Adiós a Luis González de Alba

Sería pretencioso pero sobre todo falso decir que fuimos grandes amigos. No, pero sí nos conocimos hace muchos años cuando fundamos La Jornada. Desde entonces teníamos encuentros obligados, por ejemplo en las asambleas de la empresa en las que la voz de Luis siempre era esperada y apreciada. Con frecuencia nos encontrábamos en el edificio Balderas […]

Texto de 24/11/16

Sería pretencioso pero sobre todo falso decir que fuimos grandes amigos. No, pero sí nos conocimos hace muchos años cuando fundamos La Jornada. Desde entonces teníamos encuentros obligados, por ejemplo en las asambleas de la empresa en las que la voz de Luis siempre era esperada y apreciada. Con frecuencia nos encontrábamos en el edificio Balderas […]

Sería pretencioso pero sobre todo falso decir que fuimos grandes amigos. No, pero sí nos conocimos hace muchos años cuando fundamos La Jornada. Desde entonces teníamos encuentros obligados, por ejemplo en las asambleas de la empresa en las que la voz de Luis siempre era esperada y apreciada. Con frecuencia nos encontrábamos en el edificio Balderas o en el estacionamiento de al lado. Teníamos otra gran coincidencia anímica, la UNAM.

Lúcido, muy informado, con una penetrante capacidad para desentrañar misterios del hombre, de la ciencia, de la historia, Luis borró para sí mismo el troquel, el cartabón, las etiquetas, y fue todo lo que quiso ser. Construyó su libertad paso a paso hasta el día de su muerte, de su suicidio. Parte del camino escogido, parte de su libertad.

Pero Luis era varios luises, el referente obligado del 68 que defendía una revisión crítica de lo que él vivió y de cómo lo vivió. Esa lectura incomodaba a muchos que preferían permanecer en el discurso oficial de la matanza sin abrir el menor resquicio a la duda. Los días y los años se convirtió en un texto irreverente pero obligado que enojó a muchos por quebrar verdades oficiales de uno y otro lado.

Luis era también el defensor de la diversidad sexual, pero no era un teórico. Él ejercía su derecho abiertamente y además facilitaba encuentros a los que estuvieran en esa opción vital. Por eso se lanzó a abrir locales nocturnos de vocación homosexual pública. Fue un pionero en su apertura personal y en ventilar la homosexualidad de manera frontal y con mucho humor.

Pasó la vida, Luis se fue a vivir a Guadalajara, por allá nos veíamos. Cuando decidí escribir Orfandad y en el archivo de Reyes Heroles me encontré los documentos que sustentaban la existencia de un ala negociadora encabezada por él —Reyes Heroles lo platicó mil veces, junto con Jorge de la Vega y Andrés Caso Lombardo—, busqué a Luis para platicar. Cenamos en un restaurante que Luis escogió y que frecuentaba. Fuimos los últimos comensales en dejar el lugar después de varias insinuaciones. Cruzamos información y la plática siguió por correo electrónico.

Cuando Luis de la Barreda, en la sesión de Consejo de octubre, sugirió un homenaje a su tocayo en las páginas de Este País, se me vinieron a la mente las pláticas más recientes que llevo en la memoria, la memorable cena que difícilmente puedo reproducir, pero también los correos que por allí andaban.

Nuestra única intención es compartir con los lectores parte de ese capítulo que lo pinta de cuerpo entero.

Octubre 24, 2016

[Fragmento del intercambio epistolar entre Luis González de Alba y Federico Reyes Heroles, a propósito de la escritura de Orfandad]

Querido Luis:

Por fin te envío las cuartillas que aluden al asunto del 68, en las cuales apareces mencionado. Ojalá tuvieras tiempo de leerlas y, cualquier cosa, me puedes mandar un correo o llamar a casa, pues estaré trabajando todo el fin de semana en el manuscrito. Debo entregarlo la semana que viene. A ver qué te parece.

Un abrazo,

Federico

Querido Federico:

Con gusto leeré las páginas que mencionas. Fui uno de los tres representantes del cnh, la mañana del 2 de octubre, para iniciar las negociaciones con Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez. Los otros dos fueron Gilberto Guevara y Anselmo Muñoz (del Poli). Los vimos en casa del rector Barros Sierra porque ni ellos querían ir a la cu ni nosotros a una Secretaría de Estado… Para un necio, necio y medio. Quedamos en vernos al día siguiente, 3 de octubre, en La Casa del Lago que, si bien es dependencia universitaria, no lo parece mucho. Los tres estábamos presos esa mañana en el Campo Militar Número Uno… Siempre he guardado la convicción, íntima y sin datos, de que ellos no sabían lo que se preparaba a unas horas, esa tarde. Tampoco lo sabía la Defensa, eso sí lo he publicado en mis relatos del inicio de la balacera, pues ni siquiera me detuvieron, me quedé mirando cómo disparaban al azar sobre la gente, hasta que alguno se percató de que yo no traía guante blanco… Me confundieron…

Al respecto, encontré hace poco, entre mis cuadernos manuscritos con Los días y los años, unas hojas sueltas, escritas a lápiz y metidas en una bolsa de plástico: es mi primer relato, a unos meses de llegar a Lecumberri, del inicio de la balacera. Zedillo me contactó con la directora del Archivo General de la Nación, la doctora De Vega, y quedó de enviar a alguien, o venir ella, a Guadalajara, a llevarse todos los manuscritos para el Archivo. Así, lo que escribí en Lecumberri, volverá a Lecumberri. Quedamos en que sería en marzo, pero ya se acabó.

También tengo el cuaderno pautado donde escribí, letra y notas, mis canciones que acompañaba con guitarra los domingos, ninguna de banderas rojas ni parecida al Himno al pri de Yasabesquién. Son algo bobas, pero bonitas. La primera, “Hiroshima”, la compuse en el piano del auditorio Justo Sierra (que así se llama) y este 8 de agosto se cumplen 70 años de la bomba. Un joven amigo, gran tenor y magnífico músico, les está haciendo el arreglo armónico y espero que se estrenen este mes de agosto aquí en Guadalajara.

 […]

El “plan perfectamente coordinado” de los hechos del 2 de octubre me he cansado de rebatirlo (“El cronista sin crónica”, Nexos, “Perdóname, soldado, perdóname”, Milenio, entre los que recuerdo rápido): Lo que vi y viví a centímetros de distancia fue el terror en que cayeron los hombres de civil y guante blanco que, tras iniciar los disparos sobre la plaza y sorprenderse por la respuesta del Ejército (que a mí, tumbado con ellos en el suelo del tercer piso del Chihuahua, me parecía lo natural) debieron descubrir su nombre al (1) no llevar un teléfono militar de campaña; (2) percatarse de que si el Ejército les respondía el fuego era porque no estaba enterado de quiénes eran, y (3) tratar de hacerse oír entre la balacera con simples gritos: ¡Batallón Olimpia, no disparen!

Monsiváis, en su libro con Scherer, habla de perfecta coordinación porque no estuvo allí. No vio a los que comenzaron a disparar entrar en pánico al no saberse reconocidos por el Ejército regular, y tratar de identificarse como tropa sin éxito.

Un abrazo,

Luis

 […]

Querido Luis:

Tu relato del desayuno en casa del rector cuadra perfectamente con las notas del archivo de mi padre. Como bien lo intuyes la impresión de Reyes Heroles era la de un doble discurso, doble realidad. Por un lado la instrucción expresa de negociar, la designación de los emisarios y después representantes oficiales, y el desconcierto ante lo ocurrido en Tlatelolco.

Te enviaré los materiales del archivo, pues hay varios capítulos previos que muestran cómo desde Bucareli y del ddf salieron provocaciones evidentes, claras, para generar violencia. El propio Reyes Heroles fue víctima de ellas en las instalaciones de PEMEX.

Ojalá te resulten interesantes dado que a tu conocimiento de los hechos es difícil agregar algo. Por cierto, me encantaría poder utilizar en mi libro algunos de los párrafos que me enviaste. ¿Tendrías algún, inconveniente?

Un abrazo,

Federico

Querido Federico:

No sólo no tengo inconveniente en que uses los párrafos que quieras de lo que te he escrito, sino que te lo agradezco.

Aclaro: No fue desayuno en casa del rector. Llegó cada quien desayunado y nos prestó el rector su estudio. Pasó a saludarnos su hijo en elegante bata de casa y yo me sentí incómodo: intromisión en la intimidad de una familia. Recuerdo que había una especie de altar en un nicho, a la altura del suelo, con un gran colmillo de elefante tallado (un delito en la actualidad) y un bonito arreglo floral en el suelo. Nos sentamos en cómodos sillones individuales y la plática fue siempre tensa, pero acabó en “Nos vemos mañana”.

Abrazo,

Luis.

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