Elogio y censura de los cohetes

Anuar Jalife Jacobo ensaya en torno a la irracional tradición de la pirotecnia en México.

Texto de 22/01/24

Anuar Jalife Jacobo ensaya en torno a la irracional tradición de la pirotecnia en México.

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Comencé a abominar los cohetes cuando conocí a mi primera perra. Antes del trato con ella no era consciente del espanto cotidiano que significa la pirotecnia en este país. Desde que estoy atento a estas cosas, puedo asegurar que no he pasado un solo día sin escuchar el tronido de un cohete. De hecho, aunque parezca fingido, mientras escribo esto, en plena madrugada, cerca de aquí suena un par. Fechas como el Viernes de Dolores, el día de la Santa Cruz, la fiesta de San Judas Tadeo, el 12 de diciembre, la Nochebuena, el Año Nuevo y las infinitas fiestas patronales locales figuran en mi calendario personal como pandemonios. 

Solo en una ocasión intenté enfrentarme a las ígneas fuerzas de los coheteros. Vivía a una cuadra de un templo. Un día en que se celebraba a la virgen del lugar, la de Fátima, un cohete tronó en el patio de la casa, produciendo un terrible estruendo. Mi perra más nerviosa, una ovejera sumamente sensible, quedó paralizada, temblando violentamente debajo de un escritorio, mientras que la otra, una cruza de dálmata, que normalmente no se alteraba con los estallidos, comenzó a aullar y a girar descontroladamente sobre su propio eje, golpeándose contras las paredes y los muebles. Yo mismo podía sentir el corazón desbocado y el cuerpo lleno de adrenalina. A los pocos segundos, otro cohete explotó. Salí a ver qué sucedía. Era una procesión. Me acerqué al hombre que traía los petardos y le expliqué la situación con tono lastimero. Me sentía ridículo pidiéndole compasión por mis perras, así que pretexté tener un bebé en casa. Pero me respondió que era día de la virgen, que era solo una vez al año, que era parte de la fiesta y se alejó. Me indignó profundamente que no tuviera consideración por mi hijo imaginario. Fúrico, le exigí que no arrojara otro artefacto, pero mirándome a los ojos aventó uno más y se introdujo en el atrio mezclándose entre la gente que me hacía malas caras. Hablé a Protección Civil y los convencí de que el manejo de pólvora sin un permiso de la Sedena era un delito federal. Para mi sorpresa, un par de agentes llegaron en cuestión de minutos. Como niño delator, les di mi queja mientras apuntaba con el dedo al cohetero, que continuaba con su labor. Los agentes fueron a la iglesia y no tardaron mucho en regresar. Lo hicieron con cara de derrota. No podían hacer nada. Era el día de la virgen. Era parte de la tradición. Solo el padre podía dar la orden. Educado en el seno de una familia protestante, no hizo falta mucho más para que despertara el comecuras que llevo dentro, con todo su desprecio por las supercherías religiosas. Me encaminé hacia el templo dispuesto a interrumpir la misa si era necesario. A punto de traspasar el umbral, fui detenido por una pequeña multitud como un diablo al que no se le permitiría pisar tierra sagrada. ¿Qué quería? Era día de la virgen. Los cohetes eran parte de la tradición. Estaba molestando. ¿Por qué no tenía yo un poquito de respeto? ¿Vivía en aquella casa de la esquina? ¿Quería meterme en problemas de verdad? Una sensación de verdadero peligro me recorrió el cuerpo. Me sentí como en Canoa. Di media vuelta y me fui sin decir palabra.

Desde aquel día me quedó claro que contra los cohetes la razón nada puede. No importan los llamados a evitar la pirotecnia en nombre del medio ambiente, las personas con autismo, los animales, los ancianos o los bebés; tampoco valen de nada los ejemplos de niños amputados, los hombres tuertos, las casas incendiadas; ni siquiera las tragedias como las de los mercados de La Merced, Celaya o Tultepec —cuna de la pirotecnia nacional— son capaces de mitigar la piromanía del mexicano. Un ánimo similar es el que mueve a las igualmente irracionales quemas de esquilmo o de basura que cada tanto nos sofocan.

“…contra los cohetes la razón nada puede. No importan los llamados a evitar la pirotecnia en nombre del medio ambiente, las personas con autismo, los animales, los ancianos o los bebés”.

En La vida en México, libro en el que Madame Calderón de la Barca describe las costumbres de nuestro país a mediados del siglo XIX, la autora llama la atención sobre el gusto de la gente por tirar cohetes día y noche para celebrar cualquier acontecimiento, y rescata una anécdota a modo de ilustración: “‘¿Qué supones que estarán haciendo los mexicanos?’, preguntó el Rey Fernando a un mexicano que frecuentaba la Corte española poco después del triunfo de la Independencia. ‘Tirar cohetes, Majestad’, contestó. ‘Me pregunto qué están haciendo ahora en México’, dijo el Rey por la tarde. ‘Tirar cohetes, Majestad.’ El monarca volvió a repetir la misma pregunta por la noche: ‘¿Qué estarán haciendo tus compatriotas?’. Lo mismo, Majestad, siguen tirando cohetes’”.

Esta desmesura quizá nace del impulso prometéico de los fuegos de artificio. Las artes del fuego, vinculadas a la alquimia desde sus remotos orígenes chinos o árabes, se inclinan a rebasar los límites de lo plausible; buscan manejar y descubrir los secretos del que es seguramente el menos dócil de los elementos. Peligroso, civilizador, purificador, destructor y regenerador, mágico casi, el fuego es siempre un umbral, un más allá. Su naturaleza voraz lo hace extenderse si no encuentra contención. En un fuego puede hallarse el fin y el origen de todo, como quería Heráclito. De ahí que resulte fascinante sentir que uno puede manipularlo. Contra ese embrujo atávico no hay racionamiento que valga. Un cohete en la mano es un rayo y un trueno contenidos. Es un poder divino cifrado en una mezcla de salitre, carbón y azufre. Es también un símbolo de la unión entre lo bajo y lo alto, lo ctónico y lo uránico. Es un afán desmesurado de reunir la limitada tierra con el infinito cielo, de crear un vínculo entre lo humano y lo divino; es al mismo tiempo un mensajero y un mensaje. ¿Qué es lo que quiere decir? Nada, en realidad. Se trata solo una suerte de exclamación. En la tierra representa un aviso, una invitación, pero en el cielo quizás se escucha como un grito de socorro, una señal de auxilio, como las bengalas que lanzan los náufragos pero buscando a Dios.

Una vez que los oficios de la pólvora llegaron a Europa, en pleno Renacimiento, los fuegos artificiales generaron cada vez mayor encanto, quizás por su capacidad para crear un nuevo firmamento nocturno. María del Carmen Vázquez Mantecón afirma, por ejemplo, que los manuales de pirotecnia más conocidos enseñaban cómo fabricar “todo tipo de soles (fijos y giratorios), lunas, estrellas y cometas”. Es curioso que casi ocho siglos después de su invención, para realizar un efectivo viaje a las estrellas se haya recurrido precisamente al cohete, que por más sofisticado que sea no deja de poseer cierto carácter primitivo e inoportuno, como bien retrató Georges Méliès en su icónico Le voyage dans la lune.

Siguiendo a los periodistas mexicanos de comienzos del siglo XX, citados por la propia Vázquez Mantecón, quienes describen los espectáculos pirotécnicos como “fuegos fatuos o bandadas de luciérnagas”, “tirones de cielo estrellado”, “fragmentos de sol sembrados en el manto negro de la noche”, “altísimas llamaradas como constelaciones bellísimas” “fulgurando con luz casi solar”, se nos vienen imágenes que nada tienen que ver con nuestra experiencia cohetística actual. Acaso los 15 de septiembre o al cierre de algún evento gran espectáculo podemos ver esas luces, que en tiempos de la realidad virtual nos siguen hipnotizando, pero nunca más.

“En una época profana, como la que vivimos, el cohete se ha convertido en un remedo de sí mismo; es solo un estruendo inquietante y una diminuta nube de humo que flota apenas unos metros sobre el suelo”.

En una época profana, como la que vivimos, el cohete se ha convertido en un remedo de sí mismo; es solo un estruendo inquietante —eso nadie se lo niega— y una diminuta nube de humo que flota apenas unos metros sobre el suelo. En el peor de los casos, no llega a ser ni quiera eso sino una pequeña, aunque peligrosa, bomba que explota sobre la tierra. Palomas, huevos de codorniz, garras de tigre, caras de diablo: son algunos de los artefactos con que se humilla cotidianamente a ese viejo fuego alquímico. Cuando escucho un cohete difícilmente pienso en un taumaturgo, en un religioso o en un artista. Artefacto exclusivo de los varones, pienso en un niño malcriado o en un señor, también malcriado, al que le gusta importunar o hacer su voluntad o llamar la atención. Sucedáneo del disparo, en la era del narco, el cohete es expresión material de frases como “aquí solo mis chicharrones truenan” o “a chiflar a su madre” o de aquellos gritos que daba Pedro Infante como gesto de euforia.

Mientras viva con perros pediré a la virgen y a todos los santos que extingan la pirotecnia; tal vez hasta tire unos cohetes esperando que les llegue mi mensaje. EP

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