Atractores extraños: Celebración de los márgenes

Columna mensual

Texto de 17/10/19

Columna mensual

Un gato haría mejor literatura que ésta. 

Mark Twain (en los márgenes de una novela)

Consigno aquí mi afición por los libros atestados de comentarios al margen y que despliegan alguna notación especial para interactuar con el texto y hacen del arte del subrayado una suerte de partitura musical que no excluye el garabato o el jeroglífico. Me divierte, con una curiosidad que sólo podría calificar de incorregible, espiar lo que un lector anterior dejó apuntado en los libros, esa desfachatez con que hizo suyo el volumen para convertirlo en una libreta inopinada; asomarme a ese tipo de lectura que “deja rastro” y no puede prescindir del lápiz o del bolígrafo para volverse más cercana al diálogo o al coloquio que a la simple receptividad con que muchas veces nos empeñamos en representarla. 

Como si se tratara de un esbozo de edición crítica, pero en una atmósfera distendida y jovial, sin didactismos ni alardes, esas marcas o anotaciones, que algunas veces se continúan por páginas enteras y pueden dar cabida a la lista de la compra o a angustiosos cálculos financieros, introducen la figura de un segundo autor, la sombra a menudo anónima de otra presencia, tan fantasmal como enfática, ama y señora de los márgenes, que aprovecha cualquier resquicio en blanco para explayarse, para deslizar un desacuerdo o una pregunta, o simplemente para dejar constancia —al estilo de los viajeros que hacen muescas o pintas en los árboles o monumentos— de su tránsito por esos pasajes. 

A diferencia de las ediciones críticas, rebosantes de notas al pie de página y de referencias bibliográficas, la marginalia no apunta necesariamente hacia la explicación ni tiene como horizonte la lectura erudita. Responde más a la inmediatez, a la urgencia de interactuar con la materia escrita, de incidir o improvisar alguna marca allí donde se despertó su asombro o se inundó de golpe de perplejidades. Suele ser espontánea y por ello carente de afectación; tiene ese poder de sugestión de los pensamientos que acuden como relámpagos, con aquella fuerza intempestiva que tanto celebraría Nietzsche, redactados en un lenguaje concentrado o críptico que se aproxima a cierta variedad de poesía. Hija de la sorpresa o la gratitud y no de la presunción, la marginalia no aspira a ese protagonismo terco en que suelen incurrir los comentaristas profesionales, convencidos, como es costumbre en los ambientes universitarios, de que el texto relevante es el derivado y no la fuente, de que en la topología de la página impresa son las notas las que deberían figurar en un lugar central y con una tipografía gigantesca. 

Aunque quien dio nombre a la práctica fue Coleridge, un frecuentador compulsivo de las orillas del papel impreso, todo lo que hay que saber sobre el arte menor de la marginalia lo asentó Edgar Allan Poe, como era de esperarse, en el perímetro de la caja tipográfica, en apuntes rápidos cuyo “claro propósito es no tener propósito alguno”, apoderándose de los espacios en blanco de las ediciones que elegía precisamente en razón de sus amplios márgenes (Julio Cortázar reunió y tradujo esos apuntes entrelazándolos con fragmentos extraídos de sus ensayos y artículos). Garrapateados casi siempre con letra minúscula, el signo de estos apuntes es la frescura, pero no la irreflexión, pues se sitúan un poco por encima de la cháchara literaria de sobremesa o de café en el sentido de que no pueden confundirse sin más con la mueca o el resoplido (por más significativos que éstos presuman ser), si bien no haya que olvidar la vieja tradición, que se remonta por lo menos a los monjes y copistas medievales, de hacer dibujitos de hastío o distracción que hagan las veces de esas muecas o resoplidos, bajo la forma de conejos asesinos o de caballeros que combaten a un caracol… Pero breve y contundente como suele ser, la marginalia también admite la continuación y el desarrollo; así la estilaba el propio Poe, quien a veces fijaba tiras de papel al filo de las hojas para poder redondear alguna idea o dar cierta contundencia a sus objeciones. En la actualidad, gracias a la asombrosa tecnología del post-it, la estafeta de ese hábito ha sido retomada por muchísimos lectores, y hay quienes (por ejemplo, David Foster Wallace, que solía echar mano de toda clase de herramientas, flechas y símbolos para anotar obsesivamente sus lecturas) lo han elevado a manía, abultando los volúmenes hasta el colmo de la inoperancia con papelitos de todos los colores.

Marginalistas los ha habido en todas las épocas, tanto en los libros en rollo como en los de códice, tanto en los pergaminos como en los ejemplares en papeles costosos, y ahora también en los libros electrónicos, aunque quizás en este nuevo universo no sea del todo exacto hablar de “márgenes” y haya que buscar una terminología más adecuada a sus interfaces. En los tiempos anteriores a Cristo estos lectores inquietos alcanzaron tal número que prácticamente conformaban un gremio: el de los escoliastas. Y si bien por lo general se trata de lectores anónimos o desconocidos, también los ha habido muy célebres, como Francisco de Quevedo o Jane Austen, Charles Darwin o Sylvia Plath, Vladimir Nabokov o Paul Valéry, Jack Kerouac o David Markson. 

La biblioteca de John Dee, matemático y mago en la Inglaterra del Renacimiento, es reconocida porque abunda en inscripciones marginales de todo tipo que, además del valor personal, en cuanto acotaciones o comentarios que pautan su lectura, acaso también tenían una importancia pública, pues la biblioteca estaba abierta para algunos miembros de la corte y los ministros. Es quizás ese interregno entre lo privado y lo público, ese deslizamiento que hace que una práctica personalísima, quizá mordaz o cargada de mala leche y por lo mismo secreta, salga de pronto a la luz, lo que vuelva fascinante a la marginalia, pues permite entrever las operaciones mentales y los vínculos asociativos del lector, o bien, como en el caso de los escritores, descubrir, a través de una mirilla privilegiada, la intimidad del proceso creativo, los esbozos y disparadores que más tarde, con la lectura como punto de partida, crecerían hasta convertirse en libros. 

Montaigne introducía numerosas variantes y correcciones directamente en los ejemplares impresos de sus propios Ensayos como parte de una práctica de reescritura y reelaboración que desde luego debe mucho a la idea del ensayo como tentativa, como pensamiento en construcción permanente, que aun después de publicado parece de alguna forma refractario a lo perentorio y lo definitivo, acechado como se encuentra por la duda y los cambios de enfoque. Asimismo se ha conservado su ejemplar anotado y subrayado del poema De rerum natura de Lucrecio: una muestra inapreciable de la cercanía y cuidado con que estudió al filósofo epicúreo (es verdad que muy lejos de la despreocupación y el aire de nonchalance que Poe quería para este tipo de comentarios); prueba de que pasó una larga temporada al interior del libro, yendo y viniendo por sus recovecos en busca de sus más mínimos secretos y resonancias. Esta audacia para intervenir los libros propios y ajenos, esta apropiación radical de la materia escrita que se toma toda clase de libertades con los espacios en blanco del papel, debe mucho, desde luego, a una idea de horizontalidad y apertura —y, en última instancia, de rechazo de la autoridad— que se repite a lo largo de su obra y que vale lo mismo para la conversación que para la lectura: “La mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien la escucha”, escribe Montaigne en su ensayo sobre “La experiencia”, observación de doble filo que en el contexto de un elogio de la marginalia podría parafrasearse así: “La mitad del libro pertenece a quien lo escribe, la otra mitad a quien lo anota”. 

Aunque para muchos encontrar el rastro de lecturas pretéritas en un libro puede ser una distracción y una monserga, para otros puede significar una mina inexhaurible de descubrimientos e indagaciones futuras. En el siglo XIX, un bibliotecario de Cambridge formó una colección especial con todos los libros de la biblioteca que tuvieran inscripciones y notas en los bordes, gracias a la cual se podían ver y consultar en un solo lugar las diferentes tácticas de la anotación marginal y de la práctica de la lectura crítica. Esa colección especial recibió el nombre de adversaria en razón de que los apuntes o manuscritos añadidos a menudo respondían, interpelaban o se contraponían al texto impreso. Hoy, bibliotecarios y estudiosos de ésa y otras universidades del mundo compiten por identificar los mejores ejemplares anotados, los más raros o reveladores o descarnados o crueles, al grado de que podría afirmarse que se ha desatado un auténtico furor de lectores de márgenes o de cazadores de lo periférico.

En fechas recientes, por ejemplo, un equipo de la Biblioteca Nacional de Argentina se dio a la tarea de rastrear todos los volúmenes que en su momento “dejó olvidados” uno de sus directores más ilustres —Jorge Luis Borges— y de recabar, en un volumen de extensión considerable (Borges, libros y lecturas), todas las marcas, valoraciones y referencias que fue dejando en ellos en el transcurso de sus lecturas. A pesar de que Borges nunca se mostró muy interesado en la materialidad del libro y no estuvo ni remotamente cerca de sufrir la fiebre de la bibliofilia (la supremacía que concedía al texto lo hacía desdeñar cualquier consideración de índole física como parte de su sentido o de su posible desciframiento), es gracias a las múltiples notas dejadas con estilográfica negra en los márgenes del papel que podemos vislumbrar algunos de sus procedimientos literarios y formarnos una idea más precisa de sus hábitos como autor, es decir, como lector. 

Tal vez él rechazaría o al menos desestimaría esta aproximación oblicua a los entresijos de su obra; tal vez la sola idea de construir, a partir de una serie de indicios e improntas sueltas, “un mapa y un espejo” fiel de su personalidad, la consideraría válida únicamente para atisbar al otro Borges, al menos interesante y trivial. Pero es quizá precisamente allí, en esa suerte de desvelamiento involuntario, al enfocarlo desde esa zona limítrofe y lateral, que podemos apreciar parte de la importancia de la marginalia: al tender un puente entre lector y autor, ya no resulta tan fácil distinguir entre Borges y el otro Borges; entre el individuo de letra apretada que marca los ejemplares esmeradamente en el mismo idioma que el del libro, por un lado, y el autor con mayúsculas, por el otro. 

Según los lineamientos clásicos del diseño editorial, los márgenes exteriores de los libros han de tener cierta amplitud como para que, al sujetarlos, los pulgares no invadan la caja tipográfica. Quiero creer que hay editores que tienen en cuenta el perfil del lector como un segundo autor al grado de destinar espacios en blanco suficientemente pródigos como para que éste se desenvuelva a sus anchas; editores que, pese al elevado costo del papel, limitan adrede la mancha de texto impreso a fin de que, a través de sus intersticios, el lector pueda tomar por asalto el libro y montar su campamento en los terrenos baldíos de la página. EP 

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