Nuestros compañeros

El bienestar animal se ha convertido en un tema de gran interés e importancia para la sociedad.

Texto de y 01/08/19

El bienestar animal se ha convertido en un tema de gran interés e importancia para la sociedad.

Durante tres meses Morgan me enseñó a contemplar la muerte. Despertaba con el sonido de los pájaros. Fijaba la mirada en el árbol que durante los trece años que me acompañó le proveyó de hojarasca en el invierno para recostarse, cuya sombra disfrutó para largas siestas y donde solían esconderse las aves de su instinto cazador. En su último invierno, salíamos con el alba sólo para estar ahí bajo ese árbol, oyendo y viendo la vida pasar. No sé si era el último gesto de su instinto, si ya cansado y enfermo se conformaba con medio oler a los pájaros; sus patas traseras ya no tenían fuerza para sostenerlo ni para apuntar la cola de punta blanca con esa gallardía tan distintiva de los sabuesos. En esos días de despedida le leí El libro tibetano de los muertos, escuchamos incansablemente a David Bowie —en homenaje a su reciente muerte— y yo me refugié en el documental Heart of a Dog, de Laurie Anderson, y en el libro Why Look at Animals? de John Berger. ¿Me entendía Morgan? Me gustaría creer que sí. ¿Lo entendí yo? No sé. Lo cierto es que en la muerte, cuando nos miramos por última vez y se quedó tieso en mis brazos, nos igualamos. No éramos la dueña y su mascota. Éramos dos seres que vivíamos y moríamos simultáneamente. Un acto mágico. Me maravilló lo simple y contundente de la muerte. Se quedó tieso y ya. Hubo otra imagen que me fascinó: Morgan tieso sobre la cama y una cantidad de animalitos —ácaros, dijo el veterinario— saltando fuera de él. La muerte expulsando a la vida.

Antes de morir, Morgan y yo nos miramos intensamente, él con toda su perritud y yo con toda mi humanidad a cuestas. Ese instante, que aún es eterno en mi memoria, me evocó el encuentro entre Witold Gombrowicz y una vaca: “Me detuve y nos miramos en el blanco de los ojos. En este punto su bovinidad sorprendió mi humanidad y me sentí confuso en tanto que hombre, es decir, en mi humana especie”. Él, asegura, permitió que la vaca lo viera en un acto de igualdad. Así, al igual que Witold, yo me convertí en animal frente a la mirada de Morgan. No sé si en un animal tan extraño como el escritor de origen polaco, pero sí en otro más. Me gustó que me observara con la misma intensidad con la que observaba a las aves en sus buenas épocas. Me gustó saberme vista sin una mirada especial —ni buena ni mala ni inteligente ni gentil ni maliciosa ni nada—, sin intenciones. Ese ver por ver me ayudó a estar, un último regalo de Morgan. Un obsequio que es parte de esta larga historia del ser humano y los animales. Un relato que narramos desde el antropomorfismo, o desde nuestra soledad o nuestra animalidad o personalidad urbanita que añora un cachito de esa naturaleza perdida sobre la que disertan Vivian y Cyril en La decadencia de la mentira, de Oscar Wilde. ¿Será que, como dice Vivian, hemos perdido por completo la facultad de gozar la naturaleza? Esta obra fue escrita en el siglo XIX, y en el XXI, ¿ha cambiado la forma en que entendemos esa “extraña tosquedad, extraordinaria monotonía y carácter inacabado de la naturaleza”? ¿Nos hemos conformado, como dice Berger, en mirar a los animales como si fueran parte de un cuadro? Dice el escritor inglés que el ser humano toma conciencia de sí mismo al devolver la mirada… “El animal lo examina a través de un estrecho abismo de incomprensión. Por eso el hombre puede sorprender al animal. Pero el animal, incluso el domesticado, también sorprende al hombre”. ¿Será ese abismo de incomprensión el que nos empuja —o inspira— a tener mascotas?

¿Cuáles son los secretos y la familiaridad que nos unen?, ¿cuáles los miedos que nos separan? ¿Cómo pasamos del amor al abandono? ¿Los ha convertido el capitalismo en objetos fungibles? Según el censo de 2016 del INEGI, siete de cada diez hogares mexicanos tienen mascota, de las cuales 80% son perros. De acuerdo con el Conapo, el número de canes domésticos aumentó 20% en una década (de 2000 a 2010). Se calcula que en el país hay más de veinte millones de perros, de los cuales apenas poco más de cinco millones tienen hogar. Eso sí, cada vez existen más productos y servicios para ellos, desde paseadores, escuelas y estéticas, hasta hoteles, spas, colecciones de moda, clases de natación y pólizas de seguro. Parece que el amor obsesivo y el abandono están unidos por esa mirada desde la ignorancia y el miedo de la que habla Berger.

Pero más allá de las estadísticas hay personajes citadinos que comparten sus espacios con animales por el placer de estar o por la necesidad de verse en ese otro para, como también dice Berger, tomar conciencia de sí mismo al devolver esa mirada. Les presentamos a algunos de ellos, tan extraños y sui generis como Gombrowicz.

Lo hermoso de lo diferente

Adriana Díaz de Cossío, ceramista

Mascotas: xoloitzcuintles, Dr. Atl, Turuch, La Negra y La Pasita

El Taller Experimental de Cerámica tiene cinco trabajadores muy especiales: cuatro xoloitzcuintles y una perra salchicha (Yoko). Esta última es la pata derecha de Alberto Díaz de Cossío, quien empezó este proyecto a principios de los sesenta junto con Cora, su esposa. Amantes de los animales, por su taller han transitado una infinidad de perros, desde una basset hound, un fox terrier y sinnúmero de salchichas (como Paquita, una de las consentidas de la familia), hasta los xolos de Adriana, que ocupan el puesto de anfitriones. Astutos y simpáticos, se cuelan a más de una selfie al día de los visitantes del taller, y también la acompañan de aquí para allá mientras cuece la cerámica o da clases. Ellos cumplen su horario cotidiano.

Adriana: Cuando tenía como cinco años había una perra callejera amarilla con negro llamada Pata que seguía a mi papá de su casa al taller y de regreso. La adoraba, un día salimos y la atropellaron. Me traumé. Me movió el hecho de que no hay un respeto por la vida, y también entendí que a los perros hay que traerlos amarrados en la calle. Me guste o no son las reglas de convivencia. Como mi papá trabajó mucho en comunidades rurales solía rescatar animales. Una vez trajo a un armadillo que compró en la carretera, lo tenían colgado del rabo con el caparazón roto. También trajo a una iguana negra a la que cuidé hasta que un día se escapó y los vecinos pusieron el grito en el cielo, así que la soltamos en Cuernavaca… Simultáneamente a los animales de campo rescatados siempre tuvimos perros, y yo, desde pequeña, quise un xolo. Crecí en Coyoacán y me gustaba pasar con mi madre por La Capilla, el restaurante de Salvador Novo donde tenían un xolo muy viejito; me encantaba que me dijeran que era de don Salvador. En otra ocasión acompañé a mis padres a visitar a Manuel Álvarez Bravo y a Colette, que también tenían xolitos. A mí me maravillaban esos perros que para muchos eran como un chiste. Me extrañaba que los calificaran de horribles pero que en su conjunto fueran hermosos. También me atraía su nombre tan mágico. Leí que Xólotl había bajado al inframundo para rescatar a su hermano Quetzalcóatl y los últimos huesos de los seres humanos. Me enamoré de esa cosmovisión, y cuando me independicé conseguí a mi primer xolito con una pareja que en ese entonces tenía. A pesar de que yo era muy joven, tenía ya un discurso sólido sobre estos perros. Aún me sorprende que el gen pelón siga vigente después de siete mil años. Me gusta la variedad en las camadas: sin pelo, con pelo y hasta unos similares a los perros criollos. En un principio tuve contacto con la Federación Canófila, de la cual me alejé porque vi que sólo le preocupa preservar la raza a través de los egos… La vida existe y pues así son, sin estándares rígidos. Por qué estandarizar algo tan antiguo, tan hermoso que tiene tanto bagaje cultural. Por qué ajustarnos a esos conceptos tan americanos. El gen pelón ha sobrevivido más allá de los diseños de perros para cazar o acompañar o para que tuvieran en las arrugas de la frente el símbolo de la felicidad como los pug. A mí me gustan mis xolos porque son perros y no mis “perrhijos”. Yo soy humano y ellos perros, es padrísima esta diferencia, me gusta que corran, que estén sueltos en el taller a donde vienen a trabajar y cumplen con su deber que consiste en estar contentos, saludar, mover la cola, perseguir gatos, cuidarnos, ser fotogénicos. Trabajo en el taller desde hace veinticinco años, desde entonces ha habido un xolo acompañándome, recordándome que debo disfrutar, como ellos, todas las sutilezas de la vida.

El tiempo de la vida

Rocío Cerón, poeta

Mascotas: pájaros finches, Rosa y Mol, y tortugas, Alfa y Quiquiriquí

Lo primero que llama la atención son las plantas, en esa estancia uno se siente acompañado de distintos olores, texturas y sonidos, mientras Rosa y Mol dialogan. Esta pareja de pájaros finches observa desde su jaula, su zona de protección, a Rocío y a Constanza, con quienes platican en las mañanas mientras desayunan, las humanas café y cereal, las aves, alpiste. Del lado de la sala están Alfa y Quiquiriquí, dos tortugas que son las protagonistas de la tarde-noche, mientras Constanza hace su tarea o juega y su mamá escribe, las dos tan concentradas como las tortugas que las observan como parte de otro mundo que gira geológicamente.

Rocío: Mi madre es muy animalera y ese amor se lo ha transmitido a Constanza. Ella le regaló un perro, Sparky, que vive con la abuela a media cuadra y que llegó a nuestras vidas cuando Constanza tenía tres años —este año cumple diez—; también nos obsequió los pájaros y las tortugas. Dos especies con las que compartimos el espacio y que me han provocado reflexionar sobre el ritmo.

Pero no sólo eso, las mascotas me han permitido darle un punto de aprendizaje sobre el significado de responsabilidad y cuidado a mi hija, quien desde los seis años insistió en que quería pájaros. Cuando murió uno de ellos, me preguntó acerca del significado de la muerte; Constanza no entendía si estaba dormido e iba a despertar. Fue una de las primeras pláticas de “asuntos serios” que tuvimos. Ahora están Mol y Rosa, y a ella le gusta que trinen en las mañanas; a mí me gustan porque, como el poeta, cantan. Es delicioso despertar y escucharlos, como si avisaran lo que vendrá. Asimismo, en la noche anuncian que el día ha terminado. Nos marcan el tiempo. Durante estos años que los hemos escuchado, nos hemos percatado de que más que cantar, dialogan, se regañan, cuchichean, platican y platican, así que cuando oscurece, el silencio de la casa es absoluto. A diferencia de mis finches,  las tortugas se activan hacia la tarde. Con movimientos lentos, casi de taichí, dan la sensación de longevidad, recordándonos el ritmo de la Tierra. Es como tener el ciclo de la vida ahí en casa, el principio y final de los tiempos, en el que distintos sonidos, velocidades y texturas suceden simultáneos. Si bien me atrae la densidad que evocan las tortugas, el piar de los finches me recuerda a diario que en el mundo todo es ritmo, todo es flujo. Y eso invade de alguna forma mi escritura.

La química de los loros

Olga Correa, editora, y Andrés Acosta, escritor

Mascota: loro, Otto

A Olga le cambia la expresión cuando pronuncia Otto, asegura que a Andrés, Max le sacó gestos inimaginables. De hecho, lo que más extraña de aquella lorita es observar el enamoramiento que durante más de cinco años los unió. Nunca buscaron tener un loro, pero Max simplemente apareció. Un día, Andrés vio a un ave ahogándose en el lago de los patos del Parque México, en la colonia Condesa, y sin pensarlo mucho la rescató. En la clínica veterinaria le diagnosticaron hipotermia pero sucedió lo imposible: renació. Max también murió en las manos de Andrés, en su libro Escalera al cielo (Ediciones SM, 2015) evoca esa relación. Resulta fácil imaginar por qué la Clínica de Aves de la UNAM los buscó cinco meses después para ofrecerles en adopción a otra cotorra argentina. Así llegó Otto.

Olga: En la clínica nos vieron tan desolados que cuando llegó un ave de la misma especie nos la ofrecieron en adopción. Otto en alemán significa riqueza, y para mí eso fue después de un año complicadísimo. El veterinario le calculó dos meses, tenía el pico aguado y yo me enamoré. Tú eres mi pollito, le decía, hasta que un día dijo pollito. También dice Otto, Otta y oye… De pronto parece una comunicación muy humana, si está enojado cambia el tono, o si quiere cariño o si está aburrido. A veces parece que dialogamos: Oye, me dice, ¿qué quieres?, le contesto, y me responde, pollito, que significa que tiene hambre o requiere apapacho. Porque las aves necesitan mucha interacción, te exigen presencia, que estés; de hecho, las que están solas tienden a autolacerarse, se aburren y se picotean hasta quitarse las plumas. Necesitan actividad, ramas, cosas, son constructoras. La cotorra argentina es la única ave que construye nidos multifamiliares verticales que pueden ser hasta de dos metros, pero en México es considerada invasora porque aquí no tiene depredadores, además, puede ser portadora del virus de Pacheco, que es letal para las especies nacionales, así que los especialistas la quieren en cautiverio. Cuando la adoptamos nos comprometimos a que no se escaparía porque es una especie escapista, como Max. Estos loros son muy territoriales, así que una de las grandes enseñanzas ha sido compartir el espacio y a nosotros. Max era territorio de Andrés y me encantaba ver esa relación, me dejaba ver a un Andrés que me fue entrañable, tenían una conexión visceral que le sacó expresiones desconocidas. Otto tiene una relación más estrecha conmigo. Cuando yo trabajaba en oficina notamos que gritaba. El veterinario nos explicó que no se callaba porque estaba llamándome, gritándome su ubicación para que lo encontrara porque no me veía. Al principio nos pareció exagerado, pero ahora que estoy más en casa ya no grita, sólo nos exige besitos.

Desde que aparecieron los loros en mi vida me he fijado más en ellos. Ahora reflexiono distinto sobre Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, cuando el narrador describe una cena observando al loro. Tampoco es ya igual El loro de Flaubert, de Julian Barnes, como no lo es la cotidianidad. Siento incluso una reacción química en mi cuerpo, sobre todo cuando estoy estresada; al interactuar con Otto, mi frecuencia cardiaca baja, es como tomar un ansiolítico. Me equilibra. Su olor es una medicina.

Me sorprende que su calidad de vida esté relacionada con su subsistencia. Su interacción social es básica para su bienestar, al igual que su alimentación y sueño de doce horas; me recuerda que la naturaleza es interacción. También me agrada que sea imposible saber su sexo; de Max lo supimos en la necropsia. No conocemos el género de Otto y no queremos saberlo. Tenemos tan introyectados los prejuicios de género que no saber es una maravilla. Otto puede ser ella o él, y qué, es Otto.

Las posibilidades líquidas del gato

Tanya Huntington, poeta y pintora

Mascota: gata, Bamboo

Bamboo es curiosa y huele a cualquier ser humano que entre a su territorio, de cabeza a pies. Se mueve sinuosamente entre libros y muebles, tiene una curiosidad que parece compartida por Tanya y Dylan. Aparece y desaparece expresando que es aún novata en la vida. Su energía se expande en la casa y transforma los rostros de sus dueños hasta cuando le dicen “Bamboo, no”. Les place que esté ahí acompañándolos como lo estuvo Waffles, quien falleció por estrés postraumático después del temblor del 19 de septiembre de 2017; quizá cumplió su deber chamánico absorbiendo el trauma y cuidando a sus protectores. Estaba solo merodeando cuando las paredes se estrellaron. Hoy la casa otra vez se llena de la versatilidad corpórea felina.

Tanya: Las brujas tienen animales que las asisten, son pequeños demonios, me recuerdan al daimon de Julia Kristeva que comunica a la divinidad con la humanidad. Tal vez las mascotas sean esa presencia sobrenatural en nuestra cotidianidad. Son también nuestros familiares. A diferencia de mis padres, mi hermana y yo no crecimos rodeadas de animales, pero a pesar de ser la primera generación de urbanitas, las vacaciones en el campo nos definieron. A veces me encariñaba con algún cordero o un caballo; así aprendimos que en la realidad tenemos que convivir con muchas especies y comunicarnos para la mutua supervivencia. No se trata de una relación puramente utilitaria, al contrario, mis parientes que son tan igualitarios en su relación con su ganado son capaces de referirse al filete por su “nombre de pila”, lo cual, desde una perspectiva citadina, puede parecer bárbaro, pero para ellos es una expresión amorosa que exhibe su concepción más realista de cómo funciona el reino animal, más sintonizado con la vida.

La relación con una mascota urbana siempre es más artificial. Hay personas que antropomorfizan a sus animales de compañía extremadamente, vistiéndolos y atribuyéndoles incluso neurosis o condiciones psicológicas; mi madre sería capaz de darle Prozac a su perro. Nadie es inmune, finalmente hemos crecido con personajes como Bambi, Peter Rabbit y Old Joe, y libros como Colmillo Blanco de Jack London y Belleza Negra de Anna Sewell.

Soy una persona de gatos. Somos muchos los poetas que nos identificamos con lo felino como una presencia lírica, desde T. S. Eliot hasta Nicanor Parra, los gatos se dejan versificar muy bien. Desde que llegué a México, en la década de los noventa, he tenido gatos, la primera se llamaba Frida y me la heredó una señora que se mudaba a Australia. La segunda se llamaba Travis. Luego vino Waffles, que le hizo ver a mi hijo mayor que desde la perspectiva del gato los humanos sólo nos movemos de un lugar a otro levantando y dejando cosas. Ahora tenemos a Bamboo, que ha inspirado a mi hijo menor a crear una teoría acerca de que los gatos deberían considerarse otra forma de líquido por la manera que tienen de rellenar recovecos y espacios, exhibiendo su versatilidad al desparramarse por donde se pueda. Las reflexiones de mis hijos me invitan a pensar que no sólo ha cambiado la relación con las mascotas —ahora son casi roomies—, sino también la filial. Antes había ciertas reglas de casa que determinaban, por ejemplo, que los niños no podían acaparar la conversación en la mesa; hoy día somos más empáticos con todos los seres más vulnerables o indefensos. Cuando me mudé a México eso no existía, de hecho era bastante común ver escenas de crueldad en cualquier esquina. Me agrada mucho que han habido muchos avances legales y culturales, la necesidad imperativa de tratar bien a los animales y cómo se refleja ello en la sociedad. Prefiero que la gente trate a sus mascotas de perrhijos o gathijos a que las maltraten.

La única vez que no tuve mascota fue cuando estaba en la licenciatura porque vivía en una residencia estudiantil, y si algo heredé de mis padres es que los animales no se maltratan ni se abandonan, no hay que ser negligentes, si no tienes el estilo de vida ni el tiempo o la capacidad para cuidarlos es mejor abstenerse, porque las mascotas están, su presencia es notable, palpable y son totémicas; en ese sentido, son las mensajeras que nos permiten hacer la magia.

La conversión de un incrédulo

Erwin Neumaier, cineasta, y Andrea Seidel, bailarina

Mascotas: peces (además de perras y gatas)

Hasta hace relativamente poco a Erwin no le gustaban los animales. Al menos eso creían sus cercanos. Quizás esta renuencia es “culpa” de su hermana, una obsesiva rescatadora de perros (actualmente tiene veinte); pero no, quizás es más bien que no había encontrado a su “animal”. Andrea, por el contrario, ha estado siempre rodeada de animales, desde su infancia y adolescencia urbanas, hasta su madurez, cuando decidió hacer su hogar en la campiña veracruzana. Allá, en las montañas coatepeñas, la cotidianidad de las mascotas les quitó un poco de comodidad y les devolvió el propósito perdido de su especie. Entre los cafetales, los sabuesos volvieron a usar el olfato para trabajar y los perros de pastoreo reencontraron su vocación. Pero luego un día, Andrea regresó a la ciudad con sus hijas y la presencia de mascotas se hizo imprescindible. Cuando se conocieron, ella tenía dos gatas y él decidió que por qué no aventurarse a experimentar eso de ser un humano de mascotas.

Erwin: Mi hermana siempre tuvo mascotas, gansos, venados, conejos. Mi padre era muy animalero, vivió su niñez en Orizaba, quizá por esa añoranza traía animales. Un día llegó con un tejón que creció tanto que lo tuvimos que llevar al zoológico. Crecí observando la relación de mi hermana con sus animales, mientras yo me mantenía al margen, no sé si influyó que tuve un perro, Olimpo, que se me perdió. Su pérdida me vacunó. Pero si bien yo nunca había tenido mascotas propias, siempre tuve cerca a las de la gente que amaba. Mi exesposa también era muy animalera, tenía perros y periquitos australianos. Cuando me separé, decidí que en mi vida no tendrían cabida las mascotas, me sentía incapaz de cuidarlas y tampoco quería abrirle mi corazón a nada que tuviera necesidad de mí. Extrañamente sentía que no podía compartir el amor, pues éste estaba destinado a mis hijos y a nadie más. Ahora que contemplo el estanque enorme que tenemos en el jardín me siento ligero y pienso que antes las mascotas me representaban un peso y una estabilidad a la que por un año rehuí. Con Andrea me ha regresado el sosiego. No sé si es porque además los hijos ya crecieron o porque siento raigambre, lo cierto es que hoy a las gatas se suman dos perras y un cardumen de peces.

Nuestra casa en plena ciudad gira alrededor de los árboles del jardín, un privilegio verde al que le faltaba algo, y Andrea supo desde el principio qué era ese algo: un estanque. Así que buscamos asesoría. Hablé con mi gran amigo Daniel Goertiz, que es técnico pesquero, para que me aconsejara, y así de pronto me vi inmerso en un proyecto que, lejos de espantarme, me fascinó. El proceso no ha sido sencillo, es más, ha sido doloroso, se han muerto algunos cíclidos y algunas carpas, los hemos enterrado en el jardín, pero los sobrevivientes han crecido mucho, algunos alcanzan los cuarenta centímetros. También hemos visto cómo unos nacen negros y luego se hacen dorados. Hemos aprendido mucho; ahora, aparte del estanque, tenemos una pecera (de 1.30 metros de largo) dentro de la casa, como en un reflejo. Llevamos ya más de cuatro años con los peces, y en este tiempo he disfrutado mucho contemplarlos, ver cómo cambian los colores en el agua, cómo nadan, es un acto de contemplación porque, aunque a veces meto los pies en el estanque, que me toquen es la excepción. Ahora entiendo que mi corazón ya está en sosiego. Antes no podía compartir mi cariño con un animal si no estaban mis hijos. Ha sido un aprendizaje lento, ya me dejo querer por las mascotas y las quiero, y ya no siento que compiten ni siento que traiciono a mis hijos, al contrario; dos de ellos viven en Austria, uno tiene un perro, Pakal, que viaja con él por todo el mundo, y aquí, en este jardín donde los árboles y aproximadamente ciento cincuenta macetas rodean al estanque, todos gozamos de este paraíso en medio de la ciudad.

Los papás de los conejos

Jimena Padilla y Ariel Valsagna, ilustradores Mascotas: conejos (además de chinchillas y gatos)

A donde se mudan siempre los acompañan sus animales. A él sus gatos y a ella sus conejos. Ahora, en casa, a la familia se suman dos chinchillas. Además de la pasión por los animales, los une el dibujo. Ella estudió Artes y él, Diseño. Paralelamente a sus actividades profesionales en animación y publicidad han desarrollado una carrera como rescatistas de conejos. No lo eligieron, pero la sacudida del 19 de septiembre de 2017 evidenció que en esta ciudad las pruebas de cosméticos con conejos continúan. Ante la tragedia, Ariel y Jimena optaron por crear una comunidad en Facebook, Momma Bunbun, y un grupo en WhatsApp con asistencia las veinticuatro horas.

Jimena: Desde chiquita me gustaban los conejos, estudiaba en el Olinca y en la primaria tenían unos. Un día mi hermana mayor me compró uno en un alto en la calle. ¿Te imaginas a un tipo vendiendo conejitos en un semáforo? Ésa fue mi fallida experiencia, pero yo sabía que en cuanto me independizara tendría un conejo. Y así fue, no sin antes realizar una investigación a fondo que me condujo a la House Rabbit Society, una asociación internacional con sede en Los Ángeles que se ha propuesto profundizar, más que en el conocimiento de la zootecnia, en el comportamiento de los conejos. Y lo que descubrí me fascinó, primero porque no me sentí ni loca ni sola, y luego porque me ayudaron a entender la inteligencia silenciosa de los conejos. Muchos los creen tontos porque no hacen ruido, pero ignoran que su comunicación es corporal, por el movimiento de sus bigotes y orejas. Como no hacen ruido pareciera que no son responsivos y, por ende, no pueden ser animales de compañía. A los conejos y a los roedores se les considera casi un objeto y se exacerba su característica utilitaria. Los conejos pueden ser mascotas pero también pueden terminar servidos en mole. Su posibilidad de acompañar se ve restringida por el prejuicio; para la mayoría se trata de animales de granja y te ven raro cuando dices que tu mascota es un conejo, aun cuando en Estados Unidos hoy en día es la tercera mascota más popular, hasta el vicepresidente Mike Pence tiene uno. Sin embargo, la sombra del utilitarismo los persigue, y combatir ese enfoque me ha definido como dueña de conejos de compañía.

Mi primer conejo me lo regaló un novio hace como veinte años, lo rescató-compró en una tienda de animales donde no entendieron por qué se empeñaba en adquirir un conejo maltrecho habiendo tantos y tan bonitos. Les resultó tan extraño que le dijeron que si se moría, se lo reponían. Lo llamé Juan Cochino y fue mi inspiración para el logotipo de mi grupo de rescatadores. Luego, ese mismo novio me llevó otro conejo de otra tienda en pésimo estado. Lo nombré Monsier Puchin. Ahí entendí que la banda asume a los conejos como un objeto fungible. Mi tercer conejo, Godzillo, fue rescatado a través de un anuncio de segunda mano. Con la llegada de este conejo de más de ocho kilos se inauguró oficialmente mi familia; desde entonces he tenido muchos, por lo menos tres y máximo doce, entre los míos y los que están en tránsito.

En 2007 hice el primer blog en Latinoamérica con información en español sobre conejos mascota (mommabunbun. blogspot.com), para el que tengo asesoría de médicos de la Facultad de Veterinaria de la UNAM. Desde que inauguramos el blog supimos que el reto era la colaboración. En este espacio virtual hemos generado puntos de interacción entre amantes de conejos, una diversidad de usuarios que ha permitido conformar una colectividad incluyente y participativa, y no sólo eso: nos ha liberado de prejuicios y ha planteado el entendimiento de los animales desde una división básica: cazadores o de presa, lo que define no sólo cómo nos relacionamos con ellos, sino su estar en el mundo. Un conejo es presa, lo que determina cómo nos relacionamos. Y ese acercamiento es fascinante.

Ariel: Desde niño he tenido muchos animales: perros, gallinas, patos… A los diez años tuve mis primeros conejos: Pomposa y Homero. También tuve pericos y adoré a mi pato Augusto. Vivía con mis abuelos, él era policía de territorios nacionales en la Patagonia, Argentina, así que se la pasaba recogiendo animalitos lastimados. A estas mascotas sui generis se sumaban animales utilitarios como gallinas ponedoras. Sin embargo, cuando me hice independiente empecé por los gatos, quizá por mi estilo de vida (mi historia ha sido un ir y venir: nací en Argentina, me crié en México, regresé a Argentina y volví a México). En pareja, Jimena y yo hemos cuidado a varios conejos, como Arturo, que recientemente falleció. Me gustan los animales y eso le da seguridad a ella, pues sabe que conmigo van a estar bien, como lo han estado los dieciséis conejos que la han acompañado por años.

Me preocupa que los conejos se sigan percibiendo desde lo utilitario porque eso les niega la posibilidad de ser aceptados como mascotas y exacerba el abuso. Si bien ya no los venden en los semáforos, aún existe la irresponsabilidad de adultos que creen que los niños se harán responsables por el sólo hecho de tener un animal. Arturo, por ejemplo, fue rescatado de un tupperware en el que vivió un año porque a la mamá de su dueña, una niña de cuatro años, no le gustaba que dejara sus caquitas en el suelo. Nuestra responsabilidad es dejar de pensarlos como mercancía y empezar a verlos en plenitud, no para que nos den algo, sino sólo para que nosotros aprendamos a convivir.

Conejillos de Indias

Tras el terremoto del 19 de septiembre de 2017 salieron a la luz laboratorios que siguen haciendo pruebas de maquillaje con conejos. Uno de ellos estaba en un inmueble de la colonia Roma que se derrumbó, donde se encontraron entre vivos y muertos a más de sesenta conejos que se usaban para pruebas cosméticas, algo que ya está prohibido en Estados Unidos pero que se manda a hacer fuera. Jimena y Ariel crearon una estrategia de cruce de información y verificación para evitar abusos y acomodar a los conejos en hogares comprometidos. A pesar de que el temblor fue un punto de inflexión, los conejos siguen estando en un limbo, pues aún no son asumidos totalmente como animales de compañía, y aunque sean considerados domésticos, su papel predominante sigue siendo utilitario.

El cerdito bailador

Jasmina Hirsh y Miguel Servín, músicos

Mascota: minicerdo, Abner

Jasmina llegó a México hace cinco años. Nació en Passau, Baja-Baviera, justo en la frontera entre Alemania y Austria. Pasó mucho tiempo de su infancia en el campo de ambos países. Cuando llegó a México de vacaciones, pronto conectó con otros músicos, entre ellos Miguel. Empezó a tocar el teclado con distintas bandas —como Los Honey Rockets— y una cosa la llevó del escenario al altar. Miguel, además de tocar el bajo, la guitarra y la batería, canta y produce, por eso unieron amor y talento para armar la firma MonkeyBee Records. En su estudio graban y ensayan distintas bandas de la ciudad, por supuesto los Carrion Kids, el grupo de Miguel. Además de criar a su cerdito Abner, tocan juntos en Las Pipas de la Paz. En noviembre celebrarán el primer festival MonkeyBee, cuya estrella principal será Abner.

Miguel: Mi relación con los cerdos no es nueva, mi papá solía contarme de la Sirena, una cerdita a la que cuidaba cuando vivía en Pátzcuaro, donde creció. Esa mascota fue un regalo de su abuelo. Vengo de una familia de campo. Ese amor lo vi en casa siempre. Todo me daba curiosidad y mis papás me consentían mucho. A los tres años tuve un búho, Tambor, que vivió mucho tiempo conmigo y lo quise y cuidé mucho, era súper inteligente, abría su jaula y se salía a dar el rol. Era vago, iba y venía. Intentamos “adiestrarlo” pero no pudimos, y nos dio miedo que se escapara, así que comprendimos nuestros límites y lo llevamos a un aviario para que ahí lo cuidaran. Pero en casa siempre había un animal, y no precisamente un perro o un gato. Tuvimos gallinas, un gallo que nos despertaba. Yo coleccionaba bichos, me la pasaba observándolos, me parecía fantástico que fueran tan diferentes a nosotros. En aquel entonces quería ser zoólogo, y aunque luego me topé con la música, nunca dejé a los animales del todo. Tuve un perro, Sparky, que me duró ¡veinte años!

Lo tengo tatuado en mi antebrazo izquierdo. Fue mi compañero de crianza, casi mi hermano. Sufrí tanto cuando murió que no tuve mascota dos años, hasta ahora que me casé y llegó Abner. ¡Ha sido un alucine! Me gusta mucho observarlo porque todo es a través de la nariz, hasta mueve cosas con la nariz. Como los cerdos no son ágiles lo compensan con ingenio, por ejemplo, tiran cosas para llegar a donde quieren y lo logran. Nos la pasamos viendo cómo se mueve Abner, cómo nos observa y se comunica; es como un bebé, hasta hace sonidos similares. Hemos grabado sus ruiditos, ya son parte de mi música. Yo hago garage punk y su presencia me inspira. Tiene una vibra muy bonita, interactúa con todos los que vienen a ensayar o a grabar, se ha convertido en el anfitrión. Se mete a las salas, merodea, olfatea… Por cierto, prefiere el rock. Cuando alguien pone pop, jala los cables, ¿querrá desconectar el sonido?

Jasmina: Yo no crecí en el campo, pero mis abuelos sí, así que cuando los iba a visitar me gustaba corretear vacas, y ya desde entonces me llamaban la atención los puercos. Solía meter mi brazo en sus bocas, me gustaba la sensación y los ruiditos que hacían. Como casi todas las personas animaleras tuve perros, aunque no tantos porque resulté alérgica. Así que los cerdos son, sin duda, mi mascota ideal. Luego vine de vacaciones, empecé a hacer música en México y conocí a Miguel. Desde antes de casarnos compartimos nuestro deseo de tener un cerdo por mascota; él por la añoranza de lo que le contaba su padre, y yo porque lo había soñado siempre, así que cuando nos casamos y empezamos nuestro proyecto de vida y profesional juntos, nos dimos cuenta de que nos faltaba algo. Ese algo era una mascota para acompañarnos en nuestra casa-estudio MonkeyBee. Así llegó Abner, un minicerdo que ha sido un descubrimiento y que anda por todos lados de puntitas, parece bailarina. Confieso que es más raro de lo que pensaba; también es voluntarioso, él decide qué quiere hacer y cuándo. Si bien no es el más atlético, es muy inventivo. Además de limpio es muy paseador, lo sacamos con su arnés al parque. Lo vuelven loco los olores, no por nada los utiliza para buscar trufas. Abner me ha hecho darme cuenta de lo parecidos que somos los humanos y los cerdos.

El naturalista

René Villanueva

Sin mascotas

Su Instagram es un ensayo sobre la naturaleza. Desde niño está obsesionado con los reptiles, le atraen por incomprendidos, como es él. A los cinco años ya se había encontrado con la naturaleza y había descubierto a las serpientes. A los doce ya manejaba especies venenosas, siempre con la atención de sus padres, quienes no lo comprendían. A los dieciocho casi muere por la picadura de una serpiente venenosa. Cuando salió del hospital, para sorpresa de su familia no se “deshizo” de sus animales; el accidente lo ayudó a madurar su gusto, tanto, que hoy tiene una colección de veintiséis animales vivos, entre anfibios (amphiuma tridactylum y salamandras), serpientes (boa esmeralda, spilotes pullatus, boa sigma y serpientes rey negras), tarántulas y un lagarto. Su pasión infantil por la naturaleza se ha ido transformando más que en un trabajo, en una forma de vida. Profesionalmente estudia la vida silvestre. Ama tanto a los reptiles que jamás los consideraría mascotas, de hecho, ninguno de los suyos tiene nombre, aunque tiene una víbora que lo ha acompañado por doce años. Asegura que no puede vivir sin una víbora a su lado.

René: Lo que aprecio es la vida silvestre y de los reptiles, que son totalmente distintos. A mí, las mascotas perro y gato no me sorprenden, son demasiado parecidos a nosotros, por eso nos entendemos bien con ellos y los usamos para llenar nuestros vacíos, tanto que creemos que se comportan como humanos. A los reptiles no los podemos antropomorfizar.

Son difíciles de entender y para mí han sido un motor. Yo tengo reptiles para educar. Después de Australia, México es el país que más especies de víboras tiene, la variedad nacional de reptiles es espectacular, entonces, ¿por qué no los estudiamos más? Mi fascinación va más allá de su estructura y forma, me interesa que la gente se intrigue, para conservar hay que conocer. Mi colección sirve para educar, tal vez el cautiverio no sea para algunos lo óptimo, pero desde mi perspectiva, estos reptiles son embajadores de su especie.

Si se busca la superstición, nací en el año chino de la serpiente. La serpiente es mi sistema nervioso, mi sangre. Desde la mordedura he generado una visión propia. Yo tengo una gran deuda con los reptiles.

Debido a que me he tomado muy en serio mi trabajo tengo muchas discrepancias con el mundo de las mascotas y con los animalistas. Yo me la paso en la naturaleza contemplando la vida silvestre. Desde la ciudad, sin ver la realidad del campo, resulta muy fácil estar moralmente en contra de ciertas cosas. Me he clavado en el estudio de la ética para entender cómo y por qué desarrollamos esa moralidad animalista que presume felicidad y nos quiere dictar cómo deben vivir los animales. Para empezar, creo que esa felicidad es un producto del consumo y del capitalismo. Obvio estoy en contra del maltrato, pero me sorprende la opinión totalitaria y fundamentalista basada en la situación urbana con condiciones socioeconómicas privilegiadas cuya respuesta emocional hacia los animales suele ser más compulsiva que racional, emoción que aleja del conocimiento profundo de la condición animal. La mayoría de los animalistas ni siquiera conocen las múltiples realidades culturales ajenas a sus comodidades; jamás se han parado en una comunidad indígena o campesina, ni han analizado las contradicciones y los problemas ideológicos entre su propia realidad y la de otras culturas. Para mí, su discurso carece de una estructura sólida lógica, y aun cayendo en numerosas falacias pretenden que su opinión sea tomada en cuenta por encima de la de los profesionales.

El peor problema respecto a la extinción animal es la ignorancia, la gente no sabe qué tiene, por eso me interesa educar y mostrar la diversidad mexicana de reptiles. Los zoológicos son hoy un mal necesario para enseñar y conectar. Yo no deseo ver animales encerrados, pero pareciera que nadie se ocupa de mejorar y conservar sus hábitats naturales. No sólo hemos dejado de ver a la naturaleza, sino que rehuimos la convivencia. La gente ha sido apartada de la vida silvestre. El saqueo de los recursos naturales y el olvido de la biodiversidad son similares al saqueo y el olvido de los indígenas, un discurso fomentado por el gobierno y la iniciativa privada para que no tengamos lazos. No me gustan los zoológicos, pero sin ellos hoy se rompería totalmente el lazo del conocimiento.

El bienestar animal en la Ciudad de México

El bienestar animal se ha convertido en un tema de gran interés e importancia para la sociedad. El papel del médico veterinario zootecnista es relevante porque es el principal profesionista que estudia todos los aspectos médicos, etológicos, zootécnicos y científicos relacionados con las diferentes especies animales, ya que no son iguales y tienen necesidades y manejos diferentes. Es también el encargado de orientar al poseedor sobre cuáles son las cinco libertades de los animales (nutrición, espacios adecuados, atención médica, libertad de expresar su comportamiento y un ambiente libre de estrés), y al mismo tiempo cuidar la salud pública. La Unión de Profesionistas pro Bienestar Animal A. C. ha declarado que la elaboración de la Ley de Protección a los Animales del Distrito Federal, publicada el 27 de junio de 2017, no fue incluyente, pues no participaron sectores sociales que podían aportar datos de importancia y evitar errores que, desde su perspectiva, tiene, como denominar “de atención animal” cuando la ley está enfocada principalmente en los perros, dejando de lado a otras especies que también ocupan el mismo espacio que el ser humano en la ciudad. Desde hace dos años esta asociación lucha para participar en los foros y dialogar con las autoridades y los animalistas. Al fin y al cabo, todos buscan lo mismo: el bienestar animal, uno que debe considerar también la participación de expertos en el tema de los animales. EP

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