Volver al cine

El impacto que la pandemia del COVID-19 ha tenido en la industria audiovisual es aún difícil de calcular. Probablemente los datos no se conocerán de forma concreta sino hasta que la reapertura sea total y global, un escenario para el que simple y sencillamente no hay fecha en el horizonte.

Texto de 12/08/20

El impacto que la pandemia del COVID-19 ha tenido en la industria audiovisual es aún difícil de calcular. Probablemente los datos no se conocerán de forma concreta sino hasta que la reapertura sea total y global, un escenario para el que simple y sencillamente no hay fecha en el horizonte.



La última vez que fui al cine, a mediados de marzo del año uno de la pandemia, lo hice con miedo. La gran plaga planeaba ya implacable sobre nuestras cabezas, amenazando con meterse en nuestras narices y reptar por nuestras gargantas hasta anegar nuestros pulmones. Comenzábamos a temerle hasta al saludo mismo y todavía no nacía el saludo de codito, uno de los grandes aportes de la pandemia a la cultura humana. Los noticiarios eran ya lóbregos y aciagos y las cifras de los decesos del otro lado del océano se apilaban en gráficos de colores que me habían hecho sopesar largamente si debía ir al cine o no. Era difícil, para mí, renunciar a las salas: aunque no voy demasiado, en temporada alta llego a ir tres o cuatro veces por semana, según la oferta. Ante mí se abría la amenaza del gran confinamiento, aquel fantasma que había recorrido Europa mientras cerraba sus cines, clausuraba sus bares, suspendía sus restaurantes. 

Finalmente, me decidí: compré los boletos en línea, ritual que establecí tiempo antes de la pandemia y del que ahora me arrepiento porque me impidió conservar los últimos boletos de cine antes de que comenzara la interminable cuarentena. Recuerdo con claridad sentarme en la butaca y tomar súbita conciencia del denso aire frío de la sala, de su ingreso a mi cuerpo; pensé en las partículas que podría transportar, surcando los ductos del multiplex y reciclándose una y otra vez antes de colarse de nuevo en mis fosas nasales; imaginé de forma acaso inevitable que la muerte inundaba mi pecho y durante unos momentos el pánico y yo fuimos uno mismo.

Y luego comenzó la película y me sumergí en ella sin saber que no podría hacerlo de nuevo durante cinco meses (y contando).

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El impacto que la pandemia del COVID-19 ha tenido en la industria audiovisual es aún difícil de calcular. Probablemente los datos no se conocerán de forma concreta sino hasta que la reapertura sea total y global, un escenario para el que simple y sencillamente no hay fecha en el horizonte. (Les juro que mientras escribía esa línea me tembló un poquito el labio inferior y se me llenaron tantito pero nomás tantito los ojos de agüita. Es que no sé si ya les dije que yo extraño mucho ir al cine.) Quizá para 2021 podamos tener ya una idea más precisa, pero acá les va una lista de cosas y datos que han sucedido y que quizá nos sirvan para darnos una noción al menos general. En Estados Unidos, algunos cálculos indican que la crisis del COVID-19 podría causarle pérdidas a la industria hasta por cinco mil millones de dólares, equivalentes a alrededor de ciento diez mil millones de pesos. Como documenta Arturo Aguilar en este texto para Nexos, varias productoras han movido sus estrenos a digital, lo que ha redundado en obtener menos dinero globalmente, pero, una vez desprendidos de los gastos de la exhibición, ganar más de lo que habrían ganado en un trato convencional con las cadenas de cine. “No tengo trabajo y me deben dinero en doce chambas”, confesó al principio de la pandemia Michael Reynolds, guionista, “y si cerraron sus oficinas y no hay nadie atendiendo, pues tampoco están haciendo cheques”. El estreno de Tenet, la más reciente película de Christopher Nolan, con un costo de unos doscientos millones de dólares, ha sido retrasado tres veces (y se rumora que será retrasado al menos una vez más en las próximas semanas). Durante los primeros meses de 2020, la taquilla china recaudó 3.9 millones de dólares; el año anterior, 2019, había recaudado poco más de dos mil millones de dólares en el mismo periodo. 

“El coronavirus está matando a los sujetos de mi documental”, ha escrito Tammy Botkin, que preparaba un trabajo sobre veteranos filipinos de la Segunda Guerra Mundial que pelearon por Estados Unidos y les fue negada la nacionalidad estadounidense en 1946; “algunos de los sujetos que están en confinamiento han dejado de responder”. Mulán, de Nikki Caro, la película más costosa a manos de una directora de la historia del cine, retrasó su estreno en múltiples ocasiones: del nueve de marzo de 2020 al 27 de marzo al 24 de julio al 21 de agosto. Finalmente, hace unos días se anunció que la película sería lanzada en línea a través de Disney+ el cuatro de septiembre de este año, con estreno en salas en los territorios que ya hubieran levantado las restricciones. Después de enterarse de la noticia, el dueño de un cine francés se grabó emprendiéndola a batazos y patadas contra la publicidad de la película que llevaba meses guardada en su local. Casi dos millones de vistas llevaba el video ahorita que lo vi. El propietario del cine traía cubrebocas, por cierto.

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Las noticias se suceden alrededor del mundo: un país decide abrir los cines un día para que, unos pocos días —en ocasiones, al día siguiente— o semanas después se decida cerrarlos de nuevo. Es una realidad complicada, pero lo cierto es que, tal y como fueron pensados, los cines no están hechos para resistir esta pandemia. Ya no digamos los estrenos masivos, que a menudo congregan filas imposibles de personas apretujadas unas contra otras, empujándose para entrar a la sala a comer nachos y hot dogs y a beber refresco.

Las cosas están, en muchos sentidos, pendiendo de un hilo. Alejandro Ramírez, director de Cinépolis, aseguró —¡en junio!— que la cadena pretendía abrir todas sus salas ese mes. Como es evidente, eso no ha sucedido. En esa misma entrevista, Ramírez afirmaba que comenzaban a llegar a un punto de inviabilidad económica. Cinemex optó por un ajuste espartano: a todos los empleados con menos de tres meses de antigüedad simplemente no les renovó el contrato; a los gerentes los puso a hacer guardias alternadas en los complejos y a todos los empleados les hizo aceptar una reducción de sueldo del 50%, según reporta El CEO. Hace menos de un mes, ambas cadenas dieron la noticia: doce complejos en todo el país, nueve de Cinépolis y tres de Cinemex, cerrarían sus puertas definitivamente. Todavía no aparece en el horizonte la fecha para que reabran todos los complejos a nivel nacional, y dada la exasperante ausencia de medidas económicas federales, uno imagina que la situación ha de ser, cuando menos, tensa: tanto empleados como propietarios han de mirar nerviosamente el calendario en espera de la reapertura.

Los puestos de películas piratas, por cierto, no han parado. Acá a la vuelta de mi casa, que es la de ustedes, los vendedores han sacado sus puestos desde hace semanas. Y la gente les sigue comprando. ¿De qué otra forma si no vamos a aguantar el quedarnos en casa?

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Por una parte, es claro que no “necesitamos” del cine para sobrevivir, al menos no literal y simplistamente, no tanto como el agua o la comida. Los más ridículos de los estoicos lo dicen a cada rato; yo mismo me lo he dicho en múltiples ocasiones para pasar el día, para silenciar el rabioso extrañamiento de la butaca. No necesitamos el cine para sobrevivir, así como no necesitamos los restaurantes ni los deportes ni los conciertos ni ver a nuestra familia. Es verdad que no necesitamos nada de eso tanto como que una vida sin esas cosas —y otras tantas que la pandemia nos impide— pierde mucho sentido. Se ha hablado ya en múltiples ocasiones acerca de cómo la pandemia dará pie a una epidemia de suicidios conforme avance y no resulta extraño adivinar por qué: además de las consecuencias del desempleo, la caída de la economía y la incertidumbre generalizada, el aislamiento se ha encargado de erosionar lentamente la salud mental de millones alrededor del mundo. Es indispensable mirar a otras personas para que la vida tenga sentido, aun cuando en el preciso instante en que todo abra de nuevo nos dediquemos a odiar con fruición a los otros bichos humanos que se nos pongan enfrente. Así somos, vaya: habitamos esa contradictoria bisagra entre la misantropía y la filantropía. Y nos urge volver al cine.

Por otro lado, es dudoso si los cines serán el lugar más seguro para estar en estos momentos. Inicialmente, la recomendación de las autoridades locales de la Ciudad de México estipulaba que la venta y el consumo de alimentos dentro de las salas de cine estaría prohibido; unos días después, la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, desmintió esta versión y aseguró que no habrá prohibición de alimentos. Es un enfoque comprensible: dado que el gobierno federal ha destinado apoyos más bien escasos a la iniciativa privada —algunos, como los créditos a la palabra, condicionados a la inscripción en el censo del bienestar, previa a la pandemia—, es natural que un gobierno local busque facilitarle a los negocios la mayor entrada de ingresos, que en el caso de los cines —que además verán reducido su aforo— proviene principalmente de la venta de alimentos.

Sin embargo, algunas recomendaciones —como esta publicada en Quartz y esta otra aparecida en Vulture— sugieren que la forma segura de ir al cine durante una pandemia es con la boca cerrada tras un cubrebocas. Tiene sentido: según se ha reportado, el virus es particularmente contagioso en lugares concurridos, cerrados y con poca circulación de aire, como los restaurantes. Uno alcanza a ver en qué se parecen ambos y la prudencia de pronto se transforma en temor.

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Cinépolis anunció su nuevo protocolo para cines hace casi dos meses, a través de un video publicado en junio. La asepsia pretendidamente cálida de las imágenes no hace sino enfatizar su frialdad. Cinemex optó por un tono grandilocuente que hace sentir que ir al cine será ahora una experiencia épica —no sé si es la mejor elección dadas las circunstancias—. De ambos videos —y de la experiencia en otros países— queda claro que los cines a los que volveremos esta semana no son los cines a los que hemos ido los últimos años de nuestras vidas. La pandemia les habrá pasado por encima, justo como a nosotros, y, como a nosotros, les tomará algún tiempo adaptarse a ese nuevo mundo.

¿Qué sigue?

Nada. Continuar. Esperar y encontrar nuevas formas de disfrutar el cine desde nuestras casas; entrenar la virtud de la paciencia. Todas esas cosas que extrañamos y que no son indispensables volverán algún día, un día que seguramente aparecerá en el horizonte mucho tiempo antes de que volvamos a igualar los miles de años que la humanidad vivió sin cines. ¿Qué sigue? Nada: hacer gala de la capacidad de adaptación humana, cuya elasticidad para moldearse ante nuevos escenarios es casi infinita. El cine y la televisión ya lo están haciendo: hace un par de semanas se estrenó Host, una película de terror producida por Shudder enteramente en la cuarentena y en el confinamiento. Hasan Minhaj —así como John Oliver, Stephen Colbert y varios otros— grabó una nueva y estupenda temporada de su programa desde su casa, obligando a su equipo de gráficos a repensar la adaptación de su propio concepto, que incluía pantallas gigantescas en el set, a una filmación casera. Las pantallas domésticas son más relevantes que nunca, y esto, que por una parte genera la inevitable nostalgia por los cines previos a la pandemia, también representa un océano de nuevas posibilidades estéticas y discursivas para los productos audiovisuales. Los cineclubes virtuales han encontrado un nuevo auge, y compartir la pantalla para ver una película con alguien, juntos a la distancia, es un pequeño nuevo ritual para hallar el cariño y la compañía en medio de una pandemia que nos obliga a quedarnos encerrados. El regreso a las pantallas grandes será paulatino y probablemente tropezado, pero el cine siempre encontrará la forma de colarse en nuestras vidas, sin importar el tamaño de la superficie donde se proyecte ni de la sala donde se contemple. EP



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