¿Qué hay de nuevo, viejo?

A partir de analogías entre series televisivas de dibujos animados y de ciencia ficción del siglo XX —parte de un imaginario colectivo que algunos compartimos—, Miriam Grunstein nos revela algunos aspectos de la industria energética nacional, muchas veces rodeados de mitos que es necesario dejar atrás.

Texto de 23/03/20

A partir de analogías entre series televisivas de dibujos animados y de ciencia ficción del siglo XX —parte de un imaginario colectivo que algunos compartimos—, Miriam Grunstein nos revela algunos aspectos de la industria energética nacional, muchas veces rodeados de mitos que es necesario dejar atrás.

In memoriam Raúl Nocedal Moncada

La generación que entenderá el chiste subyacente en el título no es la misma que, según la Agencia Internacional de Energía, será la que más energía consumirá en las próximas décadas. Los que entendimos el chascarrillo, crecimos en un mundo donde había teléfonos públicos en los que, al cabo de unos minutos, se “acababa el veinte.” Esa fue la camada que veía al afamado Conejo de la Suerte (aka Bugs Bunny) en el Canal 5 de la televisión abierta, cuando aún era necesario levantarte a cambiar el canal y los aparatos tenían, como Bugs, antenas de conejo. Pero hay algo más en la generación de los Baby Boomers que los Millenials no podrán recordar con nostalgia: los años de bonanza petrolera.

Pregunten a cualquier joven de entre 15 y 25 años si le suena el nombre de Rudesindo Cantarell, quien en 1958 notó una mancha vasta de aceite en la zona somera del mar carmelita, en la costa de Campeche. Dice la leyenda que Rudesindo, mientras saboreaba una tortilla con sal, le dijo a su mujer que creía haber visto “chapo” en el mar. Pero no se confundan, queridos lectores, con el criminal ahora preso en Estados Unidos, porque usaba el nahuatlismo chapopotli, para lo que conocemos como petróleo. Unos años después, este pescador les contó de la mancha a unos amigos camaroneros, quienes llevaron la noticia a un tal Javier Meneses, entonces superintendente de Pemex. Como fuere, la chapopotera estuvo sin ser descubierta hasta 1971 —13 años después de que fuera vista por Cantarell— y fue hasta entonces cuando un par de ingenieros lo acompañaron a verla. Bajo esa chapopotera yacía uno de los más grandes campos petroleros costa afuera de nuestro planeta azul.

Su vida productiva inició en 1979 y llegó a su pico 25 años después, con una producción de 2.2 millones de barriles diarios de petróleo crudo, cuando el total extraido en México era de 3.5; lo que parecía una mancha de aceite en el mar en realidad era uno de los activos públicos más valiosos de este país, si no es que el mayor, al aportar 63% de los barriles de la nación. Pero así como la producción de Cantarell fue súper gigante, también lo fue su declive. A fines de 2008 se habían extraído 75% de sus reservas originales. Al ver banquete, el gobierno se sirvió con la cuchara grande. Es un lugar común decir que el petróleo fácil es para los gobiernos una tentación irresistible y un incentivo casi infalible para el derroche; una especie de bono gigante y de alguna manera inmerecido. El petróleo de Cantarell, el cual aún porta el nombre de su descubridor, yace a 30 metros de profundidad; es decir, a nada. Se trata de un tirante de agua que puede penetrar un buzo cualquiera. La tierra nos entregó recursos líquidos a manos llenas. Como Gargantúa y Pantagruel en sus comilonas, México se atascó de petróleo porque pudo y hoy ese mismo campo le ha dejado a las generaciones actuales una producción diaria que llega penosamente a los 140 mil barriles. Nos lo acabamos.

Fantasías animadas de ayer y hoy

En inglés, el título de esa serie de dibujos animados es Looney Tunes, que se traduce algo así como “canciones de locos”. Pero en México, país aficionado a las caricaturas, esta serie (en la que nos acompañaron el Conejo de la Suerte, Elmer Gruñón, Porky y el memorable Pato Lucas, entre otros) se titula Fantasías animadas de ayer y hoy, que no vendría mal como título si quisiéramos describir la percepción de nuestro país como petrolero. Nadie le pidió a quien escribe que exhibiera su vasta cultura sobre dibujos animados; al hacerlo, ella tiene un objetivo muy concreto: tratar de dar a entender la gran fantasía con la que ha sido disfrazada la industria energética nacional, en particular la petrolera. La mayor fantasía animada es que, desde que nacimos como nación, nos corría el petróleo por las venas. Nada podría ser más falso cuando, en los momentos más prolíficos, nuestra producción diaria fue de 3.5 millones de barriles, en 2004, debido a la presencia de campos gigantes; no sólo Cantarell, sino también otros llamados Ku-Maloob-Zaap, AbkatúnPol-Chuc —gracias a la afición de Pemex a los nombres en lengua maya— y Antonio J. Bermúdez, por su descubidor.

Empero, es vital no confundir nuestra fortuna geológica con una auténtica voluntad de construir industria. La primera es un accidente muy grato —aunque efímero— de la naturaleza; la segunda se manifiesta a través de una constante e incansable vocación de producir no sólo recursos naturales no renovables, sino saberes en cuanto a gestión de proyectos, desarrollo de yacimientos, diseño de tecnologías de avanzada y optimización de recursos. En fin, todo aquello que, además de la fortuna geológica, es suplido por el esfuerzo humano. No sólo la naturaleza, sino también el capital humano invertido, hacen que un país merezca llamarse “petrolero”, fuera de toda fantasía. Por ello no queremos subestimar el trabajo de algunos elementos de Pemex, nuestro único operador nacional relevante. Pero así como una golondrina no hace un verano, un sólo operador, con algunos técnicos brillantes, no hacen que una nación sea propiamente petrolera. Países productores hay varios y México está entre ellos; países petroleros son los menos.

La historia de un gran país petrolero —que no es la fantasía animada, ni de ayer ni de hoy—, es la de Estados Unidos de América (EUA). Por herético y odioso que suene, ese país tiene una cultura petrolera muchísimo más rica y dinámica que la nuestra, en muchos sentidos. Desde los inicios con John D. Rockefeller, y su voraz Standard Oil Company, cortada en segmentos por juicios antimonopolio, EUA ha sido un consumidor glotón (históricamente más del crudo ajeno que del propio), pero también un productor asombroso. Aun así, hace algunos años, durante el advenimiento de la reforma energética en 2013 y cuando la revolución de los hidrocarburos de lutitas1 en el país vecino era una realidad, aún se oían refunfuños, sobre todo de algunos funcionarios del gobierno actual, sobre cuánto codiciaban nuestros recursos. Esto carecía de sentido en un momento en que los países productores competían por vender. En 2014 cayó la demanda europea del barril y a causa de esto hubo un primer sentón en el precio del petróleo: de por encima de los $100 dólares pasó a un pelo de los $80. Simplemente, la oferta de EUA, sumada a la de otros países productores con fuerza nueva y renovada —como Canadá y Brasil—, sobrepasaba la demanda. Justo cuando México vitoreaba su reforma energética, el globo se colmaba de crudo y los precios caían. En octubre de 2014, con la desaceleración de la demanda asiática, el barril dio un segundo sentón hasta los $40 dólares. ¿En qué planeta las empresas multinacionales querrían esquilmar nuestras reservas? Sólo en el de las Fantasías animadas de ayer y hoy.

El túnel del tiempo

Otra reliquia es aquel programa de televisión que iniciaba con dos personajes girando en un espiral blanco y negro que representaba el túnel del tiempo. Más que lineal, podríamos imaginar que la trayectoria del sector energético es una espiral. Cuando hablamos de este sector es fácil recurrir a la contraposición binaria de “adelante y atrás”, en un afán de simplificar nuestra comprensión de los cambios en el modelo. La verdad sea dicha, esta industria en México da muchas vueltas vertiginosas, más que avanzar o retroceder en línea recta. En algunos aspectos, la institucionalidad cardenista era más moderna incluso que la de, por ejemplo, Felipe Calderón, aunque éste sea egresado del ITAM y el primero un General Nacionalista (las mayúsculas son mías e intencionales).

Cárdenas, atento a que el abasto petrolero tal vez no podría depender únicamente de Pemex, permitió en su marco jurídico algunos contratos de exploración y producción que no tuvieron éxito alguno, por su falta de incentivos comerciales. Pero, sin duda, se trataba de un espacio más flexible que aquel posteriormente impuesto por Adolfo Ruiz Cortines, en 1956, cuando de plano prohibió “las concesiones y contratos” en la explotación de hidrocarburos nacionales. Por ignorancia histórica, nos hemos creído el mito de que antes del gobierno “entreguista” de Peña se respetaba la voluntad de Cárdenas, cuando lo que obedecíamos era el mandato de Ruiz Cortines de desaparecer contratos que, como fuere, no interesaron a nadie. Curiosamente, Ruiz Cortines prohibió contratos que nadie quiso, lo cual tiene poco sentido jurídico. El derecho debe vedar conductas negativas que pueden ser atractivas para algunos. Carece de toda lógica legal impedir algo que nadie quiere hacer.

Y si de viajes en el tiempo hablamos, sorpresivamente la reproducción literal del texto constitucional cardenista volvió con la reforma de Enrique Peña Nieto, cuyo artículo 27 es idéntico —no parecido— al promulgado tras la expropiación petrolera. Como entonces, en exploración y producción se prohíben las concesiones, pero no los contratos, con la diferencia de que los licitados por este gobierno sí tuvieron un atractivo —en algunos casos considerable— para algunas empresas. Más llamativo aún es el hecho de que hoy en día el texto de la Constitución aún se encuentra intacto, pues este artículo le da la opción al gobierno de licitar contratos, no la obligación. La reforma de Peña permite que en el sector petrolero el gobierno abra oportunidades para la inversión privada, pero de ninguna manera lo obliga a un modelo de mercado. Así, cuando el gobierno de Peña reconoció el ocaso de Cantarell y sus compañeros súper gigantes, se dio a la tarea de buscar más operadores para frenar la caída en la producción, cosa que no sucedió durante tal sexenio, por mucho que aquel gobierno presumió que así sería. La verdad es que hubiera tenido que asomarse otro Cantarell para lograr revertir el desplome en la producción, pero eso sucede únicamente en el mundo de las fantasías animadas de ayer y hoy.

Perdidos en el espacio

He aquí otra serie mítica cuyo título es símil de la situación que guarda el sector energético. Hasta ahora, este texto ha hablado sólo de petróleo y, en particular, de su exploración y producción. ¿Es eso lo que entendemos por “energía”? Si es así, estamos perdidos en el universo energético, cuando las alternativas crecen día con día. En este momento los terrícolas no estamos listos para despedirnos del petróleo, pero estamos en la Luna si concebimos que la inmensidad de este universo la ocupa sólo él. Por ejemplo, en este texto ni siquiera hemos mencionado la electricidad, cuando es mucho más próxima a nuestra vida cotidiana que el barril de petróleo. Aquí no hay diferencia alguna entre Baby Boomers, Generación X y Millenials. Todos vivimos colgados, como los pájaros, de los alambres, lícita o ilícitamente. Si bien es concebible vivir sin el petróleo —aunque con muchas carencias, al menos por el momento—, cuando hay siquiera un corte momentáneo del servicio eléctrico nos sentimos sin oxígeno. Nos falta el aire al decir “se fue la luz” y volvemos a respirar con normalidad cuando vuelve.

Es por lo tanto extraño que en México la electricidad sea el tema energético de segundo plano. Más allá de los usos que le demos, para satisfacer necesidades básicas o meros antojos, es menos evidente pero no menos cierto que la electricidad construye democracia. Quien cuenta con servicio eléctrico tiene una ventaja superlativa sobre quien carece de él. Por ejemplo, la electricidad favorece la educación de las mujeres que se ocupan del hogar, por razones tan básicas como el tiempo ahorrado en ir por leña para cocinar o poder acceder a programas educativos en línea. Gracias a la electricidad podemos evitar el uso del automóvil, hacer compras en línea, informarnos, educarnos, hacer transacciones bancarias, comunicarnos por vía remota. En fin, si el petróleo tiene usos múltiples, el cielo es el límite del potencial de la electricidad.

Las actividades recién mencionadas se despliegan en el plano personal, pero en el mundo de la industria la electricidad lo es todo. La detonación de la industrial del shale oil and gas —los famosos hidrocarburos de lutitas— creó incentivos importantes para generar con gas, cuyo precio aún es muy bajo, y con ello la tarifa eléctrica en EUA se redujo notablemente. Como el kilowatt hora se volvió más barato que el kilo de aguacate en tiempos de Superbowl, los costos de la manufactura en aquel país bajaron considerablemente. Al considerar que la tarifa eléctrica es un factor de competitividad hoy más importante que la mano de obra barata, resulta entendible que la inversión extranjera directa aumentara allá, mientras que aquí se perdía. Las tarifas industriales y de servicios de la CFE son altas, para peor de males poco transparentes y, según algunos críticos, recaudatorias. Es decir, lo que cobra la CFE obedece más a las necesidades financieras del Estado que a los costos y la calidad del servicio que ofrece.

Para estar seguros habría que entender las metodologías de cálculo que expidió la Comisión Reguladora de Energía durante el sexenio pasado, aunque existe la duda de que ellos las hayan entendido porque —ante la ira de algunas cámaras industriales— hubo rectificaciones y excusas por parte de sus creadores obnubilados. Para los inexpertos en tarifas eléctricas, entre los que se incluye la que escribe, fue muy difícil seguir el debate por la alta complejidad de las fórmulas. Por algo dicen que la industria petrolera es para rudos, mientras que la eléctrica es para técnicos. Pero la caja negra por excelencia es la tarifa residencial, la cual sigue en manos de la Secretaría de Hacienda y la CFE. La mayoría de los usuarios se quejan de los excesos; otros no vemos un sentido lógico en su recibo bimensual. A esta casa llegan altos, bajos, razonables o demenciales, pero nunca guardan relación con el consumo.

No fue sino hasta la reforma de Peña que el gobierno tomó la electricidad en serio y logró una reforma para este subsector, muy importante pero complejísima a la vez. De haber sido la CFE un macho alfa en todo el servicio público, los legisladores aprobaron un modelo de “mercado eléctrico” difícil de comprender, con un entramado de reglas sumamente denso e intrincado. Después de la sencillez monolítica de la CFE, el nuevo mercado eléctrico parecía un enjambre regulatorio del que no obstante resultaron cosas interesantes. Entre ellas, el parteaguas fueron las subastas eléctricas en las que los particulares ofrecieron generación eléctrica —principalmente a partir de fuentes renovables— a la CFE y a precios sumamente bajos. En particular, deslumbró la entrada de numerosos proyectos de energía solar en las tres subastas realizadas en ese sexenio, lo cual fue un rayo de esperanza: México se comprometía con la modernización de su sector eléctrico y con la transición de combustibles fósiles a las energías renovables. Los Baby Boomers podremos haber causado la reducción en las reservas de combustibles fósiles, pero —a menos de que pase algo realmente infausto— el sol no tiene para cuándo dejar de generar energía para todos, en particular en México, donde la irradiación solar es prodigiosa.

¿Y cuando el destino nos alcance?

Esta es otra película deliciosamente setentera, justo de los tiempos en los que Cantarell iba a comenzar su vida productiva. Lo curioso es que en ciertas escenas este churro de la ciencia ficción ya invocaba el ambiente contaminado y hacinado que hoy vivimos en el área metropolitana de la CDMX. Por ventura, aún no nos hemos tenido que alimentar de Doritos verdes, hechos de carne humana, el infame soylent. En México aún no llegamos al canibalismo, pero la situación es de todos modos preocupante —en muchos sentidos— y la industria energética no es la excepción. La palabra retroceso anda en boca de todos y la década de los setenta, a la que hemos aludido tanto en este texto, parecer ser el momento hasta donde podemos rastrear la regresión. Insistimos en que la industria energética se mueve en espiral y no en línea recta, ni para atrás para adelante, de forma decisiva.

El presidente López Obrador va en espiral, como los viajantes del túnel del tiempo. Por una parte, ha detenido las licitaciones de contratos petroleros y las subastas eléctricas. Tampoco muestra voluntad alguna de que Pemex vuelva asociarse con particulares en proyectos en los que financiamiento y riesgo son compartidos. Además, suele tener arrebatos en los que ataca los mercados y le dice “fuchi y guácala” a cualquier gesto económico que minimice el control estatal. Hay una sinonimia con carga muy negativa entre fífí, neoliberal, entreguista, porfirista y privado. Los que cargan con esos apelativos son los culpables de los males de Pemex y de la entrega de los recursos naturales a manos privadas o —peor aún— extranjeras.

Por lo tanto, es curioso que, con la mayoría calificada que goza en el Congreso, el presidente no haya cambiado ni un punto ni una coma a los textos constitucionales y legales de 2013, año de la reforma energética, la imposible; la detestada por unos y aceptada e incluso aplaudida por otros. Demos el beneficio de la duda a López Obrador de que él sabe que si da marcha atrás, de forma lineal, hasta el momento de la reforma de Ruiz Cortines, será difícil volver a avanzar. Imaginemos que la mente del presidente gira en una espiral, en donde el presente y el futuro fluyen en sincronía y no ha decidido qué debe hacer con el sector energético.

Su indecisión no es loable, porque al ir en círculos pone en riesgo el porvenir de un país entero, lleno de jóvenes cuya demanda energética deber ser satisfecha. En un mundo cada vez más tecnificado ellos (y obviamente a ellas las incluyo) dependerán más de la energía, cuando parece que los combustibles fósiles pierden su primacía sobre la generación de energía y el transporte automotor. Lo bueno de estas generaciones —que no vieron el Canal 5 como nosotros, ni conocieron al tío Gamboín, ni la gloria petrolera de Cantarell—, es que, cuando pueden, expresan sus demandas sin pudor. Si López Obrador, y más adelante Morena, quieren mantenerse en el poder, tendrán que responder a las demandas energéticas de una gran población joven. De lo contrario, tanto el presidente, como su partido se despedirán, como Porky y su banda, con un “esto es-to, esto es-to, esto es todo amigos”. EP

1. Rocas sedimentarias ubicadas entre 1,000 y 5,000 metros de profundidad, de las que es posible extraer hidrocarburos mediante la fractura hidráulica o fracking.

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Dulce Olivia 71,
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