Nuestra historia esencial

En este breve esquema basado en datos y teorías establecidas, Cassio Luiselli hace una revisión de nuestra historia, desde el inicio del universo hasta la posible desaparición de todo lo que conocemos, incluidos nosotros mismos.

Texto de 29/04/22

En este breve esquema basado en datos y teorías establecidas, Cassio Luiselli hace una revisión de nuestra historia, desde el inicio del universo hasta la posible desaparición de todo lo que conocemos, incluidos nosotros mismos.

Hace alrededor de 13,800 millones de años sucedió una gran explosión que, de la nada, creó nuestro universo. Antes de ese misterioso momento fundacional, el espacio era minúsculo, de un tamaño menor a una cabeza de un alfiler. Luego estalla para formar un vastísimo universo en perenne expansión. 

A partir de esta primera explosión o Big Bang, en menos de diez segundos, el universo se expande violentamente expulsando toda la materia existente en todas las direcciones. Así, se crean la materia y la energía e irrumpe el tiempo con la curvatura del espacio. Paralelo a este proceso, el universo se va enfriando. En el futuro distante, de manera inevitable, este universo llegará a su fin: un Big Crunch o la compresión infinita de toda la materia. Un aplastamiento de todo. Quizá esto sea parte de un incesante ciclo de creación y destrucción; expansión y contracción. No lo sabemos.

La materia, compuesta de gases danzando en espiral por el espacio a temperaturas altísimas, va formando billones de estrellas, concentradas a su vez en innumerables galaxias. Dentro de la materia del universo, destaca la formación del abundantísimo hidrógeno y del helio, así como los generosos fotones que permitieron crear la luz. Se hacen presentes también todas las partículas elementales subatómicas. 

A medida que se propaga esta explosión primordial, los cuerpos celestes se alejan más y más unos de otros, quedando entre ellos la vastedad de una misteriosa materia oscura de la cual conocemos casi nada, pero que constituye el ochenta por ciento del universo. De lo que podemos estar seguros es que estamos cada vez más solos en el inmenso océano de la nada. 

Tanto nuestro sistema solar como la Tierra se forman mucho después, apenas hace 4,500 millones de años. La Tierra original se va enfriando y en su joven atmósfera se crea el imprescindible oxígeno y con éste emerge la vida en los océanos primigenios, cargados de oxígeno. Surge pues la vida a partir de una sopa primordial de compuestos orgánicos  —sobre todo carbono, hidrógeno y nitrógenoEso fue hace alrededor de 3,800 millones de años. Sin embargo, no sabemos por qué surge la vida. 

La vida se hizo posible por la azarosa colisión de átomos que construyeron macromoléculas misteriosamente capaces de autoreplicarse. Así surge la muy compleja molécula del ácido desoxirribonucleico (ADN) que contiene fosfatos, azúcares y bases de nitrógenos alternativas. Este compuesto ácido es portador de la información o las instrucciones para crear organismos dotados de vida y la cual se encarga de copiar otro ácido, el ribonucleico (ARN), logrando así la dinámica de herencia entre las distintas especies y la proliferación de la vida. Las unidades básicas de estos extraordinarios almacenes de información son los genes. Los humanos tenemos más o menos veinte mil genes (muchísimo menos que los que suponíamos tener hasta poco tiempo). 

Por otro lado, sorprendentemente, hay que recordar que la vida toda procede de una misma y única célula original, de la que venimos todos nosotros. Esta célula primigenia derivó, a su vez, en otras muchas que mutaron y evolucionaron para mucho después formar organismos multicelulares complejos. 

Infinitamente monótona, por millones y millones de años, la vida consistió sólo en la presencia inerte de bacterias; células que ni siquiera tenían un núcleo definido (procariotas). El paso hacia células con  pared y mitocondria (eucariotas) significó un triunfo en la evolución y un gran salto en la complejidad de la vida. Pero, durante larguísimos tres mil millones de años, esta vida fue dominada por organismos microscópicos como cianobacterias que de su conjunción con bacterias mitocondriales (eucariotas), logran —mucho después— el prodigio de evolucionar en algas y alguna plantas simples. Esto es porque las cianobacterias, dotadas de formidable y verde clorofila, desarrollan formas primitivas de fotosíntesis y consiguen enormes pasos evolutivos: aparecen protozoarios y las algas; después surge un sinnúmero de organismos multicelulares complejos —como los moluscos— que, tras sobrevivir severos episodios de extinción, fueron modelando la vida en la Tierra. 

Hace 600 millones de años encontramos organismos mucho más complejos, primero peces y luego escorpiones, arañas multiformes (arácnidos) y también una enorme variedad de hongos y líquenes. Luego, por fin, aparecen los animales con una coraza ósea: los vertebrados, un gran triunfo de la complejidad de la evolución. 

Poco a poco, alrededor de 300 millones de años atrás, la Tierra y sus paisajes comienzan a parecerse a los que ahora conocemos. Se puebla de abundante vegetación, sobre todo de grandes helechos, pero también proliferan temibles insectos de todo tamaño. Un aterrador mundo dominado por insectos. 

En nuestro planeta, las tierras emergidas formaban un súper continente —llamado Pangea—, que surge del choque de enormes placas sobre la superficie de la corteza terrestre, llamadas tectónicas. Posteriormente, la Pangea empieza a fracturarse y moverse, iniciando una verdadera deriva continental que forma los continentes como ahora los conocemos. Esta deriva continúa a la fecha. Por ejemplo, hasta hace no muchos millones de años, la India era una enorme Isla que acabó por incrustarse en Asia y tras ese formidable choque, se pliega la tierra y forma el Himalaya. Hace poco más de 200 millones de años y tras violentas extinciones, surgen los poderosos dinosaurios, que se adueñan de la tierra por muy largo tiempo, algo más de 150 millones de años. Pero también hacen su modesta aparición los mamíferos, que sólo mucho más tarde lograrían dominar al reino animal. Llegan también las plantas vasculares, gimnospermas, que producen semillas y se forman entonces suntuosos bosques de coníferas que dominan los paisajes de la tierra. Hace 68 millones de años surgen por fin las hermosas flores (angiospermas)

Entonces, el dinosaurio Tiranosaurio Rex se enseñorea del mundo. Sin embargo, más adelante, hace 65 millones de años, todos los dinosaurios fueron casi repentinamente borrados de la faz de la tierra, casi seguramente debido al impacto de un meteoro que chocó con la tierra en Chicxulub, Yucatán y produce una hecatombe climática que por bajas temperaturas congela sus testículos y obstruye su capacidad reproductiva. Después de la extinción de los dinosaurios, hace algo más de 60 millones de años llega el tiempo de los mamíferos y aparecen los primeros primates, nuestros antecesores directos más antiguos, que convivían con una fauna y una flora distinta a la de hoy. Por fin, los mamíferos empezamos a desplazar a los grandes reptiles.

“…hace apenas dos millones de años, surge nuestro pariente más directo, el homo erectus, un homínido bípedo que caminaba erguido, cauto y curioso por las sabanas de África, nuestra cuna original”.

En ese mundo, hace 7 millones de años los primeros simios homínidos, se separan del linaje genético de los otros primates (chimpancés), y hace apenas dos millones de años, surge nuestro pariente más directo, el homo erectus, un homínido bípedo que caminaba erguido, cauto y curioso por las sabanas de África, nuestra cuna original. Hace cerca de un millón de años, dominan el fuego, empiezan a vivir en grupos, crean herramientas de piedra y algunos empiezan a emigrar fuera de África, iniciando una diáspora de incalculable alcance y consecuencias.

Poco más de 200 mil años atrás aparece por fin el homo sapiens, ya claramente un hombre, nuestra especie. Nosotros. Coexistimos por algunos milenios con los homínidos neandertales, incluso nos apareamos con ellos, pero estábamos mejor dotados: teníamos laringe y traducíamos pensamientos en sonidos: ¡hablábamos! Y finalmente, llevamos a los neandertal a una cruel extinción. Así, hace poco más de 150 mil años, los sapiens llegamos a dominar y ocupar hasta el último confín del planeta. Y así seguimos. Sin embargo, por muy largos e interminables milenios vivíamos en grupos pequeños, en clanes, y no fuimos otra cosa que nómadas, cazadores-recolectores sin desarrollar cultura o civilización alguna. Hay que tener presente que el largo período conocido como la prehistoria comprende desde la aparición del sapiens hasta la invención de la escritura; suele subdividirse en varias etapas      —edad de piedra, neolítico y la edad de los metales—. La escritura ocurre primero en el Oriente Próximo, hace más de cinco mil años.

Hace ya muy poco, sólo 10 mil años atrás, las cosas empiezan a cambiar mucho: Todo pareció acelerarse. Termina      una larga y abrumadora era glacial y entonces, ya con climas más benignos, empiezan los humanos a hacerse más sedentarios y autosuficientes, a reflexionar sobre sí mismos y hacerlo de modo compartido; arranca una agricultura primitiva, a menudo combinada con la caza y la recolección. Las sociedades empiezan lentamente a estratificarse; surge la visión de lo sagrado y manifestaciones religiosas, algunas lograron con el tiempo ser de gran complejidad; religiones que atienden a las cosechas, la vida y, desde luego, a la muerte. Hay entonces indicios de asentamientos humanos, precursores de las ciudades. No despunta aún la propiedad.

Entre siete y cinco mil años atrás, irrumpen por fin las primeras civilizaciones agrarias: primero en Mesopotamia y el creciente fértil del Medio Oriente, luego en el Valle del río Indus; posteriormente, en Egipto, a lo largo del río Nilo y su delta. Poco después, emergen civilizaciones agrarias en los valles bajos del Río Amarillo en China. Entre estas civilizaciones antiguas, existieron a menudo contactos, influencias recíprocas; guerras y conflictos; si bien la poderosa China, en general, se mantuvo más alejada e independiente. Más tarde, en América, milenios después de que el hombre cruzara de Asia por los puentes de hielo del estrecho de Bering, surgen dos grandes núcleos civilizatorios; el mesoamericano, con la civilización fundacional Olmeca, y el andino, con la Chavín. Como el trigo y el arroz en Eurasia, el prodigioso grano del maíz se domestica en los valles bajos de Puebla y Oaxaca y contribuye decisivamente a la vida y la civilización.  De estos núcleos se derivan las grandes civilizaciones mesoamericanas, como la maya, la azteca (mexica) y la mixteco-zapoteca, y en los Andes la incaica con sus derivaciones. No hay evidencia de encuentros entre Mesoamérica y el mundo andino.

“Desde la llamada antigüedad surgen escuelas de pensamiento filosófico. Destacan, desde luego, los griegos, fundadores de Occidente y los romanos, sus grandes codificadores y cuyo vasto imperio logró por varios siglos imponer la pax romana en casi todo el mundo entonces conocido”.

A partir de estas civilizaciones aparecen por todo el mundo sociedades ya claramente estratificadas, muchas dominan diversas formas avanzadas de escritura y cálculos a partir de números de base distinta; emergen clases dominantes, sacerdotales, comerciantes y guerreras. Se empieza a codificar el pensamiento abstracto; aparecen sistemas de creencias e indagaciones sobre el universo, nuestro origen, condición y destino. Desde la llamada antigüedad surgen escuelas de pensamiento filosófico. Destacan, desde luego, los griegos, fundadores de Occidente y los romanos, sus grandes codificadores y cuyo vasto imperio logró por varios siglos imponer la pax romana en casi todo el mundo entonces conocido. En China surgen filósofos de gran influencia, y establecen la escuela confuciana de pensamiento. En India también se producen los grandes textos védicos. Se establecen las religiones dogmáticas, algunas monoteístas (judaísmo, Islam, cristianismo). Esto, lejos de cerrar al mundo, coincide con el florecimiento de las artes y la ciencia. En la llamada Edad Media se produce una obra cumbre del espíritu humano La Divina Comedia del florentino Dante Alighieri. Domina entonces la filosofía tomista (Santo Tomás de Aquino), que hace una admirable síntesis de la filosofía aristotélica y la teología católica. 

Sobreviene luego la formación de grandes imperios y la aparición, propiamente de las ciudades. A la Edad Media le sobreviene una revolución del humanismo, el prodigioso Renacimiento, con Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Maquiavelo como sus figuras clave. Un siglo después, el español Miguel de Cervantes y el inglés William Shakespeare escriben, casi al mismo tiempo, el Don Quijote de la Mancha y Hamlet. Conforman así el corazón y la cúspide del canon occidental. 

Asciende el capitalismo y se establecen “países” a partir de naciones y Estados. A fines del siglo XVIII hace eclosión la portentosa Revolución Industrial: el Prometeo desatado de la ciencia y la tecnología. Con el paso del tiempo, en el mundo se había superado el predominio de la energía humana, animal, del viento y el vapor; domina la explotación y uso de energías fósiles, tan eficientes como sucias (y más tarde, limitadamente, la nuclear). 

A partir de entonces, hace 150 años, el pensamiento racional domina por fin a las supersticiones. Kant y Goethe hacen contribuciones capitales al entendimiento y el espíritu humano. La ciencia y la tecnología forman un poderoso y muy dinámico binomio. Decaen las religiones y el ateísmo cobra legitimidad: Nietzsche y su Zaratustra. Darwin publica el Origen de las Especies y menos de una década después, Marx publica su monumental e influyente El Capital; apenas poco más de setenta años después, J.M. Keynes pone los cimientos de la macroeconomía moderna. Se desarrolla la gran industria y la agricultura de altos rendimientos, avanza la urbanización y surgen las megalópolis; las comunicaciones se multiplican en varios medios: tierra, mar y también por el aire. La filosofía se ocupa del desencanto con la existencia. La democracia se va imponiendo como forma principal de organización política de los Estados. En disputas por recursos y dominio de territorios, se suceden cruentas guerras mundiales. 

“La ciencia actual nos permite ya no sólo manipular al átomo y cualquier material, sino también nuestro propio código genético: somos una especie, capaz de intervenir en su propia evolución (la clonación está a la vuelta de la esquina) y también de crear inteligencia artificial semi autónoma, impulsada y retroalimentada por poderosos algoritmos”.

La actual revolución en el conocimiento y la tecnología se expande exponencialmente. La astrofísica nos permite mirar cada vez más lejos y la biología cada vez más adentro, escudriñar lo infinitamente pequeño. Sabemos mucho más, pero también nos percatamos que a cada respuesta, surgen otras y más acuciantes preguntas. Cuanto más      sabemos, más ignoramos. La ciencia actual nos permite ya no sólo manipular al átomo y cualquier material, sino también nuestro propio código genético: somos una especie, capaz de intervenir en su propia evolución (la clonación está a la vuelta de la esquina) y también de crear inteligencia artificial semi autónoma, impulsada y retroalimentada por poderosos algoritmos. Poco a poco vamos conquistando el espacio exterior. La revolución cuántica en la física consigue incorporar a nuestras ideas dos potentes elementos de la realidad: la incertidumbre como principio y la aleatoriedad (randomness).

A falta de mejores instituciones y mecanismos redistributivos, también se acentúa la desigualdad en el reparto      de la riqueza y del saber. Se hace evidente nuestra incapacidad —política, institucional— de contener el gran deterioro ambiental del mundo; y el cambio climático que lo calienta peligrosamente pone en riesgo nuestra propia sobrevivencia como especie dominante. Estamos en una disyuntiva esencial: Cambiamos ya el rumbo de la civilización, o nos enfrentamos al precipicio de la autodestrucción como especie. 

Pero con o sin nosotros, la Tierra seguirá rotando algunos millones de años más. Su destino está en el Sol. Nuestro      Sol es una estrella de mediano brillo y tamaño. Su combustión está en la fusión con el hidrógeno que contiene. De ahí su calor y luminosidad, vitales para nosotros. Se calcula que el sol está en la mitad de su vida y tras una calamitosa explosión de su núcleo, morirá irremisiblemente en unos cinco mil millones de años más. El proceso será así: al agotarse el hidrógeno, el Sol se hinchará para crecer y convertirse en una estrella del tipo gigante roja que comprimirá su núcleo, el cual al calentarse quemará al helio. La radiación de esa enorme temperatura habrá hecho imposible la vida en la Tierra millones de años antes de la extinción del Sol. EP

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