Cuéntame un cuento

Este cuento de Lorea Canales es acerca de muchos cuentos. O ninguno porque la realidad nos está rebasando. Y, entonces, solamente nos queda imaginar una mejor narrativa, donde no falte nadie.

Texto de 24/04/20

Este cuento de Lorea Canales es acerca de muchos cuentos. O ninguno porque la realidad nos está rebasando. Y, entonces, solamente nos queda imaginar una mejor narrativa, donde no falte nadie.

Se me ocurren puros cuentos. Una nieta que adora a su abuelita, sale de la casa sin permiso, y llega a visitarla para darle un abrazo. Un mes después, la abuela muere sola en una camilla en el pasillo de un albergue para el exceso de los enfermos que no caben más en los hospitales. 

O el de Juan y Laura, quienes se enamoraron porque Laura tenía una bella cabellera rubia, manos sensuales con largas uñas muy pintadas, siempre usaba tacones y escotes que alegraban la vista a quienes la miraran. Juan, al sentirse acompañado de la belleza de Laura se sentía completo. A ella no estamos tan seguros porqué le gustaba Juan, excepto que apreciaba su generosidad. Juan le regalaba zapatos, bolsos, cinturones que Laura no hubiera podido comprar. En la víspera de su boda, inclusive, le regaló un auto de lujo. Nunca pensaron que tres semanas de encierro fueran tan devastadoras para una relación de más de cinco años. Laura igual pone atención a su apariencia y con frecuencia habla en video con amigas, pero Juan no encuentra ningún placer al verla en la casa. Laura no lava un plato. No sabe cocinar. Ve pura basura en la televisión. No hace ni la cama. Juan se tropieza con los zapatos que ella deja tirados por todos lados —obvio, la señora de la limpieza ya no acude a la limpiar la casa. Laura no parece molesta por Juan, pero está preocupada, porque le ha hecho saber que tendrán que vender lo que tienen de valor para pagar las deudas, su negocio se ha hecho trizas. Ya hasta empeñó dos relojes que le había regalado. Laura quiere irse de ahí, estar con alguien que sí la mantenga, pero no sabe cómo, ni dónde, ni con quién. Espera ansiosa a que vuelva todo a la normalidad pero ya no sabe qué es la normalidad.  

Intento pensar historias felices, dos compañeros de piso, al tercer día del encierro, descubren que ambos son homosexuales de clóset y se liberan uno al otro. Pasan unas semanas espléndidas y están determinados a que acabando la pandemia saldrán al mundo como pareja. El problema es que uno, ya fuera del yugo de la heteronormatividad, quiere ser más experimental, mientras el otro no quiere nada más que lo que ya ha encontrado con su amigo. 

Se me ocurren ideas vocacionales, Idalia deja su carrera como contadora y abre un exitoso negocio de repostería. Lizbeth, frustrada ante la muerte insensata y previsible de su mascota, decide volverse veterinaria. 

Pienso escenarios cívicos en donde la sociedad al darse cuenta de lo inútil del gobierno —como ha sucedido en los temblores de la Ciudad de México— decide organizarse de manera radical. Y así rompe con el sistema de representación que nunca ha sido democrático. Vuelve a una idea de disposición colectiva del ciudadano real. Surgen auténticos líderes, encuentros y formas de dialogar. Me atoro en los detalles de mi utopía, desde cómo se lograría una reforma educativa hasta la electoral. Pienso en castigos para quienes violenten a las mujeres o a hombres. Imagino escenarios en donde se protejan a los niños pero también a las aves y a los delfines. Intento regresar a la realidad leyendo el periódico. Dentro de todas las notas escalofriantes, la que más me conmueve es una del New York Times que habla de más de un millón de niños abandonados en Venezuela. En México los niños también se abandonan. Además, todos son niños, quiero igual a un niño de El Salvador, que de Guatemala, que de Texas, son niños, para todos quiero el bienestar. Pienso en cuentos en donde esta pandemia resulte en que alguien decida que las vidas humanas son valiosas, todas las vidas humanas desde las chinas hasta las de Juárez. 

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Pienso en cuentos fantásticos, barcos que usan energía de sirenas. Duendes que montan ciervos por el bosque y al hacer trayectos cortos, piden a sus amigos colibríes que les den aventón. Pero entonces me acuerdo de la señora futura Secretaria del Medio Ambiente que creía en los aluxes y que no renunció por eso, sino porque retrasó un avión.  La realidad entra en mis fantasías, las distorsiona, las recoloca y ya no quiero pensar en la realidad. Primero porque la realidad me cuesta mucho trabajo, es muy grande, demasiado vasta. Pienso en mi realidad, pero también en la tuya y resulta que son realidades distintas. Tan distintas que hay realidades que no puedo imaginar, por eso leo. 

Nunca imaginé que llegáramos a esto. Nunca imaginé el mundo semiparado, semiconfinado y digo semi porque ésta es sólo una realidad entra otras, el mundo sigue, los banqueros hacen dinero, el Tren Maya se construye. No decido si la palabra “Tren Maya” es un oxímoron o nada más un sinsentido. Me suena a que la civilización Maya, la auténtica y original sociedad milenaria cuyo periodo clásico terminó por ahí del 950 D.C., se erguirá desde la prehistoria a construir un tren, un tren que es maya o pertenece a los mayas. En el territorio mexicano hay muchas personas que hablan Maya (según google unas ochocientas mil personas) y muchas más cuyos ancestros son de este pueblo originario, pero el Tren Maya no es su proyecto. Ni si quiera se ha consultado a los habitantes de los territorios por donde se supone va a pasar este tren. Pienso en las fantasías de gobernantes, como Hitler, que se han hecho realidad: holocausto. O AMLO, segundo piso. O Salinas, TLC. O Mancera, CDMX. O Trump y su muro. Entonces vuelvo al cuento de la abuelita. Mejor imaginar cosas mejores. Mejor imaginar que la nieta fue obediente y que la abuela no sufrió ningún contagio, o que la nieta desobedeció porque era muy obstinada, pero no tenía nada que infectar, solo cariño, fue le dio un beso a la abuela y no pasó nada. No sé, intentemos imaginar cuentos mejores. Les reto, no es fácil. EP

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