MARZO: Paralelas asimétricas o jardín de relámpagos que se cansan y se bifurcan

a) De los libros de E. M. Cioran, el único con un título, digamos, jovial es Ejercicios de admiración. Publicado originalmente en 1986, sobresale en una bibliografía que es un rosario de fatalismos y nocturnas gravedades: Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Desgarradura, Ese maldito yo son algunos de los títulos del aforista. b) Ejercicios de admiración incluye […]

Texto de 24/09/18

a) De los libros de E. M. Cioran, el único con un título, digamos, jovial es Ejercicios de admiración. Publicado originalmente en 1986, sobresale en una bibliografía que es un rosario de fatalismos y nocturnas gravedades: Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Desgarradura, Ese maldito yo son algunos de los títulos del aforista. b) Ejercicios de admiración incluye […]

a) De los libros de E. M. Cioran, el único con un título, digamos, jovial es Ejercicios de admiración. Publicado originalmente en 1986, sobresale en una bibliografía que es un rosario de fatalismos y nocturnas gravedades: Breviario de podredumbreSilogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, DesgarraduraEse maldito yo son algunos de los títulos del aforista.

b) Ejercicios de admiración incluye un breve y afilado texto sobre Martin Heidegger. Es un ensayo estampa, de apenas dos párrafos, en el que Cioran reconoce su juvenil interés por Heidegger —su furor, incluso—, que después se convertiría en rechazo e irritación. En unas pocas líneas, Cioran elabora y condensa la que seguramente es la crítica más constante contra Heidegger: su filosofía, más que difícil, es oscura, y, lo que es peor, ese oscurantismo parece deliberado y quizás esconda un vacío o una tomadura de pelo.

c) Dice Cioran: “La voluntad de ser profundo, de dedicarse a lo profundo, consiste en forzar al lenguaje evitando a cualquier precio la expresión normal, la expresión inevitable. […] A todas luces, el genio de Heidegger es un genio verbal. Su habilidad procede de su facilidad para disimularlo utilizando todos los recursos del lenguaje, inventando expresiones insólitas, con frecuencia atractivas, a veces desconcertantes, por no decir exasperantes”. Excesiva demiurgia verbal, censura el rumano.

d) El texto de Cioran es de 1989. Cinco años antes, George Steiner había publicado en The New Yorker una reseña titulada “En abreviatura”. El texto comienza con un comentario sobre la naturaleza y tradición de los epigramas y los aforismos (los “haikú del pensamiento”, los llama Steiner), y pronto se convierte en una crítica implacable al libro Desgarradura de Cioran y, en general, a toda su obra.

e) Para Steiner, los aforismos de Cioran desmerecen por completo de los maestros franceses de la brevedad: Pascal, Valéry, La Rochefoucauld, Vauvenargues, Chamfort, etcétera. En los modos epigramáticos de estos escritores, Steiner encuentra “la expresión apretadamente, densamente concentrada de alguna inmensidad o incluso enormidad esencial, de lo que el ser humano reconoce y de lo que le emociona”. En Cioran no.

f) La crítica de Steiner contra Cioran recuerda (o, mejor dicho, anticipa) a la de este último contra Heidegger. Los alegatos son notoriamente paralelos: Steiner le reprocha a Cioran su falta de claridad, su estilo oracular y su tendencia a la simplificación.

g) Dice Steiner: “La palabra aquí es ‘fácil’. En la totalidad de las jeremiadas de Cioran hay una facilidad de mal agüero. No se requiere ningún pensamiento analítico, ningún rigor ni claridad de argumentación para pontificar sobre la ‘bobada’ y la ‘gangrena’ del hombre y sobre el cáncer terminal de la historia”.

h) Curiosamente, ambas críticas apuntan al mismo blanco: detrás de la oscura pirotecnia verbal de uno y otro estilista —Heidegger y Cioran—, quizá no haya nada. Steiner es más explícito: los textos de Cioran, dice, suscitan “la cuestión no tanto de si el emperador está desnudo como si hay emperador”.

i) Este cruce de caminos se vuelve más llamativo si recordamos que George Steiner es autor de un profundo estudio introductorio a la filosofía de Martin Heidegger. Publicado por primera vez en 1978, este libro lleva el parco título de Heidegger.

j) Si bien Steiner no puede evadir los temas de la complicada jerga heideggeriana y la participación del filósofo en el nacionalsocialismo, el tono general del libro es de admiración. El autor de La poesía del pensamiento llega a decir que la posibilidad de entender a Heidegger puede compararse con nuestra capacidad de experimentar y comprender la gran poesía (nada más y nada menos); en uno y otro caso juzgar analíticamente no sirve de nada, afirma, parafrasear, tampoco.

k) A pesar de la dureza con la que Steiner trata a Cioran, es difícil dejar de notar que varios de los elogios, más o menos directos, que el polígrafo y políglota dedica al exrector de la Universidad de Friburgo pueden apuntarse a señas particularísimas de Cioran:

k.1. El fragmento: cuando se piensa en la Gesamtausgabe de Heidegger —una obra completa que prevé ciento dos volúmenes—, las nociones de “parte” o “fragmento” no es lo primero que salta a la mente. Sin embargo, Steiner advierte que la ontología de Heidegger es justamente eso: un fragmento descomunal, una inmensidad propedéutica. Dice: “la obra de Heidegger se asemeja al método fragmentario y frecuentemente esotérico de sus amados presocráticos”. Basta haber hojeado un libro de Cioran para saber que, si un método tenía ese filósofo aullador, era el fragmento, el meticuloso espasmo.

k.2. El apocalipsis: hablando del contexto y las circunstancias de El ser y el tiempo, Steiner señala que se trata de una obra que “tiene claras afinidades con una constelación de lo apocalíptico”. Aunque no estén alineadas en un mismo brazo o cinturón, la obra de Cioran también pertenece a esa opaca constelación.

k.3. Dios ausente y abatido: comenta Steiner que quizás el mayor logro del pensamiento de Heidegger, más que una superación de la metafísica, consista en una superación de la teología. Esta empresa no puede considerarse ajena al autor de esta proclama: “Mientras quede un solo dios de pie, la tarea del hombre no habrá acabado”. O esta otra: “Deicida es el insulto más halagador que se le puede dirigir a un individuo o a un pueblo”.

l) “Lo que deslumbra en las mejores páginas de Heidegger es un lento relámpago”, dice Steiner. Y esa fulminante cámara lenta también opera en los mejores momentos de Cioran: “Porque no reposa sobre nada, porque carece hasta de la sombra misma de un argumento, es por lo que perseveramos en la vida”.

m) ¿Por qué en un caso George Steiner celebra la revelación fragmentaria (o el fragmento revelador) y en otro la censura? No lo sabemos.

n) Sin embargo, otro espejo multiplica la intersección de caminos: un escritor sudamericano llamado Jorge Luis Borges.

o) En el libro que reúne los artículos de George Steiner en The New Yorker y en los mismos Ejercicios de admiración de Cioran aparecen sendos ensayos sobre el autor de “Las ruinas circulares”. Lo sorprendente no es la mera coincidencia del tema (Borges es una especie de luminoso agujero negro: todo lo atrae, todo lo concentra), sino la dirección y, sobre todo, minuciosa simetría de los argumentos.

p) El texto de Cioran se titula “El último delicado” y es una carta dirigida a Fernando Savater, con fecha del 10 de diciembre de 1976; el de Steiner se llama “Tigres en el espejo”, y es del 20 de junio de 1970. Los seis años y medio que separan uno y otro ensayo son eso: un delicado espejo.

q) Steiner empieza diciendo: “Inevitablemente, la actual fama mundial de Jorge Luis Borges acarreará para algunos una sensación de pérdida íntima”. Cioran ratifica esa sensación: “La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él [Borges]. Merecía algo mejor. Merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz”.

r) Si bien el de George Steiner es un texto mucho más extenso —un ensayo crítico en toda la parcial extensión de la pampa, en el que incluso señala las grietas del laberinto borgeano: el carácter fantasmal de las mujeres en sus ficciones y la primacía de lo mítico sobre lo social en todos sus artificios—, ambos documentos son verdaderos ejercicios de devoción.

s) Ambos, Cioran y Steiner, enaltecen los mismos dones: (1) el universalismo voraz de Borges, su no dejarse sitiar por ninguna epidermis cultural; (2) el hecho de que esa extraterritorialidad extravagante tuviera, sin embargo, una marca de fuego o centro de gravedad llamado, precisamente, Borges, y (3) su facilidad para conjugar erudición y encanto.

t) Steiner lo pone así: “Nuestras calles y jardines, un lagarto apuntando como una flecha en la cálida luz, nuestras bibliotecas y nuestras estanterías circulares están empezando a tener exactamente el aspecto con que Borges los imaginó, aunque las fuentes de su visión siguen siendo irreductiblemente singulares, herméticas, en algunos momentos lunáticas”.

u) Y Cioran: “Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango. Para él ‘todo vale’, puesto que él mismo es el centro de todo. La curiosidad vital es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios más caprichosos”. (El escéptico misántropo, el apátrida feroz llega a decir que si existiera una utopía a la cual se adheriría con gusto, “sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él”, a Borges.)

v) Steiner y Cioran coinciden: lo que hizo Jorge Luis Borges fue volver íntimo el universo, dotar de una precisa dulzura a la abstracta noche.

w) Este ocioso repaso del alfabeto tiene como único mérito cultivar el plebeyo placer del paralelismo. Describe la trayectoria invisible —aunque quizá no imaginaria— de una pelota argumental que rebota contra un muro (Cioran/Heidegger) y luego contra otro (Steiner/Cioran) y luego contra otro (Steiner/Heidegger) y luego contra otro (Borges). Como ocurriría con una pelota real, este texto va perdiendo cantidad de movimiento en cada golpe. Sin embargo, no me avergüenzo, o me avergüenzo poco, de este vano ejercicio de correspondencias, porque no otra cosa hacemos todos los días: nos despertamos, mortificamos la carne en el tráfico, cobramos un salario por contestar correos electrónicos, ajustamos nuestra esperanza a plazos quincenales, mortificamos la imaginación en el tráfico, nos vamos a dormir arrullados por el parpadeo secuencial de una pantalla y creemos que todo esto tiene sentido. Como dice el rumano vértice de esta carambola, vivimos “en un universo que sólo nuestro corazón toma en serio”.

x) Ahora bien, ya que he forzado tan impúdicamente la cuadratura del círculo, permítanme plantear un último muro a esta sucesión de rebotes.

y) Además de ser eslabones de esta cadena crítico-alimenticia, algo en común tienen Cioran, Steiner, Heidegger y Borges. Los cuatro afirman que habitamos un reino hecho de verbos y sustantivos, de preposiciones y conjunciones. Un reino semántico y gramatical. (Por supuesto, ésta es una forma un tanto exagerada de decirlo, pero también exacta.) Para los cuatro, son las palabras las que definen el contorno de las cosas y el corazón de las cosas. Heidegger dictamina que el lenguaje es la casa del ser. Cioran desconfía de los retruécanos del estilo, pero declara que no hay más patria que la lengua. La obra entera de Steiner es una especie de paráfrasis o cartografía del lenguaje; para él, la contrafactualidad del lenguaje (“nuestros subjuntivos, nuestros condicionales, nuestros optativos”) es tan indispensable para nuestra existencia como lo son el hidrógeno y el oxígeno y las calorías. Borges, por su parte —el más delicado—, advierte que toda palabra postula el universo.

z) Se acaban las letras y me queda un último dos de tréboles bajo la manga. El texto en el que Borges subraya que “no hay en la tierra una sola página, una sola palabra, que lo sea [sencilla], ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad” es el prólogo a El informe de Brodie. Ese libro contiene un cuento titulado “Guayaquil”, que es un sutil e implacable juego de reflejos. En éste, el encuentro entre un historiador argentino y uno alemán replica con vaga gravedad la entrevista entre Bolívar y San Martín. En este relato, también, aparece Martin Heidegger como personaje y el retrato no es en absoluto halagüeño. EP

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