Pariré centauros (nota al pie sobre el centauro de los géneros)

Héctor Rojo ensaya en torno a una frase de Nietzsche y su incierta conexión con Alfonso Reyes.

Texto de 17/01/23

Héctor Rojo ensaya en torno a una frase de Nietzsche y su incierta conexión con Alfonso Reyes.

I

La leyenda cuenta que Nietzsche perdió la cordura durante los primeros días de enero de 1889, en Turín, después de intentar ayudar a un caballo que era cruelmente azotado. Según la historia, tras abrazar al animal entre sollozos y susurrarle al oído, el filósofo cayó desmayado y sólo con ayuda de un amigo consiguió volver a su casa. Durante los siguientes días escribió las famosas cartas de la locura e hizo algunas correcciones a su último libro antes de sumirse en un mutismo mórbido que duró hasta su muerte, diez años después. 

Al parecer, esta anécdota es apócrifa. Según leo, no hay un solo documento de la época que permita sostener su autenticidad. Esto no ha impedido que cumpla una función retórica insustituible: no sólo registramos el momento del colapso mental con mayor claridad gracias a su dramatismo, sino que además ha servido para atribuir significados trascendentales a la locura de Nietzsche. En este ensayo, el episodio de Turín sirve para darles —un tanto artificiosamente— una estructura circular a los hechos de los que quiero hablar, ocurridos 20 años antes. 

II

Todo empezó en la Universidad de Basilea, en 1870, donde con 25 años de edad, Nietzsche preparaba su primer libro, El nacimiento de la tragedia. Una de las razones más apremiantes para su pronta publicación era respaldar el puesto como catedrático de filología clásica que había obtenido poco tiempo antes. A pesar de su juventud y de no haber escrito una tesis doctoral, el excepcional nombramiento venía precedido de los valiosos artículos académicos que publicó aún siendo estudiante, así como de las recomendaciones de sus mentores.

Esta estrella en ascenso era también un inconforme natural. Contagiado del esteticismo shopenhahueriano, que se robustecía en cada conversación amistosa con Richard Wagner, sentía como un deber casi patriótico la transformación de la filología tradicional, de un cientificismo opaco, en un ejercicio donde la intuición artística tuviera mayor presencia. En la mente de Nietzsche comenzaba a cuajar el ideal de un programa “científico, artístico y filosófico” que pretendía desbordar los límites de su disciplina. Ya en “Homero y la filología clásica”, conferencia pronunciada en 1869 como lección inaugural de su actividad docente, contrapone el positivismo predominante al ideal esteticista con el que quería alumbrar el pasado clásico:  

Si asumimos una actitud científica respecto a la Antigüedad podemos tratar de comprender el pasado con los ojos del historiador, o rubricar las formas lingüísticas de las obras maestras de la Antigüedad a la manera del naturalista, comparándolas y, eventualmente, reduciéndolas a leyes morfológicas; en todo caso perdemos la maravillosa fuerza formadora, así como el verdadero perfume de la atmósfera antigua, olvidamos esa nostálgica emoción que, como el más bello auriga, conduce nuestros sentidos y nuestros pensamientos hacia los griegos con la fuerza del instinto.1

Más tarde, una tríada de conferencias bastarían para que la comunidad universitaria se indignara ante las insolencias del profesor neófito. Una de estas conferencias, “Sócrates y la tragedia”, causó “escándalo y malentendidos” y “odio y rabia”,2 de acuerdo con dos cartas enviadas por Nietzsche a diferentes amigos. Ante estos reveses, el joven profesor mostró apenas una ligera preocupación. Sin embargo, en la carta dirigida al segundo de estos destinatarios, en febrero de 1870, su reacción es más cercana a lo que esperamos de ese ego impredecible y, visto a la distancia, hasta involuntariamente cómico: “noto cómo mi aspiración filosófica, moral y científica mira a un único fin y que yo —el primero de todos los filólogos— me convierto en una totalidad. ¡Qué maravillosamente nueva y transfigurada se me aparece la historia, sobre todo la Antigüedad griega!”

A pesar de su desgraciado final y de los más de 100 años que nos separan de él, sigue siendo muy difícil tomarle cariño a este personaje. Su propio maestro, y poco antes amigo, luego de leer una carta en la que Nietzsche le recrimina no haberse pronunciado sobre su polémico El nacimiento de la tragedia (1871), anotó en su diario: “Carta increíble de Nietzsche (=megalomanía)”.3 Hay que admitir que el veinteañero tenía agallas. Aunque la amistad con Richard Wagner y su íntimo intercambio de ideas parecían fortalecerlo en sus propósitos, no debió de ser fácil enfrentarse desde dentro a una tradición tan rabiosamente hermética y plagada de imperativos como la filología clásica.

Para el lector del siglo XXI, quizá no parezcan tan radicales los textos por los que fue señalado durante sus años en la cátedra de la Universidad de Basilea; basta hojear sus artículos académicos para notar el contraste con las conferencias de la polémica y, sobre todo, con su primer libro. Este último debía consagrarlo como catedrático y, en cambio, acabó por condenarlo definitivamente: “que Nietzsche se atenga a lo que dice, que empuñe el tirso, que vaya de la India a Grecia, pero que baje de la cátedra, desde la que debe enseñar la ciencia”,3 le exigieron en una famosa diatriba. 

“Nietzsche era consciente de esta distancia estilística y de fondo, del radical contraste entre lo que estaba haciendo y lo que le correspondía hacer”.

Nietzsche era consciente de esta distancia estilística y de fondo, del radical contraste entre lo que estaba haciendo y lo que le correspondía hacer. Y por fin, en una de las cartas más significativas de este periodo, llegamos al momento que quiero subrayar. Poco antes de iniciar la redacción de El nacimiento de la tragedia, le escribe a su amigo Erwin Rohde: 

Realmente no tengo en absoluto ambición literaria, no necesito vincularme a una pauta dominante, porque no ambiciono ninguna posición distinguida y famosa. Por el contrario quiero, cuando llegue el momento, expresarme de la manera más seria y sincera posible. Ahora, dentro de mí, ciencia, arte y filosofía crecen juntos de tal forma que alguna vez, ciertamente, pariré centauros.

“Uno de estos centauros”, sentencia Andres Sanchéz Pascual, uno de los mayores expertos en la obra del filósofo alemán, “sería El nacimiento de la tragedia”.3

III

Durante años me ha obsesionado encontrar alguna pista que me diga si Alfonso Reyes tenía en la cabeza, consciente o inconscientemente, esta imagen nietzscheana cuando calificó al ensayo, en dos ocasiones distintas, como “centauro de los géneros”. Sabemos que el escritor mexicano leyó a muy temprana edad El nacimiento de la tragedia, libro que tuvo una profunda, duradera y ambigua influencia en él, ostensible desde sus primeros libros.4 

No sería extraño, asimismo, que se hubiera interesado en las cartas alrededor de la gestación del libro, considerando que uno de los principales conflictos que provocó en Reyes esta obra de Nietzsche tiene que ver precisamente con su forma de entender y estudiar la literatura griega. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado rastros de una hipotética lectura de la correspondencia nietzscheana por parte de Reyes, y mucho menos sobre un posible préstamo de la metáfora del centauro.

El rastreo de referencias me llevó por algunas lecturas de las que ahora estoy agradecido. En busca de pruebas textuales, seguí la pista de Oscar Levy, editor de la más temprana traducción al inglés de las cartas de Nietzsche (1921), y con quien Alfonso Reyes mantuvo correspondencia al menos durante 1944.5 Es durante ese mismo año que Reyes publicó “Las nuevas artes”, texto en el que aparece por primera vez la conocida frase: “el ensayo: este centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha”. (La segunda vez aparece en El deslinde, también de 1944).

Extrañamente, en la edición de Levy se omite el fragmento donde Nietzsche avisa a su amigo Rohde “pariré centauros”. Esta omisión podría deberse a un error de los traductores y editores estadounidenses o a la propia hermana de Nietzsche, Elisabeth, quien además de editar gustaba de modificar los manuscritos de su hermano antes de llevarlos a prensa. En este punto me estaba dando por vencido: sólo quedaba la posibilidad de que Reyes hubiera leído la edición alemana de las cartas o su traducción italiana. Esto último era posible, pues para el autor mexicano no habría representado una gran dificultad acceder a dichas ediciones. Sin embargo, no había un solo hilo, aunque fuera sutil, que los conectara.

Algunos días después, encontré que durante 1921 se publicó otra traducción al inglés que nos interesa: las cartas dirigidas por Richard Wagner a Nietzsche. Además de ser más accesible, pudo haber llegado a Alfonso Reyes también gracias a Oscar Levy, amigo del prologuista, H. L. Mencken. En una de las cartas ahora traducidas, de fecha incierta (agrupada con otras en “invierno de 1870”), Wagner le escribe a Nietzsche, a propósito de su libro en preparación:

These are just random thoughts which occur to me, but never so hopefully as since I have taken so strong a liking to you, and never so clearly-and (as you see) never so clamoring for expression-as since you read us your ‘Centaurs.’ Therefore, do not doubt the impression created upon me by your work.

Por si fuera poco, en este fragmento la palabra “Centaurs” nos lleva a una nota a pie de página en la que se cita la carta de Nietzsche a Rohde antes mencionada. Dice la nota: “The expression ‘Centaurs’ refers to a remark of Nietzsche’s to the effect that “science, art and philosophy have grown so closely together in my works that I shall most likely give birth to a ‘Centaur’ one of these days”. Podemos ver que los “centauros nietzscheanos” no eran una ocurrencia momentánea, sino algo de lo que el filólogo hablaba con sus conocidos. Asimismo, se convierte en otra fuente probable para el conocimiento de Reyes. 

IV

Quiero insistir en que nada de lo anterior constituye una prueba real y que, mientras no encuentre alusiones de Reyes a las cartas nietzscheanas, seguirá siendo un misterio si el autor mexicano se inspiró en el alemán cuando habló del “centauro de los géneros”. Sin embargo, la coincidencia es demasiado atractiva para pasarla por alto. Es cierto que ambos autores hablan de formas de escritura muy distintas. Mientras Nietzsche está pensando en un programa filosófico encaminado a los resultados concretos, Reyes usa la comparación para englobar un tipo de escritura diversa, sin un propósito único e incluso, en algunos casos, despreocupada del contexto social e histórico. Podría decirse que la definición de Reyes incluye a Nietzsche, pero la de Nietzsche excluye prácticamente todo salvo su propia obra, pues de hecho sólo está pensando en la transformación de su escritura.

Podríamos forzarnos a ver algunas similitudes y utilizarlas como argumento. Por ejemplo, cuando Reyes confronta el “orbe circular y cerrado de los antiguos” con la “curva abierta” y el “proceso en marcha” al que responde el ensayo moderno. No obstante, al menos por ahora, me abstengo del análisis. Ya no hay espacio para encontrar verdades, sino sólo para observar a ese centauro ir y venir y transformarse de mil maneras diferentes: aparecer en una carta de Nietzsche; desaparecer en la traducción al inglés de esa misma carta; resurgir como nota al pie en otro libro de otro autor en otra lengua; viajar a través de décadas y de continentes y reaparecer en México, en 1944, no sabemos (y ojalá no lo sepamos nunca) si como Doppelgänger o como descendiente del primer centauro concebido por el filósofo alemán. 

“En el arte, cuando contamos desde el inicio con todas las piezas para reconstruir un hecho, nos privamos de la búsqueda y sin nada que buscar, la imaginación se vuelve estéril”.

En el arte, cuando contamos desde el inicio con todas las piezas para reconstruir un hecho, nos privamos de la búsqueda y sin nada que buscar, la imaginación se vuelve estéril. La incertidumbre, en cambio, me ha llevado por caminos inesperados, por textos en los que me he perdido sin encontrar lo que quería —¡y vaya que quería encontrar esa “prueba”!— y de los que he salido lleno de frustración, pero también de asombro. Incluso si mi intuición es equivocada, me alegro de haber cometido ese error y de seguirlo hasta este punto. ¿Qué importancia tiene si Reyes leyó o no aquella frase de Nietzsche y se inspiró en ella? En casos como este, una verdad puede llegar a ser más árida y decepcionante que una cadena de sospechas que nos hacen virar en falso hacia distintas direcciones. 

Tal vez ocurre igual con la anécdota del caballo de Turín que, a pesar de su falsedad, ha surcado el tiempo y se ha colmado de significados. Aquí dejo sólo uno de ellos, quizá nuevo, quizá no: Nietzsche, gran razonador, terminó sus días de cordura al fundirse voluntariamente con el símbolo mayor de sus instintos. Él, que pasó casi 30 años pariendo centauros, al final se transformó en uno. EP

  1. Obras Completas, Volumen II. Escritos filológicos, Ed. Tecnos, p. 221. []
  2. Correspondencia. Volumen II, Ed. Trotta, pp. 123 y 125. []
  3. Citado por Andrés Sánchez Pascual, “Introducción”, en El Nacimiento de la Tragedia, Alianza Ed. [] [] []
  4. Sergio Ugalde Quintana, “Alfonso Reyes lee a Nietzsche: cultura clásica y ethos agonista”. Nueva Revista De Filología Hispánica (NRFH), 67(1), 131-153. []
  5. Para mi deleite, Reyes hace referencia a una conversación epistolar con el doctor Levy acerca de la correspondencia de otro alemán del siglo XIX, Burckhardt, y cómo en esta se reflejan opiniones que es imposible encontrar en su obra publicada: “Oscar Levy, traductor inglés de la obra de Nietzsche, me escribió recientemente desde Londres, a propósito de mi prólogo a las Meditaciones sobre la historia universal, de Burckhardt. Insistiendo en mi punto de vista sobre las profecías que el pensador helvético prefería callar ante su auditorio y sólo comunicaba en charlas íntimas o en cartas privadas a muy contados amigos…” Cortesía del fuerte, p. 413. []
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