Memoria de la Condesa

La curadora Ana Elena Mallet se estrena como columnista de Cultura haciendo un recorrido arquitectónico de la colonia Condesa.

Texto de 28/01/21

La curadora Ana Elena Mallet se estrena como columnista de Cultura haciendo un recorrido arquitectónico de la colonia Condesa.

Hace unos días, mi amigo Agustín Elizalde me envío unas fotografías de mi barrio, La Condesa, tomadas entre 1927 y 1929 por su abuelo, el destacado arquitecto tapatío Rafael Urzúa.

Las bellísimas imágenes muestran una zona en construcción, con pocas edificaciones, pero estilos muy definidos: mucho y espectacular art décó, algunos ejemplares de colonial californiano y varios espacios públicos, limpios, armónicos y bien cuidados.

Al verlas, no pude dejar de pensar en cómo ha cambiado la zona, cómo esos estilos arquitectónicos que daban identidad a este territorio, se han desdibujado dando paso a monstruosidades, pero también a movimientos vecinales que han defendido el patrimonio cultural y arquitectónico de la zona de la rapacidad de los desarrolladores inmobiliarios, de la consistente y pésima administración de la Alcaldía Cuauhtémoc —no importa el partido que gobierne— y la falta de políticas públicas claras de desarrollo urbano y conservación en la Ciudad de México.

Las imágenes del arquitecto Urzúa me llevaron a pensar en las contradicciones de vivir en una zona patrimonial en la Ciudad de México y las muchas discusiones que deben derivar en reflexiones reales sobre vivir en este territorio.

Hace 15 años vivo en La Condesa; durante 10 me dediqué a hacer un proyecto cultural que buscaba hacer ciudad, a través de la vida en el espacio público, buscando revalorar el patrimonio de la zona: el Corredor Cultural Roma Condesa. En estos lustros he sido testigo de la transformación de la colonia y del surgimiento de problemas urbanos que,  como ciudadanos, no sabemos todavía como resolver: luego de casi cuatro años del último terremoto el barrio sigue herido y las lesiones son evidentes: edificios a medio demoler, otros forrados de vallas que anuncian preventas y “nuevas y fantásticas oportunidades de 60 m2 a millones de pesos”; edificios tapiados que no se han demolido aun y que son riesgos latentes y heridas. Evidentes recordatorios de que por muy bonita e histórica que es la zona, es territorio sísmico y, si alguna certeza tenemos, es que volverá a temblar y la colonia se volverá a resquebrajar.

El exceso de nuevas construcciones a costa de romper normas, leyes y costumbres, ha generado una falta de agua permanente y tremendos problemas de tránsito y ruido; una proliferación de antros y chelerías, han atraído la presencia no sólo de raterillos sino del crimen organizado que ha provocado ya escándalos mayúsculos y asesinatos en plena vía pública. Los irresponsables dueños de la gran población canina, que dejan heces banquetas y en espacios públicos, logran también hacer que muchos paseos por la colonia sean deplorables. (Lo dice una feliz dueña de dos orgullosas perritas adoptadas, tipo french poodle). La cada vez más común publicidad exterior, sin reglas claras, logra que la maravillosa experiencia visual, que en algún momento fue un activo de la zona, hoy se vea amenazada. Y, ante tantos problemas y agobios, ¿por qué sigo viviendo aquí? Las fotografías de Urzúa no dejaron de generarme nostalgia y me hicieron añorar una época que no me tocó vivir, pero también me recordaron la convicción de mudarme aquí y las razones por las que lo hice: la traza urbana, sus espacios caminables, el acceso a transporte público, la cercanía con los museos y espacios culturales; los parques y maravillosos espacios públicos para caminar y pasear a mis perros; su arquitectura histórica y su bullicio y actividad social.

La pandemia trajo consigo nuevos hábitos y una manera distinta de percibir el tiempo. En mi caso me impulsó a realizar largas caminatas cada mañana por el barrio, a desarrollar una nueva mirada y a volverme a enamorar de mi barrio, sin romantizarlo. Sigo consciente de todos esos problemas, pero ahora permito que su patrimonio me maraville cada día y, a pesar del encierro y los corajes, mantenga mi convicción de permanecer en la zona.

Las derivas matutinas me han llevado realizar una suerte de juego privado que consiste en identificar marquesinas y tipografías “de época” en los distintos edificios lo mismo que herrerías con personalidad. También he comenzado un censo visual de edificios y casas que antes daba por sentado. Redescubrir los “edificios de autor” ha sido un gran aliciente y una suerte de desafío personal: un Mario Pani que sabía que existía en el Parque España, pero al que nunca le había visto la firma; las casitas del Ingeniero Francisco J. Serrano sobre Ámsterdam; el edificio Jardines del mismo Ingeniero-arquitecto en la esquina de Ámsterdam y Sonora con sus múltiples y bellísimas terrazas; así como el edificio Basurto una de las grandes joyas del art déco de la zona, también autoría de Serrano, que se niega a morir a pesar de que se ha dañado seriamente primero en el terremotos de 1985, y recientemente en el de 2017.  Las dos edificaciones gemelas estilo funcionalista de Luis Barragán en Parque México son dignas de mencionarse pues muestran una cara temprana de Barragán que responde a las necesidades del cliente más que a sus búsquedas estéticas y conceptuales visibles en su casa-estudio de 1947; la otra casa de Barragán sobre Mazatlán, que hace unos años se vio sometida a una “restauración” y perdió mucha de su esencia. Uno de mis favoritos es el edificio Niza en la esquina de Ámsterdam y Parras, diseño de  Enrique de la Mora y José Creixell con muchas características racionalistas; las casitas de Juan Segura con azulejos y detalles gráficos en las fachadas en Popocatépetl 18 y Chilpancingo 8, todavía se encuentran en buenas condiciones y reflejan muchos de los intereses del arquitecto y de las discusiones profesionales del gremio de entonces: que si un estilo nacional, que si un no-estilo; que si vamos por la forma o más bien por la función, que si construimos barato o caro, que si para las masas o para las élites. 

Y así cada mañana me sumerjo en una época distinta, reviso un estilo referencial e imagino como era vivir en eso años. La Condesa sigue siendo un libro de texto vivo de arquitectura y diseño mexicanos del siglo XX. Entre la gentrificación y su hipsterización, nos habíamos olvidado de ello; creo que estos nuevos tiempos y espacios, físicos y mentales, que nos ha dado la pandemia, hacen propicio que por lo menos a través de la mirada, rescatemos muchas de estas grandes edificaciones patrimoniales y volvamos a generar una visión estética que permee una conciencia cívica que nos permita seguir viviendo en esta ciudad, anhelando un futuro mejor, que incluya también, nuestro pasado. EP

Las fotografías tomadas por el arquitecto Rafael Uzúa son cortesía de su nieto: Agustín Elizalde

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