Tribus diacríticas o crónica de una casi conversión ortográfica

Todo parece indicar que las personas, incluso los seres humanos, tenemos inscrita en alguna parte del código genético de la especie una cierta tendencia a jugar partidos de futbol morales —o políticos o estéticos—. Es decir, a formar bandos de contrarios diametralmente opuestos e irreconciliables. En cualquier ámbito vemos un terreno propicio para un Brasil […]

Texto de 12/12/18

Todo parece indicar que las personas, incluso los seres humanos, tenemos inscrita en alguna parte del código genético de la especie una cierta tendencia a jugar partidos de futbol morales —o políticos o estéticos—. Es decir, a formar bandos de contrarios diametralmente opuestos e irreconciliables. En cualquier ámbito vemos un terreno propicio para un Brasil […]

Todo parece indicar que las personas, incluso los seres humanos, tenemos inscrita en alguna parte del código genético de la especie una cierta tendencia a jugar partidos de futbol morales —o políticos o estéticos—. Es decir, a formar bandos de contrarios diametralmente opuestos e irreconciliables. En cualquier ámbito vemos un terreno propicio para un Brasil contra Italia del espíritu o, al menos, para una cascarita a muerte: liberales vs. conservadores, idealistas vs. realistas, Occidente vs. Oriente, alta cultura vs. baja cultura, rock vs. pop, los Beatles vs. los Stones (o, incluso, Lennon vs. McCartney), lo femenino vs. lo masculino, el bien vs. el mal, el ser vs. la nada, salsa verde vs. salsa roja. El binarismo es el pulgar oponible del alma humana: nos permite asir el mundo y las cosas del mundo. Nos da paz e identidad ver, en cualquier asunto o circunstancia, dos porterías como esfinges confrontadas, saber para qué lado tiramos, si somos jogo bonito o catenaccio.

       Decir cuál de estas oposiciones es la más esencial o la más grave sería imposible o baladí. Sin embargo, una pugna reciente amenaza con dividir de forma irreparable, si bien no a la humanidad entera, sí a los hispanohablantes alfabetizados. Como Moisés al Mar Rojo, la tilde diacrítica sobre el adverbio sólo y los pronombres demostrativos ha partido en dos a la comunidad universal de escribientes del español con una herida de rivalidad ortográfica. Repasemos brevemente los pasos y motivos de este cisma.

     En 2010, la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española publicaron una nueva —y última, hasta la fecha— Ortografía de la lengua española. Entre las principales novedades de esta edición están la exclusión de los dígrafos ch y ll del abecedario (es decir, dejan de considerarse letras en sí mismas estas combinaciones de caracteres, con un lugar en el alfabeto); la eliminación de la tilde en palabras con diptongos o triptongos ortográficos (por ejemplo: guiontruhanfie, etcétera); la definición de normas precisas sobre la escritura de prefijos (¡Aleluya! ¡Albricias! ¡Evohé! ¡Evohé!); la sustitución de la q etimológica por grafías propias del español en extranjerismos y latinismos plenamente adaptados a nuestra lengua (por ejemplo: no quorum, sino cuórum). Y, por supuesto, la manzana de la discordia, la raptada Helena: la “eliminación de la tilde diacrítica en el adverbio solo (sic) y los pronombres demostrativos incluso en casos de posible ambigüedad”. Y ferozmente ardió Troya.

       Antes de tomar partido y empezar a satanizar al enemigo, revisemos el asunto con cierto orden. Recordemos, primero, esa clase de primaria, perdida en la noche de los tiempos, en la que nos hablaron de los acentos diacríticos, esas tildes que se ponen sobre ciertas palabras —independientemente de las reglas básicas de acentuación gráfica del español— para distinguirlas de una gemela malvada, idéntica en forma, pero diferente en significado y función. (O eso nos dijeron.) Por ejemplo, en la frase “él nos mintió”, él lleva tilde porque es un pronombre, a diferencia de el en “el café nos salvará”, donde se escribe sin tilde por ser un artículo. El Diccionario panhispánico de dudas de la RAE da una definición puntual de tilde diacrítica: “Se llama tilde diacrítica al acento gráfico que permite distinguir palabras con idéntica forma, pero que pertenecen a categorías gramaticales diferentes”. (Después añade elementos que complican medularmente la cuestión, pero ya llegaremos a ello.) Hasta aquí, todo parece, o parecía, aceptablemente sencillo y, por consiguiente, la doble lista de palabras que se diferenciaban mediante este tipo de acento también resultaba bastante clara. Algunos casos:

Antes de la reforma académica —o, mejor dicho, antes de la explosión de la polémica—, la mayoría de los hispanoescribientes nos sentíamos bastante cómodos colocando en esta lista al adverbio sólo y al adjetivo solo, así como a los pronombres y adjetivos demostrativos (éste/este, ése/ese, aquél/aquel, y sus femeninos y plurales). Sabíamos que debíamos tildar la palabra sólo cuando puede sustituirse por el adverbio solamente (“sólo contigo siento esta estimulante paz”) y que debíamos escribir solo sin tilde cuando significa ‘único en su especie’, ‘en soledad o en solitario’, ‘que está sin otra cosa que lo aderece o acompañe’ (“me gusta el café solo; sin ti me siento solo”). Con respecto a los demostrativos, sabemos que si van acompañando a un sustantivo, esto quiere decir que son adjetivos, y nuestras viejas certezas antediluvianas nos decían que, por lo tanto, no debíamos escribirlos con acento (“este libro es nuevo; esa almohada es tuya; aquel edificio es viejo”); en cambio, si reemplazan por completo al sustantivo, esto significa que actúan como pronombres y, de nuevo, nuestro antiguo conocimiento precismático nos indicaba que debían ir con tilde (“éste es nuevo; ésa es tuya; aquél es viejo”). Todo era claro y distinto en el jardín del edén diacrítico. O eso pensábamos, o eso creíamos.

       Pero llegó la viperina reforma de 2010 y sembró el veneno de la discordia. Ahora bien, es justo decir que desde mucho antes, desde 1959, el acento diacrítico en sólo y los pronombres demostrativos era considerado opcional por la RAE, recomendable sólo en casos de posible ambigüedad. El repetidísimo ejemplo ilustrativo reza: “trabaja solo de noche”. ¿Cómo saber si la frase quiere decir que el sujeto en cuestión a) trabaja únicamente por las noches o b) trabaja en soledad, sin compañía, por la noche? Ah, pues para evitar la confusión se aconsejaba —o, mejor dicho, se toleraba— el uso del acento diacrítico, para indicar inequívocamente el primer significado: que el sujeto trabaja nada más de noche. Pero la Ortografía académica de 2010 dijo que no, que incluso esta forma discrecional de tildar sólo (y los pronombres demostrativos) era incorrecta y que debía evitarse. Veamos, directamente, lo que dicen los famosos versos satánicos:

Existen dos usos en la acentuación gráfica que han venido siendo tradicionalmente asociados a la tilde diacrítica: el que oponía los usos pronominales de los demostrativos esteese y aquel, con sus femeninos y plurales, a los usos como determinantes de esas mismas formas; y el que distinguía el adverbio solo (sic) del adjetivo solo. Como esos usos distinguidores no se ajustan a todos los requisitos de la tilde diacrítica (pues tanto en un caso como en otro no se oponen palabras tónicas a otras átonas formalmente idénticas), desde 1959 las normas ortográficas restringían la obligatoriedad del acento gráfico únicamente a las situaciones de posible ambigüedad. Dado que tales casos son muy poco frecuentes y que son fácilmente resueltos por el contexto, a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en el adverbio solo y los pronombres demostrativos incluso en los casos de posible ambigüedad.

Como habrá notado el lector, esta argumentación incluye un elemento que no habíamos mencionado hasta ahora: la oposición entre palabras tónicas y átonas como criterio fundamental para el empleo de los acentos diacríticos. Es decir, los acentos diacríticos no sólo sirven para distinguir pares de palabras idénticas en forma pero con diferentes significados y diferentes funciones gramaticales; además —y, al parecer, sobre todo—, señalan la distinta pronunciación de estas dos palabras: la gemela buena, tímida, se pronuncia más suavemente, mientras que la gemela mala, exaltada, se pronuncia con mayor intensidad y por eso debe llevar una marca, una especie de lunar rasgado, que funge como letra escarlata de protagonismo prosódico. Éste es, realmente, el origen de la discordia, la raíz misma del árbol del conocimiento del bien y del mal.

       Debo confesar una cosa: antes del estallido de la polémica diacrítica, antes de que tomara partido y comenzara a recabar argumentos contra los herejes reformistas, no había oído hablar de la tonalidad como un factor o requisito para el uso de la tilde diacrítica. Es más, no había oído hablar siquiera de la existencia de palabras tónicas y átonas en español, al igual que, creo, un fantástico número de hispanohablantes alfabetizados en el mundo (me siento tentado a decir, incluso: como la mayoría de los hispanohablantes alfabetizados, pero quizás esta asunción estadística sería no sólo injusta, sino estúpida). Como decía líneas más arriba, cuando aprendí sobre el uso de los acentos diacríticos, sólo conocí una regla: se utilizan para diferenciar dos palabras que se escriben casi igual (salvo por el acento), pero que tienen un significado distinto (derivado de su diferente función gramatical). Y ya. Punto. Y era una regla muy clara y sencilla. Pero llegó la reforma a envenenarlo todo. O a quitarnos la venda de los ojos.

      Ahora debo hacer una segunda y más delicada confesión. Cuando le prometí este artículo a mis queridas editoras, les hablé de un texto que sería una defensa apasionada del acento diacrítico sobre el adverbio sólo y los pronombres demostrativos. Y me puse a leer al respecto, para juntar y alinear municiones, para documentar mi optimismo ortodoxo, y el caso es que, poco a poco, la pólvora se me fue mojando y el tiro casi se me sale por la culata. Casi. Sigo pensando que vale la pena conservar las tildes sobre sólo y éste y compañía, pero mis razones ya no son tan firmes ni fervorosas.

      El problema es que nos enseñaron que los acentos diacríticos eran un asunto de oposición y diferenciación gramatical, no prosódica. De ahí surge la indignación de los contrarreformistas: que nos quieran quitar la tilde de sólo y los pronombres demostrativos nos parece no sólo una necedad, sino, sobre todo, un acto de discriminación. ¿Por qué dejar de distinguir ortográficamente estos pares de palabras cuando otros tantos sí mantienen el acento delator? Además, ¿qué hacer en los casos de posible ambigüedad semántica? Y, finalmente, ¿qué diablos es esa insidiosa minucia de palabras tónicas versus palabras átonas?

      Para bien, o para mal —ya ni sé cómo sentirme al respecto—, no es un asunto tan complejo ni tan etéreo como parecen sugerir estos nombres de boticario. Que una palabra sea tónica simplemente quiere decir que se pronuncia naturalmente con mayor intensidad, en una frase, en la cadena del habla; a diferencia de una palabra átona, que se pronuncia naturalmente con menor intensidad. Algo equivalente, pues, a lo que pasa con las sílabas de una palabra polisílaba: siempre hay una que se pronuncia con mayor fuerza, a la cual llamamos sílaba tónica (y de cuya posición dentro de la palabra depende que ésta sea aguda, grave, esdrújula o sobreesdrújula). Sin embargo, a diferencia de la sílaba tónica, en una frase puede haber más de una palabra tónica; de hecho, suelen ser la mayoría, frente a la minoría de átonas.

      Pues bien, ésta es la sencilla y árida cuestión: el acento diacrítico distingue pares de palabras iguales en su forma pero distintas en su pronunciación. El hecho de que, además, estas palabras homógrafas (que se escriben igual) pertenezcan a categorías gramaticales diferentes es un criterio derivado en la aplicación del acento diacrítico. ¿Ante esto qué podemos hacer? Por más argumentos que demos los contrarreformistas, el adverbio sólo siempre será una palabra tónica y el adjetivo solo, también. Por otra parte, existen otros muchos pares de palabras homógrafas, con distintos significados y funciones gramaticales, que nunca hemos sentido la necesidad de diferenciar mediante tildes. Ocurre, por ejemplo, con un sinnúmero de conjugaciones verbales: “sal de la tierra” (sal como sustantivo) versus “sal de la tierra” (sal como verbo); “fui veloz” (del verbo ser) versus “fui veloz” (del verbo ir). Estos dos pares de expresiones fácilmente podrían prestarse a ambigüedades y no pensamos en la posibilidad de una tilde diacrítica salvadora. Entonces, ¿por qué sí pedimos su amparo para los pronombres demostrativos y para el adverbio sólo? ¿Por qué este texto sigue pretendiendo ser una defensa del pasado?

      Antes de seguir, voy a decir cuál ha sido —después de revisar un montón de literatura al respecto— el argumento de los reformistas que más me ha sacudido: la cuestión de la elegancia. Los hispanohablantes tenemos uno de los sistemas ortográficos más sencillos del planeta. Nuestra escritura es casi fonética (con sus varias excepciones, por supuesto: tenemos más de una letra para un mismo sonido y más de un sonido para una misma letra; tenemos, incluso, letras mudas) y nuestro régimen de acentuación gráfica es de una puntualidad apabullante: llevan acento gráfico las palabras agudas que terminan en ns o vocal; llevan acento las palabras graves que no terminan en ns o vocal, y llevan acento todas las esdrújulas y sobreesdrújulas. La función de los acentos gráficos no es servir de decorado culterano, sino facilitar la lectura, sobre todo la lectura en voz alta, y evitar posibles confusiones. Términotermino y terminó son tres palabras muy distintas, que al ser dichas se distinguen claramente por su pronunciación, pero en papel (o en pantalla) sólo pueden diferenciarse por la tilde saltarina. Bueno, pues la tilde diacrítica surgió como una especie de extensión de este sistema básico: para resolver posibles confusiones o ambivalencias que el solo texto no podría resolver. Por ejemplo: “El vino de Francia”. Si no existiera el acento diacrítico, no podríamos saber si esta frase: a) dice que alguien (un sujeto masculino) llegó de Francia, o bien, b) simplemente hace referencia al vino (la bebida alcohólica hecha de uva) proveniente de Francia. Sin embargo, en el lenguaje oral no existiría esta confusión, pues una y otra opción se pronunciarían de forma distinta. He aquí, representada con toda claridad, la famosa bipolaridad tónica/átona: el pronombre él es una palabra tónica, mientras que el artículo el es una palabra átona, que, al ser dicha, casi parece pegarse a la palabra que le sigue. Suspiro…

       La reforma de 2010, pues, tiene por objeto ser congruente con los principios elementales del acento diacrítico (es decir, los prosódicos) y con los principios de elegancia de la ortografía del español: que ésta sea lo más clara y sencilla posible. A lo largo de su historia, nuestra ortografía se ha ido librando de reglas que en su momento fueron sagradas y que hoy nos parecen absurdas (por ejemplo: la tilde sobre la preposición á y la conjunción ó, o los dígrafos latinizantes, como ch en Christo). El objetivo de la ortografía es ayudar a los hispanohablantes a comunicarse tan eficazmente por escrito como, de forma natural, lo hacen cuando hablan. Como dije o sugerí líneas arriba, el objetivo de la ortografía no es poner ni dar pruebas de erudición.

      Entonces, Romeo Tello Arista, ¿estás defendiendo el acento diacrítico sobre sólo y los pronombres demostrativos o estás hundiendo, a punta de suspiros, el último clavo de su ataúd? Ay… suspiro, otra vez. Sí, aún defiendo la pertinencia de estas tildes, pero los ánimos de mi defensa son infinitamente menos troyanos de lo que fueron cuando comencé a escribir este texto. ¿Dónde, creo, fallan los reformistas antitildes? En el modo, en el orden y diría que hasta en el tono en el que presentan sus argumentos. En primer lugar, como hemos dicho, la razón de ser de los acentos diacríticos —nos venimos enterando— es distinguir palabras homógrafas con distinta carga tónica. Si éste es el criterio rector, y el motivo por el que sólo y los demostrativos fueron expulsados del reino diacrítico, los reformistas deberían limitarse a decir: “Lo sentimos, éstos siempre fueron acentos diacríticos espurios, nunca cumplieron con la norma prosódica ISO 9000”. Sin embargo, inmediatamente caen en la tentación de agregar: “Además, los casos de posible anfibología son muy pocos y deben resolverse mediante una eficiente redacción de los textos”. Y ahí es donde fallan y, sobre todo, donde delatan el problema del asunto y de la regla. Al aludir a cuestiones de posible ambigüedad están reconociendo algo fundamental: la diferencia prosódica (que una palabra sea tónica o átona) va de la mano de una diferencia gramatical. La distinta carga tónica entre palabras homógrafas no tendría ninguna relevancia si éstas no tuvieran significados y funciones gramaticales también distintos. Y al hacer este reconocimiento, aunque sea de forma tácita, el acento diacrítico sobre sólo y los pronombres demostrativos vuelve a ser defendible: comportan conocimiento gramatical.

      Recordemos lo que dice la Ortografía de 2010: “Dado que tales casos [de anfibología] son muy poco frecuentes y que son fácilmente resueltos por el contexto, a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en el adverbio solo y los pronombres demostrativos incluso en los casos de posible ambigüedad”. Una alusión directa a la posible ambigüedad. Y entonces, si somos congruentes con esto que dice la Academia, ¿no podríamos (o, incluso, deberíamos) eliminar todas las tildes diacríticas? Pues lo cierto es que el contexto fácilmente resuelve todas las posibles ambigüedades. Es decir, una frase como “el vino de Francia” nunca se encuentra así, aislada, flotando en el éter del lenguaje. Siempre habría un contexto que nos permitiría entender su sentido, aun si, por alguna razón, no pudiéramos poner el acento correspondiente: “El vino de Francia y me trajo este vino”. Con este mínimo contexto ya sabemos que ese el hace referencia a un sujeto masculino en tercera persona. ¿Por qué, entonces, académicos reformistas, confiar en unos casos en el contexto y en otros no?

       Ahora bien, regresando a la cuestión de la sencillez, sí, es verdad que éste es el argumento reformista que más me convence; sin embargo, también me obliga a plantearme otro dilema: ¿dónde está la frontera que separa sencillez ortográfica de barbarie ortográfica? Si el argumento es: podemos prescindir de ellos porque a fin de cuentas el mensaje “se entiende”, ¿de cuántas otras reglas ortográficas podemos prescindir mientras “se entienda”? De entrada, supongo, de todas las tildes. Y si este razonamiento les parece un uso descarado e infame de la reducción al absurdo, los invito a leer el artículo que en pro de la eliminación de los acentos diacríticos en sólo y los pronombres demostrativos escribiera Emmanuel Noyola para Letras Libres. Este texto termina precisamente con esta modesta propuesta: prescindir de todas las tildes, pues sin ellas “no pasa nada”. Si “se entiende” es el criterio, debemos aceptar que los adolescentes texteantes son los verdaderos adelantados del idioma —del idioma escrito, al menos—, pues logran comunicarse haciendo un uso no sólo reformista, sino vanguardista de la ortografía. Y quizá todos deberíamos escribir así, pues, finalmente, “no pasa nada”. ¿Dónde está la frontera entre sencillez y barbarie? Supongo que en el lejano y cercano terreno común.

       Esto me lleva a mi último argumento. Es cierto: la tilde diacrítica en sólo y los pronombres demostrativos no cumple con el criterio básico de distinguir palabras tónicas y átonas. Pero también es cierta otra cosa: la ortografía, como un reflejo de la lengua, y ésta como un reflejo del alma humana, no es un rígido sistema binario, de unos y ceros. Sí, aspira a la mayor elegancia y simplicidad, aspira también a la claridad científica, pero es un conjunto de reglas que no pueden evadir la tradición y los sentimientos. ¿Con esto quiero decir que debemos mantener los acentos diacríticos en sólo y los demostrativos por pura tradición? No. Lo que quiero decir es que las reglas ortográficas y, en concreto, las reglas de los diacríticos, no son absolutamente sistemáticas y la misma Academia así lo reconoce en su Ortografía de 2010: La tilde diacrítica tiene, por tanto, dentro del sistema acentual del español un carácter excepcional, no solo porque prescribe acentos gráficos en palabras que, según las reglas generales, no deberían tildarse, sino porque no se aplica de forma sistemática a todas aquellas voces susceptibles de llevarla. La nómina de palabras escritas con tilde diacrítica es limitada y ha sido fijada a lo largo del tiempo por la tradición ortográfica, en un lento proceso en el que no han faltado adiciones y supresiones de los elementos a esta lista, procurando siempre su uso restringido y coherente. Todas las voces que integran esta nómina tienen en común ser palabras de empleo frecuente…

Existen pares de palabras homógrafas que sí cumplen con el criterio de tonicidad versus atonicidad y que, sin embargo, no se distinguen mediante tilde diacrítica (“bajo la lámpara”: esta expresión tiene dos posibles significados, dependiendo de la intensidad con la que se pronuncie la palabra bajo). Por otro lado, existen palabras homógrafas que aun siendo tónicas, y contando con una gemela átona, no llevan tilde diacrítica (el nombre de la nota musical si es una palabra tónica y no lleva acento). Y también ocurre lo contrario, aunque de forma más excepcional: más, con valor de adición (“dos más dos es igual a cuatro”), se pronuncia de forma átona y, no obstante, lleva acento.

      Mantener las tildes sobre el adverbio sólo y los pronombres demostrativos no nos obligaría, como han sugerido algunos reformistas, “por pura coherencia teórica, [a] extender el uso de la tilde diacrítica a una cantidad desorbitada de usos”, por una simple y sencilla razón: la lengua (y la ortografía como uno de sus tantos correlatos) no es una coherencia teórica. Es simple y llanamente la casa del ser. ¿Por qué sigo defendiendo, entonces, el uso de estas tildes? Porque su uso implica conocimiento gramatical y porque sigo creyendo, siguiendo a George Steiner, que no hay existencia fuera de la gramática.

      Pero como dije, mi fe ha flaqueado. Y con el paso del tiempo, quizá se debilite aún más. Ya no creo que me vaya la vida en defender el honor del jogo bonito de estas tildes, ni creo que los reformistas sean unos herejes, abogados arribistas del catenaccio ortográfico. Al final, lo que más me ha sorprendido al revisar con cierto detenimiento esta polémica es la propensión que tenemos las personas a formar bandos y tomar partido: lo fácil que se nos despierta el instinto de tribu. Cualquier motivo pareciera ser válido para declarar la guerra del yo estoy bien y tú estás mal. “El placer de enjuiciar”, dice Canetti en Masa y poder. “¿En qué consiste este placer? Uno relega algo lejos de sí a un grupo inferior, lo que presupone que uno mismo pertenece a un grupo mejor. Uno se eleva rebajando lo otro. La existencia de lo dual, que representa valores opuestos, se supone natural y necesaria. Sea lo que sea lo bueno, está para que se destaque de lo malo”.

     Todo lo volvemos personal y pasional: incluso una cuestión de tildes diacríticas. “Son unos nostálgicos trasnochados”, dicen los reformistas. “Son unos flojos que ya no quieren aprender a escribir”, dicen los contrarreformistas. Y así, respiramos aliviados sabiendo que estamos del lado correcto.

      Yo ya no sé si estoy del lado correcto. Sé que sigo jugando con la playera de Brasil, aunque quizá más por costumbre que por cualquier otra cosa. Y creo que en este momento preferiría estar sentado en las gradas viendo el partido.

P. S. Vale la pena mencionar que la Academia Mexicana de la Lengua es la única de la Asociación de Academias de la Lengua que se opone a la eliminación de la tilde diacrítica sobre el adverbio sólo y los pronombres demostrativos. Si bien suscribió democráticamente la Ortografía de 2010, siempre expresó su desacuerdo a este respecto. El director de la Academia Mexicana, en ese crucial año, era el doctor José Guadalupe Moreno de Alba, fallecido en 2013 y autor de El español en América y las maravillosas Minucias del lenguaje, entre otras obras fundamentales. Hace mucho tiempo, tuve el feliz privilegio de ser su alumno en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Doctor, ¡viva la resistencia diacrítica! Todavía. EP

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