Maremágnum, figura de dos cabezas: 3 de Alejandro Tarrab

Elisa T. Di Biase presenta la reseña del último libro de poesía de Alejandro Tarrab.

Texto de 06/11/20

Elisa T. Di Biase presenta la reseña del último libro de poesía de Alejandro Tarrab.

El mundo, en su extensión material, es aquello que se opone a nuestras fuerzas y es también la representación externa de nuestras potencias íntimas. Para Gaston Bachelard, los elementos –el agua, la tierra, el aire y el fuego– están ahí como una provocación imaginaria y corpórea, listos para combatirnos y para albergar nuestras metáforas y nuestros sueños. El inmenso mar revuelto, la cólera del agua –el maremágnum–, no es una excepción. 

Pero enfrentarse al agua no es asunto fácil. La victoria contra ella es rara y peligrosa. El nadador está expuesto a un elemento contrario a su naturaleza (el salto al mar es la imagen más viva y vivida que poseemos del verdadero salto hacia lo desconocido, a lo otro).

El mar es un cuerpo al que resistimos, con el que chocamos y que nos azota; sin embargo, no posee una materialidad definida y visible; es, antes que un cuerpo, una dinámica, un movimiento angustioso que ambiciona absorbernos en su ondulación; cada ola es –para quien está abandonado a ella– un sufrimiento. Y todos lo sabemos: el cansancio es el destino del nadador que encontrará una correspondencia entre el elemento enfurecido al que se entrega y lo engulle y su conciencia zozobrante. El amor al mar es una pasión sadomasoquista.

Para su libro, Maremágnum, Alejandro Tarrab elige un epígrafe de Henri Michaux: “Unas olas me acometen por todas partes, se vuelven muy fuertes, me desvían, me dividen, me distienden. La masa de imprecisión aumenta”.

Imposible no intuir al nadador vencido: desviación, división, distensión, imprecisión. Faltaría “disolución”. El agua es un eficaz solvente del ser. En la selección de este epígrafe va contenida la mecánica de un libro cuyos textos se mueven entre la voluntad, la deriva y la voluntad de deriva. Y, en esta tensión omnipresente, la voz (que es cuerpo, ser y lenguaje) y el cuerpo en su dimensión más existencial y arrojada a la materia son los elementos que remontan y sufren las mareas a veces revueltos en las olas y, otras, observándolas en la forma de un batallón desposeído (multiplicado, borrado) desde una plana azotea infestada de jaulas vacías.  

Así, el maremágnum puede ser el mundo tal cual se nos presenta, en su forma borrosa de todo natural o de urbe, pero, de la misma manera que el cosmos o la ciudad no son sino creaciones de la imaginación y del lenguaje, el maremágnum es también lo que se le opone a la imagen presente y a la palabra pronunciada. El enemigo de la creación del mundo, nos dice Mircea Eliade, no es la Nada, sino el desorden. Es el caos primigenio, el agua revuelta, el ataque verdadero al orden establecido, a los límites definidos y cerrados, a la verdad sencilla de la luz. 

Pero esa verdad luminosa no ceja tampoco en el libro y, aunque una de las voces líricas de Tarrab dice: “Dejé que se aflojaran las cuerdas del violoncello. Ya no subo a la tribuna de los órganos. Ya no pongo en marcha los fuelles. Ya no me siento frente a teclados amarillos.” Así, declara su renuncia a la música (¿a la armonía? ¿a la poesía?); realiza esta renuncia a través de la palabra y de la imagen, negándola: la afonía se manifiesta sonando (tensión de nadador que se opone a la corriente).

En medio del maremágnum hay, súbitamente, fragmentos a los que asirse, la esperanza de encontrar tierra. Y es que mientras el lector sortea las olas, la disolución y el caos, tiene siempre la sensación de estar al borde de algo, ante la presencia de una verdad, de una reclamación de ser, que está ahí, pero no termina de formularse: “Tengo en la boca un nombre todo el día y toda la noche”, dice otra de las voces líricas. Y nos parece que, en efecto, está a punto de convocarlo… pero no.

En Maremágnum, las palabras se deshacen, sobre todo aquellas hechas para penetrar; las más filosas, las más seguras y desbordantes de ser, se desintegran; son “ciudades derruidas, almas derruidas, consumiéndose en el aire”: “Yo las digo con una maldición/ Yo las digo para verlas romperse y llegar a su destino incierto ya perdidas”. Poesía que nace de un desorden pulcro, cuidado y milimétrico, pero ya derrumbada, borrada, de la misma sustancia de la niebla, de los espejismos y la ausencia. Aguas del lenguaje que se ahogan en balbuceos, en multiplicaciones, en polifonías e interferencias, en diálogos arrasados, en estructuras vacías, en la súbita presencia de otras lenguas y de ideolectos particularísimos. Pero de nuevo el nadador respira: las palabras, al borrarse, al fragmentarse, al desasirse de su sentido, llaman la atención sobre sí mismas y, una vez más, notamos su presencia, que es decisiva y palpable: el lenguaje está roto, pero sus partículas a veces brillan como el oro, retazos de magia y de religión dan una brazada. 

Las subjetividades en Maremágnum tienen el mismo destino que las palabras que las constituyen. Las primeras categorías kantianas de construcción de la realidad, el espacio y el tiempo, están quebradas. También el adentro y el afuera y, desde luego, las personas gramaticales: “Yo soy el prójimo”. El yo se multiplica y se desplaza, se reparte en voces, en intertextos y en figuras; se animaliza, se vegetaliza, se escapa. Intentar asir al emisor de la voz lírica, hacer una imagen poética suya es imposible y violento. Dice alguien: “Quiero decir quisiera con esta voz deshecha, agredida por un autorretrato”. 

Las transformaciones, las alienaciones, la enfermedad y el dolor llaman la atención también sobre los cuerpos (hermanados siempre a la escritura y a la palabra). Alguien más: “Yo no soy el que toca el mundo. La estación se precipita sobre mí”. Cuerpos que, como las palabras, no alcanzan a conjurar su agencia en el mundo, que también naufragan y se manifiestan ajenos, prostéticos, limitados, fragmentados y en ocasiones multiplicados en figuras de dos cabezas o de cuatro patas. “No me veía en los otros ni me veía en mí. No sentía el cuerpo ni me sentía muerto”.La poesía de Alejandro Tarrab es una poesía de activa y valiente renuncia, de un vacío construido, si se me permite decirlo, a su manera acre. No hay máximas, no se sabe dónde está el norte o hacia qué coordenadas navegar. Las únicas señalizaciones indican el no-centro. Desde su primera obra, se trata de una escritura que se resiste a entrar en la categorización y en los esquemas de expectativas literarias. Pero también es una poesía que demanda mucho de su lector, que se despliega en pleno dominio de su lenguaje y de sus recursos, que explora los límites de lo humano y de su comunicación y va más allá de la ya tan cantada crisis del sujeto moderno, de una intelectualidad fácil. Hay una radical honestidad en ella, una desnudez palpable de la subjetividad asediada por lo múltiple, un abandono en carne viva. Se distinguen en ella emociones y vivencias crudas, innominadas a veces, pero, quizás por eso, manifiestamente verdaderas. También están los lazos familiares y afectivos, la historia personal, la profunda vulnerabilidad compartida. Y, sin duda, hay una generosidad evidente, la apertura de la voz lírica que nos incluye, desde el principio, en un diálogo que se construye no únicamente desde la multiplicidad del yo o de las diversas voces científicas, filosóficas y literarias que acuden al texto, sino desde una amplitud intersubjetiva que nos acoge y nos abarca. EP

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