Atractores extraños. Hacia una práctica cotidiana de la escucha

No sé si haya dos sensibilidades más distantes entre sí que las de Franz Kafka y el compositor Charles Ives —no sé si haya una sola página en que sus nombres figuren juntos—, pero hay al menos un hilo secreto, una idea de receptividad doméstica, una disposición de araña agazapada y alerta, que lleva del […]

Texto de 24/09/16

No sé si haya dos sensibilidades más distantes entre sí que las de Franz Kafka y el compositor Charles Ives —no sé si haya una sola página en que sus nombres figuren juntos—, pero hay al menos un hilo secreto, una idea de receptividad doméstica, una disposición de araña agazapada y alerta, que lleva del […]



No sé si haya dos sensibilidades más distantes entre sí que las de Franz Kafka y el compositor Charles Ives —no sé si haya una sola página en que sus nombres figuren juntos—, pero hay al menos un hilo secreto, una idea de receptividad doméstica, una disposición de araña agazapada y alerta, que lleva del uno al otro. A la muy conocida pero poco practicada frase de Kafka: “No es necesario que salgas de casa. Quédate junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera. Ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo. Se te ofrecerá el mundo para el desenmascaramiento, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti”, cabe contraponer esta otra idea, esta sugerencia de Ives, que se encuentra en sus 113 Songs —y que yo ahora parafraseo bajo el influjo de Kafka—, en la cual subraya y se detiene en la fase de la escucha de esa experiencia idealmente estática: No es necesario que salgas de casa. Siéntate en una mecedora, de cara al horizonte, en una terraza a la hora en que se pone el sol detrás de las montañas. Quédate allí y espera. Ni siquiera esperes, escucha; escucha los sonidos que se dan en el aire que te rodea. La sinfonía del mundo se desenvolverá ante ti.

La sinfonía del mundo o, también, si se quiere, la sinfonía de la vida cotidiana. La sinfonía, por ejemplo, de un día de asueto por la mañana, cuando de pronto el ritmo de la maquinaria del sistema parece haberse averiado; o la de un viernes de quincena por la noche, nerviosa y destemplada y enfebrecida, que no deja de pedir más y más. La idea tal vez se antoje excesiva o demasiado apegada al sentido etimológico del término griego συµφωνία; pero en todo momento, incluso cuando parece reinar el más estremecedor de los silencios, tiene lugar una reunión azarosa de sonidos, una conjunción fortuita de voces: una auténtica sinfonía indeterminada y que carece de propósito, vacía de las intenciones de los hombres.

La sugerencia, por lo demás, ya ha sido explorada por muchos artistas y músicos, entre ellos Murray Schafer, quien describió su propuesta de diseño acústico de la siguiente forma: “Contemplar el paisaje sonoro del mundo como una gran composición musical, desdoblándose alrededor de nosotros incesantemente. Somos simultáneamente su audiencia, sus ejecutantes y sus compositores”.

Conformada por una suma de accidentes, por la confluencia de emisiones de toda índole, por la contigüidad de silencios y ruidos, de susurros y estridencias de diverso origen e intensidad, esa sinfonía podría compararse a un ready-made gigantesco. Esta fue la música que Henry David Thoreau se empeñó en escuchar en la soledad de los bosques y para la cual desarrolló algo comparable a una disciplina existencial; esta fue la música que John Cage se decidió a crear —o más valdría decir, a suscitar—, y a la que abrió las puertas para la sensibilidad contemporánea, una vez que entendió la importancia de incorporar el mundo de los ruidos —el impredecible y populoso mundo de los “meros” ruidos— a la obra musical y, más que eso, a la vida, ya que entonces la música se transforma no solo en la vida de los sonidos, sino fundamentalmente en la participación en los sonidos de la vida.

Desde que leí aquel párrafo de Charles Ives sobre la música que llega a tu terraza cuando el sol se oculta tras las montañas, sentí el poderoso llamado de la sinfonía del mundo. Y ahora, sentado ante mi escritorio que da a la calle —una calle medianamente ruidosa de la colonia Roma—, con la intención de convertirme en un pararrayos o telaraña para los sonidos circundantes, a falta de una terraza que mire a las montañas, me contento con abrir de par en par las puertas de mi pequeño balcón, recordando y más bien adivinando la silueta de las montañas que los edificios y la polución ya no permiten atisbar a lo lejos.

Pienso en aquella frase hecha que promete atención absoluta —“soy todo oídos”— y me percato una vez más, con una disposición risueña que degenera en una sonrisa bobalicona que quiere ser de oreja a oreja, de que los sentidos, aun cuando muy pocos estén provistos de párpados, se pueden en cierta medida modular, de que es posible graduarlos —como si uno recorriera el dial radiofónico— desde el extremo de la cerrazón y casi la insensibilidad hasta el extremo de la receptividad suprema, a fin de que durante un tiempo, por ejemplo, mientras dura el crepúsculo y el sol se oculta detrás de unas montañas ya casi imaginarias, “todo el cuerpo sea un solo sentido”, jugando a convertir la piel, el tórax, las plantas de los pies, en un gran tímpano vibrante, viviente.

Quizá la conocida plasticidad del cerebro, capaz de hacer que una zona especializada en cierta tarea neurológica se adapte a otra distinta para la que no estaba originalmente destinada, desempeñe un papel importante aquí, y así como quienes pierden la vista en un accidente terminan por desarrollar —o incluso reinventan— de una manera desacostumbrada los sentidos del oído y el tacto, no es inconcebible que por disposición o entrenamiento uno consiga agudizar a voluntad cierto sentido, expandir su alcance y afinar su paladar —quiero creer que cada sentido cuenta con su propio paladar, con su respectivo aparato del gusto—, y entonces, al menos por lapsos breves, uno se convierta espiritualmente en un ojo enorme, en una nariz monstruosa y olisqueante o, como yo ahora me dispongo a hacerlo, adopte la forma de un caracol del oído gigantesco que se apresta a detectar la menor vibración sonora en el ambiente.

Recuerdo aquella declaración de Walt Whitman, que por las mismas fechas en que Thoreau realizaba sus caminatas sonoras por el bosque, se interesó en el entonces incipiente arte de la escucha, para él una manera directa y efectiva de no dejarse llevar por las discriminaciones de valor, por las jerarquías imperantes sobre lo feo y lo trivial, sobre lo pedestre y lo sublime; una disciplina siempre a la mano para ejercitarse en la búsqueda de una belleza democrática, descentrada y sin tregua, o, para decirlo de una manera menos pomposa y polémica, para resistirse a la idea de que hay cosas y sonidos más importantes que otros, a la vieja servidumbre de aceptar que algo, por sí mismo, puede ser más interesante que todo lo que lo rodea (lo cual, por cierto, ya prefigura la estética omnívora y al mismo tiempo impasible de Andy Warhol): “A partir de ahora —escribe Whitman— no haré más que escuchar. Escucho todos los sonidos al mismo tiempo, combinados, fusionados o sucesivos. Sonidos dentro y fuera de la ciudad, sonidos del día y la noche”.

A partir de ahora, me digo, sintiéndome en la grata compañía decimonónica de aquel par de barbudos bienhechores, no haré más que escuchar. Con el fin de desentenderme poco a poco de mis pensamientos y del ajetreo interior, me asomo al balcón y contemplo pasar a la gente absorbida por sus propios pensamientos y ajetreo. Me pregunto con qué frecuencia haría este experimento Charles Ives, qué tan extraordinaria o común sería esa práctica de asomarse a la terraza para simplemente dedicarse a escuchar; ¿acaso preferiría esta música a la de la sala de conciertos, él que era a fin de cuentas compositor y quizá no podía desentenderse del todo de las sinfonías que se habían gestado en las cabezas de los demás músicos, en las construcciones conscientes que se proponen transmitir un modelo de subjetividad, por más que él prefiriera los salmos de las iglesias y las canciones de la calle?

Pero me digo que ya que estoy aquí, con la firme intención de escuchar la falta de intención de los sonidos del mundo, tal vez sean inútiles tantas preguntas y preparativos; en realidad la música ya hace mucho tiempo que empezó y lo único que debo hacer es girar el dial de la sensibilidad para captarla, para sintonizar (con) los sonidos que se agolpan sin tregua en mi ventana.  ~



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