Desde Roma: la cuarentena

¿Cómo se ha vivido en la capital de Italia el brote del coronavirus?, ¿cuáles son las características de la cuarentena? Desde Roma, Teresa Rodríguez hace un repaso personalísimo sobre el asunto: uno que puede alertarnos y ayudarnos a ver, también, hacia el futuro.

Texto de 17/03/20

¿Cómo se ha vivido en la capital de Italia el brote del coronavirus?, ¿cuáles son las características de la cuarentena? Desde Roma, Teresa Rodríguez hace un repaso personalísimo sobre el asunto: uno que puede alertarnos y ayudarnos a ver, también, hacia el futuro.

Hace menos de un mes aparecieron las primeras noticias sobre el coronavirus en Italia: quince personas contagiadas en la Lombardía, la región de Milán, y dos en Roma, desde donde escribo estas líneas, y donde realizo parte de la investigación posdoctoral por la que vivo en Italia hace 6 meses. Para el 22 de febrero, los contagios se habían extendido a cuentagotas a otras regiones del norte del país y habían ascendido a setenta y nueve. Ese día se registraron las primeras dos muertes. 

El 1º de marzo, hace apenas dos semanas, ya eran 1,694 las personas contagiadas y el virus había cobrado treinta y cuatro vidas. El 3 de marzo se rebasó la frontera de las 100 muertes y tan sólo nueve días después, el pasado 12 de marzo, se rebasó la frontera de las 1,000. Para entonces, los contagios se habían extendido al todo el país y sumaban ya más de 15,000. 

Hoy, sólo cinco días después, el número de contagios y muertes se duplicaron. En el reporte de hace unas horas, se registran ya 31,506 contagios y 2,503 decesos. En el momento en que escribo esto, hay además 2,060 pacientes internados en terapia intensiva. Todo parece sugerir que, para cuando pase la crisis, el recuento de los daños será mucho más duro para Italia de lo que fue para China, en donde la epidemia, ya en recesión, había cobrado hasta ayer un total de 3,230 vidas.

Ésa es la numeralia sanitaria del nuevo coronavirus en Italia; yo quisiera intentar retratar en estas líneas cómo el virus apareció y se fue propagando en la vida cotidiana, en las conversaciones, en la rutina y el trajín del día a día.

A mediados de febrero, el coronavirus apareció discretamente acoplándose a los prejuicios de cada cual. Mi hijo de 9 años regresó de la escuela uno de esos primeros días preguntándome qué era “la corona-virus” y diciendo que el niño listo de su salón decía que no era necesario usar tapabocas “si en tu clase no hay chinos”. A los pocos días, el virus ya se había propagado en las conversaciones a la entrada de la escuela: “Ludovica, acuérdate de que estos días nada de saludar de beso ni prestarse los colores”.  

Poco después, el sentido común comenzó a hacer frente a la epidemia con cierto cinismo: “no es tan grave, nadie de menos de 80 años se ha muerto”. A eso siguió el endurecimiento de las medidas en el norte y, poco después, en todo el país: reducción de la libertad de tránsito al mínimo y cierre de todos los establecimientos comerciales excepto los de víveres no preparados y las farmacias. Fue entonces cuando la epidemia empezó a provocar lo que ha sido su síntoma más extendido: el pánico. La policía empezó a patrullar las calles y a vigilar que se respetara la distancia de seguridad entre los pocos turistas que todavía se reunían en las plazas.

Los primeros días de cuarentena fueron duros; todos y todas nos enfrentamos a un aplastante sentido de realidad ante una situación que se había minimizado y que ahora se instalaba como circunstancia inminente en todos nuestros hogares. Circuló entonces en los medios oficiales y extraoficiales un formato de declaración de “motivos de desplazamiento” que tienes que firmar y entregar a la policía si te lo requieren en la calle. La policía con potestad para preguntar a dónde vas, de dónde vienes, en dónde vives; una pesadilla vuelta realidad y además aceptada como necesaria. Un estado de excepción que convirtió por unos días al espacio público en una institución total, concepto con el que el sociólogo norteamericano Erving Goffman definió a los establecimientos sociales en los que, como en las cárceles, los manicomios o los cuarteles, se ejerce un control administrativo y policiaco sobre las rutinas cotidianas. Nada pintaba bien, pero…

A poco más de una semana del decreto Io resto a casa, Roma comienza a habituarse a esta situación excepcional. Una fórmula extraña, “habituarse a una situación excepcional”. Durante los primeros días de cuarentena, en los chats escolares circulaban noticias alarmistas e información sobre dónde podían encontrarse mascarillas, pañales y gel desinfectante (no sé por qué el papel de baño nunca fue tema; quizás por la relación bidé per cápita que hay en país); ahora circulan consejos para llevar el día a día: “hoy caminé por Villa Borghese y se puede, siempre y cuando no te detengas. Gran opción para una caminata corta con niños”; “el minisúper de Flaminio tiene buen material para hacer manualidades, está barato, pero no aceptan tarjeta”; “si sales a caminar con ropa deportiva, la policía no te pela”.

En cuanto se despejó el terror al desabasto, las compras de pánico cedieron el paso a la compra hormiga; y es que en estas circunstancias comprar sólo lo necesario para la jornada da ocasión para salir a caminar al menos unos minutos al día en un clima que ya se antoja primaveral. Además, si llevas pocas cosas, puedes quizás desviar un poco la trayectoria de regreso y “visitar” a alguien. Una escena que comienza a ser habitual en las calles de Roma es la de reuniones breves ventana a banqueta: gente que de camino o de regreso del súper o en su rutina de ejercicio, pasa por debajo de la casa de algún amigo o familiar y se detiene unos minutos a charlar. Si la distancia lo permite, la conversación se da de viva voz (de por sí acá la gente es gritona); si no, por teléfono pero con contacto visual cara a cara. 

No sé cuánto tiempo tarde en ceder la epidemia, pero en Italia ya comenzó a ceder el miedo. Y en cuanto el miedo pierde terreno, cuidarse deja ser un acto instintivo de autoconservación y empieza a convertirse en gesto empático y de cuidado hacia los demás, hacia quienes hoy se sabe son más vulnerables ante la enfermedad y, agregaría yo, hacia quienes, en el ámbito público o doméstico, tienen el trabajo de atenderlos. 

Hace un rato me preguntaron qué consejo podía dar desde acá a la gente que está en los países en donde apenas comienzan a endurecerse las medidas de contención y creo que es éste: esto va para largo, hay que intentar sacarle la vuelta al miedo y al aislamiento haciendo comunidad, lo que exige mucha creatividad dada la importancia de respetar las medidas de distancia social. 

Claro, eso y exigir del Estado la implementación inmediata de las políticas de protección social que sean necesarias para que la cuarentena no precarice la condición de los sectores de por sí más precarizados. Médicamente, el nuevo coronavirus es peligroso por su capacidad de contagio y por la agresividad con la que hace colapsar el sistema respiratorio de personas inmunocomprometidas por la edad o por padecimientos previos; socialmente, el nuevo coronavirus es peligroso por su capacidad de contagiar pánico y de colapsar sistemas de salud pública debilitados por cuatro décadas de neoliberalismo. EP

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