Ran, encarnaciones shakesperianas

¡¡Lucharáaaaan de dos a tres cuartillas, sin límite de caracteres, en esta esquina: Carlos Andrés Torres Cabrera. Y en esta otra, la consigna del mes: escribe sobre un personaje que está en la película incorrecta!!

Texto de y 22/01/21

¡¡Lucharáaaaan de dos a tres cuartillas, sin límite de caracteres, en esta esquina: Carlos Andrés Torres Cabrera. Y en esta otra, la consigna del mes: escribe sobre un personaje que está en la película incorrecta!!

Estudié una carrera en teatro, aunque mi sueño de la infancia fuera estudiar cine. Ahora que terminé la licenciatura, el anhelo por lo fílmico volvió a mí, sólo que entrar al mundo del cine no es tan fácil. Es como si debiera desprenderme de la escena para abrazar la imagen, pero eso me resulta muy extraño. Tan extraño como ver una película de Akira Kurosawa. No obstante, eso es lo que hago, el canon dice: si quieres estudiar cine, debes ver a Kurosawa. Nunca he entendido la fascinación que hay por ese director. Los actores de sus películas gritan demasiado, los personajes son poco afectuosos, la acción se sitúa en un tiempo y un lugar muy distantes: la época medieval japonesa. Decido ver Ran (1985) porque es una adaptación de El rey Lear de William Shakespeare, una obra de teatro que disfruté mucho leer, sobre todo por el bufón, un personaje chistoso y elocuente. Pensé que con esa película por fin Kurosawa me podría convencer. 

No sabía a lo que me enfrentaba. Cuando vi al bufón de El rey Lear en Ran de Akira Kurosawa, sentí cómo las facciones de su rostro se perdieron en el tránsito del escenario a la pantalla. Percibí cómo dejó de ser él mismo y quedé descolocado. “Todo está decidido por nuestras vidas anteriores.” Dice uno de los personajes de la película, como si quisiera confirmar lo que me niego a aceptar: que el bufón bretón reencarna en la tierra donde el sol también renace. Antes, en la obra de Shakespeare, no tenía nombre y ahora, en Japón, lo llaman Kyoami. A él le toca la mala fortuna de regirse bajo las órdenes de un rey más autoritario, el despiadado Hidetora. Si en el teatro, el bufón habla con soltura y sin temor a represalias, en la cinta nipona la más discreta broma le hace correr con toda rapidez, perseguido por el monarca. Esta actitud hostil del regente contra el súbdito, habría hecho imposible recrear la fidelidad que se lee en El rey Lear, donde el bufón acompaña al rey hasta los tormentos de la locura. Pero la recreación es posible gracias a una acción sutil, benevolente e inusual que no sucede en la obra de teatro: Hidetora le salva la vida a Kyoami. Es un momento fundamental para la trama y para que yo pueda reconciliarme con esta encarnación japonesa del bufón shakesperiano.

“Hidetora le salva la vida a Kyoami. Es un momento fundamental para la trama y para que yo pueda reconciliarme con esta encarnación japonesa del bufón shakesperiano.”

Para comprender la importancia de ese instante, hay que hacer un recuento de los sucesos. El rey renunció y dejó a Taro, su hijo mayor, a cargo del reino. Sólo puso dos condiciones: conservar una escolta de 30 hombres, así como el título y la insignia de “Gran Señor”. Aunque el heredero aceptó, al poco tiempo ordenó a su guardia que arrebatara a la comitiva de su padre, el estandarte, insignia del “Gran Señor”. Cuando la trifulca por el pendón se desata, Kyoami llama la atención de los soldados para hacer la siguiente broma: “Mire, señor, un calabacín al viento. Agitándose para aquí… Agitándose para allá. Girando con los soplos de la brisa. Tan importante, colgando vacío de la torre. ¿No es divertido?” No, no me parece divertido. Son este tipo de diálogos los que me hacen extrañar el buen humor del bufón teatral. Tampoco a los soldados les da risa. Todos vuelven a pelear sin hacerle caso, pero un guardia de Taro acorrala a Kyoami con su espada y contra un muro de piedra. Lo tiene a su disposición, con el sable a punto de cortarle la cabeza. De pronto, una flecha atraviesa al guarda. La tiró Hidetora, desde lo alto de una torre. Así salvó de la muerte a su fiel burlón, quitándole la vida al miliciano de su primogénito. Aquello provoca un cisma entre padre e hijo. Esta demostración de afecto del rey al bufón, motiva que también en mí nazca ese cariño. La complicidad, aún a costa de rencillas familiares, me produce empatía.

Cuando Hidetora se ve obligado a vagar por las amplias llanuras de lo que fue su señorío. Sólo le hace compañía el fiel Kyoami. El hambre los agota, duermen sobre piedra y paja en una cueva. Entonces, huir resultaría lo más lógico para el histrión: “¿Por qué me quedo con este viejo loco? Si la roca en que te sientas comienza a rodar, salta inmediatamente o te caerás con ella y serás aplastado. Sólo un tonto se quedaría.” Agarra sus cosas, se levanta y corre hacia la salida, entonces el anciano musita “¿dónde estoy?”. El juglar se detiene, vacila y regresa. Por un momento se dio cuenta que estaba en el lugar equivocado. No tiene por qué sufrir persecuciones ni hambrunas, él no arrasó como su patrón poblados enteros, no quemó castillos ni sometió a los campesinos. Lo detiene quizá la compasión, la lealtad a su majestad y la reciprocidad con quien le salvó la vida. Mas él no tuvo la culpa de que lo intentaran matar, ni siquiera actuó mal su vida pasada como payaso en la corte de Lear. Incluso su servicio a Hidetora fue atento y cariñoso: “Pensándolo bien. Toda mi vida he sido su niñera. Buen chico. Dulces sueños.” Dice este diálogo consolador y le brotan lágrimas. Vemos al personaje descolocado, fuera de lugar, en una situación errónea, en una película incorrecta. Ver a un cómico romper en llanto, es desolador. No sólo eso, es imprevisto y paradójico. El personaje de Shakespeare no se daba licencias para explorar esta región de su sentir. Paradójicamente, mientras más fuera de lugar se siente Kyoami, más sentido le encuentro a su existencia cinematográfica.


“Ver a un cómico romper en llanto, es desolador. No sólo eso, es imprevisto y paradójico. El personaje de Shakespeare no se daba licencias para explorar esta región de su sentir.”

El Kyoami del cine puede ser menos gracioso, locuaz y relajado que el Kyoami del teatro, pero es mucho más polifacético: encarna con soltura la máscara trágica y la cómica. Me di cuenta que el encanto que ejercen sobre mí ambos personajes es de distinto calado. Uno me asombra con su lucidez verbal, el otro con sus contradicciones sentimentales. Quizá sea el desgaste diferenciado lo que provoque la verbosidad de uno y la complejidad emocional del otro. El cuidado al rey por parte del arlequín oriental se extiende por más tiempo que la custodia del occidental a su monarca. El primero lo hace durante varios días, el segundo sólo por una noche. El agotamiento, por lo tanto, diferencia las dos experiencias de lealtad. En una aparecen los cuestionamientos, en la otra, la paciencia. Además, si asumimos la reencarnación del bufón teatral en Kyoami, entenderemos con más razón la diferencia de actitudes. El personaje de Kurosawa tuvo que sufrir la tragedia dos veces: una en el teatro, otra en el cine. El peso de la vida anterior provoca una respuesta un tanto distinta ante las adversidades. Aunque un carácter tan grácil mereciera reencarnar en una trama más ligera y a pesar de que pareciera estar en la película incorrecta, la resurrección del bufón shakesperiano en Ran abre la oportunidad de conocer su otro rostro, el rostro nuevo de Kyoami.

            Así como pude aceptar a Kyoami como una reencarnación del bufón de Shakespeare, ahora entiendo que también yo puedo volver a nacer en el cine. No importa que mi nombre cambie o que mi rostro se vea diferente, no necesito desprenderme de mi pasado teatral, ese seguirá latente bajo mi nuevo vestuario de película. Sufriré una transformación con el cine, quizá pierda algún aspecto de mi personalidad como Kyoami perdió sus largos diálogos humorísticos. En todo caso valdrá la pena conocer esa otra cara de la vida por venir. EP

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