La caja negra del deseo

El amor en tiempos digitales solamente necesita un clic. La poeta comparte su experiencia ligando en las apps de citas.

Texto de 24/11/20

El amor en tiempos digitales solamente necesita un clic. La poeta comparte su experiencia ligando en las apps de citas.

A Tinder nunca debes llegar con el corazón roto, pero la mayoría llegamos así: cargando pedacitos de una historia que queremos quitarnos desesperadamente de las manos. Sólo necesitas la yema de un dedo para empujar despacito una puerta. Si no te gusta, puedes deslizarla otra vez y otra y otra, hasta dar con un sitio donde te sientas cómoda para hablar. Así llegué hace dos años, venía de dar tumbos en mi antigua relación, preguntándome si de verdad había decidido formar un vínculo heterosexual y monógamo. Cuestionar mi deseo se volvió una pregunta incisiva que diseccionaba todos los momentos con mi pareja.

Aquella ruptura coincidió con mi cierre terapéutico. Guillermo, mi expsicoterapeuta, se divertía con la descripción de perfiles que le relataba durante las sesiones. Le enseñé a usar la app. “¿Qué te parece?”, le preguntaba.Mientras yo me sumerjo en este desfile de personas, tú te acabas de casar”. Ambos cumplíamos recién los treinta años. Ambos iniciábamos nuevas etapas en nuestras vidas.

Con la punta de mi dedo hojeaba el catálogo de hombres y mujeres, poseída por una  excitación que me divertía y asqueaba. En mi pantalla desfilaban personas extrañas y conocidas; excompañeros de la secundaria, preparatoria y universidad; colegas de antiguos trabajos y del presente; también hombres con los que me había acostado; amigos y amigas, y hasta una prima. Estaba a un swipe de añadir otro precedente al chiste de que en Monterrey nos casamos entre primos.

Mi biografía era puntual y agresiva: Feminista, loca de los gatos y escritora. Quiero reír, no quiero una relación. Tampoco me prenden las personas que viven con sus padres. Estaba convencida de que no iba a relacionarme con alguien a quien su mamá le lavara los calzones.

Invité a un chavo cineasta a mi casa, a los veinte minutos quiso halagarme desaprobando a las mujeres que usan tacones: “Es que tu perfil se ve diferente, real. No es falso como el de ellas”. Le comenté que cabía la posibilidad de que desdeñara ese “tipo” de mujeres porque en el fondo sabía que ellas no iban a deslizar a la derecha cuando vieran su perfil. Treinta minutos después lo despedí. Se llevó consigo la botella de vino —sin descorchar— que había traído. Maldita sea. Primera lección: abrir el alcohol antes de que se vayan.

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En su libro El algoritmo del amor, Judith Duportail nos cuenta cómo a partir de su obsesión con la app y sus constantes fracasos en citas, el funcionamiento de Tinder se le revela como una caja de Pandora. Busca analizar el exhibirse en un aparador para ser evaluada por hombres y cómo, tras cada match, hay un mecanismo de videojuego que nos invita a seguir ganando y acumulando personas. Además, investiga sobre la puntuación Elo, que determina cuán deseable es tu perfil. Judith se pregunta si habrá creado Tinder un algoritmo injusto, que pone a los feos con los feos y a los guapos con los guapos. ¿Habrá una jerarquía sexual basada en las puntuaciones Elo de cada uno?

La autora se entrevista con Sean Rad, el creador de Tinder, pero no logra extraerle la información de dicha puntuación. Sin embargo, descubre que puede pedir sus datos y la compañía le envía 800 páginas de oscuros secretos que recopiló a través de sus likes en otras redes sociales como Facebook e Instagram. Lo que más le impacta es volver a leer todas las conversaciones que tuvo con sus matchs: las muletillas, los chistes reciclados, las anécdotas y aquello que ignoraba de sus estrategias de ligue.

En un inicio, me atraía de Tinderlandia la posibilidad de saber cuáles filtros uso cuando me gusta alguien. De entrada, vivía en la paranoia de intercambiar información con un posible feminicida. Por eso resguardaba bien mis datos y referencias. Pero el humor era algo que me desarmaba. Y las mujeres.

Hice match con una chica que se dedicaba al mundo de la publicidad, como yo, que escribía, como yo, y que acababa de terminar una relación. Sí, como yo. Nos vimos y reímos tanto hasta que dijo que no le gustaba Mecano. No-puede-ser. Esa noche ella habló durante horas y yo me escondí detrás de su historia mientras le daba traguitos a mi Carta Blanca.

También hablé con un chico sonorense. Me conmovió la historia de su gata perdida y sus michis huérfanos. Se reía conmigo de los perfiles de otros hombres. Le di mi número y me mandó audios cortos. Quedamos en una fiesta. Quedamos varias veces. En su recámara tenía un garrafón de agua, y velas. En su entrepierna tenía tatuado el nombre de su ex novia, que era el mismo que mi primer nombre.

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Hacer match en la vida real era más emocionante. Años atrás estaba en un bar, mi cita me había bateado y se marchaba junto a su mejor amiga. Una chica que las acompañaba me sonrió, le dije que quería seguir tomando y ella dijo que también. Yo dije que podía comprar una botella de whisky, ella dijo que traía carro. Nos fuimos a su casa. Sus hijos no estaban. Mientras hablaba, yo miraba sus largos cabellos que caían en su cadera, no podía despegar la mirada de sus manos. Cuando se cansó, dijo que podía dormirme en el cuarto de sus hijos. O en el suyo. Mis lentes amanecieron quebrados a un lado de su cama.

¿Por qué no hice match con más mujeres? ¿Será que en mis fotos me veía demasiado hetero? ¿Por qué Tinder se empeñaba en arrojarme perfiles de hombres aunque seleccionara la opción sólo mujeres? ¿Acaso sabía que era una mujer desmontando su deseo y quería llevarme de vuelta al rebaño de la heterosexualidad?

Cuando instalas y desinstalas Tinder fortaleces el músculo de la decepción. Crees que estás practicando la gimnasia del deseo.

“Mi biografía era puntual y agresiva: Feminista, loca de los gatos y escritora. Quiero reír, no quiero una relación.

Creo que el deseo es algo que se contagia. Como en la serie I Love Dick, cuando Chris le escribe cartas compulsivamente a Dick, ese artista famoso de Marfa, y a partir de esta explosión de erotismo, ella reinicia su vida sexual con su esposo. En estas cartas que pega por todo el pueblo, ensaya cómo forjó su propio deseo desde la niñez: “Querido Dick: He estado cachonda desde los 6 años. O: A veces, cuando voy caminando, miro las caras de cada mujer que pasa y me pregunto qué ve. Pienso en la historia de su deseo”.

¿Qué pasaría si cada una escribe la historia de cómo el deseo se filtró por su cuerpo y mente?

Empezaría por aquella compañera del kínder que me parecía bellísima, sus cabellos castaños que le caían a los hombros. Me observaría intentando rozar el brazo de mi vecinito cuando jugaba Nintendo con mi hermano. Entendería mi necesidad de retar a mi padre cada vez que me prohibía juntarme con niños. Ahí estaba yo, en lo oscurito de una esquina, intentando besuquearme con el vecino lleno de acné, mientras mi mejor amiga vigilaba que no fueran a vernos.

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En Nuevo León, el catálogo de Tinder te muestra historias parecidas: hombres vistiendo playeras de equipos de fútbol, hombres en Estados Unidos, hombres montando un camello, hombres sonriendo a un lado de niñas indígenas, hombres a un lado de su carro, hombres abrazando a su mamá, hombres sonriendo junto a una botarga, hombres escalando, hombres en el gimnasio, hombres en bicicleta, hombres con armas, hombres en una carne asada, hombres presumiendo a su perro, hombres.

Y le sigues dando vuelta a la hoja, casi sin sentimientos, creyendo que ver las mejores ofertas del día no te hará caer en la siguiente depresión.

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¿Cómo averiguar a quién sí y a quién no le compartes un cachito de tu vida? Una amiga decía: “No te lavas los dientes frente a un desconocido”. Esas cosas cotidianas e íntimas no puedes entregarlas tan rápido.

En la serie The Bisexual, Leila huye de su relación con Sadie porque no está segura de querer procrear junto a ella. Después conoce a un chico y se acuesta con él, conversan varios días en la cama. Tiene miedo de que sus amigas la descubran como una impostora de la existencia lesbiana. Leila se pregunta por qué está tan poco representada la bisexualidad, por qué se la invisibiliza, por qué ella misma la invisibilizó. Cuando por fin la descubren, deja al chico y él la cataloga como una prostituta emocional. Le dice que no debes hacer sentir segura a una persona sólo para abandonarla después.

A veces, el solo hecho de conversar con una persona desconocida, me hace sentir culpable al día siguiente. Pienso que di información de más. Vivo entre el límite de resguardarme a toda costa y de aventar mi historia a la primera persona —como dice la canción— que me inspira confianza.

Todo deseo viene con una dosis de vulnerabilidad. El deseo de comunicarnos.

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Judith Duportail nos muestra, a través de su propia experiencia en Tinder, cómo cada decepción acumulada es un montón de no-historias, de hipervínculos a los que das clic pero que, la mayoría de las veces, no te llevan a ninguna parte. Cita a Jessica Pidoux sobre la patente de la app: “En el caso de Tinder, la socialización está condicionada por el modelo patriarcal de las relaciones heterosexuales”. Y descubre cómo puede emparejar a hombres mayores con mayor poder adquisitivo y estudios, con mujeres menores de menos estudios.

La autora dice que leyó en una entrevista al psiquiatra Robert Neuburger, autor de Nuevas parejas, explicar cómo todas las parejas se construyen alrededor de un “mito fundador” según el cual “cada uno va en busca de coincidencias significativas que demuestren que su encuentro con el otro no es fortuito”, que los dos han sido elegidos por el destino.

“¿Cómo averiguar a quién sí y a quién no le compartes un cachito de tu vida? Una amiga decía: “No te lavas los dientes frente a un desconocido”. Esas cosas cotidianas e íntimas no puedes entregarlas tan rápido.”

El mito fundador con mi ex era que habíamos trabajado juntes en una librería y que años después quiso el destino que nos encontráramos en la sala de un hospital. Había sido un camino largo en el que la pulsión del deseo se había mantenido latente.

“¿Por qué no existe una autoridad que verifique que los algoritmos de la aplicación tratan a hombres, mujeres, gays, minorías, jóvenes y viejos por igual? ¿No tenemos derecho a saber? ¿Qué es el amor entre algoritmos, sino una caja negra?”, se pregunta Judith Duportail.

Ahora sé por qué hacía match con hombres que se dedicaban a las ciencias. El precedente de mi antigua relación. Pero también, ante mis ojos pasaban sin parar las fotografías de hombres en calzones posando con sus michis. Les hago captura de pantalla, se las mando a mis amigas. ¿Quiénes, del otro lado de la pantalla, se estarán burlando con una captura de mi perfil?  

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Supongo que contamos con algoritmos internos y aparentemente orgánicos que se basan en nuestros deseos e intereses, y que nos ayudan a decidir. Sigo indagando, con mucha angustia, qué o quiénes configuraron mi propio deseo. Para este caso todavía me resulta caótico usar una app. El ejercicio termina dejándome con la sensación de haber hojeado un catálogo de Tupperware. Todo se te antoja, pero no quieres comprar nada.

Recuerdo que al cierre de mi terapia también empecé a reaccionar a las historias de Instagram de un chico psicoanalista. Después lo invité a salir. A Guillermo le daba risa la obviedad. Mi ex, por ejemplo, no necesitó una app de citas para encontrar a otra chica de Letras.

Alargar la conversación. Extender de manera fantasmagórica el vínculo que iniciamos con otras personas.

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Entro de nuevo a Tinder. Esta vez tengo matches con más mujeres, pero no me atrevo a iniciar una conversación. Temo no poder sostener mi lenguaje.

Me pregunto qué pasaría si en nuestros perfiles incluyéramos cuántos muertos llevamos cargando, cuántos duelos, abusos y desencantos. ¿Pondrías en tu perfil cómo perdiste a tu primera mascota? ¿Mostrarías cómo fue tu primer hogar, tu primera casa? ¿Hablarías de todo aquello que realmente te hace dichosa?

Me inquieta descubrir cómo tocarnos ahora a la distancia. No hay más que rozarnos a través de un cúmulo de palabras, imágenes y sonidos llenos de deseo. Contar nuestra historia y escuchar la de las otras personas para reactivar nuestros cuerpos que todavía desean, que todavía sienten. EP

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