Los príncipes del rap

“Prefiero jugarle al rapero a estar encerrado en un pinche telemarketing o en una pinche oficina.”

Texto de 18/02/20

“Prefiero jugarle al rapero a estar encerrado en un pinche telemarketing o en una pinche oficina.”

“Prefiero jugarle al rapero a estar encerrado en un pinche telemarketing o en una pinche oficina”, dice Erick Fiesco, instructor de rap en la Fábrica de Artes y Oficios (FARO) de Oriente, a sus alumnos. Todos están sentados en círculo y platican por qué y para qué hacen canciones. “Si en algún momento fracaso, por lo menos sabré que lo intenté. Ese lugar de telemarketing y esa oficina en un banco me van a estar esperando toda la vida, pero la ilusión y ese ensueño no van a estar ahí para siempre”, continúa “El Senpai” mientras se acomoda los lentes oscuros que usa incluso en espacios cerrados.

En la Ciudad de México, los jóvenes, como aquellos inscritos en la clase de Fiesco, son una población importante. Según el último censo del INEGI, la población de entre quince y veintinueve años de edad es de cerca de dos millones cien mil personas, esto es 40% más que la población de la tercera edad. Además, la encuesta de tendencias juveniles 2018 realizada por el Instituto de la Juventud (Injuve) revela que el 2% de los jóvenes manifiesta no tener ninguna ocupación; es decir que más de cuarenta mil chavos en la ciudad se encuentran en esta situación.

Con la llegada de Claudia Sheinbaum al gobierno de la capital, el Injuve lanzó “Los jóvenes unen el barrio”, un programa que busca atender a los chicos que viven en ese contexto para que puedan trabajar y alcanzar sus sueños, y no sólo mantener esos sueños hasta que la resignación les gane. “Este programa es para acercarnos a estos chavos que no están estudiando o tienen un conflicto social o con la ley, o que tienen una adicción o no han podido encontrar trabajo. Es para esos jóvenes que creen que el gobierno no tiene un espacio para ellos”, explica Beatriz Adriana Olivares Pinal, directora general del Injuve de la Ciudad de México.

El programa del que habla Olivares consiste en un apoyo de mil cien pesos mensuales, además de asesoría y acompañamiento para realizar proyectos comunitarios. La directora comenta que el rap pudiera ser uno de esos proyectos a apoyar, pero ninguno de los chavos que se dedica a eso se ha acercado al gobierno a pedir algún tipo de ayuda para su propósito musical.

Sin embargo, aunque el presupuesto se estanque y los apoyos no lleguen ni a los circuitos de rap Bellas Artes ni a la Glorieta de los Insurgentes, los chavos siguen tirando rimas. Sus historias y oficio recuerdan a El príncipe del rap (The Fresh Prince of Bel-Air), una serie de televisión cómica de los años noventa (1990-1996) en la que Will Smith es obligado por su madre a dejar Filadelfia y mudarse con su tía rica de Bel-Air para que deje atrás los problemas del barrio.

En la Ciudad de México, nuestros príncipes del rap siguen esperando esa “mudanza” hacia un futuro mejor y se esfuerzan todos los días para que llegue, aunque eso implique creer en los sueños —y hasta en las palabras de los políticos— a pesar de las cifras.

“Es para no obstruir”

Es viernes y Juan está donde siempre: en Bellas Artes, a la sombra de unos árboles junto al monumento a Beethoven. Él es el encargado de hacer que el rap ocurra. “¿Podrían acercarse un poquito más? Es para que no nos llame la atención la autoridad por obstruir la vía pública”, grita desde el centro de una bola de personas.

Pero la curiosidad paraliza al público, que saca sus celulares para grabar a cuatro chavos (ninguno pasa de los veintidós años) de cuyas bocas salen rimas improvisadas a una velocidad eléctrica. Cuando el motor de la mente se detiene, estos jóvenes encuentran un momento de iluminación en el beat de la bocinita de pilas que está en el suelo o en una grosería que sirve de muletilla para no perder el hilo.

Juan confiesa que si no trabajara de freestyler haría otra cosa. “Yo siempre he sido una persona a la que le gusta el dinero, estar bien, estar tranquilo. Siempre he visto primero por mí y por apoyar a mi familia”, explica sobre sus motivaciones. También asegura que no tiene días iguales: unos son más pesados que otros. En los días pesados, rapea temprano en los microbuses y después vende gorditas afuera de una primaria en la colonia Doctores. Por la tarde va a Bellas Artes y gestiona las batallas de rap hasta las ocho de la noche. A esa hora se sube a la línea 9 del metro y da una vuelta rapeando antes de volver a su casa en la Buenos Aires. En los días buenos —que son en los que hace esta jornada de trabajo—, Juan llega a sacar hasta quinientos pesos. En cambio, en días flojos puede obtener solamente ciento cincuenta pesos.

Hay días en los que Juan no vende gorditas o no se sube a los camiones, pero siempre va a Bellas Artes. Por eso cuesta creerle que podría dedicarse a otra cosa, y él mismo admite que hay algo en este jale que no tienen las demás cosas. “Aquí hay algo que no se puede encontrar en ningún otro lado, y es que puedes estar muy enfocado en ser tú mismo y no necesitas darle la cara falsa a nadie”, señala.

La honestidad que exige el rap es lo que atrae a mucha gente y a tanta otra la repele.

“No podemos ser tan espantados”

“Pasa que en las clases privilegiadas se asustan con este tipo de lenguaje, pero ¿pues qué? Pasan. Son reales. Al final, de eso va el discurso del hip-hop: mantente real, hablando de lo que realmente eres”, detalla Fiesco mientras se sonríe y echa el cuerpo hacia el respaldo de la silla, logrando darse un aire reflexivo. Hace una pausa y después acaricia con su voz cada palabra: “La naturalidad es la más difícil de las poses”.

En efecto, lo que asusta no es sólo el lenguaje o la grosería esporádica. Asusta que dejan ver a una juventud atravesada por la violencia y la pobreza. Asusta porque son evidencia de un futuro convulso.

A fuerza de ver gente en Bellas Artes, Juan ha podido ir haciéndose de teorías sobre por qué la gente los ve como los ve. Para él, asustarse de la realidad depende “del estándar y el tabú, de quien lo vea y qué tan espantados seamos. Ahorita no podemos darnos chance de ser espantados”.

Sin embargo, la gente se espanta y en ocasiones hasta el mismo gobierno sale asustadizo. Juan cuenta que ése ha sido parte del problema para buscar trabajar de la mano del Injuve. “Te ofrecen algún tipo de apoyo del gobierno como para financiarte el evento, pero pues te restringen todo: cero acceso a gente ‘mala vibra’, cero acceso a las drogas, y pues ésas son las cosas que todos cargamos individualmente”, explica, y lo sabe de primera mano porque él mismo, a sus veintidós años, ya sabe lo que es pasar por rehabilitación.

“Yo te puedo decir que, de entrada, no somos un espacio juzgador”, dice la directora del Injuve y revela que está más de acuerdo con Juan de lo que el propio Juan piensa. “De manera personal te lo digo —continúa Olivares—, a título ciudadano, a mí no me asusta. Hay que ver en qué espacio están los jóvenes, no podemos negarles un espacio cultural porque alguien se está fumando un churro de mota”.

Ni la demanda de Juan es excesiva, ni la posición de Beatriz Olivares es desmesurada. Las drogas, como las malas palabras, están ahí y, aunque nos espantemos, no van a desaparecer pronto. La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública del INEGI revela que desde 2012 no ha dejado de aumentar el número de personas que aseguran haber visto a otras consumir drogas. Hoy, uno de cada dos mexicanos dice haber visto a alguien más drogarse, lo cual es un aumento del 42% respecto a hace siete años.

“Es una temática compleja. Los talleristas que trabajan con jóvenes saben que es una situación recurrente que lleguen chicas y chicos con un perfil de consumo de drogas”, comenta Laura Loredo, coordinadora educativa del FARO de Oriente, quien por lo mismo piensa que es un error alejar a los jóvenes por esa condición. Es marginarlos dos veces. “Este espacio entiende que ésta es la población cercana al FARO, y es a la que queremos atender y para la que trabajamos”, explica. “Los chicos y chicas vienen porque lo sienten como un espacio seguro, fuman marihuana y se tolera. No se les va a rechazar porque sean consumidores”, agrega.

Olivares, desde el Injuve, coincide con la posición de Loredo: “Lo que tenemos que hacer es orientar, pero es su decisión. Los jóvenes toman decisiones sobre su cuerpo, sobre su vida, pero también sobre lo que puede venir para el país”, explica.

“Me dicen Sicario”

“Para mí es, más que nada, una forma de expresión totalmente libre, sin censura, en la que la gente puede escuchar tu opinión, tu punto de vista, sin que tengas miedo de qué van a pensar o qué van a decir”, así define Sicario (Brian) lo que es para él hacer rap en formato freestyle.

Sicario es quien lleva desde hace nueve meses la bocina a la Glorieta de los Insurgentes, de lunes a viernes. Él, como Juan y muchos otros jóvenes, vive de esto y lo complementa rapeando en los peseros que pasan por su casa en el pueblo de Santa Cruz Meyehualco.

El apodo de Sicario lo tiene desde la secundaria porque le pegaba a otros niños a cambio de dinero. “Muchos me decían Sicario por el simple hecho de que yo sabía pelear, y la gente me decía: ‘Oye, éste ya me hartó. Te doy tanto y tú le pegas’. Eso más o menos es un sicario: alguien a quien le pagan por matar a alguien más. Yo obviamente no los mataba, nada más me peleaba con ellos, les pegaba”, relata con la misma tranquilidad con la que narra cómo es un día normal o qué es lo que más le gusta de las batallas de freestyle. La oscuridad del origen del apodo —y del apodo mismo— contrasta con el modo de ser del muchacho de diecinueve años.

“No me considero una persona agresiva. En el momento que tú a mí me dices algo, yo primero digo: ‘A ver, cálmate’. A la segunda: ‘¡Cálmate!’ Pero ya a la tercera soy una persona que no se deja”, detalla sin alterarse. “En la secundaria me peleaba por dinero, no por agresividad”, concluye, y en sus ojos no hay asomo de culpa. Para él era eso: una forma de ganar dinero y nada más. El dinero que gana, Sicario lo destina a su hijo. Insiste que sueña con ser un buen padre para su bebé de dos años, cuya foto lleva como imagen de perfil en su WhatsApp.

“No es hermosa, pero tampoco es malandra”

Calúh (Mauricio) también forma parte del taller de Fiesco en el FARO de Oriente. Él es vecino de la zona y no piensa que su barrio sea particularmente peligroso: “Aquí, como en cualquier lugar, hay violencia y asesinatos. Antes era extraño que un lugar tuviera todo eso, ahora es extraño que no lo tenga”, me dice con un dejo de resignación que resulta inusual escuchar en un muchacho de veintiún años. “Entonces, básicamente, esta zona no es una zona súper hermosa, pero tampoco súper malandra”, continúa Calúh, hasta que lo interrumpe Chelo, otro compañero: “Nada más aparecen cuerpos en botes de basura”, le dice.

Algunos de los chavos del taller tratan de reír para aliviar la tensión del ambiente, pero luego permanecen en silencio. La costumbre podrá ser más fuerte que el amor, pero no que el miedo que provoca la violencia. E

l barrio donde se encuentra el FARO de Oriente se llama Solidaridad. El nombre resulta en una cruel ironía, pues la colonia registró, según el Portal de datos abiertos de la Ciudad de México, nueve homicidios en 2019. Uno de ellos es al que se refirió Chelo: el feminicidio de una mujer a la que encontraron degollada en un basurero de la calle Truenos el 13 de septiembre.

Pero Calúh tiene un poco de razón cuando dice que no es algo particular lo que ocurre en el barrio. Donde vive Sicario la realidad se muestra igual de preocupante: Santa Cruz Meyehualco tiene una tasa de homicidios de treinta y dos por cada cien mil habitantes, lo cual es dos veces más asesinatos que en la Ciudad de México en general, según los últimos datos reportados por el INEGI.

En Solidaridad la situación no es mejor: el barrio del FARO tiene una tasa de homicidios de cuarenta y tres por cada cien mil habitantes. Esta cifra es similar a la que reportan estados que han sido noticia por su escalada de violencia, como Michoacán, Tamaulipas y Morelos.

“Sólo necesitas tu voz”

Juan está seguro de que podrá “hacerla” a través del rap. Dice que en cinco años o es dueño de su propia liga de freestyle o tiene ya un álbum grabado.

Sicario también sueña en grande: quiere competir en la Red Bull Batalla de los Gallos y en Freestyle Master Series (FMS), y conseguir patrocinios y fama como hace hoy Aczino, uno de los exponentes más importantes del circuito internacional de rap. Aunque los sueños de Sicario, los de Juan y los del resto de sus compañeros requerirían de apoyo para grabar música y desarrollar una carrera profesional en el rap, el Injuve prefiere invertir en darle más exposición a este género.

“¿Nosotros qué hacemos para desarrollar estos sueños que tienen los jóvenes en este ámbito artístico? Abrir los espacios. Nosotros hacemos eso, abrir el espacio y que se den a conocer”, explica Beatriz Olivares, y añade que están planeando organizar, junto con las alcaldías, batallas de freestyle para lograr dicho objetivo. Este esfuerzo ocurrirá sin vincularse con las ligas que ya operan en la ciudad y que organizan torneos cada fin de semana. “No va por ahí nuestra apertura de espacios. Nosotros no lo vemos como un negocio, sino como la apertura de un espacio para que unos jóvenes vean lo que están haciendo otros jóvenes”, señala, y también dice que no ve posibilidad de quitarles el ingreso por los torneos a los jóvenes que hoy viven del rap.

Con o sin programa de “Los jóvenes unen el barrio”, Juan y Sicario volverán cada semana a hacer rap en Bellas Artes y en la Glorieta de los Insurgentes, respectivamente.

“Te das cuenta de que sólo necesitas una bocina y tu voz para poder ganar algo, y no importa dónde estés, es como un respaldo, te sientes protegido”, comenta Sicario, confirmando con sus palabras que no necesitan que alguien les abra espacios en las plazas y en los parques para hacer rap, pues hace mucho que lo hacen por su cuenta.

Mientras Sicario y sus amigos batallan en la Glorieta de los Insurgentes, una muchacha que les iguala la edad pasa preguntando a los jóvenes sentados en las jardineras si saben inglés. “Puedes ganar diez mil pesos al mes”, dice a quienes responden que sí. Saca de su sudadera unos volantes promocionales de una compañía de telemarketing y se los entrega. “Piénsalo”, insiste. Después se despide y continúa reclutando. EP

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