Flor de lis en el pecho

Algunas personas suelen acercarse a los escritores o a la literatura como a los médicos, pero no buscan una cura al cuerpo sino a la falta de sentido. “Busco certezas”, parecen decir, como si fuéramos jueces dictando resoluciones.

Texto de 27/11/20

Algunas personas suelen acercarse a los escritores o a la literatura como a los médicos, pero no buscan una cura al cuerpo sino a la falta de sentido. “Busco certezas”, parecen decir, como si fuéramos jueces dictando resoluciones.

Dar la mano a alguien ha sido siempre lo que esperé de la alegría.

La pasión según G.H., Clarice Lispector.

Es cierto que los seres humanos tropezamos con las mismas piedras. El uso del plural no es un accidente porque son, en efecto, varias piedras semipreciosas que me dan en las espinillas cuando ando por la vida.

El lapislázuli es una piedra que, como su nombre guarda, presenta un color azul intenso. Esta piedra es para mí la más molesta y tiene que ver con que haya sido nombrada por los buscadores de certezas. Yo no sé nada, lo poco que afirmo entre dientes y con las rodillas temblorosas es una mera suposición. Por ejemplo: me causan inquietud las figuras retóricas, que los dioses me perdonen. Sé que existen, claro, pero si alguien me pregunta sobre el uso del oxímoron en los poemas de Góngora, hago bizcos porque me vale un cuerno que exista tal cosa. Soy un poco salvaje.

Algunas personas suelen acercarse a los escritores o a la literatura como a los médicos, pero no buscan una cura al cuerpo sino a la falta de sentido. “Busco certezas”, parecen decir, como si fuéramos jueces dictando resoluciones. A mí me cuesta trabajo descifrar el sentido oculto en voz alta, aunque de vez en cuando murmure y crea que digo la verdad. Eso es parte de mi trabajo en la escritura, en el propio texto, quiero decir. Que cada quien se rasque con sus uñas, ¿tendríamos (los escritores) que decir en qué consiste la sinécdoque? La cura cerebral o anímica es un asunto aparte. Si alguien me pide saber la verdad a través de la escritura, lo más que puedo sugerir es que escriba con todo el cuerpo, pero, si me pregunta sobre el sentido de la vida, no sabría responderle.

No es novedad. Ya desde hace años vivimos en una suerte de incompetencia lingüística y mental. La palabra está sembrada en el cerebro como una flor y quienes se acercan a los escritores como pacientes, se han confundido de proveedor. Si se trata de una rodilla echada a perder, es el ortopedista. Si, en cambio, el asunto está relacionado con la pérdida de sentido es el psicólogo. El médico especialista es el indicado, pero los escritores apenas pueden con su propia existencia. Yo pienso que se nos nota bastante. 

Hace tiempo que me preguntaron sobre el sentido de la obra de la escritora que más he querido hasta ahora: Clarice Lispector y no conseguí decir cuál era el Sentido. Lispector no lo dice tampoco, pero lo dice a la misma vez. ¿Se entiende? Lo que pienso se transforma lentamente en lo que digo. ¿Se entiende aquí? El corazón salvaje es esto mismo. Que no se le pida más. Pulpa primigenia, gelatina caliente, la célula anterior a todas las células. Habría que pensar en que no sabemos pensar. Habría que preguntarse acerca de lo que está más allá de las capas que forman la Tierra e ir al núcleo hirviente. Allí sólo hay neutralidad, materia incandescente que no es más que eso: hervor.

Llevemos las cosas a su justo sitio. No me interpela la retorcida moda. No me interpela tampoco el traje exacto de los emperadores y emperadoras de la corrección política. Me interpela, en cualquier caso, la pregunta vacía. Algo como esto ¿________? El hoyo, el agujero, la duda en estado bruto. También la propia célula primigenia que comenzó todo. Tal vez por eso las palabras de Lispector resonaron en mi cráneo cuando leí, en aquel, ¿verano?, ¿primavera?, de 1996: “Y…, y no olvidar que la estructura del átomo no se ve, pero se conoce. Sé muchas cosas que no he visto. Y ustedes también. No se puede presentar una prueba de la existencia de lo que es más verdadero, lo bueno es creer. Creer llorando.” En La hora de la estrella

“Deberíamos de escapar con furia de aquello que nos quiere sumir en la inconsecuencia de nuestros actos. Salir corriendo hacia un polo opuesto que no atrape nuestra consciencia ni nuestro ánimo.”

Deberíamos de escapar con furia de aquello que nos quiere sumir en la inconsecuencia de nuestros actos. Salir corriendo hacia un polo opuesto que no atrape nuestra consciencia ni nuestro ánimo. Sacar la espada o el cuchillo, el arma blanca, para dar en medio del cuerpo y hundirlo en la carne de las pretensiones de verdad. Porque la inconsistencia y la mutación, la baba y las falsas esperanzas, son más verdaderas que la estupidez fundamentada en asuntos correctos. No se puede responder con una certeza si sabemos que nos vamos a morir. Disculpen, queridos lectores y lectoras, mi salvajismo. Sucede que me pasé los días recientes inmersa en líneas que me hicieron desescribir lo que he escrito acerca de mí misma.

No hago una paráfrasis de nada. Apenas puedo sumergirme en la cuestión. Es tan insoportable el encierro, tan espantoso el ruido de las pantallas… Cualquiera que se pierda, lo último que debe cuestionar es en qué consiste el uso de una figura retórica, lo que importa, en cualquier caso, es mirar la sangre (como Pizarnik miraba la rosa hasta pulverizarse los ojos) que se coaguló tras aquella herida. Todo lo que podríamos suponer acerca de nosotros mismos es una ilusión. Y la nada, nada es.

El lapislázuli es una piedra azul. La redundancia consiste en la poca trascendencia del color azul guardado en su nombre. Por lo mismo, no es aconsejable que se procuren certezas. Yo ahorano sé cómo me llamo. Me acerqué a Lispector para hallar el sentido de mi nombre propio. El resultado fue la incertidumbre. Feliz Navidad, con una flor de lis en el pecho. EP

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