A punto de no ser, pero fue: El concierto y el Tractatus que pudieron no haber sido

Columna mensual

Texto de 20/01/20

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Ver en YouTube el “Concierto para la mano izquierda” de Ravel, interpretado por el pianista Paul Crossley, perturba. Durante veinte minutos su brazo derecho cuelga inerte, parece muerto.

¿Qué hay detrás de algo tan insólito? Una historia. En 1929, Ravel estaba trabajando en lo que sería su última composición grande, el “Concierto en sol mayor”,1 por encargo de la mejor pianista de Francia, Marguerite Long, cuando tocó a la puerta un joven pianista austriaco, sin un brazo, millonario, para solicitarle que compusiera algo para él. Paul Wittgenstein pertenecía a una de las familias más importantes de la alta sociedad vienesa. Su padre, el magnate Karl Wittgenstein, para ese entonces ya muerto, había sido uno de los hombres más ricos del mundo, cabeza del monopolio de la producción del hierro y el acero, empresario consentido del Imperio austrohúngaro, algo así como Slim multiplicado por diez. El hogar de los Wittgenstein era frecuentado por artistas e intelectuales de primera línea: en la sala de su casa, el joven Paul tocó a dúo con Brahms, Mahler y Strauss. En 1913, a los veintiséis años de edad, hizo un glorioso debut frente a un auditorio de dos mil personas. El futuro era espléndido. Un año después, empezó la Primera Guerra Mundial. Paul fue reclutado y destinado a Galitzia, entre Polonia y Ucrania. Tan sólo bastó el primer encontronazo para acabar con todo: fue herido gravemente en el brazo derecho y se lo tuvieron que amputar. El riesgo de infección y muerte lo tuvo en vilo semanas. Aún no existía el antibiótico y los servicios médicos eran primitivos. Para colmo, fue enviado a Siberia como prisionero de los rusos. Estuvo a punto de no ser, pero fue. Con una descomunal capacidad de resiliencia, Paul tomó la determinación de convertirse en el primer pianista manco profesional del mundo. Terminada la guerra, alteró sus partituras y se puso a estudiar intensamente. Su maestro, un viejo que se había quedado ciego, componía para él. Una vez que se sintió preparado, sacó la chequera y visitó a los compositores más prominentes de su época solicitándoles piezas especiales. Ravel quedó impactado con la historia, y también con la cantidad de dinero que el manco ofrecía por la composición. Habló con Marguerite Long, que se conmovió hasta las lágrimas, suspendieron el “Concierto en sol mayor” y, nueve meses después, el “Concierto para la mano izquierda” hacía su entrada en la historia de la música. El desenlace no resultó pacífico. El estreno fue en Viena en 1932, al que Ravel no pudo asistir. Escuchó el concierto a finales de año y quedó horrorizado: Paul había alterado la composición y simplificado pasajes técnicamente difíciles. Lejos de felicitarlo, Ravel le hizo una severa reprimenda. Estaba comprometido al estreno en París, pero aun así fue tajante: o se ejecutaba la partitura íntegra o se cancelaba todo. Paul tuvo la arrogancia de discutirle el punto (era un millonario), pero al final no le quedó más remedio que ponerse a trabajar, y al año siguiente tuvo lugar el estreno parisiense, con Ravel en la batuta y Paul al piano. El concierto fue morbosamente famoso. En YouTube se encuentra una versión interpretada por el propio Paul.2 Para ser franco, Paul es un pianista más bien tosco, nada tiene que hacer al lado de la deslumbrante interpretación de Crossley que cité al comienzo. Ravel era meticuloso y obsesivo como el que más, estaba acostumbrado a que lo interpretaran los mejores pianistas del mundo; dirigir el concierto en París tiene que haber sido una tortura para sus oídos.

Karl Wittgenstein, el papá de Paul, murió en 1913. No alcanzó a ver el fin del Imperio austrohúngaro, ni cómo Europa se aniquilaba en la guerra más grande que la humanidad había visto hasta ese momento (cerca de setenta millones de reclutados —sesenta en Europa—, diez millones de soldados muertos, veinte millones de soldados heridos, seis millones de mutilados, seis millones de civiles muertos). Sin embargo, vivió algo parecido o peor: tres de sus cinco hijos varones se suicidaron, suerte de premonición del colapso que venía. Un sobreviviente fue Paul, el primer pianista manco, y el otro, Ludwig, uno de los filósofos más importantes de principios del siglo XX.

Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Ludwig tenía veinticinco años. Su pasión eran las matemáticas y la geometría. Estudió Ingeniería en Manchester, donde incluso patentó un motor a reacción (el progreso era el leitmotiv de la época, la idea joven de la Historia). La exasperación que le provocaban las discusiones filosóficas de los intelectuales que frecuentaban la casa Wittgenstein lo llevó a pensar que la filosofía era puro cantinfleo y que alguien le tenía que poner fin. Ludwig, filósofo-ingeniero, sostiene que el mundo es lógico y que ésa es la razón de por qué nuestra mente piensa de manera lógica, porque forma parte del mundo. Para él, hablar tiene sentido sólo cuando tiene sentido lógico; si no se puede sostener una conversación lógica, entonces es mejor no hablar, y menos de filosofía. Puso por escrito sus tesis: siete proposiciones que desglosó hasta las últimas consecuencias: el silencio total. El texto tenía un título rimbombante: Tractatus Logico-Philosophicus. No estaba aún terminado cuando, al igual que el hermano pianista, fue enviado al frente ruso. A diferencia de Paul, Ludwig marchó a la guerra con un entusiasmo suicida, le fascinaba la idea de morir en el frente alcanzado por una bala loca. Consiguió un puesto de vigilancia en medio de la nada y ahí se instaló a esperar la muerte, mientras terminaba de redactar el Tractatus, de la misma manera como se escribe un testamento. Sus compañeros lo llamaban el soldado suicida. El puesto solitario resultó demasiado solitario, y Ludwig decidió buscar la bala perdida en las trincheras, donde abundaban. Se hizo cargo de una metralleta con la que apoyó los ataques de la infantería y resistió los embates enemigos, con un libro a cuestas que decía que el mundo era lógico. La bala loca nunca llegó. Ludwig estuvo a punto de no ser, pero fue. Terminó prisionero en Italia, que era lo mejor que le podía pasar a alguien en la guerra, y regresó a casa sin un rasguño. Publicó el Tractatus en 1922, después de lo cual se retiró de la vida académica y mundana.

La lógica analítica de Wittgenstein funciona para un mundo mecánico, articulado y artificial, pero no calza con el devenir, con la historia, que no es lógica. La historia funciona de manera dramática, parte del principio de contradicción. El ser de las cosas es lucha, y la lucha está sujeta a una fuerza de gravedad, a un campo gravitacional que llamamos Sino, que proviene del latín signum, que significa ‘señal’. El ser humano avanza siguiendo señales. En el caso de Paul Wittgenstein, su Sino fue la discapacidad: para un pianista con ambiciones, la falta de talento es algo parecido a tener una discapacidad, más seria que perder un brazo. Con ambas manos, Paul jamás hubiera llegado a tocar para Ravel; fue la pérdida del brazo derecho, el Sino de la discapacidad, la señal que le hizo ver la posibilidad de la gloria donde el resto veía sólo tragedia. Paul abrazó su Sino y eso le permitió llegar a compartir escenario con el mayor compositor del momento.

El Sino de Ludwig fue la guerra. Estuvo en guerra con la filosofía (toda) y también consigo mismo (fue maestro de enseñanza básica en una escuela rural, fue jardinero, fue arquitecto3). Estuvo en guerra con la sensualidad y el gozo: renunció a la herencia millonaria y llevó una vida ascética. Estuvo en guerra con su homosexualidad, violenta y reprimida. Para colmo, participó en las dos guerras mundiales del siglo XX, en la Segunda como anónimo enfermero, voluntario, en un hospital en Londres (había obtenido la ciudadanía británica). Escribió nuevas reflexiones pero no las alcanzó a ver publicadas por culpa de un cáncer de próstata que no se quiso curar, en guerra con la vida. Esos textos fueron recogidos bajo el título de Investigaciones filosóficas, su segundo libro. En él se desdice de todo lo que escribió en el primero. Murió en 1951, a la edad de sesenta y dos años. EP

1 A la vuelta de la esquina le esperaba un terrible accidente automovilístico que lo postraría y más tarde llevaría a la muerte.

2 Ver “Paul Wittgenstein plays Ravel. Piano Concerto for the Left Hand”

3 Construyó una casa para su hermana que impactó al mismísimo Le Corbusier. En Google se encuentra como “la casa de Wittgenstein”.

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