Breverías

La gran lección de la humildad es cotidiana y yace en el cuerpo. Nadie escapa de ese primer, inseparable y último vínculo con la tierra. La longevidad —un lujo biológico que nos acerca a los árboles y nos separa de las moscas— no es decisiva para la sobrevivencia. Por el contrario, ella parece el resultado […]

Texto de 22/05/18

La gran lección de la humildad es cotidiana y yace en el cuerpo. Nadie escapa de ese primer, inseparable y último vínculo con la tierra. La longevidad —un lujo biológico que nos acerca a los árboles y nos separa de las moscas— no es decisiva para la sobrevivencia. Por el contrario, ella parece el resultado […]

La gran lección de la humildad es cotidiana y yace en el cuerpo. Nadie escapa de ese primer, inseparable y último vínculo con la tierra.

La longevidad —un lujo

biológico que nos acerca a los árboles y nos separa de las moscas— no es decisiva para la sobrevivencia. Por el contrario, ella parece el resultado de la confianza de un ente en su entorno. Paz que le permite perdurar pero que ralentiza sus mutaciones adaptativas. Envejecer es perder flexibilidad, en todos los sentidos.

El cuerpo es el mejor ejemplo de lealtad. Se supone que nunca nos engaña. Su plenitud y su dolor son tan evidentes como genuinos. Ejército de células con un fin absoluto y ciego: vivir. Por eso algunas enfermedades resultan enigmáticas: una zona, una parte del cuerpo funciona, de pronto, con autonomía y contraviene al conjunto. Hasta en la fisiología se atestiguan las traiciones.

Millones de células unidas resueltamente pero que también pueden colapsarse en un instante por el más breve descuido o por una microscópica falla en el interior del sistema. El cuerpo es la cima de la organización y el colmo de la fragilidad. Lo paradójico es que el cuerpo puede perder uno o varios miembros, uno o varios órganos, incluso, y seguir vivo; pero basta una molécula fuera de control o un desequilibrio en cierta sustancia para que sucumba en segundos.

Por alguna razón, cuando una persona enferma la sentimos más cercana. El prójimo es más prójimo en la mutua identidad de las debilidades que en el alarde de la plenitud. Nada es más antipático que la perfecta salud; pero, en cambio, el atisbo de una dolencia produce una inmediata hermandad. En lo recóndito, menos proveniente de la maldad que de la sabiduría, una vocecita parece decirnos: “Mmh… lo sabía”.

Crear y destruir formas. Reproducirlas. Transfigurarlas. Adaptarlas. Agotar las posibilidades de su movimiento, de su mutación. ¿Quién nos librará de esta impune sensación de nacer y morir en un tubo de ensayo?

Cuando una gran mente se despide, como las masivas estrellas, arroja los materiales que se gestaron en su interior. Crisol al fin, su generosidad fue germinando todos los días de su vida, pero sólo hasta el final el legado es reconocible. EP

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