El proyecto de los proyectos

El proyecto de los proyectos será un libro que reflexione alrededor de la estética del proyecto y ponga de manifiesto su fuerza literaria, la multiplicidad de recursos que despliega para cautivar la imaginación, para despertar el gusto por la promesa y el bosquejo.

Texto de 04/12/20

El proyecto de los proyectos será un libro que reflexione alrededor de la estética del proyecto y ponga de manifiesto su fuerza literaria, la multiplicidad de recursos que despliega para cautivar la imaginación, para despertar el gusto por la promesa y el bosquejo.

No hay futuro —o, al menos, eso presentimos—; sin embargo, los proyectos no dejan de acumularse interminablemente. Sobre esa tensión, sobre esa perplejidad me propongo reflexionar a lo largo del libro que ahora proyecto. A la manera de un equilibrista en el alambre de su desconcierto (un alambre que no se extiende a ningún lado, que no se afianza a pared alguna, pero sobre el cual, como sea, debo continuar avanzando, un poco como si caminara en el aire, pues si un proyecto es ya un acto de fe, un proyecto sobre los proyectos puede parecer un salto al vacío), lo que busco es que sea la misma fiebre de generar proyectos —la actividad desbocada de concebir, planear, forjar y dar forma a ideas y lanzarlas hacia adelante—la que mantenga esa tensión necesaria bajo los pies para seguir avanzando.

Quizá porque todos estamos involucrados de alguna manera en la formulación y evaluación de proyectos, o porque la ya muy considerable masa de los proyectos no deja de crecer día con día, incentivada en todos los campos de la sociedad —y no sólo en los de la cultura o la ciencia—, o quizá porque la mayoría de los proyectos está condenada a no realizarse nunca, a permanecer para siempre inconclusos, en su condición de proyectos —archivados o simplemente desechados como planos un tanto lánguidos de lo posible—, me he convencido de que el proyecto se ha vuelto una forma estética en sí misma que, a pesar de su importancia operativa y de su propagación generalizada, no ha sido del todo reconocida, una estética en las sombras de la que apenas se empiezan a explorar sus alcances.

El proyecto de los proyectosserá un libro que reflexione alrededor de la estética del proyecto y ponga de manifiesto su fuerza literaria, la multiplicidad de recursos que despliega para cautivar la imaginación, para despertar el gusto por la promesa y el bosquejo. Tanto la poética de la nostalgia (la convicción velada de que ninguna ejecución alcanzará la belleza y perfección de su plan) como la persuasión futurológica (la estrategia de jugar a la sensatez, a apoyar los pies en la tierra para tener más posibilidades de que el proyecto sea favorecido), forman parte, junto a otros muchos elementos, de la estética del proyecto, y de ellos pienso echar mano a la par que los discuto y los pongo de manifiesto a lo largo del libro.

Mi intención no es hacer una reflexión meramente abstracta sobre las distintas formas que adoptan los proyectos para tornarse atractivos y convincentes, sino llevar el libro al terreno del ensayo y entrelazar esa reflexión con mi vida cotidiana y mi propia circunstancia. Así, el libro se constituirá como un archivo de proyectos, como un acervo crítico de potencialidades (a la manera de un cuaderno de notas que, como muchas veces sucede, puede confundirse con una lista de pendientes o una autoasignación de tareas que, sin embargo, uno mismo se concede el derecho de no atender), pero que incluirá también las distintas tentativas y formas de aproximarme al libro que estoy escribiendo, así como las vacilaciones, enmiendas y cambios de perspectiva que, sobre la marcha, modifiquen su planteamiento o posterguen su ejecución en la práctica. 

“Mi intención no es hacer una reflexión meramente abstracta sobre las distintas formas que adoptan los proyectos para tornarse atractivos y convincentes, sino llevar el libro al terreno del ensayo y entrelazar esa reflexión con mi vida cotidiana y mi propia circunstancia.”

La pretensión es que sea un libro de proyectos y metaproyectos, siempre con un ojo puesto en la relación tirante con una idea de futuro cada vez más ominosa y menguante, más maltrecha y deformada. Proyectos artísticos y bocetos utópicos, acciones poéticas e instructivos delirantes, teatros del significante y películas puramente cerebrales, juegos para romper la rutina y transgresiones dejadas eternamente para mañana… El objetivo es que, en su multiplicidad, la estética del proyecto salga a la superficie y se desvele poco a poco, a medida que el libro se constituye también como un contenedor o caja de la anticipación o, mejor, como una auténtica máquina de proyectos (algunos de ellos infinitos o materialmente irrealizables).

Si en el horizonte judeocristiano las puertas del tiempo estaban, por decirlo así, siempre abiertas (por lo menos hasta el advenimiento del Apocalipsis), y la noción de progreso, incluso dentro del comunismo, postulaba una sucesión continua y acumulativa que en principio podía extenderse indefinidamente (un campo de acción promisorio y sin límites en el cual el individuo acaso encontraría su sentido después de la muerte, como parte de un proyecto que lo trasciende y justifica), desde hace ya varias décadas asistimos a la erosión de esas esperanzas —de esas variedades, quién sabe si tan divergentes, de la fe—, al grado de que, como reza la canción de Nacha Pop, el futuro se nos presenta ahora en forma de monstruo, de amenaza, como una suerte de masa espectral apabullante que se ha gestado en las sombras y que, a la manera de una ola gigantesca, acabará por revolcarnos. 

Aunque todavía muchos proyectos (de vida, sociales, artísticos) se articulen alrededor de la noción de Más allá, o bien alrededor de ese sucedáneo que conocemos como la Posteridad, parecería que cada vez más los proyectos se enfocan hacia el aquí y el ahora, hacia su consumación fugaz e instantánea, a esos quince minutos de fama que ya preconizaba Andy Warhol. La salvación post mortem, ese consuelo que compensaría las injusticias del presente a través de la conservación de lo verdaderamente valioso, ya sea en el museo o la biblioteca (o en cualquier versión más o menos hospitalaria del canon), ha dejado de resultar atractiva o se confunde con un espejismo. La proliferación actual de proyectos, la fiesta desbordada de imaginar cursos de acción y de someterlos a examen o a concurso, se diría que está vinculada a la crisis de la noción de futuro, a la pérdida de grandes horizontes y a la cortedad de miras que impone el agotamiento de los recursos y las limitaciones físicas del planeta. Proyectos de la finitud y de lo transitorio, de la acción puntual y el adelgazamiento de la atención; proyectos con fecha de caducidad, atravesados por un sentido de urgencia y concebidos para el corto o cortísimo plazo; proyectos efímeros que dan lugar a más y más proyectos que aceptan su condición evanescente; proyectos que, al dar vuelta a la página, ya se debieron haber llevado a cabo…

Casi no es necesario subrayar que, a causa de la pandemia global por el coronavirus, en el último año ha crecido, quizá como nunca antes, la ya considerable montaña de proyectos aplazados o suspendidos o que probablemente jamás llegarán a realizarse. No sólo muchos quedaron en animación suspendida o se cancelaron por completo, sino que buena parte de los que se replantearon para adaptarse a las nuevas condiciones de asepsia y virtualidad que trajo consigo el confinamiento, debieron a su vez postergarse, condenados a permanecer en un estado larvario doblemente anticlimático y angustioso, muy lejos de cobrar vida siquiera en esa forma ectoplásmica y entrecortada que consiente el ciberespacio. Y en medio de la incertidumbre y el aplazamiento constante, en un paréntesis que se extiende y prolonga como si pretendiera apropiarse de la totalidad del paisaje, sin muchas posibilidades de planear nada que se sitúe a la distancia de más de dos o tres semanas, tomó un nuevo impulso lo que podría denominarse “la rebelión del proyecto”, esa actividad insumisa, insaciable y quizás en el fondo defensiva, semejante a la ensoñación, en la que articulamos nuestros deseos cuesta arriba e imaginamos vías de escape ante la adversidad. Acaso porque las épocas distópicas son propicias para la gestación de contrapesos y alternativas, acaso porque incluso el condenado a muerte no deja de dar cuerda al reloj, confiamos en los proyectos para respirar todavía un poco más, para ganar algo de aire a nuestro alrededor, para cerrar —así sea simbólicamente—el paréntesis de sofocamiento que no parece darnos tregua, a través de fórmulas mágicas compensatorias del tipo: “Cuando acabe todo esto…”. 

“Acaso porque incluso el condenado a muerte no deja de dar cuerda al reloj, confiamos en los proyectos para respirar todavía un poco más, para ganar algo de aire a nuestro alrededor.”

El filósofo y crítico de arte Boris Groys, en su texto “La soledad del proyecto”, argumenta que buena parte de las obras de arte contemporáneo consisten en la documentación del proyecto, en el despliegue de huellas y testigos que den cuenta de una acción específica, cuya realización, a veces concebida como proyecto de vida, pero por lo general acotada en el tiempo, sería la actividad artística propiamente dicha. En ese sentido, los museos y galerías —y algunos libros que responden a esta misma lógica creativa—, se limitarían a hacer acopio de las huellas o cenizas del arte, de sus sombras tangibles e incluso de sus detritos, mientras que este, en cuanto fenómeno o acción consumada, habría sucedido en una temporalidad paralela, en una zona ausente o escondida que apenas si puede evocarse. 

En contraposición, o más bien como complemento de esa concepción del arte como documentación del proyecto, quiero que El proyecto de los proyectos funcione más biencomo un acervo vivo. Un archivo de instrucciones o ideas (a la manera de los juegos dadaístas o los instructivos de Fluxus), que mantengan abierta, palpitante, la brecha entre el presente y el futuro. Antes que un cofre de registros y reminiscencias, antes que una caja de música de lo que ya fue y no volverá sino en forma de impronta o de residuo, el libro será un dispositivo de destellos, de llamaradas todavía por realizarse, por lo menos en la bóveda oscura de la mente. No tanto una urna de cenizas, sino algo parecido a una caja de cerrillos.  Si bien la estructura del libro será fragmentaria, mantendrá un carácter unitario, no sólo por su temática y estilo, sino también por el arco narrativo que desarrollará en el plano personal con su propia promesa, un poco a la manera del ciclo de un año planteado por Cyril Connolly en La tumba sin sosiego, sólo que con la más modesta ambición de que el proyecto pueda alcanzar la condición de obra de arte. EP

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