Mapa en abismo

Para llevar a cabo la empresa de cartografiar todas las calles, avenidas y senderos del planeta, Google, el gigante de los motores de búsqueda, ha enviado desde 2007 un ejército de vehículos armados con nueve lentes al interior de una esfera periscópica. Su objetivo, tan vasto como el del Colegio de Cartógrafos del cuento de Borges, podría describirse en términos de levantamiento fotográfico.

Texto de 17/07/20

Para llevar a cabo la empresa de cartografiar todas las calles, avenidas y senderos del planeta, Google, el gigante de los motores de búsqueda, ha enviado desde 2007 un ejército de vehículos armados con nueve lentes al interior de una esfera periscópica. Su objetivo, tan vasto como el del Colegio de Cartógrafos del cuento de Borges, podría describirse en términos de levantamiento fotográfico.



Todavía recuerdo la primera vez que al acercar la imagen de un mapa virtual hubo una especie de salto, un parpadeo que parecía llevar a otra dimensión y, sin que nada lo anunciara, se desplegó una fotografía inmensa, un tapiz o rompecabezas de muchas fotografías unidas entre sí que de alguna manera remitía a la estética de los videojuegos y al mismo tiempo recordaba la obra de David Hockney. Cada tanto, a pesar de que ya se haya vuelto rutinario, a pesar de que en la urgencia de encontrar una dirección casi no repare en ello, todavía siento el sobresalto de pasar del croquis a la fotografía, del diagrama a la instantánea gigantesca, a ese entramado digital que, gracias a la magia del zoom, hace que las calles de un mapa dejen de ser una maraña de trazos y símbolos y, de golpe, las podemos ver

Un mapa había sido, al menos hasta hace poco, una representación material de un territorio. Aunque pudiera hablarse, por ejemplo, de “mapas mentales” como metáfora de la orientación en dominios abstractos, los mapas solían ser objetos tangibles, que ocupaban un lugar en el espacio y que a veces, como los globos terráqueos, alcanzaban un volumen considerable y hasta un tanto engorroso, pues acumulan polvo y se abollan y al cabo se rompen como piñatas desvalidas. Hay un coleccionismo que se especializa en mapas antiguos y, desde luego, un mercado importante asociado a él (es curioso que algunos mapas se hayan convertido en los tesoros: ¡llegan a alcanzar la cifra de 10 millones de dólares!); y en el amplio espectro que va de los célebres documentos cartográficos de Ortelius, Blaeu y Waldseemüller al incomprensible garabato que uno traza en una servilleta para indicar la ruta hacia algún lugar, pasando por los mapas sin divisiones políticas que los niños compran en la papelería para hacer la tarea, todos aceptamos la idea de mapa como una representación gráfica y simplificada de un territorio, no importa si real o imaginario.

“También vi, por supuesto, mi barrio y mi cuadra y el zaguán del edificio en que vivo. Y ahora, como el personaje de Borges que se asoma a la increíble y diminuta y avasalladora posesión de Carlos Argentino Daneri, me dispongo, ya acomodado en mi almohada y tras la necesaria “acomodación ocular”, a ver de nueva cuenta mi manzana, a recorrerla de arriba abajo, a asediarla desde todos los ángulos a mi alcance, y de allí a mi edificio y entonces a la ventana de mi habitación.”

Su doble condición de diagramas e instrumentos llevó a Jorge Luis Borges a elaborar ficciones en que los mapas, en cuanto entidades materiales, dan lugar a extrañas paradojas. En “Magias parciales del Quijote” refiere la posibilidad, ya entrevista en el siglo XIX por el filósofo Josiah Royce, de un mapa gigantesco de Inglaterra, tan detallado y preciso que, en el afán de capturar hasta el camino más borroso y el asentamiento más insignificante, se extiende sobre una vasta superficie: un valle, una llanura equivalente a varias canchas de futbol. Ese mapa, para no estar incompleto —apunta Borges—, debería incluir el lugar en que se encuentra el propio mapa: deberá albergar al mapa mismo, y éste, a su vez, deberá incluir a escala el segundo mapa y este al siguiente mapa y así hasta el infinito. En otro texto —“Del rigor de la ciencia”—, Borges lleva este estremecimiento al extremo: imagina un imperio en donde el sueño cartográfico se volvió tan desmedido, tan desorbitado e insensato, que se empeñaron en construir un mapa tan grande como el terreno que debía representar: un mapa que, a la manera de una tela descomunal, de un manto obsesivo y redundante, se sobrepusiera punto por punto al imperio.

Para llevar a cabo la empresa de cartografiar todas las calles, avenidas y senderos del planeta, Google, el gigante de los motores de búsqueda, ha enviado desde 2007 un ejército de vehículos armados con nueve lentes al interior de una esfera periscópica. Su objetivo, tan vasto como el del Colegio de Cartógrafos del cuento de Borges, podría describirse en términos de levantamiento fotográfico o, incluso, de tentativa de agotar un rincón de la Vía Láctea (en el mismo sentido que George Perec se propuso “agotar” un rincón parisino): capturar hasta el más ínfimo aspecto de las calles y caminos que surcan la Tierra. Lo que hoy conocemos como Google Street View no se parece a un mapa, sino a su caso límite; a diferencia de los mapas convencionales que se elaboraban en piel de cerdo o pergamino y ahora casi siempre en papel, se trata de una herramienta virtual y, por lo tanto, no podría extenderse sobre el terreno y, de ser el caso, cubrirlo por completo como en el sueño de los cartógrafos. Pero, al menos coloquialmente, no dejamos de llamarlo “mapa”, y si se amplifica el diagrama de la ciudad en que uno vive, y luego el barrio y a continuación la cuadra, para detenerse en el lugar exacto del propio domicilio, cualquiera podría, no sin escalofrío, sorprenderse allí mismo, detenido en el instante de abrir la puerta o de saludar al robot periscópico en su viaje imperturbable.

Los vértigos del mapa dentro del mapa, cuyo procedimiento podríamos llamar “mapa en abismo”, así como el despropósito de un mapa tan fiel que abarque el perímetro mismo que cartografía, se relaciona con una pregunta formal de mayor alcance, con un problema que en otra época se habría considerado parte de la filosofía de la composición, articulada abiertamente en “El Aleph” e indirectamente en “Funes el memorioso”, sobre cómo representar, sobre cómo agotar un rincón del mundo, no importa que ese rincón sea un ángulo anodino de una recámara o el mismísimo Aleph, esa esfera o mirilla de dos centímetros que guarda un fuerte parecido con el punto abarrotado e imposible en el que converge la superposición de mapas, con esa estremecedora punta de alfiler en que es posible ver la escalera interminable de mapas que se autocontienen.

Ni Carlos Argentino Daneri, el ripioso poeta caricaturizado en “El Aleph”, ni Ireneo Funes, aquel lánguido personaje cuya memoria era tan monstruosa que incluso rechazaba el calificativo de “fotográfica”, atinaban a representar el mundo, las nítidas y multiformes realidades que estaban a su alcance, más que a través del registro exhaustivo, de la descripción morosa y enervante, de la duplicación exacta. Daneri, tan mediocre como pedante, esmerado en crear algo más parecido a un enorme catálogo fotográfico que a un libro de poesía, recaía en la torpeza de lo farragoso y lo prolijo; Funes, para reconstruir un día cualquiera en todo detalle —cosa que hacía sin esfuerzo— requería previsiblemente de un día entero. Cada cual elaboraba mapas de las mismas dimensiones que el terreno; cada cual entendía el lenguaje en clave de copia y reflejo fiel y lo llevaba a extremos intolerablemente precisos. 

Por mi parte, llevo días y días navegando por los mapas de internet, visitando calles remotas en las que nunca pondré un pie, y también calles por las que paso a diario y que se me figuran distantes o completamente desconocidas. Aunque el Aleph de Borges mida apenas un par de centímetros y la comparación se antoje manida y ramplona y ya quizá demasiado oxidada, llevo varios días asomado a ese otro Aleph imprevisto y siempre a la mano en el que están “sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Allí están, retratados involuntariamente, en un registro puro en que personas anónimas son fotografiadas al azar de un modo mecánico sin que lo adviertan, las miserias y las alegrías de los hombres, nuestros actos viles y grotescos, pero también los indiferentes y los deleitables; están los crepúsculos y la nieve, las sombras que exaltan al Partenón y los torpes destellos de los pingüinos en los arrecifes helados. Todo está allí, en su pasmosa inmensidad; todas las fachadas y todos los caminos del orbe, las plazas heroicas y los callejones sin salida; desde la luminosa Quinta Avenida hasta el más oscuro sendero rural; desde el Pabellón Dorado de Kioto hasta las chozas de cartón y lámina de un arrabal de Chimalhuacán. Aunque el propósito de Google no fuera, desde luego, ese, allí está la inabarcable vida de un día (o de una serie de días) fijada por el azar en una suerte de gran tela que se diría objetiva e impersonal, llena de información y de fuerza y de ordinariez y también, si la palabra no es excesiva, de poesía.

Vi a un niño tocando el acordeón en una esquina despostillada y vi el comienzo cegador de lo que parece el infierno. Vi una calle hecha de letras y a una mujer desnuda contemplando inmóvil el mar; vi accidentes de tránsito, arrestos y redadas y robos, y a un traficante en el instante de empuñar su arma; en un barrio de casas verdes y anaranjadas, vi a un hombre escapando por la ventana y también a una mujer rotunda ostentando su blanco (y blando) trasero; vi un camino rojo en la nieve bajo un cielo rojo y a dos versiones del mismo hombre avanzando por una calle empinada; vi a un superhéroe tendido en la banca de un parque y a Zeus blandiendo su más bien risible rayo de ira; vi caballos blancos y negros, como salidos de un tablero de ajedrez, trotando detrás de un cementerio; vi monumentos y árboles, eriales de basura y carreteras solitarias; vi una ciudad del futuro en una pared deslavada; vi a un hombre perdido en el desierto y a un centurión postizo con la cabeza gacha, opacado por el mármol deslumbrante de Roma; vi al hombre invisible de H. G. Wells, vestido de blanco y con lentes oscuros, y también, como en viejas y famosas fotografías festivas en blanco y negro, un hidrante convertido en fuente que baña las nueve pupilas del ojo; vi a un niño jugando a las escondidillas y a otro cayéndose de la bicicleta; vi en una esquina el grito de felicidad de un hombre y también un convoy de tanques camino a la guerra; vi el tedio de las prostitutas en sus esquinas y la placidez de los perros recostados al sol; vi balcones y ventanas a los que se acodaba la melancolía, y vi un baile de fantasmas parecido a un tendedero de sábanas y ropa interior; vi a ancianas sentadas y a niños gateando, a una mujer parada de manos y a altos ejecutivos recostados como vagabundos en la banca de un parque; vi alces, gaviotas, osos polares, gorilas, y hasta a un extraterrestre desfalleciendo de calor. Tal vez también te vi, lector, pero no supe reconocerte. Todo esto lo vi gracias al Aleph de Google Maps, ese mosaico inagotable en continua construcción. Lo que no vi por ningún lado fue el ojo múltiple del robot en el momento de mirarse a sí mismo, ese punto, ese atisbo quizá de autoconciencia, en que tal vez en los vidrios de espejos de algún edificio aparecen los nueve ojos registrándose a sí mismos, aunque me dicen que también están allí —y, según esto, no pocas veces. 

También vi, por supuesto, mi barrio y mi cuadra y el zaguán del edificio en que vivo. Y ahora, como el personaje de Borges que se asoma a la increíble y diminuta y avasalladora posesión de Carlos Argentino Daneri, me dispongo, ya acomodado en mi almohada y tras la necesaria “acomodación ocular”, a ver de nueva cuenta mi manzana, a recorrerla de arriba abajo, a asediarla desde todos los ángulos a mi alcance, y de allí a mi edificio y entonces a la ventana de mi habitación, para entonces consagrarme de una buena vez al vértigo de verme a mí mismo mirar las calles del mundo en las páginas de Google Maps, atisbar, en el vasto entramado virtual, mi figura encorvada ante la pantalla en el instante de atisbar, en el vasto entramado virtual, mi figura encorvada ante la pantalla en el instante de. EP



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