Emily: una cartografía incompleta

Mariana Ortiz reseña Emily, la ópera prima de la directora británica Frances O’Connor.

Texto de 14/02/23

fotograma de la película Emily

Mariana Ortiz reseña Emily, la ópera prima de la directora británica Frances O’Connor.

Tiempo de lectura: 4 minutos

En su debut como directora, la británica Frances O’Connor presenta la vida de la más contestataria de las hermanas Brontë, Emily, autora de Cumbres borrascosas. Interpretada por Emma Mackey, la protagonista atraviesa relaciones tormentosas con su hermana mayor Charlotte (Alexandra Dowling), con su padre, con su hermano fracasado y adicto Branwell (Fionn Whitehead), y con Weightman (Oliver Jackson-Cohen), el sacerdote que llega a trabajar con su padre y de quien se termina enamorando. Estas relaciones conforman una vida complicada, con más desafíos que ventajas, con más sufrimiento que alegrías, principalmente por pertenecer a un contexto conservador en el que la disidencia no era permitida, pero también por la misma personalidad de Emily, quien usa y disfruta usar la ficción para escapar de una realidad que le pesa —un poco como hace también Frances O’Connor—.

“Con cierta delicadeza para retratar paisajes acostumbrados: como se sabe, la neblina, la lluvia desconcertante de media tarde, un cielo azul lleno de nubes que parecen recién horneadas, O’Connor revive y, especialmente, imagina a ratos la vida no solo que Emily Brontë sino que su familia y seres queridos, hubieran querido vivir”.

La película inicia con una pregunta que le hace Charlotte Brontë a su hermana Emily, quien está a punto de morir enferma: “¿cómo escribiste Cumbres borrascosas?”. La respuesta es un recuento histórico que recorre cada uno de los instantes que definieron la vocación literaria de Emily. Con cierta delicadeza para retratar paisajes acostumbrados: como se sabe, la neblina, la lluvia desconcertante de media tarde, un cielo azul lleno de nubes que parecen recién horneadas, O’Connor revive y, especialmente, imagina a ratos la vida no solo que Emily Brontë sino que su familia y seres queridos, hubieran querido vivir. 

En una de las escenas más conmovedoras, por ejemplo, Emily está sentada con su hermano en una colina observando el cielo. Branwell le pregunta si cree que ella pueda ser una escritora, a lo que él contesta: “tal vez, pero primero tienes que enseñarme algo”. Emily, orgullosa de sí misma, dice tener muchas historias (uno se imagina que aún dentro de ella). Su hermano, que para ese entonces parece ya artista que nunca pudo triunfar y prefiere perderse en el opio, intercambia con su hermana unas miradas, un par de risas inocentes para hacerse cómplices de alguna travesura y le enseña un tatuaje que representa su credo: “¡libertad de pensamiento!”. Es uno de los momentos clave, uno de los quiebres de una Emily enojada con su propio contexto. Ambos gritan ese credo con la confianza de que podrían crecer más allá de lo que la sociedad les permite.

“No solo con la sociedad, por supuesto, sino con la familia: ¿qué es una familia si no una sociedad en miniatura, el reflejo de lo que nos rodea?”.

No solo con la sociedad, por supuesto, sino con la familia: ¿qué es una familia si no una sociedad en miniatura, el reflejo de lo que nos rodea? Así, cada una de las relaciones con los demás miembros de la familia Brontë tiene su propia esencia, sus propios resentimientos y complejidades. En vida, Emily Brontë se enfrentó al desprecio de su padre por no cumplir sus expectativas, a la conveniencia del mismo por aprovechar el éxito que le llega a su hija con Cumbres borrascosas, tuvo también que lidiar con la envidia que sentía Charlotte por la escritura malévola de su hermana, y (algo que la película ni siquiera menciona) a la dificultad para publicar como mujer que le llevó a inventar un pseudónimo con el que envía el manuscrito. Pese a que todas estas aristas son de mucho mayor profundidad creativa, Frances O’Connor decide centrarse en el vínculo que nace entre Weightman y Emily, en el inicio de su romance prohibido como alumna y profesor de francés (¡por supuesto!) y en el desenlace trágico que tienen ambos personajes como buena historia de amor.

A pesar de que ese amorío determina gran parte de la película —de hecho, a partir de la muerte de Weightman se detona la escritura de Brontë—, no sé qué tanto de eso tendría que determinar al personaje de Emily. Uno de mis disgustos principales, aunque la experiencia visual es lo suficientemente satisfactoria como para minimizar este sentimiento (pero no para olvidarlo), es el tratamiento que se le da a la protagonista cuando se enamora, como de una persona al borde de la locura, porque pareciera que se cae en un lugar común: en el de la chica se enamora de alguien que no debe, se separan para siempre —en este caso por la muerte— y con esa tristeza, se convierte en creadora. Para Emily, no es interesante la manera en la que se escribió la novela o los motivos por los que se escribió o el retrato de lo que escribió, sino la historia de amor que atravesó esa escritura. Quién sabe si por conveniencia comercial, quién sabe si por deseo autoral, pero la película termina convertida en una historia de amor más o menos convencional.

“Si Emily fuera un mapa por la vida de una de las Brontë, la cartógrafa se perdería los lugares más interesantes en pos de visitar aquellos rincones que nada más sirven para la selfie turística”.

No me atrevería a decir que Emily no cumplió con su labor de narrar la historia desconocida —o quizás olvidada— de una mujer escritora porque la secuencia de imágenes funciona; falla en que es una película cuyo objetivo parece ser reinventar la manera en la que contamos las historias de mujeres creadoras y solo logra caer en el cliché. Si Emily fuera un mapa por la vida de una de las Brontë, la cartógrafa se perdería los lugares más interesantes en pos de visitar aquellos rincones que nada más sirven para la selfie turística. EP

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