Siempre es domingo en Eslovenia

En esta crónica, Antonio Moreno recorre la atmósfera única de Liubliana, la capital de Eslovenia.

Texto de 01/03/24

En esta crónica, Antonio Moreno recorre la atmósfera única de Liubliana, la capital de Eslovenia.

Tiempo de lectura: 10 minutos

Para Emilio y Leonardo

La capital de Eslovenia posee la coquetería de una chica campirana que aún no termina de acostumbrarse a la felina tarea de cruzar la avenida más transitada sin darle el gusto a los demás de pensar todo lo contrario. Nada que ver con las dinámicas urbanas que imponen las grandes ciudades, tóxicas y desquiciantes, El Cairo, Ciudad de México, Tokio o Mumbai. Puedes dejar una pierna en el intento, seguir caminando tan feliz como una perdiz, sin haberte percatado nunca. Para ser justos y tratar de apegarse a la verdad, Liubliana es una ciudad que vive la vida siempre en domingo. Tanto por la belleza arquitectónica, las sorpresas culinarias, el afecto de la gente, rodeada de bosques y un río que la atraviesa como adorno para un thriller sentimental electrizante. Como por las opciones de la televisión abierta. Canales locales que me remiten al México de los ochenta, particularmente, un programa de variedad musical del que estábamos condenados a ver, dirigido por un señor de gafitas, tirándole a calvo, con un tono de perdonavidas, pero se notaba a leguas el mensaje entrelíneas, aunque hable así, aquí yo soy el putoamo. Asumo entonces, por este hallazgo circunstancial, que he llegado a casa.  

El tema de sentirse cosmopolita o ciudadano del mundo interconectado por la Internet, hablar mínimamente cuatro lenguas, acudir a la ópera dos veces al año, saber de lo que tiene que saber cualquier persona atenta, como el precio de los benditos tomates, siguiendo la lección de Mark Twain que aconseja saber tan sólo por dónde sopla el viento, es tan controvertible como llamar a cuentas al ateísmo para que pase a formar parte del género de la ciencia ficción. Halldór Laxness fue tan cosmopolita como Juan Rulfo. Se va de las manos el tema cuando se trata de ponerle mucha crema a los tacos, porque a paladar ajeno, en este caso, sabe a pollo mal sazonado. Desde la perspectiva de los países metropolitanos del área, Eslovenia corresponde a la zona periférica de Europa. Decir lo anterior hoy en día no es para que alguien se ofenda. Liubliana es una reliquia, de esas que las familias conservan con celo en alguna parte secreta de la casa; y también goza de un estado de gracia que fascina. 

Antonio Moreno

Me acompaña en este viaje el mayor de mis hijos que quiere ser médico. Y como todo viaje tiene sus instancias burocráticas, es decir, saber lo que tienes que saber del país o ciudad de destino, mi hijo empezó a soltarme datos que ratifican que Eslovenia, al igual que el resto de los países que formaron parte de la gran Yugoslavia, mantiene subliminales conexiones con México. Empezando con el trago doloroso de perder territorios y después con que la mayoría de los eslovenos acude a misa los domingos o todos los días, según la necesidad del creyente; finalmente, que les gusta la música de mariachi, la comida y las telenovelas mexicanas. Sin embargo, se habla una lengua eslava y aconsonantada, como choque de piedras en el río. El aeropuerto internacional es pequeño y queda a menos de una hora de distancia de la capital. Puede ser que la razón de lucir abandonado, sin ningún agente de migración en los filtros para la revisión de los pasaportes, se deba a que viajamos en el último vuelo del día, una hora antes de la media noche, y dada la cercanía, pueda ser que las autoridades en Alemania, que fue nuestro país de enlace y donde pasamos un día en Frankfurt para vagabundear lo suficiente, sean las encargadas de aplicar un severo control de acceso del flujo de pasajeros a este destino, sin necesidad de burocratizar tanto el viaje. 

Antes de abandonar las instalaciones me pregunta el empleado de una compañía de transporte si ya contamos con el traslado a Liubliana. Afuera, la noche cae cerrada, tal vez por el efecto del tupido bosque que abraza el aeropuerto. Cuenta la fábula que de noche todos los gatos son pardos. Le confieso a mi hijo que, por lo mismo, parece que hemos llegado a Tombuctú. No es difícil dar con el paradero del auto que nos tiene que llevar al primer cuadro urbano, a un departamento situado a pocos metros del seductor England Pub sobre Mala ulica, que significa algo así como calle pequeña. Salgo de un repentino marasmo para entrar en otro luego de ver y escuchar hablar al conductor de la camioneta que nos trasladará con los demás pasajeros. Por un momento me dio la sospecha de estar frente a Slavoj Žižek, es idéntico físicamente y habla el inglés en el mismo tono y con el mismo acento que el más famoso de los pensadores contemporáneos de Eslovenia, tan conocido como la estrella del baloncesto Luka Dončić y la ex primera dama de los Estados Unidos Melania Trump. Me complace escuchar el acento del inglés de esa manera, y decido usarlo de ahí en adelante, porque yo lo hablo cortado a machete, con pretensiones bostonianas que nadie entiende a la primera. En el trayecto hacia la ciudad cavilo con las frases de William S. Burrough y Norman Mailer sobre la Tánger de Paul Bowles. El primero la calificó de “Interzone” y el segundo dijo que Bowles había abierto al mundo el camino de cierta moda para los excéntricos, paganos y místicos. Žižek puede ser que cumpla esa misma función con Eslovenia.  

Žižek, con el aura de buhonero y vendedor de enciclopedias, lúcido e inteligente como pocos, ha hecho con el discurso filosófico lo que ha querido a expensas de la impunidad que da la disidencia y la charlatanería. Lo recuerdo a inicios de siglo como si liderara una banda de música grunge o fuese un instructor de eufóricos herejes que buscan fundar la religión que pueda salvar el pellejo de los elegidos ante el apocalipsis ecológico inminente. Hizo fama como divulgador y quisquilloso para el debate alimentó escándalos, acercó a los jóvenes a la filosofía, los lectores empezaron a citarlo, pero para colmo les dio pereza ahondar en sus fuentes. No puede hablarse de Liubliana sin mencionar a Žižek, profesor de la universidad más importante de la ciudad. Me dijo días después la ex decana de la facultad de filosofía y letras que casi no visita su oficina, resguardado en casa trata de superar malestares de salud. Si en la literatura eslovena no ha habido un Cervantes, están Žižek, Lojze Kovačič, Mladen Dolar y Alenka Zupančič. Si de por sí no es fácil llegar a un país ajeno, tan joven que tiene la edad en que falleció Ramón López Velarde, que, para enmarcarlo en los dos últimos siglos, fue primero territorio de un reino dinástico cuyos miembros de esa poderosa familia estuvieron condenados por la tragedia barroca, formó parte de la gran Yugoslavia bajo el dominio soviético hasta su desintegración a inicios de los noventa, y finalmente un país autónomo que de buenas a primeras lo percibo como una abstracción, del mismo modo en que el filósofo reflexiona con imágenes sueltas y desvaídas por el torcido mirar del cíclope. 

Antonio Moreno

Huele a claveles el amanecer de finales de noviembre en Liubliana, hermosa ciudad que superpone su personalidad de urbe con el carácter ranchero. Nos hemos levantado muy temprano para recorrer los mercadillos y caminar al margen del río que la atraviesa. La gente aquí se viste muy bien para salir a la calle. Las mujeres eslovenas no caminan por las calles, modelan.  El trato es cordial y advierto el calor afectivo del latinoamericano. Pregunto, ya en confianza, si los elotes, las legumbres y frutas de temporada que se comercian sobre las mesas son de exportación, y me responden para salir de mi profunda ignorancia que esta región posee una de las tierras más fértiles del planeta, apreciada desde la antigüedad por los romanos, y abarca hasta las planicies de Hungría y Ucrania, incluyendo los valles de Croacia y Montenegro. Siempre he sostenido que para decir que conocemos realmente determinado lugar, hay que verlo desde el interior del hogar con el propósito de evitar la mirada del cíclope; ayuda a dosificar las distorsiones y a no empezar con las comparaciones enfadosas e innecesarias. Las ciruelas y las manzanas saben a ciruelas y manzanas. Y compiten con el perfume de los claveles. Compramos las frutas indispensables para las emboscadas que nos dé el hambre.

El domingo es un día especial para salir a comer, caminar sin menores incidentes que dejarte llevar por la magnitud hipnótica del aire fresco que se te enreda en el cuello; el avasallante azul del cielo que cubre la ciudad es el atractivo adicional de mayor efecto para revalorar si en ese mismísimo lugar podrías hacer la vida. La gente se vuelca a las calles en busca de restaurantes, cafeterías, heladerías de muy buena calidad. Observo colmados vasos de una cerveza negra y espumosa que me hace ojitos. Pido una, y, mientras la paladeo, contemplo como si yo fuese un emperador habsbúrgico toda la ciudad desde lo alto del majestuoso castillo de Liubliana; al mismo tiempo me pregunto dónde vivirán Žižek y el poeta Aleš Šteger, que me presentó la escritora mexicana Pura López Colomé. Descendemos la colina satisfechos por el paisaje, y yo en modo post chelatium le digo a mi hijo que tengo que beber café para moderar el efecto de la cerveza. 

Apasiona poder imaginar de este país la evolución de su cultura a lo largo de los siglos, su idioma (la más preciada de sus joyas, pese a la conjugación del verbo balcanizar en subjuntivo), su mentalidad para hacer política (con todo lo que implica manipular el sustantivo balcanización), su identidad balcánica con dimensión e influencia mediterránea, la manera de ser y comportarse con el Otro, los hechos del pasado no tan reciente que siguen gravitando en la mente de sus ciudadanos, como el gran terremoto que sacudió esta ciudad en 1895, los soldados eslovenos que fueron a luchar en territorio mexicano para lograr la imposición del imperio de Maximiliano y tener en mente que este país formó parte de la ruta del ámbar, no son poca cosa. Nos detenemos en una cafetería que está frente a la catedral de San Nicolás, atendida por un barista políglota que pasa de un idioma a otro como un gato haciendo malabares. Se llama Tilen Mohorič y aunque cuenta con 22 años posee la rara sabiduría de los viejos etíopes sobre el grano de café y el néctar que puede sacar de ello. Habla español como actor de telenovelas porque lo aprendió viendo junto con su abuela la telenovela mexicana Esmeralda.   

Antonio Moreno

Si mi hijo y yo intentamos, con los ojos bien abiertos, imaginar la vida allí, Mohorič dice que desea vivir en cualquier ciudad de la provincia mexicana, con el entendido de que su español únicamente podría ser letal en los contextos del sentimiento con las damas mexicanas hasta encontrar a la anhelada Esmeralda del Toboso, porque en su vocabulario telenovelesco predominan sólo palabras de amor. Antes de marcharnos en dirección hacia el restaurante Slovenska Hiša, un sitio de inexcusable visita para saborear lo más exquisito de la gastronomía eslovena, el joven Mohorič nos contagia su emoción por México. No obstante, el país que conoce tiene dos fuentes que han pasado por el tamiz de la ficción mediática, la telenovela y las series sobre narcos, sin que haya necesidad de descalificar esa percepción de ninguna manera. Quizá la suya de México sea más objetiva que la mía. Y que esa particularidad de acercarse a un país sea la idónea, el melodrama con sus constantes inverosimilitudes y la crudeza en todos sus niveles, una mezcla de ambas. Dependiendo de la persona, considero oportuno por oposición preguntar primero qué saben de México, por qué creen que la selección de fútbol nunca ganará la copa del mundo, qué suponen que comen (además de los tacos y las enchiladas); y después indagar a partir de bagatelas: cómo ellos, los eslovenos, se curan la cruda y qué pueden cocinar con lo equivalente a diez dólares.   

Cansados pero satisfechos, volvemos al pequeño departamento para reposar; a la vez que organice la mochila porque tomaremos el autobús muy temprano en dirección a los Alpes julianos, pasar todo el día en la ciudad de Bled y cruzar su fascinante lago del mismo nombre, mi hijo prenderá la televisión y aunque no entendamos ni jota de esloveno fisgonearemos la oferta de los programas. La imagen del castillo en lo alto de la colina —en medio de la ciudad— provoca que nos detengamos un momento y la apreciamos como si fuese parte de una escena peliculesca. Estoy bastante convencido que los castillos encarnan la moral de época y puede ser una de las características más notables de la cultura local que traslapa la actualidad con los tiempos lejanos de este país, el cual cuenta desde el medioevo con medio millar de sorprendentes edificaciones. 

Todo castillo está rodeado de un halo místico; viéndolo desde fuera, y quienes hayan vivido allí, pudieron incurrir en herejías o haber echado andar teorías conspirativas. Volveré a rumiar en la misma y elemental ocurrencia para explicarme con mis propias palabras la tragedia habsburgica que habla de las desgracias, de la compasión y el terror, enseguida de mirar atónito el castillo de Bled situado en las cumbres, del que si me dejara subyugar por la imaginación afirmaría que está resguardado por dragones. En un lapso de 47 años dos archiduques de la dinastía habsburgo, propietaria de la mayoría de los castillos, fueron fusilados y asesinados por hombres comunes y corrientes. 

Destaca una lección trágica con sus respectivos efectos escénicos en México y en Sarajevo, que da como resultado un replanteamiento teológico sobre el origen y justificación de las dinastías monárquicas, puesto que los fundadores estaban convencidos de haber sido elegidos por Dios para gobernar en la tierra, quien extrañamente no pudo salvarles la vida.  Para evitar el complejo de culpa también recordaré y contaré a unos rusos que me darán la impresión de ser gringos de Wisconsin la anécdota de Mark Twain en el momento de cruzar el lago Bled a bordo de una barcaza, en vista de que se parecerá a la nuestra por el elevado coste de los billetes. Twain viajó a la llamada Tierra Santa en 1867, el mismo año del fusilamiento de Maximiliano, y con la intención de cruzar el mar de Galilea, preguntó el precio al barquero y como le pareció altísimo le dijo que ahora sí entendía por qué el nazareno había caminado sobre las aguas.  

Antonio Moreno

La televisión proyecta para un público nocturno seductores comerciales de marcas de cervezas locales, sublimes paisajes de las regiones eslovenas ante el auge imparable del turismo, con intermitentes anuncios de medicamentos para frenar el envejecimiento prematuro, productos mágicos para erradicar la eyaculación precoz y la disfunción eréctil, como si fuese el testimonio visual contemporáneo que padece el género masculino de cierta edad a nivel mundial. Seguimos monitoreando. Y ante nuestros ojos aparece un programa musical que por alguna razón me resulta familiar. Tomando en cuenta el decorado, la calidad del sonido y por la falta de pericia evidente para manipular las cámaras, cualquiera podría juzgar que es de bajo presupuesto. Un hombre con una calvicie precipitada, de gafitas y con un tono entre delicado y apacible, presenta cantantes y grupos musicales que me dan la corazonada, por los atuendos y el género, que son Los Bukis, Los Yonic’s, el Juan Gabriel y el Luis Miguel de los Balcanes. El formato mexicano era de mejor competencia, claro está, por la innovación y la audacia para transmitir el intravenoso mensaje político. A mi hijo le desconcierta esa emoción que no puedo reprimir porque desconoce ese periodo del México de los ochenta, cuando en ese entonces la televisión formaba parte del laboratorio de la política para elaborar sólidas fantasías populares, como si hubiese yo llegado a casa en uno de esos domingos en el que la familia reunida se divierte escuchando música sin reparar en la finalidad doctrinaria que encierra la escena. Ante el temor de que el conductor de gafitas repita que aún hay más en este domingo que aún no concluye, apago el televisor de inmediato. EP

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