Tres poemas sobre la extinción

“Ahora el acontecimiento de la muerte de tu madre / te hace pensar / en que es urgente declarar tu amor. / Es raro, ¿no? / Sin embargo, se entiende por completo.”

Texto de 07/09/20

“Ahora el acontecimiento de la muerte de tu madre / te hace pensar / en que es urgente declarar tu amor. / Es raro, ¿no? / Sin embargo, se entiende por completo.”



Dice Bugs Bunny que el cielo de caricatura son tus labios pintados de lila

La misma semana que te dijeron

que tu mamá se estaba muriendo,

también te diste cuenta

de que estabas perdidamente enamorado.

Es como cuando ayer en la mañana

vi que había un operativo en la colonia de al lado,

y en la noche, al regresar del trabajo,

vi varias camionetas que bloqueaban la avenida.

Y yo pensé que probablemente seguía el operativo,

y que la cosa se había complicado.

¡¡Pero era la feria!!

Que se estaba instalando.

(Papas y juego del dragón bajo las estrellas de la Doctores)

Y es que siempre es así.

Amor y muerte comparten el mismo mundo

y no parece que estén tan lejos el uno del otro.

La Tierra se derrite y no deja de crecer en todo momento.

Y besar a alguien después de tener sexo

me hace pensar vagamente en el fin.

Ahora el acontecimiento de la muerte de tu madre

te hace pensar

en que es urgente declarar tu amor.

Es raro, ¿no?

Sin embargo, se entiende por completo.

La luz entra a los cuartos como avisando que todo está protegido.

La noche abre siempre todas las puertas.

Yo vi cuando volviste del psicólogo

acompañado de la chica de la que estabas enamorado

y con un helado azul en las manos.

Y sentí mucha ternura.

Por los psicólogos.

Por las amigas.

Por los señores que venden helados.

Pero especialmente por ti.

Que sigues creciendo como un dj set que nunca termina

siempre con nuevos clímax

lleno de luz.

O el carrito de un juego mecánico en el que vamos juntos

y sube hasta el espacio

lleno de luz.

(A eso rojo y brillante que atravesaba el cielo

también lo llamaron los dinosaurios, amor)

La estatua que suda

Entonces los niños se empezaron a formar en el puesto de limonada.

Era verano y el sol tenía una guadaña sobre el cuello de todos sus nenes.

Es por esto que los gemelos González habían decidido emprender su negocio.

Es verdad que los puestos de cosas gratis siempre tenían más éxito.

Pero los González además de todo debían pagar la operación de su hámster.

Su hámster robot enfermo.

Una bruja pooldancer que conocieron en la playa a la puesta de sol

les dio la clave para venderlo todo (aprox. 999 kilos de limón):

Debían cortar sus arterias y dejarlas llover sobre las cáscaras de limón

—¿Sacrificar nuestros brazos en favor de una rata mecánica?

—Sí —se dijeron el uno al otro.

Para ese entonces hacía tanto calor que ya no se distinguía entre el stop motion

y la realidad.

Todos los rehiletes del cielo se habían detenido

y en los huertos sólo crecían flores de plástico.

Los ríos se habían quedado en calzones y descansaban unos sobre otros.

Se habían puesto pegajosos.

Se rumoreaba que la culpa de todo la tenían los canguros,

principales fanáticos de las bolsas en el mundo.

Pero sea quien fuera el culpable, la responsabilidad era de todos.

Para la recién hiperventilada corriente de la Vida esto no era grave:

le encantaba ser una mucosa caliente en el cuerpo de la Tierra.

Y, de hecho, recientemente, con esta nueva consistencia,

le había entrado curiosidad por agruparse en un nuevo espacio.

Y lo había hecho en el pecho de un hámster robot moribundo.

Pero volviendo a los niños González.

Antes del ritual estuvieron comiendo tortas de fruta:

fruta orgánica, recortable y hecha de palabras.

Era para acelerar los nutrientes de su sangre.

No se podía realizar un ritual de resurrección del ecosistema con células deprimidas.

Se iban a inyectar droga, pero descubrieron que en los mangos se hallaba Dios.

Luego colocaron navajas en sus venas y golpearon sin miedo.

Salieron gordas gotas de sangre.

Pero rápidamente se evaporaron

y se convirtieron en nubes.

Nubes y nubes rojas cargadas de sangre encima de niños con las lenguas de fuera.

A un lado las montañas de limones y de azúcar intactas.

Incombinadas.

Los hermanos González se desmayaron en el acto

muy cerca de la camita de su hámster robot.

Y al despertar, se arrastraron como pudieron hasta el borde de ella.

Era una vez más, el fin del mundo.

Los niños y niñas de la fila, todos huérfanos,

también comprendieron que eran el fin,

y se fueron a dormir ahí mismo,

cada uno sobre el pechito del otro.

Un solo vaso de limonada hubiera sido suficiente.

Pero ya era tarde.

A lo lejos se veía a las olas del mar acercarse lenta pero decisivamente.

Iban cargadas de tiburones asfixiados por pajillas

y pececitos empalados en paragüitas miniatura.

En el cielo se observaba a las langostas migrar hacia la luna.

Las Gonzáles miraron con odio los limones,

y luego tomaron entre sus manos las barbas teñidas de su hámster.

El final siempre duele.

En especial cuando de verdad hiciste todo por impedirlo.

Es hora de revelarlo: Los hermanos González son velocirraptores.

Estamos presenciando el casi final de la era de los dinosaurios.

El agua de limón es básicamente el aire que, de alguna forma que desconocemos,

los propios dinosaurios echaron a perder.

El hámster robot es un hámster robot.

Las garritas de los Gonzáles rajaron con tristeza la cáscara de un par de limoncitos 

que habían rodado hasta ellos,

y vertieron con cuidado cada uno

una sola gota de cítrico dentro de la mandíbula del roedor.

(suspiro)

El Cretácico había sido una fiesta.

Y todos creían que las siempre nuevas aventuras nunca terminarían.

Inspirados en una ocasión en que no tenían dinero 

y sólo sobrevivieron todo el día

tomando AGUA DE LIMÓN CON AZÚCAR

y escuchando rolas

(esto es una historia real)

los velocirraptor González, creyeron que este nuevo reto 

también sería vencido con esa vieja técnica.

Pero el fin del mundo resultó más bruto.

Ahora el viento se había vuelto denso como papel celofán

e incluso los volcanes buscaban la salida de emergencia.

Mientras reflexionaban sobre esos últimos momentos, los González no habían notado algo:

del pecho de su hámster robot brotaban minúsculas ramas doradas.

Asimismo tormentas microscópicas multicolores habían nacido

en cada una de las 4 esquinas de la cama del moribundo

y en el centro de su frente.

También empezó a sudar gotitas de agua de limón.

En realidad, sí estaba muriendo.

Pero también otra cosa estaba pasando.

Los niños dinosaurio huérfanos de la fila estaban tan calientes

que ya empezaban a formar una masa homogénea.

A algunos les pareció sexy.

Empezaron a caer rayos.

Empezó a temblar terriblemente.

Y los tinacos de secretos se derramaron.

Se fragmentaba el suelo y se podían oír unas como metralletas abriendo fuego debajo de él.

También unas como risas muy muy alegres.

— ¿Piensas que el tiempo se pone travieso cuando se cruzan las peores crisis?

—dijo uno de los niños Gonzáles al otro niño Gonzáles.

—Sí —respondió el hermano—. El tiempo, justo el tiempo, es la casa de las crisis.

Entre la masa aglutinada de dinosaurios fundidos

aún se podían distinguir manitas con garras apretadas fuertemente unas de las otras.

Era el fin, pero todos insistían en seguir juntos.

O por lo menos la mayoría.

Los hermanos lloraban derritiéndose con sus cabezas en el lecho

cuando una voz robótica de pronto pronunció:

“Y sin embargo

la naturaleza, siempre,

una ciudad mágica petrificada”

Había susurrado el hámster.

Que sin duda era mecánico. 

Como las estrellas.

Que en ese momento estaban cayendo como papalotes sin viento.

Y a continuación 

cientos de truenos con formas de batidores terminaron de apuñalar a los niños.

Y olas y olas, mezcladas con azúcar en vez de sal,

disolvieron el resto de los sueños

Y de los hermanitos no quedó nada, ni una gorra, ni un suvenir, nada.

Pero de entre los esqueletos del hámster y de los niños

surgió un ratón aún más pequeñito.

Tenía una semillita de limón entre los dientes.

La plantó en la Tierra.

La roció con babita.

La encomendó a la Diosa.

*Todo lo anterior va entrecomillado con plasma, pues se trata de la nota de un periódico local de Querétaro, que documenta las conclusiones de un científico/médium/trapecista que avaló la autenticidad de un fósil de dinosaurio carnívoro que portaba en las manos un vaso de plástico desechable con un par de semillitas en su fondo. Aunque se le consideró fake en un principio, después se comprobó su antigüedad con la nueva técnica del carbono 999. Por lo que la paleontología y el estudio general de la evolución de las especies han tenido que replantear sus bases, recurriendo en los casos más aplaudidos a los libros de poesía, a la lectura de manos de gallinas y a los electrochoques suaves a niñas con ojos con forma de volcán de sangre carcajeándose.

Atte: la Bruja Pooldancer

(Para Marina <3)

Una medalla para la nada

Dentro de la tumba perdida de Tutankamón existían no una

sino dos maldiciones.

Una de ellas salió hacía el cielo y fue pescada por los exploradores que ya conocemos.

La otra, se desató hacia abajo,

y atravesó cada una de las capas de la Tierra

hasta llegar al núcleo.

Al famoso núcleo de magma…

Todo era ardor y luz cegadora en cada uno de los lados de ese mítico lugar,

excepto en uno, donde vivía Richard.

Richard era el único habitante de su cuarto. 

El cuarto del centro de la Tierra.

Y vivía ahí sin enterarse de nada.

Una sola vez abrió la puerta y le pareció que allá afuera no había mucho que hacer,

por lo que se la pasaba jugando Xbox.

Pero ese día la maldición iba en camino hasta él,

y no iba a tener hacia dónde huir cuando esta llegara.

Antes de que esto sucediera,

el fantasma de una mosca se había adelantado

y se había arrodillado a las orillas de su oreja para decirle:

—Richard, amiga

—¡?¡?¡?¡?¡

—Aunque estemos solos por la eternidad,

no debemos dejar de ayudarnos.

—?!?!?!?!?!?!?!?!?!?!?!

—He oído cómo allá arriba nos quisieran ver a todas las moscas del mundo 

reunidas en una esfera enorme, 

llena de zumbidos y muchos negros,

para después elevarla rápidamente

hasta el sol,

y vernos así por fin 

fuera de su aire.

Pero nosotras las moscas no les deseamos mal.

No quisiéramos ver que los humanos se extingan nunca.

O al menos no yo.

No me importa que sus manitas de plástico

hayan matado a toda mi familia —la mosca jadeaba mientras hablaba.

—Mosquita —respondió Richard —a qué te refieres

con que no debemos abandonarnos y,

¿qué es una amiga?

Mosquita cerró los ojos unos segundos y luego contestó:

—Una peste milenaria llegará hasta tu cuarto 

y no podrás sobrevivir.

Una amiga es la forma más fácil de ser feliz —dijo.

—¡No quiero morir!  —exclamó Richard—

¿Qué será de mis scores

Siempre quise que alguien los conociera.

¿Y qué significa ser feliz?

—No te preocupes —dijo Mosquita—,  

yo los he conocido todos,

y los admiro mucho.

Ser feliz es poder compartir.

Richard, somos los dos seres

más solos del planeta.

Hubo un silencio como de 3 segundos 

o de cien años,

donde de pronto Richard vio como si llovieran docenas de soles

sobre los ojos de la mosca.

Sin embargo, él nunca había visto el sol.

—¿Morir es como salirse de un juego? —preguntó el muchacho.

—Quizá, amiga —dijo la Mosca—. Aunque también lo he imaginado

como sumergirse en una fruta 

para nunca más salir de ella.

Richard y Mosquita estaban tirados en el tapete del cuarto

y miraban por la ventana la caída de una cascada de lava.

—¿Cómo es que siendo fantasma aún no conoces la muerte?

¿Por qué tuviste que ser mi amiga hasta estos últimos momentos?

—No estoy segura de lo que soy, pero algo dentro de mí y de todo el cielo

me llamó a venir hasta ti.

Pienso que las cosas más reales terminan siendo justo como sueños.

Las cosas empezaban lentamente a temblar y un sonido bajo y grave

comenzaba a hacerse cada vez más cercano.

La lava parecía estarse obscureciendo.

—Una vez jugué un videojuego donde el protagonista afirmaba que tenía apuntado bajo una mesa

el nombre de cada una de las personas que habían decidido jugar su vida.  

Tengo una mesa idéntica aquí en el cuarto —dijo Richard.

—¿La has mirado por debajo? —respondió su amiga.

—Jamás me he atrevido —contestó.

Las cosas se ponían cada vez más obscuras.

Y las nuevas mejores amigas lo notaban sin mencionarlo. 

—Pienso que alguna vez experimenté la telepatía con las personas que más me gustaron,

pero nunca llegué a sentir necesario preguntarle al otro 

si también le estaba pasando —dijo Mosca.

—Quisiera confesar algo ahora, pero no creo que nada de eso sea más elocuente 

que sólo seguir mirándote —dijo Richard.

Ambos se habían acercado a la mesa y estaban hincados frente a ella.

Ya se oía cómo el techo empezaba a crujir.

—Veo un abismo por todos lados, y veo que cada uno es mi casa.

—Cuando comprendí hace un segundo 

que aunque estés aquí siempre seguiré estando solo

no sentí ninguna clase de pena.

No se supo bien quién de los dos había dicho qué.

—¡Qué hermosa es la vida! Lo digo aunque sólo haya conocido este inmenso mar de fuego y roca —dijo.

—Pienso que quizá he sido el hijo más pequeño y humilde de la Tierra,

pero también siento que fui el príncipe de toda ella —comentó.

La pequeña casa de Richard ya temblaba escandalosamente.

Eran los últimos segundos de su resistencia antes de que todo colapsara.

A pesar del enorme ruido, y de que caía polvo desde el techo, aún podían seguir hablando.

—Amiga, ya es hora de mirar lo que hay debajo de la mesa.

Mosquita y Richard se juntaron lo más que pudieron y alzaron juntas el mantel de la mesa. Se metieron debajo de ella. Ahí dentro escucharon cómo las ventanas tronaban.

Al mismo tiempo, miraron la tabla de la mesa por debajo y susurraron las palabras que encontraron escritas en la madera.

Hicieron una pausa. Luego se quedaron calladas y se miraron a los ojos. Sonrieron. Un cacho enorme de techo y lava cayó sobre la mesa.

Voltearon hacia ti. 

—Nunca dejes de leer poemas. EP



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