedad y repugnancia del estado de cosas imperante; gracias a la defensa desapasionada y audaz de una aberración de tales proporciones, que contraviene nuestro horizonte moral más básico y nos pone inmediatamente en guardia, es que quedan al descubierto, en medio de una sonrisa deforme y embarazosa, las múltiples aberraciones sobre las que se sostiene la vida considerada “normal”, que de golpe termina situada, en razón del brusco cambio de perspectiva, en los límites de lo moralmente aceptable, si no es que en los acantilados de la ignominia, “al borde mismo del horror y la repugnancia”.

Como anota Adolfo Bioy Casares en un acercamiento a Swift, la vena satírica del autor de Los viajes de Gulliver corre el riesgo de ser juzgada un poco trivial, un poco demasiado lenta. El lector impaciente cae con facilidad en la trampa de querer adelantarse a un pensamiento que se antoja lineal, y de querer adivinar el desenlace de su provocación, sin advertir que, más que un acto de prestidigitación de la inteligencia, su humor es una variedad corrosiva y continua de la crítica. Aun cuando desde las primeras líneas hayamos entendido el arco que ha de dibujar la hipérbole, los caminos de su mente son siempre desconcertantes; sus recursos no provienen solamente del arsenal del ingenio, trascienden los límites de lo cómico para erigirse en una denuncia oblicua: al avanzar, al extender la exageración como un chiste que se regodea de su propio desenvolvimiento, lo que en realidad hace es hundir más y más el dedo en la llaga, mostrar otros ángulos de la injusticia a la que lentamente desnuda, los perfiles inesperados de ese mal que, sin embargo, estaba desde el comienzo bajo nuestras narices.

El humor macabro de Swift opera por contraposición y casi se diría por cortocircuito. Como quien junta, por mero afán didáctico, cables de distinta polaridad: al espanto de una injusticia normalizada y por lo tanto invisible le enfrenta otra más despiadada y atroz, que le sirve de punto de comparación, pero sobre todo de espejo; en ningún momento, como si esos cables pelados fueran nuestros propios nervios, deja de chisporrotear la risa. Así, por ejemplo, al descartar que la carne tierna de los niños de Irlanda pueda salarse para convertirla en materia de exportación, observa que, más allá de exquisiteces culinarias, él podría aportar el nombre de un país “que devoraría con agrado a toda nuestra nación”, llevando los impulsos caníbales hacia un terreno en el que, si bien no se insinúa la sombra del tabú, no por ello se presenta menos condenable.

El recurso del contraste y la enormidad, la tensión que instaura la paradoja —que ya sea a causa de lo convincente de su inverosimilitud, ya a causa de la sutileza de su enredo, concita la risa, una risa descompuesta y quizás en el fondo nerviosa—, recuerda en algo al viejo encomio paradójico del que tanto gustaron humoristas y provocadores clásicos como Luciano de Samósata o Dion de Prusa, puesto en práctica en textos que prefiguran el ensayo o, mejor dicho, que son ya propiamente ensayos desde que participan del talante ensayístico antes incluso de que fuera inventado el género. El elogio exorbitado de lo ínfimo y aun de lo despreciable —de la mosca o de la cabellera— produce un desfase súbito, una grieta de perplejidad en las expectativas. El propio Swift lo retomó en textos que no han envejecido, como “Meditación sobre una escoba”. La alabanza de lo bajo, de lo tildado de poca cosa; la atención seria y filosófica de nimiedades y bagatelas que, como gesto, se confunde con un derroche y una pérdida de tiempo, presenta un aire de familia con la estrategia más ampliamente política de Swift, al punto de que quizá sea, en el árbol genealógico de las estrategias retóricas, su prima menor. La tía monstruosa pero desopilante vendría a ser aquí la sátira social, que no contenta con defender una idea indefendible, la pondera con distancia flemática, con una lucidez y meticulosidad estremecedoras, como si encarrilada en la búsqueda de ventajas instrumentales —de soluciones que hoy se llamarían “macroeconómicas”—, la razón fuera incapaz de advertir el horror de su propio impulso. Ambos subgéneros, tanto el encomio paradójico como la sátira negra, se valen jocosamente del mismo mecanismo por el cual la razón consigue imponer su jerarquía (tanto en el orden de lo pensable como en el de la moral, tanto en lo que se considera digno de reflexión como en lo que se estima virtuoso), con miras a desnudar su funcionamiento y, en última instancia, a desarmarlo.

El humor como una de las pocas formas de enfrentarse directamente al poder, como una estratagema taimada y acaso amarga de interpelarlo, de rebelarse contra él, adopta a veces un perfil declaradamente combativo, que no escatima en echar mano de la artillería del sarcasmo y aun de las sucias pero desternillantes celadas del cinismo. En la estela de las Instrucciones a los sirvientes, de Swift, un antimanual delicioso que rebosa malaleche y promulga la insubordinación y el sabotaje desde abajo, desde el servicio doméstico que lo sabe y podría dominarlo todo, Maria Edgeworth encara las relaciones de poder al interior del hogar, en ese ámbito no menos espinoso —y vigente— del machismo y la subordinación de la mujer. Con una intransigencia despiadada cuyo desarrollo es, sin embargo, dúctil y chispeante y anticipa al Schopenhauer de El arte de tener razón (si el filósofo alemán no hubiera abrazado la causa de la misoginia con tal denuedo, seguro habría encontrado en ella a una hermana inesperada), Edgeworth redacta “Un ensayo sobre la noble ciencia de la autojustificación” (1795) con ese brío y minuciosidad de quien ha padecido una injusticia durante mucho tiempo y ahora se apresta a ejecutar una venganza largamente acariciada. Pero si la venganza es un plato que ha de servirse frío, aquí el tiempo contribuyó a que se cargara no tanto de imperturbabilidad, sino de sorna, y que el retardo obrara a favor de sus posibilidades mordaces.

Batalla en varios flancos contra la figura masculina, emboscada pérfida y sonriente contra un único enemigo —el esposo—, dialéctica erística contra la disfunción conyugal, el texto de la Edgeworth se desprende de un axioma básico, que ya desde su formulación destila veneno: “Una dama no puede equivocarse”. Concebido como un descarado manual de malas maneras, como un desaprendizaje de la imagen condescendiente y abnegada que ha imperado de la mujer —incluso, cabría decir, al interior de la tradición del ensayo—, presenta el pequeño inconveniente (para el lector varón) de que en contraste con la modesta proposición de Swift, sí puede llevarse perfectamente a la práctica y, por si fuera poco, ahora mismo y a todas horas, por lo que si ya la risa que invocaba el inquieto deán tenía un no sé qué de extraño y urticante, acá podría contaminarse de temor y de unas notas destempladas de alarma.

Ignoro si alguna discípula avanzada en el arte guasón y pérfido de la autojustificación siguió alguna vez a Maria Edgeworth al pie de la letra; pero así como en la provincia

sin ley de la burla las desgracias de unos pueden hacer las delicias de los otros, el opúsculo aguerrido de la escritora, fruto a fin de cuentas de una solterona que había abrazado desde jovencita la vocación de educadora, se proponía tener un efecto liberador al menos en la mitad de la especie históricamente oprimida, un efecto semejante a ese deschongue espiritual y reconfortante que asociamos con la carcajada. De leerse hoy en público estoy seguro de que produciría el raro espectáculo de una sala intranquila en la que todos ríen al unísono, pero por motivos totalmente opuestos.

Podría objetarse —como ya se ha hecho tantas veces— que la rebelión contenida en ejercicios sardónicos de este tipo no pretende cambiar el sistema reinante, sino sólo reaccionar y acoplarse a él del modo más desesperado que quepa imaginar: a través de la rispidez y el conflicto perpetuo y la vuelta de tuerca, no importa que lo hagan pertrechados en una máscara ambigua, ora ácida, ora risueña. El tono irónico dominante ya sería indicador de que nunca ha dejado de pender sobre ellos el aguijón de su propia impotencia y escepticismo. Pero si en su calidad de atentados de papel quizá sería mucho pedir que pusieran a temblar el edificio de los poderes que encaran, al menos poseen el mérito de enunciar con desparpajo y tino esas injusticias (¿en qué más podría consistir el arte de la denuncia?), y con tal ferocidad que alguna resquebrajadura de consideración acabarán por ocasionarles, así fuera porque la risa, que nos entorna los párpados, también puede abrirnos los ojos.  ~



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