Exclusivo en línea: Las cosas que no se nombran

Texto de Irma Gallo

Texto de 21/11/19

Texto de Irma Gallo

Nací al final de 1971. Fui una niña en los años setenta. Ya pasó mucho tiempo. Pero eso no está tan mal. A diferencia de muchas mujeres que conozco, crecí en una época en la que todavía se podía salir a la calle y caminar sin miedo. No importaba que tuviera diez años o menos. A la niña que fui le gustaba mucho caminar, perderse entre las calles de casitas blancas iguales, estilo colonial. Incluso el fraccionamiento se llamaba “Colonial Iztapalapa”.

Caminaba, de niña, sin miedo. En mi mente infantil nada podía pasarme. 

Un sábado, como muchos fines de semana, fuimos a Plaza Universidad, la primera plaza comercial que había en el entonces llamado Distrito Federal. Cuando intento recordar este episodio, sólo logro revelarlo parcialmente, como una de esas polaroids lechosas que nos tomaba mi tía, la menor, a la que siempre le ha gustado la fotografía. 

Por ejemplo, no recuerdo dónde estaban mis papás en el momento en que sucedió lo que sucedió, ni por qué no se dieron cuenta.

Tampoco recuerdo exactamente lo que sentí.

Sé, por ejemplo, que no fue agradable y que no entendí muy bien lo que pasaba, y sobre todo, por qué pasaba: estaba admirando algo (no recuerdo qué) en un aparador. Aunque debería llamarla vitrina, porque me llegaba a la altura del pecho.

Estaba anonada, porque desde siempre me han hechizado las cosas nuevas, más si están todavía en una tienda; lo doble, si son inalcanzables.

Admiraba algo que ya no recuerdo qué era, cuando sentí un bulto detrás de mí, a la altura del hueso sacro, entre las nalgas. Me quedé paralizada porque no entendí que estaba sucediendo. El bulto se movía, se frotaba contra mí.

Me moví de ese aparador y me fui a ver otra cosa. No sé si lo hice pensando que sólo así dejaría de pasarme eso que me acababa de suceder y no entendía muy bien.

Pero el hombre se acercó otra vez; se volvió a colocar detrás de mí, una vez más dobló ligeramente las rodillas y trató de frotar, una vez más, el pene contra mis nalgas. (Hasta ahora lo puedo nombrar. Sí, eso fue lo que me sucedió). 

Entonces corrí.

No recuerdo más.

No sé por qué mi mamá, siempre tan atenta y cuidadosa, no se dio cuenta de nada. No sé dónde estaban mi hermana pequeña ni mi papá. 

No sé qué pensarán, qué sentirán cuando lean esto (si es que lo llegan a leer).

Sólo sé que durante años me las arreglé para borrar este episodio de mis recuerdos, y que hoy aparece como una de esas polaroids: deslavada, blancuzca. Aunque sin la calidez de esas imágenes cuadradas, en las que aparecían escenas de pasteles de cumpleaños, de abuelos cargando nietos pequeños, de bebés encuerados en la tina, de mi mamá y mis tías, las tres hermosas, con el cabello largo hasta la cintura y los ojos pintados con delineador muy negro, con ese estilo de gato que muchos años después Amy Winehouse llevaría a la exageración.

Unos años después mis papás decidieron “probar suerte” en otro lado. 

En esa ciudad, mis papás nos inscribieron a la carrera de piano por las tardes, a la par que estudiábamos la secundaria por la mañana.

Recuerdo cómo me gustaba el profesor de Apreciación Musical. Aún hoy me sé su nombre completo, pero un extraño pudor, o miedo, me impide escribirlo. 

Un día, el profesor de ¿28, 30 años? me hizo caso. A mí. A la niña de 13. A la niña gordita, no particularmente guapa, que no destacaba en su clase. Me “hizo caso” y me pidió que lo acompañara al estacionamiento, porque había dejado unos papeles en su carro y los necesitaba para la clase.

La niña regordeta que fui lo acompañó, entusiasmada, sintiéndose la princesa que camina al lado del príncipe, esperando que con un sólo movimiento, grácil y preciso, la subiera a su caballo blanco. 

Los príncipes cargan a las princesas de la cintura para que ellas, frágiles, “femeninas”, ¿inútiles?, monten sin contratiempos.

Mi maestro favorito me tomó de la mano y me llevó al asiento trasero de su coche. Entonces me tomó de la cintura y me sentó encima de su pene. Pero de espaldas, de modo que no pudiera verlo a la cara. Tal vez porque él no toleraba verme. O quizá pensó que entonces se acobardaría.

No se quitó el pantalón de mezclilla. Es más, ni siquiera se desabrochó la bragueta. No me bajó el pantalón ni el calzón —aún hoy, me doy cuenta de que lo escribo así, como si eso lo hiciera menos grave— sólo empezó a moverse como loco, como un gusano al que le echas sal y se contorsiona en el cemento caliente.

No supe qué hacer. No me quité, como hice de niña, de MÁS niña, con el tipo que se frotó contra mis nalgas en Plaza Universidad. No lo hice quizá porque el profesor “me gustaba” y no quería que se enojara o se pusiera triste y dejara de prestarme atención.

El rostro me ardía. No mojé el calzón como me sucedía cuando me masturbaba en mi cuarto, entre las sábanas, en ese mundo seguro que era mi casa.

No sé cuánto tiempo duró.

Sólo recuerdo que salimos de su auto y caminamos hacia el edificio antiguo que albergaba la escuela de música de Bellas Artes de esa ciudad. Entonces no me miró. Mucho menos me tomó de la mano. Apresuró el paso para que pareciera que no iba conmigo, o yo con él.

Yo tampoco volví a verlo igual. No recuerdo cómo pude terminar ese año escolar. Esto, como lo que sucedió en Plaza Universidad, nunca se lo conté a nadie. 

Hasta ahora.

Nací en la década de los setenta, del siglo pasado. 

A diferencia de muchas mujeres que conozco, crecí en una época en la que todavía se podía salir a la calle y caminar sin miedo.

O al menos eso creíamos: las cosas que no se nombraban simplemente no existían.

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