Tiempos de crisis: teorías de la conspiración y salud mental colectiva

Fernanda Pérez Gay Juárez, doctora en neurociencias por la Universidad McGill.

Texto de 02/02/21

Fernanda Pérez Gay Juárez, doctora en neurociencias por la Universidad McGill.

En medio de esta crisis sanitaria en que han muerto más de dos millones de personas, un día te encuentras con un tío, una compañera de trabajo, un viejo amigo. Le preguntas cómo está y te responde, como es de esperarse, que no muy bien. Que está cansado de las mentiras. De que los ricos y poderosos hayan creado este virus para instalar un Nuevo Orden Mundial. Y de que la gente no se dé cuenta. Todos manipulados, tragándose las mentiras de los medios, las farmacéuticas y los científicos. Le preocupa la vacuna. Sabe de buena fuente que tiene dentro nano-bots, tecnología para modificar nuestro ADN y enfermarnos. Hay quienes dicen que ya desde las pruebas diagnósticas te insertan un chip que, a través de ondas 5G, controla tu pensamiento, ejerciendo coerción para que te vacunes. Y ahí se termina todo. Seremos vulnerables a cualquier enfermedad que se le ocurra a los perversos miembros de esa élite, para así hacernos comprar falsos remedios a las grandes farmacéuticas. Aquí no hay pandemia ni hay nada. El verdadero problema es una élite realmente malévola que quiere esclavizarnos o deshacerse de nosotros. Bill Gates. George Soros. Y otros más. Pero la gente no abre los ojos a la realidad. Van como una bola de borregos con sus cubrebocas que los privan poco a poco de oxígeno. Y pronto será demasiado tarde.

“Aquí no hay pandemia ni hay nada. El verdadero problema es una élite realmente malévola que quiere esclavizarnos o deshacerse de nosotros.”

El ejemplo parece extremo, pero a lo largo de esta pandemia se ha mostrado que un número importante de personas se adhiere al menos a alguna de estas creencias. A pesar de que existe evidencia científica que refuta todas esas teorías, un estudio de la Universidad de Cambridge encontró que un 30% de los mexicanos a los que encuestaron creía que el COVID-19 había sido diseñado en un laboratorio, mientras que 16% creía que los síntomas del coronavirus son causados o empeorados por las ondas electromagnéticas de la tecnología 5G.

¿Qué hay detrás de estas creencias? Si una sola persona repitiera este discurso, desde el punto de vista médico habría que descartar un trastorno delirante, caracterizado por la presencia de “uno o más juicios falsos acerca de sí mismo, los otros o el mundo, expresado con gran convicción y una certeza incomparable”. Pero cuando el discurso es compartido por cientos de miles de personas, alimentado por personajes influyentes y difundido en algunos medios de comunicación, entonces tenemos que aceptar que nos enfrentamos a un fenómeno distinto. ¿Están delirantes todos aquellos que creen en las teorías de la conspiración? ¿Cuál es el límite entre la duda razonable y la conspiranoia? ¿Cuáles son las consecuencias de la propagación de estas ideas? ¿Son peligrosas o inofensivas?

La definición de “teoría de la conspiración” ha sido motivo de debate a lo largo de los años. En general, se trata de creencias que explican diversos fenómenos refiriéndose a un grupo de actores que confabulan en secreto para alcanzar metas malévolas. Como los delirios, las teorías de la conspiración van de lo posible —grandes tramas de corrupción, prácticas deleznables de grandes corporaciones o que el gobierno esté coludido con los narcotraficantes— hasta lo ilógico o altamente improbable como que los reptilianos estén infiltrados en nuestros gobiernos o que Hillary Clinton beba sangre de niños torturados en sótanos de pizzerías para rejuvenecer.

Toda creencia parece, de entrada, ser inocua. Las creencias son ideas personales, privadas, parte de nuestra identidad, y tenemos derecho a sostenerlas y a que las respeten. Pero las creencias no se quedan relegadas a un rincón de nuestro espacio psicológico. Permean nuestra forma de analizar las situaciones que vivimos e influyen nuestra conducta. En un momento de incertidumbre, ansiedad y duelo constantes, en que las acciones colectivas son determinantes para combatir la crisis sanitaria, la creencia en las teorías de la conspiración tiene importantes implicaciones para la salud pública, pues se asocian con rechazo a las normas y conductas preventivas, desconfianza en las instituciones sanitarias y preferencia por tratamientos médicos que no están probados por la evidencia médica. También representan un problema para la salud mental, pues conllevan un deterioro en las relaciones interpersonales, mediada principalmente por la disminución de la confianza en aquellos que no las comparten. Las personas que expresan su acuerdo con las teorías conspirativas suelen ser estigmatizadas, y se ha observado que tienen mayores expectativas de ser juzgados socialmente y miedo a ser excluidos. Esta sensación de exclusión puede ser un motor hacia el extremismo político y el fundamentalismo, llevando eventualmente a la radicalización y la violencia (como pudimos presenciar con la irrupción de QAnon en la arena política estadounidense).

¿Por qué cree la gente en las teorías de la conspiración? Mucha de la investigación temprana en este campo buscaba factores individuales que predijeran la creencia en teorías de la conspiración. Rasgos de personalidad, estilos de pensamiento, propensión a la enfermedad psiquiátrica o incluso grupo étnico o afiliación política. Una persona que cree fervientemente en una o más teorías de la conspiración, a pesar de ser confrontado con evidencia que la desmiente, incurre en “sesgos cognitivos”o patrones sistemáticos que desvían nuestro razonamiento en una dirección independiente a la lógica. Estudiar la presencia de estos sesgos y su relación con el pensamiento conspiracionista es una de las líneas de la ciencia de las teorías de la conspiración.  Entre los sesgos asociados a las conspiraciones destaca el “salto a las conclusiones”, que consiste en requerir menos información para llegar a una conclusión (por ejemplo, basta con un video de una persona diciendo que el hospital de su pueblo está vacío para concluir que todos los hospitales están vacíos y la pandemia es una simulación), ligado al “sesgo de confirmación”, en el cual buscamos, ponemos más atención y retenemos mejor aquella información que va en línea con nuestras creencias previas (algo que se facilita en redes sociales, en los que nos unimos a grupos de gente que piensa de forma similar a nosotros, generando la continua sensación de que hay una enorme cantidad de evidencia probando que “tenemos razón”) y al sesgo de “ilusión de entendimiento”, en el que sobreestimamos la capacidad de comprensión que tenemos sobre un tema (así como quien, sin conocimiento de base de biología, tiene completa certeza de comprender el mecanismo por el que la vacuna “modificará nuestro ADN”).

Pero estos sesgos no son específicos de las personas que creen en las teorías de la conspiración. Todos somos susceptibles a que invadan, sin que nos percatemos, nuestros procesos de razonamiento. Por otro lado, es cierto que dudar es sano, un mecanismo de defensa ante posibles amenazas. Un acercamiento evolutivo a estas teorías postula que el pensamiento conspiracionista es un rasgo adaptativo en la mente humana, es decir, que nos ha facilitado la supervivencia. Así, nuestro cerebro evolucionó para alertar a los seres humanos ancestrales de la posibilidad de que otros estuviesen formando coaliciones peligrosas contra ellos y para estimular acciones apropiadas que les permitieran defenderse.  En este contexto, el “cerebro conspiracionista” echa a andar una serie de mecanismos biológicos en cuanto se siente amenazado.

“Todos somos susceptibles a que invadan, sin que nos percatemos, nuestros procesos de razonamiento. Por otro lado, es cierto que dudar es sano, un mecanismo de defensa ante posibles amenazas.”

Frente a un peligro potencial, en nuestro cerebro se activa una estructura parte del sistema límbico —a cargo de las emociones— llamada amígdala, localizada en la profundidad de nuestro lóbulo temporal. Esta activación envía señales a otras áreas del cerebro encargadas de funciones más racionales o cognitivas, encargadas por ejemplo de encontrar la fuente del peligro o darle una explicación a esa sensación de amenaza. Cuando la fuente del peligro no es evidente, es más conveniente asumir que alguien quiere hacernos daño y así estar preparados para defendernos. Eso, en turno, activa mecanismos en la corteza temporo-parietal, un área involucrada en la decodificación de intenciones, creencias y actitudes de los demás. En condiciones de miedo o ansiedad, la amígdala influye en estos procesos generando un sesgo atencional hacia lo negativo. Es decir, ponemos más atención y detectamos de forma más automática la información que representa una amenaza. Finalmente, esta automatización de lo negativo se integra con nuestra tendencia a buscar vínculos y patrones asociativos, mediada por la corteza prefrontal (que nos genera esa sensación de “todo está conectado”). Esta explicación biológica apunta a que las teorías de la conspiración son el resultado de mecanismos ancestrales que guían el procesamiento de información bajo una situación de amenaza, llevándonos a “unir los puntos”, encontrando patrones y conexiones inexistentes e interpretándolos como la obvia consecuencia de las malas intenciones de un agente más poderoso que nosotros.

Pero entender las teorías de la conspiración como un fenómeno social, y no como una mera distorsión cognitiva de quien cree en ellas o una inevitable tendencia evolutiva, es fundamental para la salud pública y la salud mental colectiva. Aunque existe evidencia que apoye que algunas personas son más propensas a creer en teorías de la conspiración que otras, dentro de los mayores predictores individuales están los sentimientos de impotencia, el aislamiento y ser parte de una minoría estigmatizada. Todos estos indicadores muestran que creer en teorías de la conspiración depende en buena medida del contexto social. Por ejemplo, estudios en Estados Unidos reportaron que los demócratas muestran mayor acuerdo con teorías de la conspiración cuando los republicanos están en el poder y viceversa, mostrando el rol que tienen el conflicto entre dos grupos, la percepción de “otredad” (pertenencia o no-pertenencia a un grupo social) y la desconfianza en las autoridades (médicas, científicas, políticas) en la adopción de estas teorías.

Históricamente hablando, las teorías de la conspiración se disparan en situaciones sociales de crisis. La presente pandemia es un caldo de cultivo excelente para estas tendencias puesto que, además de la crisis sanitaria y económica, está la sensación de aislamiento y de impotencia porque nos enfrentamos a un enemigo invisible. Está en todos lados y en ninguno. Esta ambigüedad dificulta una explicación lógica para lo que estamos atravesando y sumada a la desconfianza ante las instituciones, fomenta la búsqueda de explicaciones poco plausibles, alimentadas por la desinformación que se propaga mejor que el conocimiento científico. Asumir que las teorías de la conspiración son solamente el resultado de la ignorancia y de la estupidez humana es la salida fácil, pero fomenta la polarización y el rechazo en un momento en que es fundamental tejer redes de ayuda. Quienes creen fervientemente en estas teorías encuentran en ellas satisfacciones para ciertas necesidades psicológicas universales: el sentimiento de pertenencia a grupo o comunidad en que son comprendidos, la sensación de entender el funcionamiento del mundo y la seguridad de que poseer esta información de la que muchos otros reniegan los protegerá frente a la catástrofe. Sentirse juzgados, excluidos o señalados no hace sino reforzar la idea de que hay fuerzas malévolas detrás que han cooptado hasta a sus más cercanos.

“Asumir que las teorías de la conspiración son solamente el resultado de la ignorancia y de la estupidez humana es la salida fácil, pero fomenta la polarización y el rechazo en un momento en que es fundamental tejer redes de ayuda.”

La pregunta es, entonces: ¿cómo combatir la desinformación que alimenta estas creencias?,¿cómo aumentar la confianza en el conocimiento científico y las instituciones sanitarias? Las consecuencias psicosociales de la pandemia, que empiezan a notarse, persistirán incluso cuando se logre controlar la propagación del virus. Las teorías de la conspiración sobre el COVID-19 llegaron para quedarse. Buscar formas empáticas de hacer frente a estas tendencias es hoy en día un imperativo para preservar la salud mental colectiva. EP

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