El miedo de Txato Lertxundi

Una pinta en un muro supone una violenta afrenta para Txato Lertxundi. Como una ola expansiva, el discurso de odio se vuelve patente en esos signos, desintegrando sus redes de amistad y compañerismo.

Texto de 24/05/23

Txato

Una pinta en un muro supone una violenta afrenta para Txato Lertxundi. Como una ola expansiva, el discurso de odio se vuelve patente en esos signos, desintegrando sus redes de amistad y compañerismo.

Los discursos de odio suelen ser fragmentarios, incluso fugaces. Aun así pueden provocar estragos permanentes en el curso de vidas enteras. Una secuencia breve de la serie Patria, basada en la novela homónima de Fernando Aramburu (2020), nos da ciertas claves sobre lo amenazante y sus ondas expansivas en forma de miedos que pueden volverse permanentes, a lo largo de toda una vida.

La escena transcurre en una pequeña localidad rural de Guipúzcoa. Un día como tantos, Txato Lertxundi sale de casa dispuesto a emprender su rodada habitual en bicicleta. Mallas, chamarra, zapatillas. La vestimenta deportiva revela una práctica tomada en serio, ya sin estridencias hedonistas propias de la juventud. Txato es un hombre maduro, tal vez próximo a los sesenta años. Al bajar la cortina del garaje, lo vemos montado en su bicicleta de ruta pedaleando a ritmo lento por una calle solitaria. Unos cuantos autos estacionados parecen testigos mudos. La cámara nos permite seguir de frente el desplazamiento del ciclista. De pronto, al doblar una esquina, Txato mete freno al manillar. La cámara hace un acercamiento a su rostro, cuya mirada inquisitiva se clava sobre un punto fijo. En un cambio de escena milimétrico, la cámara se coloca detrás de Txato, lo cual nos permite visualizar lo que está mirando. Sobre un muro hay una pinta en aerosol: “Txato Opresor”. Inmediatamente reconocemos las intenciones del mensaje: ETA acaba de lanzarle una amenaza pública. Los perros bravos del odio se han soltado.

Txato permanece atónito durante un rato. Trata de calibrar la fuerza de ese estallido sórdido que sale del muro. Hasta ese momento no se había tomado demasiado en serio las amenazas, pues recibía cartas personalizadas que le infundían temor, pero no al grado de suponer con certeza que los líderes de ETA podrían atentar contra su vida. «No es para tanto», solía decir a su hijo Xabier, quien le insistía en la necesidad de mover su empresa de transportes a otro lugar, fuera de Polloe. Temor, orgullo, apego al terruño. Lo cierto es que Txato subestimaba el calibre real de las amenazas, pero ahora, en un instante, se altera su percepción de la realidad. Lo que tenía frente a sus ojos no era una mala broma, ni mucho menos. Semanas más tarde, un miembro de ETA habría de dispararle a quemarropa en una de esas mismas calles y su cadáver quedaría tendido bajo una lluvia pertinaz.

Pero en ese momento, antes del trágico desenlace, Txato duda, sigue atrapado en una coraza incrédula. El envío de cartas, depositadas en su buzón personal de correo ordinario, le había servido de coartada para tratar de exorcizar los temores de Bittori, su esposa, quien reiteradamente lo alertaba sobre las terribles consecuencias de aparecer bajo la mira de ETA. Txato se iba por las ramas, incluso evadía el tema. Insistía en que no debían tomarse demasiado en serio esas amenazas esporádicas. Después de todo, él era un vasco de pura cepa. Su compañía de autobuses había prosperado en ese pueblo cercano a Donostia.1 Daba trabajo a gente local, tenaz y laboriosa como él mismo. Además, cada habitante del pueblo lo conocía de toda la vida y, por si fuera poco, ya tenía tiempo pagando puntualmente las cuotas de extorsión, llamadas por ETA “impuesto revolucionario”. Todos esos factores apuntaban hacia una conclusión tranquilizadora en la mente de Txato. ¿Por qué habrían de cebarse precisamente contra él? Así que sigue adelante en su bicicleta, pero a medida que va avanzando por la misma calle solitaria, la dureza de su optimismo empieza a fracturarse. Una tras otra van apareciendo más pintas sórdidas: “Txato Hijo Puta”, “Txato Opresor”, “Txato Txibato”.2  Ladea la cabeza varias veces y pedalea fuerte como si estuviera tratando de salir de un túnel oscuro. A la vuelta de otra calle aparecen más pintas.

Esta vez Txato baja la velocidad, no sea que algo se le esté escapando. Desemboca en la plaza del pueblo donde ya lo esperan sus compañeros de siempre. Sin embargo, su inseparable amigo de infancia, Joxian Garmendia, no se muestra alegre; al contrario, cejo fruncido, cabeza gacha, parece que ha visto un fantasma. Lo mismo pasa con los otros amigos de rodada. Todos están callados dando los últimos ajustes a los cinchos de las zapatillas. En vez de saludo, Joxian recibe al amigo con un «vamos» seco, a la fuerza. Txato le clava la mirada en silencio. Sabe que ya lo han expulsado del grupo. Eso le duele, pero sobre todo le da rabia. Ninguno le manifiesta el más mínimo gesto solidario. Tienen miedo porque saben que la amenaza de ETA puede zigzaguear y golpearlos a ellos también. Después de todo, la plaza es el expositorio público del pueblo. Manifestar afecto hacia el amigo señalado podría ser leído como signo afrentoso contra ETA. Así que el grupo entero toma la decisión de marcar distancias de una buena vez y a la vista de todo el mundo. Pedalean por delante. Txato queda relegado un poco atrás. A manera de colofón infame, antes de abandonar la plaza del pueblo, un grito anónimo estalla por todo lo alto: «¡Txato, hijo de puta!»

“la plaza es el expositorio público del pueblo”

Un elemento perturbador en la escena descrita proviene del mito parlante. Quien lanza gritos sórdidos contra Txato Lertxundi lo hace desde su propia entidad mitificada, perpetuada durante muchos años como una maquinaria productora de signos amenazantes. Desde 1957, año en que apareció el libro Mitologías, Roland Barthes (1980) había sentenciado que el mito es un habla, cuya esencialidad radica en la forma. De esta manera, una pinta podría ser solo un mensaje críptico soltado sobre la superficie de muros en cualquier selva urbana. Sin embargo, una pinta de ETA, narrada en una serie de televisión es otra cosa. El foco de cámara, aunado al dramatismo narrativo en un contexto de exacerbación nacionalista, muestra la tremenda fuerza que puede tener un habla mítica sometida al escrutinio de la historia. Las pintas en las paredes que va mirando Txato, mientras pedalea, son como zarpazos vociferantes lanzados desde la clandestinidad, lo cual, en sentido estricto, no era nuevo para él, pues ya había recibido cartas impresas con amenazas explícitas. Sin embargo, ahora su azoro parece mayúsculo. De golpe advierte su propia ingenuidad al minimizar amenazas anteriores. Involuntariamente tiene que enfrentar un discurso violentísimo en su contra, pues, uno tras otro, cada enunciado grafiteado va dirigido contra él, aunque al mismo tiempo se trata de amenazas expuestas de manera ejemplarizante como advertencia contra todos los habitantes del pueblo.

Tal vez el gran azoro de Txato consiste en constatar de golpe la existencia del odio, como un monstruo indestructible cuya masa gelatinosa es capaz de tragarse todo aniquilando cualquier cosa a su paso, incluso a él mismo. Ya no es una simple tormenta de palabras, ahora Txato está condenado a nunca más subestimar las trayectorias del odio. Tendrá que enfrentar, a solas, no solo a sus agresores ocultos tras los muros, sino también tendrá que soportar todos esos discursos, gestos, signos y actitudes de la “comprensión social”, esa misma que tras bambalinas había exculpado extorsiones, secuestros o atentados, bajo argumentos nacionalistas. Y es que esas pintas también lo convierten a él mismo en otro signo infame. A partir de ese momento, la gente se cuidará de no pronunciar su nombre en la calle, ni en lugares públicos. 

Por otro lado, el terror de Txato pone en evidencia la disolución de las leyes humanas ante la fuerza de odios grafiteados en los muros. ¿Cómo es posible tal incitación a la guerra contra una sola persona? Tal pregunta merodea el rostro impávido de Txato, mientras va desplazándose en su bicicleta. No parece haber respuestas inmediatas, aunque se confirma un hecho histórico. Los discursos de odio fracturan límites contra acciones reconciliatorias. Al mismo tiempo, fomentan iras expansivas, lanzadas como agresiones sin freno contra blancos específicos. No es un procedimiento nuevo. Desde hace siglos, los discursos de odio se han instalado entre los seres humanos como dispositivos de fuerza coercitiva. Palabras, gestos, señales que al momento mismo de proferirse abren heridas nuevas o desgarran cicatrices del pasado. Además de atentar contra la integridad de personas concretas, todos esos signos se utilizan como cuchillos filosos que cortan los amarres de los vínculos sociales. Quien lanza ofensas estridentes rompe múltiples pactos de civilidad a cambio de montar su propio espectáculo de infamias. Todas esas pintas estridentes, repetidas a lo largo de diferentes muros, contienen gestos de odio excesivo, explotados hasta el paroxismo de una significación circular.

Y, sin embargo, hay un momento en que los discursos de odio se vuelven aborrecibles porque encarnan la imagen tramposa de un supuesto “Ángel exterminador” que ha descendido al mundo a impartir justicia; su “justicia”, claro está. Se trata de un juego truculento, unilateral en el que interesa poco el resarcimiento consensuado de daños. Los otros son enjuiciados a modo, sin concederles siquiera el derecho de ser escuchados en condiciones mínimas de igualdad. Así las cosas, el justiciero autárquico desea montar una picota al centro de su propia plaza simbólica para llevar ahí, maniatados, en un paseo medieval, a quienes considera contrarios a sus intereses.

Podríamos suponer que el rostro atónito de Txato refleja una revelación traumática. Su idea de paz, como fondo posible ha quedado definitivamente abolida. A pesar de ser un hombre refractario a las impresiones fáciles, no puede evitar que lo invada un escepticismo atroz. Debe afrontar un hecho rotundo. Las extorsiones anteriores fueron planeadas como pasos previos al horror. De golpe lo han instalado en el centro de una guerra ideológica fuera de su control porque en esa guerra los interlocutores permanecen ocultos y solo envían mensajes esporádicos bajo el entendido fáctico de que ellos mantienen todo el tiempo el dedo en el gatillo. Conviene aquí recordar la idea de terrorismo propuesta por el filósofo André Glucksmann (2005:24-25). El terrorismo supone ataques deliberados por hombres armados contra poblaciones sorprendidas, desarmadas y sin defensa. Para Txato Lertxundi no hay salida. Se encuentra inmerso en el dominio absoluto de una violencia imprevisible porque, en ese contexto, miedo y odio son combustibles tan volátiles que pueden provocar incendios sociales en cualquier momento. EP

Referencias

Aramburu, Fernando, Patria, Tusquets Editores, México, 2020

Barthes, Roland, Mitologías, Siglo XXI, México, 1980

Glucksmann, André, El discurso del odio, Taurus, Madrid, 2005

  1. En la novela nunca se precisa el nombre del pueblo. El lector solo sabe que es un pueblo mediano, cercano a Donostia con un río y una iglesia importante. Se ha dicho que por las características podría tratarse de Hernani. []
  2. Reproduzco las pintas con la misma ortografía, tal y como aparecen en las secuencias de la serie. []
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