La higuera y sus frutos

¿En qué dimensión se suele encasillar la visión del pensamiento? Raúl Motta ensaya sobre la imaginación, los símbolos, los sueños…

Texto de 28/09/22

¿En qué dimensión se suele encasillar la visión del pensamiento? Raúl Motta ensaya sobre la imaginación, los símbolos, los sueños…

Que algo sea una realidad “física” no es el único criterio de verdad. También existen verdades anímicas, las cuales no pueden ni explicarse ni probarse, pero tampoco negarse físicamente.

― Carl Gustav Jung

El mundo está incompleto sin lo imaginario. La imaginación ha sido declarada por la cultura moderna como una característica única de la infancia. Y la infancia a su vez como un territorio de inventos inútiles, de juegos sin sentido práctico y ajenos a la realidad seria. Los actos infantiles, entonces, son menospreciados en la dinámica social por su falta de función aparente. Esto, a mi entender, revela que la visión del pensamiento es únicamente reducida a la dimensión intelectual. El acto de imaginación ha sido exiliado del concepto del conocimiento de muchas formas. Desde los inicios de la idea misma de pensamiento, en los filósofos presocráticos y en el Antiguo Testamento, la tradición filosófica occidental y moderna se ha mostrado en conflicto y casi contraria a las imágenes, rechazando esta forma de la inteligencia. En cambio, se ha preferido, construyendo una jerarquía moral, las abstracciones. La falsa superioridad cualitativa del pensamiento pragmático sobre el pensamiento imaginal es lo normalizado. El conocimiento históricamente se redujo a lo entendible y lo que se puede teorizar. La experiencia interior de una persona y sus manifestaciones sólo tienen valor si se consideran de acuerdo con una función aparentemente práctica, y no por el valor intrínseco o estético de dicha experiencia. Cuando era niño y mi abuela me encontraba sentado debajo de la higuera en su jardín viendo las nubes me decía: “Tú, chamaco, que no estás haciendo nada, ve por las tortillas”. Su intención era evidentemente cariñosa, pero permeada por “el ser es hacer”. Desde esos momentos, sin saberlo por completo la higuera y sus frutos fueron para mí una representación de lo imaginario. Metáforas de lo fértil que puede ser soñar despierto para el desarrollo de la singularidad y por lo tanto de la personalidad. Aquel árbol enorme de hojas redondeadas que me daba sombra creció en mi interior y sus higos, que son frutos oscuros, son las palabras con las que escribo mis textos. Tal vez por eso y por el recuerdo claro de ese jardín de flores y de mi abuela, los higos sean mi fruta favorita. El higo, Ficus carica, no es una fruta ordinaria, ni siquiera es una fruta, pues en el sentido estricto es una infrutescencia. El fruto del higo son flores invertidas con apariencia de un bulbo. Cada higo contiene muchas flores y la inversión de todas ellas producen un único fruto llamado aquenio, que viene del latín achaenium y significa “que no se abre.” Eso mismo pasa con un símbolo en el lenguaje: no se abre a una interpretación única y tampoco a sus significados más profundos, se necesita entrar en él. El fruto del pensamiento imaginal son los símbolos, que no explican la realidad, la vuelven más compleja. Son imágenes que nos dan la posibilidad de habitar la realidad desde un lugar distinto al que nos ha impuesto. El simbolismo, según la teoría de Chevalier, no es una manera más poética o bella de decir las cosas, es la idea, el arquetipo que vincula al ser con la cosa. Confundimos de forma regular, lo simbólico con los adornos de la retórica. El símbolo nos recuerda las cualidades olvidadas del mundo: que está vacío de significado y que está en constante construcción. El dios romano Jano bifronte era representado con dos caras mirando en direcciones opuestas, pasado y futuro, profano y sagrado, cuerpo y alma, noche y día. Este dios gobernaba todo aquello relacionado con el cambio, con la aparente dualidad del ser y del cosmos. La dualidad que representa el dios es sólo la puerta de entrada a la multiplicidad del mundo que se contrapone con la idea de la totalidad o de unidad, que es una idea limitante. El concepto de lo divino en las religiones monoteístas es el concepto de totalidad y en la totalidad ya no cabe nada. No hay espacio para la suma de significados y, como lo asegura la psicología lacaniana, el sujeto no es una entidad cerrada, sino que nuestra identidad siempre presenta fracturas. El intento de cierre de esas fisuras es la expresión y la marca de nuestra identidad. Roberto Calasso en su libro K escribe que son muchos los mundos y jamás menos de dos éste y aquél. Éste es el mundo de las personas, aquél es el mundo de los dioses. Quien mire a los animales lo entenderá: los domésticos son el mundo de las personas y los salvajes son el mundo de los dioses. Esa necesidad de dar significado a la experiencia de realidad, de dar cierre a las brechas de la naturaleza, es algo que caracteriza a la sensibilidad y a la curiosidad humana. El extrañamiento del mundo y la búsqueda de significarlo se remonta a la primera experiencia de la conciencia humana con su entorno. Pudo ser que la primera vez que la conciencia abrió los ojos y miró la naturaleza se sintió de muchas formas extraña y ajena. ¿Qué nos une a la naturaleza? El cuerpo y el lenguaje, que es un segundo cuerpo. Decía Husserl que no hay conciencia sin objeto. La conciencia está en el cuerpo como el símbolo en el lenguaje. ¿Qué cosa une el mundo interior con la naturaleza? La imaginación y sus símbolos son el puente entre esos dos mundos que se conocen en el terreno de las palabras. Símbolo viene del griego Symbolon o symballo. En una de las interpretaciones más antiguas, el símbolo designaba a un fragmento de una tableta de arcilla que las partes de un pacto guardaban para hacer válido un contrato cuando se volvían a ver y podían unir los fragmentos. Al utilizar la palabra símbolo nos referimos a la unidad de esas dos partes de la realidad que aparecen como separadas, pero que no se puede extraer el sentido de una sin la aparición de la otra. Cada fragmento revela su significado sólo en presencia del otro. Escribió Mardones que estamos condenados a la caverna, a la luz cenicienta de las sombras y las penumbras, a dilucidar la realidad entre dos luces. Intentar contar las cosas que acontecen en la imaginación, que es una forma del sueño, es la fuente de todo mito. El sueño es la forma salvaje del mito y el mito es la forma doméstica del sueño. El mito les da el mismo espacio narrativo a las imágenes del ser interior y a las imágenes de la materialidad. Narramos el mundo para domesticarlo y así lograr que no nos atemoricen sus garras y sus colmillos. Los personajes del mito son arquetípicos, no literales. El gran problema surge de la interpretación de la mitología como historia inventada por los pueblos arcaicos para intentar, sin lograrlo, explicar los fenómenos de la naturaleza. El valor del mito se encuentra en las verdades del espíritu humano que deja ver en las historias que nos cuenta. Los mitos, pensaba Rollo May, son patrones narrativos que otorgan significado a nuestra existencia. Usar como un sinónimo el concepto del mito para designar lo falso es un error. Lo mismo pasa con el concepto de ficción, es entendido como una forma de la mentira y no como uno de los varios tratamientos que se le puede dar a lo real. Como pensaba Juan José Saer: el rechazo escrupuloso de todo elemento de ficticio no es un criterio de verdad. El que ficciona no tiene la intención de tergiversar la verdad, sino de ampliar su experiencia. El mito, que es una forma primordial de lo literario, es una ficción, pero no es una mentira. Se puede afirmar entonces que la verdad no es lo contario a la ficción. El mundo del mito es el mundo del sentido, es la búsqueda de respuestas en un mundo aparentemente roto. Se piensa ingenuamente que el mito y lo imaginario pertenecen a un pasado supersticioso y arcaico, superado por completo en el siglo XIX, y que imaginar sólo es necesario para los infantes, por lo que todo oficio que lo requiera es también considerado infantil, es decir inútil. Esta visión de las infancias es también muy mezquina. A los que intentan acudir al pensamiento imaginal empujados por la nostalgia de recuperar las imágenes del pasado o de lo nunca acontecido son señalados de evasores de la realidad. La separación de lo serio de la vida y de los sueños es una visión incompleta y simplificada de lo real. El tejido del mundo se alimenta por las historias, los mitos que se rehúsan a ser olvidados y las imágenes que nos contamos para evitar que se diluyan. Mircea Eliade entiende que las personas más realistas viven de imágenes y de historias y que jamás desaparecen los símbolos de la actualidad psíquica: los símbolos pueden cambiar de aspecto; su función permanece siendo la misma. Se trata sólo de descubrir sus nuevas máscaras, sus nuevas formas y sus nuevos ropajes. Hoy debería ser comprendido algo que en el siglo XIX ni siquiera podía presentirse: que símbolo, mito, imagen, pertenecen a la sustancia de la vida anímica; que pueden camuflarse, mutilarse, degradarse, pero jamás extirparse ni del ser, ni de la cultura. Eliade reafirma que valdría la pena estudiar la supervivencia de los mitos a lo largo del siglo XIX. Se vería cómo, humildes, aminorados, condenados a cambiar incesantemente de apariencia, han resistido a esta degradación, gracias, sobre todo, a la literatura. El pensamiento racional intenta amansar las imágenes y la literatura las deja libres. La literatura ha servido siempre a un propósito primordial: ser la memoria sensible de la especie. Esa memoria está hecha del mismo material que el de los sueños y la función de las palabras es conservar ese material en el tiempo. Como parte del imaginario, los sueños también fueron relegados a enfoques materialistas y racionalistas, en el primero se sostenía que eran un eco de los fenómenos fisiológicos y en el segundo que los sueños no tenían sentido alguno, fueron entendidos como una especie de trastorno de las funciones mentales que se producía cuando estas se apagan o se relajan al dormir. El sueño tiene una intención creadora, como la imaginación, escribió María Zambrano. Una de las formas de solidaridad total del género humano no podría existir sino en el nivel de las imágenes. El sueño era considerado en el pasado arcaico como una experiencia colectiva y por lo tanto compartida. Soñábamos en conjunto, mano a mano con los otros, eso nos volvía iguales. Soñar es la actividad estética más antigua, pensaba Borges. La imaginación es el sueño que se rezuma por las paredes de la vigilia, y de eso está hecha la literatura. Toda la parte de un individuo, esencial e imprescriptible, que podemos llamar imaginación, continúa viviendo de mitos y de teologías. La imaginación, esa cosa oscura y amiga de lo fronterizo, de la penumbra. Que mal interpretada ha sido a lo largo del tiempo y que desdén le han procurado el positivismo, el racionalismo y el capitalismo. Leí en algún lado que el artista es un niño que ve por primera vez el mar. Esa cualidad de asombro es aquella que la imaginación conserva en la memoria y en los sueños. Una infancia que el artista guarda estática en la sensibilidad de la mirada de adentro y de afuera, en el encuentro de esa luz de la naturaleza con la oscuridad de la mente. ¿Por qué es necesaria la imaginación? Ya no sólo en la literatura o en el arte, sino en la vida. Hace varios años vi una película de Tony Kaye que lleva por título Detachment. El personaje principal interpretado por Adrien Brody es un profesor de preparatoria que comparte un discurso con sus alumnos sobre la imaginación como una forma de resistencia. ¿Cómo se podría imaginar algo si las imágenes son siempre otorgadas por un sistema?, les pregunta el profesor a sus alumnos en la película. Ese sistema nos ha dado un mundo formado de imágenes que responden a una lógica de mercado y con las que tenemos que experimentar nuestra identidad. Un mundo sin grietas, donde todo está completo y no hay posibilidad de conocerse, de vivir una verdad interior. Nos han obligado a cambiar los símbolos por las marcas, reduciendo así las posibilidades de significación. La asimilación ubicua de esas imágenes que representan esquemas de identidad deseables o aspiracionales es el resultado a la sobreexposición voluntaria e involuntaria a la que nos someten los ríos de información. La magia está al servicio de los publicistas dijo Alan Moore en una entrevista. Se refiere a la magia con su definición más antigua: el arte. De muchas formas la magia se asemeja a una ciencia del lenguaje. Con la apertura de los medios de información nos hemos convertido también en publicistas de nosotros mismos. El sistema de realidad tiende a reducir al individuo a una marca y si hay suerte a una ideología, clausurando así la posibilidad de contradicción de las personas. La máquina antropológica o la máquina mitológica según Giorgio Agamben y Furio Jesi es un dispositivo histórico que produce imágenes que son un modelo de lo humano. Agamben también la nombra máquina óptica y es un círculo de espejos que reflejan una imagen deformada. El filósofo distingue dos modelos de máquina antropológica: la antigua y la moderna. La primera funciona humanizando lo animal, incluyendo un afuera; la segunda, animalizando lo humano, excluyendo un adentro. La profundidad de las imágenes mostradas por la máquina determina su relación con la verdad o con lo falso. La metáfora de los espejos ha sido muy usada a lo largo de la historia para intentar explicar el mecanismo de percepción del lugar de lo humano en la naturaleza. Esta metáfora, como todas, muestra distintas experiencias de significado por medio de una imagen: un espejo que refleja y otro que oscurece. El espejo ominoso o platónico es aquél que deforma la imagen del que se mira y así permite ver algo que emerge de las profundidades del ser. El otro espejo es el luminoso o del narciso, que muestra con nitidez el reflejo y no permite el paso de nada más. La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia de las cosas, no el copiar su apariencia, pensaba Aristóteles. El arte nos sirve para contrastar aquellas imágenes que simplifican y anulan los espacios interiores. La imaginación es ese espejo oscuro en donde nos reflejamos, pero no queremos reconocer aquello que vemos. ¿Cuál es la intención al demeritar o censurar la imaginación? Al negar los símbolos y diluirlos en signos que representan un modelo único de realidad se producen identidades artificiales. La singularidad del individuo queda abatida y la identidad vuelta un producto. Los que controlan el capital simbólico de una cultura controlan la realidad. Transgredir los espacios de tiempo para el ocio e invadirlos con la idea de producción o de entretenimiento es uno de los mecanismos de censura del capitalismo. Nos volvemos un producto que se tiene que vender. Producimos en exceso una cantidad de imágenes sobre nosotros mismos que no pueden pronunciar lo que somos y eso termina por ser frustrante. Los espacios de tiempo para el ocio son fundamentales para el conocimiento. La imaginación es un acto de rebeldía, es un acto de oposición contra ciertas fuerzas determinantes del mundo. El conocimiento imaginal o lo poético es peligroso porque problematiza la noción del Ser al enfrentarnos a lo que deseamos profundamente, a lo que nos atemoriza, es decir a lo que somos. La imaginación es un manantial de imágenes vivas y sensuales que interrogan el mundo en lugar de definirlo. La condición humana no es reductible en términos estéticos. ¿Qué nos han enseñado a valorar en la literatura? La forma, el discurso, la historia y la aparente belleza de las palabras. Hebe Uhart creía que al escribir no hay que quedarse en el concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar, antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre. La literatura en esencia es metafórica. No hay literatura sin imaginación. No quiero decir que la forma no sea necesaria, las imágenes crudas no pueden traspasar la frontera del sentido. La belleza de lo literario no está en las palabras, está en las imágenes, y su verdad se siente en el cuerpo, aunque esa verdad sea intangible. La función de las imágenes simbólicas es agregar posibilidades de sentido y significado a la realidad, por lo tanto, la función del arte es revelar o imponer una dimensión estética en el mundo. La imaginación es una forma del conocimiento verdadero y tangible: el conocimiento del Sí mismo. Al dejar de valorar los símbolos de la imaginación no hay posibilidad de identidad para el individuo. Existen dimensiones del yo que están ocultas en la conciencia y que sólo lo simbólico puede revelar. Que hermoso término es “revelación”, toda palabra está condenada a velar y a revelar al mismo tiempo. Ese es el destino del poeta, vivir en el medio, entre la luz y la sombra, en la entraña del lenguaje y en el corazón del sentido. La belleza es lo que se oculta debajo de esas piedras de significado que son las imágenes. Para conocerla se debe intentar nombrarla primero. Ese nombre que es murmullo de agua, brizna de luz o un terco dolor. Revelar no es lo mismo que denunciar, argumentar o entender. Algunos lectores tropiezan con las imágenes poéticas como si fueran obstáculos del goce literario, los símbolos los desconciertan y en literatura el desconcierto es un acierto. Buscamos al leer, principalmente, entender la obra, porque así nos enseñaron a apreciar lo literario. Nos adoctrinaron para disfrutar lo que aparece a la luz del pensamiento. La verdadera revelación de una obra literaria está en los símbolos que suben a la superficie del lenguaje por medio de las palabras y que dan sentido a la experiencia de los personajes y por lo tanto también a la de los lectores. El símbolo es esa flor inversa del lenguaje, una flor que se abrió hacia adentro. La flor que es también un fruto, y que para disfrutar de su belleza hay que entrar a su misterio, dejando atrás la relación directa entre la palabra y su significante. La imaginación simbólica es ese árbol que crece en secreto en el interior y yo sigo siendo ese niño que come de sus higos en el jardín de mi abuela. EP

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