Canto de chapulín: Más allá de los árboles. 40 años del Museo Tamayo

Santiago Hernández Zarauz reflexiona sobre el Bosque de Chapultepec y el Museo Tamayo uno de los recintos culturales más importantes a cuarenta años de su inauguración.

Texto de 28/01/22

Santiago Hernández Zarauz reflexiona sobre el Bosque de Chapultepec y el Museo Tamayo uno de los recintos culturales más importantes a cuarenta años de su inauguración.

El Bosque de Chapultepec esconde toda una fábula de historias en el dibujo que completan los árboles que lo habitan. Una infinidad de posibilidades que se refractan  como un aleph, que bien podría entenderse como el principio y el fin de la Ciudad de México. Mucho antes de que México fuese concebido como país, que la Gran Tenochtitlán fuese capital e incluso antes de que el Bosque fuera bosque, este lugar ya representaba un territorio coyuntural para el suministro de agua y la estratégica delimitación de las fronteras de culturas, como la mexica, en la región más transparente del aire. En su nombre, carga la mística y el salto del chapulín: grillo inquieto presente en el bullicio del día y la quietud de la noche. Chapultepec evoca en su origen náhuatl un cerro sagrado que se expande y se contrae como pulmón de una de las ciudades más grandes del mundo y trae consigo las sombras de la Historia, trazadas en los anillos de cada ahuehuete, pino, sequoia o cedro del bosque. 

Durante los últimos años, el Bosque de Chapultepec ha estado en la mirilla del microscopio social al convertirse en el epicentro del debate cultural de la actual administración presidencial mexicana. Su reflexión, recuperación y activación —si cabe un término como este ante un ecosistema— se han puesto en jaque con la delimitación de un programa tan ambicioso como el Bosque de Chapultepec: Naturaleza y Cultura, encabezado por el artista plástico Gabriel Orozco. En esa doble condición de luz y sombra, de yin y yang, que tienen los bosques, hay quienes critican que un presupuesto tan elevado se haya centralizado en el proyecto que encabeza Orozco, mientras otras instancias culturales como museos, becas, instituciones, proyectos, ediciones y tirajes se mantengan tambaleantes frente a criterios de austeridad. Hay quienes también celebran que se voltee a ver al Bosque y que las manos de un artista, no un arquitecto, un ingeniero, urbanista ni paisajista, se encarguen de imaginar una nueva condición para Chapultepec.

“Se concibió como un museo a la vanguardia, a la altura de un país que se vanagloriaba por la entrada a un debate de modernidad internacional, que aparecía en la cartografía de la capital como un territorio en tensión y de suma importancia para el arte contemporáneo nacional”.

En 1981 se inauguró el Museo Tamayo: un espacio expositivo dentro del Bosque que acompaña al imponente Museo Nacional de Antropología y que mira de frente al Museo de Arte Moderno (MAM). Se concibió como un museo a la vanguardia, a la altura de un país que se vanagloriaba por la entrada a un debate de modernidad internacional, que aparecía en la cartografía de la capital como un territorio en tensión y de suma importancia para el arte contemporáneo nacional. Este museo, dirigido en ese primer momento por Fernando Gamboa —antes director del MAM—, comenzó a coleccionar una serie de piezas artísticas que responden al momento estético que atravesaba el país, las conexiones y constelaciones entre artistas nacionales e internacionales. Destaca, principalmente, la generación de la Ruptura, obras de Francis Bacon, Helen Frankenthaler, Francisco Toledo, Manuel Felguérez, Kazuya Zakai, Alex Katz, Max Ernst, Isamu Noguchi, Eduardo Chillida, Mark Rothko, Mathias Goeritz, Brian Nissen, Wilfredo Lam, entre otros. Estas piezas que iban incorporándose al acervo del museo definían la poética propia del maestro Tamayo. La propuesta queda enmarcada en lo que el propio Tamayo nombró “cerco nacionalista de la cultura mexicana”.

Obra de los arquitectos Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León, el edificio del museo emergía entre las copas de los árboles del bosque; tuvo el apoyo mediático y político de la televisora más importante del país: Televisa. Esa dualidad de luz y de sombra del paisaje también provocó que la inauguración estuviese acompañada de una muy dura crítica en la que no pocos medios aseguraban que Tamayo se construía su propio mausoleo en medio de Chapultepec. 

“Las superficies expositivas, como dedos de la mano, ayudan al espectador a leer el rizoma de posibilidades que se presentan en diálogo entre el pasado, el presente y el futuro de un espacio como el Tamayo”.

Actualmente, partiendo de la mística misma del Bosque, el Museo Tamayo presenta la exposición retrospectiva Más allá de los árboles para conmemorar el 40 aniversario. Curada por Juan Carlos Pareda, Humberto Moro, Andrea Valencia, Andrés Valtierra y Magalí Arriola —actual directora del museo—, plantea cinco “núcleos expositivos” que rastrean los sucesos históricos, políticos y sociales acontecidos en la construcción e inauguración del Museo. Las superficies expositivas, como dedos de la mano, ayudan al espectador a leer el rizoma de posibilidades que se presentan en diálogo entre el pasado, el presente y el futuro de un espacio como el Tamayo.

El primer núcleo, Una cierta idea de Tamayo, se sumerge en la obra y los acontecimientos alrededor de la vida del artista oaxaqueño, tomando como punto nodal la muestra que Rufino Tamayo presentó a sus 80 años de edad en el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York cuando  se colocaban los primeros cimientos de su propio museo. 

Posteriormente, el segundo núcleo, Más allá de los árboles, se centra en las posturas que detonó la inauguración del museo, tensando los hilos en una muy interesante pieza audiovisual compuesta por el artista Erick Meyenberg, a partir de la revisión y estudio del archivo hemerográfico del Museo. El pentagrama de la partitura de Meyemberg incluye los debates políticos, económicos, sociales y culturales manifestados de manera muy clara en medios de comunicación con la inauguración del recinto.

El tercer núcleo de la exposición, El Museo Tamayo y la caja mágica, retoma la complejidad ideológica del vínculo entre el Museo —que pasó a ser una entidad del IBAL en el año de 1986— y Televisa a partir de la relación entre arte y televisión.  Precisamente este núcleo plantea cómo toda una corriente artística aprovechó los medios de comunicación masiva para reflexionar sobre su respectiva producción y los mensajes que podían transmitirse. 

Un cuarto momento de la exposición es Desnivelando la pirámide que representa al edificio mismo: su arquitectura y sus entrañas, con las obras que constituyen el centro de su colección. Este un núcleo de la exposición permite acercarse a la configuración de forma y también de fondo del espacio físico y filosófico del Tamayo. 

“Celebro particularmente la gestión de la curadora y artista Regina Elías Lara para presentar en esta exposición un retrato de Joseph Beuys de Andy Wharhol, el traje de Beuys elaborado por Maurizio Cattelan y el montaje de una obra como Birdcalls de Loise Lawler”.

El quinto núcleo es un territorio que acompaña a toda la exposición. A manera de línea del tiempo pintada en las paredes con un chillante color amarillo, Una línea punteada recorre las distintas salas de la exposición mostrando obras realizadas entre 1979 y 1981 por artistas que marcaron una pauta fundamental para muchos cánones. Centrando su mirada en Estados Unidos, Europa y América Latina, las obras expuestas en Una línea punteada representan esa intuición, detenimiento e interés que despertaron el criterio y gusto de Tamayo. Celebro particularmente la gestión de la curadora y artista Regina Elías Lara para presentar en esta exposición un retrato de Joseph Beuys de Andy Wharhol, el traje de Beuys elaborado por Maurizio Cattelan y el montaje de una obra como Birdcalls de Loise Lawler.

En toda esta propuesta museística y curatorial se consagra un mosaico inmenso de obras y artistas que confluyen dentro del Tamayo. Un sapo de Francisco Toledo salta en colores azules por un teatro de David Hockney. Sonidos de pájaras convocadas por Louise Lawler revolotean en vasijas de barro prehispánico. Un pizarrón marca con gis —aunque también le digan tiza— la superficie para que aparezca Ulises Carrión con una pantalla y nos miremos todos en su reflejo. Al salir del Museo, de ese epicentro de estímulos y sensaciones, de esa fiesta que continúa, lo que se escucha a lo lejos es el canto de los chapulines estridulando. EP

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