Artes escénicas y confinamiento. Una reinvención necesaria

El confinamiento que la pandemia de COVID-19 ha impuesto a la sociedad ha suspendido temporalmente los espacios públicos para las artes escénicas. Ante este panorama, Lucina Jiménez plantea una serie de consideraciones indispensables para reinventar el ecosistema artístico, de tal manera que podamos garantizar la seguridad y la salud de artistas, técnicos, productores y, por supuesto, del público, tomando en cuenta que la cultura y la salud son bienes públicos y derechos irrenunciables.

Texto de 05/06/20

El confinamiento que la pandemia de COVID-19 ha impuesto a la sociedad ha suspendido temporalmente los espacios públicos para las artes escénicas. Ante este panorama, Lucina Jiménez plantea una serie de consideraciones indispensables para reinventar el ecosistema artístico, de tal manera que podamos garantizar la seguridad y la salud de artistas, técnicos, productores y, por supuesto, del público, tomando en cuenta que la cultura y la salud son bienes públicos y derechos irrenunciables.

Un ecosistema en transformación 

El impacto de la pandemia del COVID-19 a nivel global impone la necesidad de explorar veredas hacia la reinvención del ecosistema artístico. En términos de sostenibilidad —enfoque poco frecuentado desde las políticas públicas durante décadas— se hace necesario abonar el terreno para que el arte y la cultura, hoy ventanas al mundo en aislamiento, sean consideradas parte del bienestar social y un sector económico en el que conviene invertir a corto, mediano y largo plazo. 

Las artes escénicas son campos fértiles que generan empleo y movilizan a otros sectores económicos como el de la tecnología, el cual se ha visto beneficiado por la producción y difusión de contenidos —en su mayoría gratuitos— a nivel mundial. Quienes tienen acceso a dispositivos con internet han podido acercarse a la oferta de la Metropolitan Opera House, que dio acceso libre a sus producciones bajo cierta temporalidad. Con el patrocinio de grandes empresas privadas, la Ópera de Viena permite disfrutar en video diversas puestas en escena. La Filarmónica de Berlín, a través de su sala virtual, ofrece conciertos vía streaming, con precios diferenciados. 

En México, se socializaron los acervos de las compañías nacionales de danza, teatro y ópera, así como de la Orquesta Sinfónica Nacional, los centros de producción de música y danza contemporáneas, la Orquesta de Cámara de Bellas Artes, Solistas Ensamble y el Coro de Madrigalistas del INBAL, a través de la plataforma Contigo en la Distancia creada por la Secretaría de Cultura federal. Destacados creadores desde distintos lugares del mundo, como Javier Camarena desde Suiza o Iván López Reynoso desde México, abrieron sus redes sociales para hacer labor educativa y de divulgación. Orquestas sinfónicas y de cámara, agrupaciones corales, compañías de danza, ballets y agrupaciones de música contemporánea generaron experiencias artísticas a partir de diveras plataformas con miles e incluso millones de interacciones. Este uso de la digitalidad será seguramente un ambiente ya ganado, aunque difícilmente bajo los mismos términos. 

El diálogo no sólo alude a las medidas de recuperación económica, que seguramente tomarán su tiempo, sino que también involucra un debate estético y refiere a cómo una pandemia global afecta la dimensión artística.

Las artes vivas forman parte de los ecosistemas productivos y de servicios; tienen impacto en las industrias del vestido, el calzado, la papelería, el sonido, la construcción, la iluminación, el transporte o los alimentos y dan trabajo a economistas, abogados, contadores, técnicos y diseñadores, por mencionar algunas categorías laborales. Igualmente, dan impulso al turismo que se mueve alrededor de los teatros, los centros de ópera, los festivales y las ferias de arte contemporáneo más emblemáticos, más allá de los espacios arquitectónicos o de carácter patrimonial que movilizan a millones de personas en todo el mundo. 

Aunque los sistemas de cuentas nacionales en la mayoría de los países han subrayado su contribución a la riqueza nacional, sus componentes, desigualdades y especificidades han sido escasamente explorados. No tienen las mismas exigencias y posibilidades los grandes teatros, agrupaciones artísticas y casas de ópera, que las pequeñas compañías o grupos artísticos.

La biopolítica y el cuerpo 

Las artes escénicas, incluida la música, son artes gregarias, de lo público, propician lo social. Ante el cierre de teatros, salas de concierto, auditorios y espacios escénicos públicos y privados, propiciado por el control de las curvas de contagio, el mundo de las artes vivas se ha visto afectado directamente porque su naturaleza implica definitivamente la corporalidad, la presencia física, la interacción e implicación de ese territorio de expresión, emociones y energías que es el cuerpo. 

La pandemia puso en tensión las bases de las ritualidades y la comunión en las que descansan la danza, el teatro, la ópera, los conciertos sinfónicos, los coros y el performance. El confinamiento de los cuerpos da lugar a otra pespectiva de la biopolítica y nos conmina a preguntarnos cómo será posible el arte escénico en la inminente recuperación de la vida y los espacios públicos, cómo tendrán que adaptarse las prácticas artísticas en los escenarios para garantizar la seguridad y la salud de artistas y personas dedicadas a las dimensiones técnicas, de producción, escenografía, dirección escénica y musical, y por supuesto, a los públicos, tomando en cuenta que la cultura y la salud son bienes públicos y derechos irrenunciables. En todo el mundo se han abierto reflexiones colectivas por parte de diversas comunidades artísticas —unas más organizadas que otras— para formular propuestas en todos los países. 

El diálogo no sólo alude a las medidas de recuperación económica, que seguramente tomarán su tiempo, sino que también involucra un debate estético y refiere a cómo una pandemia global afecta la dimensión artística. ¿Dónde se construye la teatralidad, cómo la dramaturgia y el teatro mismo pueden promover las más diversas emociones desde la virtualidad?, ¿puede construirse lo escénico sin la implicación biopolítica del cuerpo de la actriz, del actor?, ¿tendrán mayor auge el video teatro y la video danza?, ¿ganará más peso la industria cultural?, ¿las plataformas podrían llegar a contribuir al ingreso de artistas escénicos o ser parte de los recursos para la producción del espectáculo en vivo?, ¿las orquestas sinfónicas podrán seguir con sus mismos repertorios y esquemas de ensayos o buscarán formatos más flexibles? 

El canto y la actuación sufrieron las primeras consideraciones de riesgo ante los mecanismos de contagio, debido al papel activo de las emisiones vocales. La ópera, el teatro y la danza son particularmente sensibles a la presencialidad. La música nunca será la misma interpretada en vivo que en grabaciones; sin embargo, tiene otras posibilidades de reproductibilidad, ya que incluso ha sido uno de los motores de la vertiginosa revolución tecnológica. Los teatros fueron los primeros en cerrar; las grandes salas de conciertos y ópera en las ciudades más importantes serán posiblemente las últimas en abrir, con lo que será más prolongado y complejo el proceso. Los festivales no tendrán posibilidades inmediatas de llevarse a cabo en las mismas circunstancias en que se llevaban a cabo. Pese a ello, artistas de la escena y la música han mostrado su solidaridad y empatía, su actitud de apoyo hacia el personal médico, los maestros y otros actores que se mantienen en actividad presencial y esencial, arriesgando su salud o haciendo posible que infancias y adolescencias no pierdan el ciclo escolar, que las ciudades y los servicios funcionen, aunque las ciudadanías permanezcan en casa. 

El día después 

Durante estos meses de confinamiento y lucha por la vida de miles de personas, los contextos para la expresión escénica han cambiado radicalmente. Pensar en un regreso a lo mismo es imposible; es necesario darnos la oportunidad de reinventarnos. Abrir los escenarios implica la definición de protocolos de seguridad para los teatros, los auditorios, las salas de conciertos y las casas de ópera. La preparación del regreso tiene muchas vertientes y requiere de previsiones específicas que protejan la salud de elencos, creativos, técnicos y productores, de públicos y personal de gestión, pero al mismo tiempo garanticen respetar los derechos humanos y evitar que el miedo y la inseguidad ocasionen discriminación o rechazo a ciertas personas. Especialmente habrá que pensar en quienes viven con discapacidad y que cuidar el empleo, posiblemente alternando personal o definiendo qué puede seguirse haciendo de manera remota, respetando los derechos laborales. 

Las medidas de prevención tendrán que contar con protocolos institucionalizados acordes con las respectivas áreas de salud en cada país; así ocurre en aquellos donde poco a poco se ha ido recuperando la vida pública. Todas las infraestructuras deberán ser sanitizadas de manera recurrente y habrá que diseñar el manejo de oficinas, de espacios comunes, de los mecanismos de gestión, el uso de taquillas y hasta del dinero y programas de mano. Es necesario seguir poniendo atención a personas en condiciones de vulnerabilidad y apoyarlas para que se incorporen en las mejores condiciones. El restablecimiento de relaciones afectivas entre gremios artísticos y personal administrativo, técnico y de gestión será fundamental. 

 Estamos frente a una crisis para la que nadie estaba preparado, una crisis que cuestiona las zonas de confort en que descansaba una supuesta “normalidad” que hoy requiere ser deconstruida.

La mayoría de los países ha optado por una inevitable apertura con reducción del aforo, lo que afecta la recuperación cuando los ingresos de taquilla son determinantes para quien produce. De ahí que se requieran nuevos esquemas de distribución. Seguramente habrá que trabajar para restablecer la confianza en los espectadores sobre la seguridad de los teatros y las salas de espectáculos escénicos, así como en la importancia de la recuperación de su vida cultural. 

Artísticamente hablando, lo más probable es que deban pensarse los repertorios de orquestas y agrupaciones artísticas, compañías de ópera, teatro y coros, para armonizar salud y expresión artística; considerar la instrumentación de las orquestas, el número de integrantes de las agrupaciones que participan en cada producción, tomar en cuenta la disposición de músicos, actrices, actores y cantantes en los escenarios y en los fosos de orquesta, reorganizar sesiones de ensayos, repensar los esquemas de preproducción, montajes y gestión, para cuidar la salud de artistas, productores, técnicos, gestores y audiencias, sin perder la vocación de cada agrupación, compañía u orquesta.

En la mayoría de los países, quienes integran el sector de las artes escénicas —los menos, a decir verdad— suelen pertenecer a elencos o agrupaciones artísticas de gobiernos federales, estatales, municipales o universidades que cuentan con compañías de danza, orquestas de cámara o sinfónicas, conjuntos corales, agrupaciones de música tradicional, compañías de teatro o, en menor escala, de ópera. 

Sin embargo, el resto de los creadores y productores escénicos apuestan sus recursos en obras que coproducen o sostienen a partir de contratos intermitentes, o bien a partir de la búsqueda de becas, patrocinios o estímulos fiscales, donde éstos existen. Los espacios escénicos independientes tendrán que reinventarse también. Lo cierto es que no tienen el mismo tratamiento de industria que el cine y el audiovisual han ganado. Fomentar el proceso de asociación y repensar los esquemas de financiamiento y recuperación será importante, en paralelo con enfoques de socialización, inclusión y vinculación social, de tal suerte que el mundo de las llamadas bellas artes trabaje desde la excelencia y la pertinencia estética, en armonía con la promoción de la salud, al tiempo que adquiera cada vez más un sentido de apertura hacia nuevos sectores que tal vez por fin puedan acercarse a estas expresiones.

No todos los gobiernos tienen posibilidades de generar subsidios generalizados, porque sus economías y sus desigualdades se convierten en obstáculos para atender incluso las deficiencias de sus sistemas de salud y evitar la muerte de un mayor número de personas, o bien porque no construyeron antes los mecanismos para atender situaciones de emergencia o de vinculación con esquemas de bienestar para creadores, productores y gestores, para apoyar a los pequeños o medianos emprendimientos artísticos. La diversidad y la contemporaneidad de las artes escénicas serán también un refugio y un espacio para replantear la vida misma, en un mundo que exige otros paradigmas. Estamos frente a una crisis para la que nadie estaba preparado, una crisis que cuestiona las zonas de confort en que descansaba una supuesta “normalidad” que hoy requiere ser deconstruida. Habrá que generar estímulos y procesos de acercamiento con ciudadanías que responderán de manera diferenciada. Habrá quien desee ya regresar a sus espacios culturales, pero habrá quienes seguramente se lo pensarán dos veces. La economía de los hogares será un reto a considerar, por lo que no debería descartarse el estímulo al disfrute artístico como un medida más para la recuperación. Lo que es un hecho, es que tenemos todo por hacer. EP

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