La década que viene: las ONG ambientales en México

¿Cómo nos alimentamos? ¿Cómo nos movemos? ¿De dónde sacamos la energía? A partir de estas tres preguntas fundamentales, Pedro Zapata sintetiza una agenda de pendientes para el movimiento ambientalista mexicano en los próximos 10 años, críticos para lograr cambios que permitan superar la alarma que no llaman actualmente.

Texto de 11/02/20

¿Cómo nos alimentamos? ¿Cómo nos movemos? ¿De dónde sacamos la energía? A partir de estas tres preguntas fundamentales, Pedro Zapata sintetiza una agenda de pendientes para el movimiento ambientalista mexicano en los próximos 10 años, críticos para lograr cambios que permitan superar la alarma que no llaman actualmente.

Fotografías de Patricio Robles Gil

Los parteaguas en el calendario, como este inicio de década, nos inspiran a hacer listas y recuentos en las áreas de nuestro interés. Algunos las hacen de sus libros favoritos, otros de sus películas o discos. En mi caso, las hago sobre los retos ambientales que enfrentamos. Parece un momento ideal para proponer una agenda de pendientes que el movimiento ambientalista en México tiene para los siguientes 10 años. Los apocalipsis cotidianos que inundan las primeras planas de todo el mundo hacen especialmente difícil elaborar una lista como la aquí propuesta. No hay escasez de catástrofes; casi 500 millones de animales muertos en los últimos incendios en Australia, competencias deportivas internacionales suspendidas en India por contaminación del aire, nueve millones de toneladas de plástico que terminan en el mar cada año. Podríamos seguir, pero la idea es clara. No hay que estirar mucho el brazo para encontrar la última crisis.

Sin embargo, es importante no perderse en la coyuntura y atender causas de raíz; rascar bajo la superficie y no caer en la tentación de pensar que el último encabezado o el tuit con más likes es el más importante. Hay que ir —o por lo menos intentar ir— a las causas últimas, a las inmensas corrientes profundas, no siempre visibles pero que mueven todo el sistema global. Se trata de los engranes enormes y ocultos que mueven a los pequeños que están a la vista. Por su naturaleza, no son preguntas fáciles de responder, pero eso no debe ser obstáculo para formularlas. Nos va la vida de por medio o, por lo menos, como la conocemos.

El papel de la sociedad civil es informar, señalar y persuadir a quienes toman decisiones; hablar por los que no pueden hacerlo, llámese naturaleza, poblaciones marginadas o generaciones futuras. En este caso en particular, propongo que nuestro papel sea encontrar estas corrientes profundas, estas causas últimas, estas grandes preguntas; ofrecer una voz informada a la que la sociedad pueda voltear para encontrar respuestas en un mundo confuso. En ese espíritu, van las que pienso que son las tres preguntas más importantes para el movimiento ambientalista en México en la década que comienza.

¿Cómo nos alimentamos?

En los siguientes 10 años llegarán al planeta 1,200 millones de habitantes, de los cuales 12 millones se sumarán a la población de México. Si las tendencias continúan, estos habitantes serán, en promedio, más prósperos y longevos que en el pasado. ¿Cómo alimentarlos a ellos y a quienes vivimos hoy? Es la pregunta más importante que debe tener en la mente cualquier persona preocupada por el medio ambiente. La forma como producimos, almacenamos, distribuimos y consumimos alimentos es uno de los motores principales de la economía y, por consecuencia, de la degradación ambiental, en México y en el mundo.

Ofrezco ejemplos. La deforestación, en primer lugar, está íntimamente ligada a la producción de alimentos, específicamente a la de carne de res. En México, se ha calculado que la principal causa de la deforestación es la conversión de bosques y selvas a tierras de cultivo, ni siquiera para alimentarnos, sino para alimentar a los animales que comemos.1 Esto es agravado por el hecho de que cada vez consumimos más animales; en los últimos 50 años el consumo per cápita de carne a nivel mundial ha crecido casi 500%; México es hoy el vigésimo lugar mundial en consumo de carne. La explicación es sencilla: cada vez somos más y ganamos más dinero, en promedio. Una cosa que es cierta en todo el mundo, independientemente de culturas, latitudes o idiomas, es que uno de los principales hábitos que la gente cambia al aumentar su nivel de ingreso es su consumo de carne.2

Pero la deforestación no es el único problema ambiental ligado a nuestra relación con los alimentos: la crisis actual y futura del agua potable también cuenta. En las ciudades estamos acostumbrados a pensar en el agua en términos de responsabilidad personal. Quienes crecimos en los años ochenta recordamos varias campañas encaminadas a reducir nuestro desperdicio de agua. Según esta narrativa, basta con cerrar el grifo para que el problema de manejo de agua en el país se resuelva. Lo que no dicen las campañas es que las ciudades mexicanas —todas juntas— apenas representan un 15% del uso del agua. La mayoría del agua que se consume en el país —76%— se usa en el campo, en la agricultura.3 Para ilustrar esto van un par de ejemplos. Durante 2016, la Ciudad de México recibió 1,089.6 hm3 de agua para uso urbano; el mismo año, el estado de Sonora recibió seis veces más —6,136.8 hm3 — para uso agrícola. Incluso podemos ver esta proporción en la misma entidad federativa; pensemos en el Estado de México, el más poblado del país; en 2016 los municipios del Estado de México recibieron, en concesión, 1,181 hm3 de agua para su uso urbano. Esto tiene sentido, dada su gran cantidad de habitantes; lo que tiene menos sentido es que, el mismo año, la agricultura mexiquense recibiera 1,365.8 hm3 .

¿Es indispensable usar esa cantidad de agua para producir nuestros alimentos? No, no es necesario. Existen formas de hacer más eficiente su uso y aumentar el número de hectáreas con sistemas de riego eficientes. No lo hacemos porque la política del agua en México está tomada por intereses de un sector agrícola muy poderoso, cobijado por la indiferencia de quienes vivimos en las ciudades y estamos conformes, con tal de tener acceso a alimentos abundantes y baratos todo el año. El uso del agua y la deforestación son sólo dos ejemplos de los impactos ambientales provocados por la industria de los alimentos, pero hay más: los empaques y embalajes que necesitan, su transporte, la huella ambiental asociada con una sociedad urbana acostumbrada a tener todos los alimentos disponibles durante todo el año, etcétera.

Durante la década que empieza, las organizaciones no gubernamentales (ONG) ambientales de México enfrentamos esta discusión y abogamos por políticas públicas sensatas, que garanticen la suficiencia alimentaria, sin aumentar la deforestación y reduciendo significativamente nuestro uso del agua. Las soluciones están ahí, por lo menos las que hemos enarbolado históricamente: ordenar la pesca, repensar los subsidios del campo y fortalecer las áreas naturales protegidas. Incluso, más allá de esos lugares comunes, en esta década tenemos que repensar algunos dogmas a los que desde hace décadas nos hemos aferrado. Se me ocurre uno: ¿Es posible lograr la productividad que necesitamos en el campo, a la escala que necesitamos para no deforestar más y no gastar más agua, sin abrirnos a la posibilidad de los cultivos transgénicos?

¿Cómo nos movemos?

Los 12 millones de mexicanos que vienen esta próxima década vivirán mayormente en ciudades. Para ser exactos, la mayoría vivirá en lo que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha llamado “ciudades emergentes”,4 que tienen entre 500 mil y dos millones de habitantes, cuyo crecimiento está por encima del promedio de las megaciudades en toda América Latina. En México podemos pensar en ciudades como Xalapa, León, Puebla, Tijuana o Saltillo. No es difícil entender por qué crecen las ciudades: son motores del desarrollo económico y en ellas es más fácil encontrar empleo —así sea informal— que en el campo. Por ello es fácil adivinar que el crecimiento urbano no se detendrá.

Estos nuevos habitantes urbanos, más los que ya estamos aquí, necesitamos movernos de alguna forma a nuestros hogares y lugares de trabajo, a donde compramos bienes y servicios, a donde recibimos atención médica, etcétera. ¿Cómo hacemos estos movimientos y cuánto tiempo nos toman? Es una pregunta que preocupará a las ONG ambientales en la siguiente década. Hasta ahora lo hemos hecho muy mal; mientras en las ciudades más progresistas del mundo los gobiernos estatales y federales invierten millones en sistemas de transporte público, en las ciudades mexicanas seguimos enamorados del automóvil privado. La única ciudad del país que tiene algo parecido a un sistema de transporte público adecuado es la Ciudad de México e incluso aquí estamos muy lejos de lo que deberíamos exigir.

Las inversiones en transporte público tienen retornos extraordinarios, tanto en términos económicos como sociales. No contamos con números específicos para México, pero la Asociación Americana para el Transporte Público (APTA) estima, en un estudio de 2017, que por cada dólar que es invertido en ciudades de Estados Unidos en transporte público, se generan cuatro dólares en Producto Interno Bruto para esa ciudad. Pero la inacción también tiene costos que deberían ser inaceptables para nuestro país. El primero es económico: de acuerdo con una encuesta global de tráfico,5 los habitantes de la Ciudad de México pasamos en congestión vial 218 horas al año, equivalentes a 27 jornadas de ocho horas. Esto es, cada habitante que trabaja en la Ciudad de México pierde anualmente casi un mes en el tráfico. El costo para la productividad de esta ciudad y de las demás ciudades del país —los tapatíos pasan 181 horas al año en el tráfico— que no están tan mal, pero cada vez tienen más problemas de congestión vial, es un lujo que no nos podemos dar.

Lo más grave es su costo en términos de salud y de vidas humanas. La contaminación nos mata todos los días a través de enfermedades como bronquitis, neumonía y asma. En 2016 la contaminación ambiental le costó a México alrededor de $925 mil millones de pesos, una cifra varias veces mayor a los $132 mil millones de pesos que el gobierno gastó en salud ese año. Esta cifra, por cierto, no surge de una ONG alarmista y apocalíptica, viene del INEGI. Como sucede con casi todos los males ambientales, los impactos de la contaminación del aire no están equitativamente distribuidos en la población. Casi siempre la parte más onerosa la llevan quienes menos tienen. Esto lo puede demostrar el lector, si revisa las mediciones de calidad del aire en la Ciudad de México, donde es palpable que las peores mediciones se dan consistentemente en el norte y el oriente de la ciudad, donde se ubican las zonas más marginadas. Esto se demostró a un nivel minucioso, al comprobar que las peores mediciones de calidad del aire a menudo se dan dentro del transporte público, de microbuses y camiones que circulan por la ciudad.

Para dejar claras las cosas, nuestro amor por el automóvil privado y reticencia a invertir en un transporte público limpio, digno y seguro nos están costando dinero que no tenemos y nos están matando, empezando por los más pobres. Como en el caso anterior, esta gran pregunta ha sido ignorada por la sociedad civil mexicana. Si bien existe un puñado de ONG interesadas en la materia, la “agenda gris urbana” aun es mucho menos atractiva para organizaciones locales e internacionales, así como para la comunidad de donantes. Esta agenda incluye la contaminación ambiental y el transporte, pero también el manejo de la basura y el agua potable. En la próxima década, en la que seguirá creciendo la concentración de la población en centros urbanos, esto tiene que cambiar y las ONG ambientales deben voltear la mirada hacia estos temas.

¿De dónde sacamos energía?

Los 12 millones de mexicanos que vienen en camino necesitarán energía eléctrica en sus casas, en sus lugares de trabajo, para comunicarse y para producir bienes y servicios. México ha dado pasos inmensos en los últimos años en el uso de energías limpias. A fines del sexenio pasado llegamos a ser un líder mundial, con la capacidad de generar energía renovable —solar y eólica— a un precio récord de $17 dólares por megawatt, lo que nos colocaba por debajo de otros países de la región e incluso debajo de la energía generada con combustibles fósiles tradicionales, como el carbón o el gas natural.

Esto no ocurrió por casualidad, fue el resultado de políticas públicas puestas en marcha hace más de una década y que han recibido continuidad. Algunos analistas argumentan que se trata del resultado de una política de libre comercio, que le permite a los productores de energía renovable buscar los mejores insumos a los mejores precios. Seguir en este camino es imperativo para México, no sólo para poder cumplir con los compromisos adquiridos a nivel internacional bajo el Acuerdo de París, sino también para poder continuar el camino de despetrolización de la economía nacional. Lamentablemente hay nubes en el horizonte; la presente administración parece querer apostarle a las energías del pasado, con una refinería como uno de sus proyectos emblemáticos de infraestructura. El sector ambiental mexicano tiene que empujar al gobierno para enderezar el camino; México ha adquirido, correctamente, compromisos ambiciosos y significativos en el contexto de la lucha global contra el cambio climático. Hemos sido líderes con propuestas como el Fondo Verde para el Clima, firmado en México en 2010.

El cambio climático existe en medio de una paradoja complejísima: por un lado, es uno de los temas ambientales más reconocidos en el mundo, cuya gravedad ocupa primeras planas en Singapur y en Tepic por igual. Con contadas excepciones, el mundo cree que el cambio climático es real y que es causado por el hombre. Incluso en Estados Unidos —gran excepción histórica a este consenso—, cerca de 80% de la población se dice preocupada y acepta la mano del ser humano en la crisis que vivimos.6 El consenso es casi absoluto y debería ser suficiente, ¿o no? No lo es, he ahí la paradoja. En el conocimiento y la aceptación cuasi universal del fenómeno también se ha colado —sin que nos diéramos cuenta— su normalización. El cambio climático es real, para la mayoría de las personas, como concepto, pero no como una amenaza inminente a su vida. Sus efectos son demasiado difusos, demasiado lejanos y su solución sumamente abstracta. El incendio, el huracán o la sequía siempre están en otra parte. Cada año el mundo lee en periódicos y ve en noticieros la expectativa que causan las reuniones internacionales de cambio climático. A veces el resultado es exitoso, otras —las más— decepcionante, pero siempre es abstracto: una serie de compromisos sobre la reducción de emisiones de gases, firmados —o no— por líderes que, en la mayoría de los casos, no seguirán en su cargo para cuando se cumpla ese compromiso.

Esta década tiene que ser diferente. Las ONG ambientales mexicanas nos aseguraremos de darle al cambio climático una calidad de inmediatez que no ha tenido. Los mexicanos solos no podemos con todo el problema, pero podemos con lo que nos toca: abandonar de una vez por todas el camino anticuado y suicida de las energías sucias, así como recobrar el liderazgo mundial que llegamos a tener en energía renovable. Lo que nos toca es reconocer el papel que los ecosistemas saludables —como los arrecifes de coral, los pastos marinos y los bosques de mangle—, que juegan en la protección costera y así darles el valor que tienen. Lo que nos toca es bajarnos del carro.

Estamos a tiempo

Esta década y la mitad de la siguiente son la hora cero. Tenemos 15 años para hacer cambios profundos en nuestra manera de vivir o será demasiado tarde. Lo hemos hecho antes. En la década de los setenta, en los albores del movimiento ambientalista en México y el mundo, parecía imposible resolver el acertijo de la capa de ozono. Un grupo de científicos en la Universidad de California, en Irvine, que incluía a Mario Molina, demostró que el hoyo en la capa de ozono era causado por nuestro uso compuestos llamados clorofluorocarbonos, entonces ampliamente usado en la refrigeración. El estudio de Molina y de su asesor, Sherwood Rowland, fue la chispa que detonó un movimiento mundial. Varios años, un tratado internacional y múltiples desarrollos tecnológicos después, el problema de la capa de ozono está en el pasado. El consenso científico es claro: lo que hagamos o dejemos de hacer en los siguientes 15 años le darán forma a los siguientes 200 y cada quien tiene un papel por desempeñar. El nuestro, en la sociedad civil, es sonar la señal de alarma y exigir ser escuchados. EP

1. Luis Pablo Beauregard, “México perdió 250,000 hectáreas de bosques en 2016”, El País, 18 de noviembre de 2017, en elpais.com.

2. Hannah Ritchie, “Which countries eat the most meat?”, BBC News, 4 de febrero de 2019, en bbc.com.

3. Conagua, “Estadísticas del agua en México. Edición 2017”, en sina.conagua.gob.mx.

4. Foro Económico Mundial, “De ciudades emergentes a ciudades sostenibles: la oportunidad de las ciudades latinoamericanas”, 5 de abril de 2017, en es.weforum.org.

5. INRIX, INRIX 2018 Global Traffic Scorecard, en inrix.com/ scorecard/

6. Brady Dennis, Steven Mufson y Scott Clement, “Americans increasingly see climate change as a crisis, poll shows”, The Washington Post, 13 de septiembre de 2019, en washingtonpost.com

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