El burrito y el vampiro

“Cuando nos reunimos no se mostró precisamente emotiva, pero por la forma en que se paró en sus dos patas traseras e intentó lanzar una dentellada, supe que estaba contenta de verme.” Esta crónica forma parte de un libro próximo a publicarse bajo el sello Turner en 2022.

Texto de 02/12/21

“Cuando nos reunimos no se mostró precisamente emotiva, pero por la forma en que se paró en sus dos patas traseras e intentó lanzar una dentellada, supe que estaba contenta de verme.” Esta crónica forma parte de un libro próximo a publicarse bajo el sello Turner en 2022.

Cuando estábamos a media construcción, dimos una fiesta en la hacienda. El patio estaba repleto de personas que frecuentamos en Oaxaca —algunas de ellas amigas nuestras—, pero apenas conocíamos a la mayoría de quienes bailaban en torno a los montones de grava y cascajo al son de la banda. El tañido de la campana anunció la llegada de otro invitado, y cuando abrí la puerta fue para encontrar a otra persona a quien sólo había visto una vez en una cena. Cuando lo invité a pasear titubeó, y fue en ese instante que me percaté de que sostenía una cuerda que hacía un arco. Seguí la línea de la soga y descubrí que su extremo estaba atado alrededor del cuello de un burrito.

Yo todavía era nuevo en México así que en ese momento no supe bien si aquí era costumbre que un extraño regalara un animal de granja para estrenar la casa o si era algo fuera de lo ordinario. En todo caso, mi nuevo amigo me explicó que esa mañana había ido al mercado de animales que se pone los domingos, y al ver a esta burrita y oír su historia —huérfana de madre que murió dando a luz, dos niñas la criaron con biberón—, no pudo resistir.

La cuerda pasó de su mano a la mía y me acerqué a la burrita, que mascaba pasto con abandono. No era necesario ser experto en burros para darse cuenta de que se trataba de un espécimen extremadamente hogareño. Me llegaba como a la cintura, tenía la piel apelmazada y sucia, los huesos de la cadera sobresalían de su esquelética complexión, tenía la panza inflada por lo que con toda probabilidad eran parásitos. Al ver sus ojos tristes y conmovedores, delineados con un suave color negro, la amé de inmediato.

La fiesta estaba a todo lo que da. Llevé a nuestra nueva encomienda hasta el patio, donde la solté. Impasible ante los nuevos alrededores y el ruido, avanzó entre los invitados antes de dirigirse al bar donde tomó un cuchillo con el hocico. Luego intentó entretenernos a todos con ese viejo truco de cantina de quitar el mantel sin tirar los platos y los vasos. Alguien le puso un paliacate rojo alrededor del cuello para adornarla. Fue todo un éxito y la gente hizo fila para sacarse una foto con ella. Luego, cuando la banda ya había empacado sus instrumentos y la fiesta se apagó, le improvisamos una cama de paja en el establo junto al patio, donde originalmente vivían los animales de la hacienda. La burrita pasó los siguientes días ahí mientras yo tomaba un curso intensivo en zootecnia.

“Me enseñó que los burros no sólo tienen una personalidad obstinada sino también hilarante y juguetona, y una manera particularmente feroz de inspirar apego.”

Desde que llegamos a la hacienda me llamaron la atención los burros que pasaban por las veredas de los campesinos, casi siempre tirando de una carreta, llevando a sus amos a cuestas o bien cargando una pila de leña o de alfalfa. Había algo tan bucólico y conmovedor y ligeramente cómico en ese cuadro que no podía evitar imaginarme ser dueño de un burro, a pesar de que no tenía ningún uso práctico para ello y mucho menos sabía qué hacer con él. De modo que me armé con The Donkey Companion para estudiar qué comen y aprender los elementos básicos de su cuidado. Por fortuna no fue difícil encontrar quién tuviera experiencia en el rubro. Mi mejor maestra, sin embargo, fue mi propia burrita, que ahora se llamaba Juana Catarina en honor a una famosa belleza de Oaxaca.

Muy pronto Juana me reveló sus gustos y aversiones. Sus preferencias no pudieron haber sido más claras. Me enseñó que los burros no sólo tienen una personalidad obstinada sino también hilarante y juguetona, y una manera particularmente feroz de inspirar apego. No pasó mucho antes de que Juana y yo estableciéramos una rutina. Cada mañana yo abría la puerta del establo donde ya me esperaba impaciente, con las orejas paradas por encima del muro del corral, como dos aletas de tiburón atravesando una apacible bahía. Por lo general se mostraba más traviesa por la mañana y salía galopando con los dientes pelados. Íbamos al campo a correr para que yo encontrara el sitio perfecto donde amarrarla. Ahí pastaba en la abundante hierba y miraba con gran curiosidad a los otros burros que pasaban por el camino rural tirando carretas. Luego, me veía llegar con una cubeta de agua, echaba las orejas para atrás, rebuznaba, y me acariciaba con su hocico. Pero no era cariñosa ni tierna; no era delicada. Tenía su propia manera de mostrar afecto. Le gustaba guerrear, pararse sobre las patas traseras para embestir y no era reacia al ocasional y doloroso mordisco. Por la tarde me perseguía hasta la casa para obtener la zanahoria o la manzana que yo llevaba en la mano. Durante los meses siguientes, Juana Cata embarneció. Se deshizo del pelaje grueso y apelmazado de su abrigo infantil y le salió otro, brillante y plateado.

Una mañana fui a sacar a Juana y la encontré muy agitada. Para mi espanto tenía la cara cubierta de sangre que le corría por la frente y quijada, emanando de un solo corte en la base de las orejas. Enloquecido, busqué por todo el pesebre para ver si algún animal la había atacado en la noche, pero no hallé nada, como un clavo salido o un borde filoso, que pudiera significar algún peligro. No supe qué hacer excepto limpiarle la herida a Juana Cata con la esperanza de que se hubiera tratado de un incidente fortuito.

Pero al otro día ocurrió lo mismo. De nuevo la sangre le bañó la cara y tenía muchas mordidas en el cuello y en el terso borde de las orejas. Lentamente me di cuenta de qué era lo que podía haber atacado a mi burrita.

Don Apolonio, un artesano que hace rebozos de seda en San Pablo Cajonos, en lo más profundo de las montañas de Oaxaca, estaba quedándose en casa con nosotros y confirmó mis sospechas. Él criaba sus gusanos de seda, hilaba la seda de los capullos y la tejía a mano en el telar de su patio: un oficio tan laborioso que sólo hacía tres o cuatro rebozos al año. Don Apolonio me dijo que lo mismo les había pasado a sus animales. Por la noche los murciélagos salen para alimentarse y de día se ocultan en las barrancas cercanas. Sin embargo, la cura era muy sencilla. Para que no la mordieran debía untarle a Juana Cata manteca en el cuello. A los vampiros no les gusta la manteca de cerdo.

Fantasmas, brujas y ahora vampiros. De verdad que nos tocó el numerito completo.

Don Apolonio añadió que otra posibilidad era ponerle arsénico en la pelambre.

El veterinario del pueblo estaba en su torneo de fútbol dominguero y no me devolvió la llamada de inmediato. No me encantaba la solución de la manteca o el arsénico, así que mientras, saqué a Juana Cata de su pesebre para que durmiera en el patio, donde estaría más protegida en la oscuridad. Aún era joven y, al igual que los niños, no quería irse a dormir. Cada noche se quedaba parada hasta tarde en la puerta de mi estudio viéndome trabajar, bostezando sin pudor, meneando la cabeza y sacudiendo las orejas de lado a lado para espantar el sueño, hasta que por fin doblaba las patas bajo su cuerpo y se acurrucaba en el suelo.

En los días siguientes toda persona a la que consulté tenía alguna experiencia con vampiros y su propia receta para evitar que siguieran mordiendo a mi burrita. Debía hacer una bolsa de yute y enfundársela en la cabeza por la noche para protegerla, dijo uno. O podía colgar nopales por todo el pesebre para confundir al sonar de los murciélagos, recomendó otro. Cuando por fin llegó el veterinario a revisar que las mordidas de Juana Cata no se hubieran infectado, me entregó un pequeño recipiente de plástico morado. Tenía el dibujo de un vampiro con una gran X roja encima.

—¿Otra vez veneno? —le pregunté.

—Veneno para murciélagos —respondió.

Le pregunté si no había otra alternativa, sólo para intentarlo.

Me miró, escéptico:

—Pues a los murciélagos no les gusta la luz —dijo.

—¡No les gusta la luz! ¿Y si lo intentamos?

Esa noche coloqué una lámpara junto al pesebre y dio resultado. Juana podía volver a dormir en paz. La luz espantó a sus visitantes voladores: al menos a los que bebían sangre.

En The Donkey Companion aprendí que los burros se originaron en África y, al igual que las personas, tuvieron que adaptarse al severo clima de los desiertos al norte del continente. También como los humanos, a lo largo de miles de años emigraron a todos los rincones del globo terráqueo. Domesticados hace seis mil años, eran las únicas bestias de trabajo de que disponían los egipcios, que no tenían ni caballos ni bueyes. Viajaron en caravanas a lo largo de la Ruta de la Seda hasta China, acompañaron a los romanos a los confines del imperio, y llegaron al Nuevo Mundo a bordo de las naves de Colón, donde rápidamente florecieron. Cleopatra se bañaba en leche de burra para darle a su piel un brillo lustroso. Jesús entró a Jerusalén sobre el lomo de un burro. Tanta historia, tanta sabiduría popular, tanta utilidad, tanto encanto.

Platero y yo, un libro que es común que niños en edad escolar conozcan, es el retrato de la nobleza de un burro. La historia de Platero y su amo es un himno al compañerismo entre animal y humano. Platero es digno, impasible, resuelto, trabajador y de una humilde belleza. Cada vez que deambula bajo la luz de la luna, su manto plateado refulge.

La única cualidad que Juana compartía con Platero era el color. No era dulce ni noble ni delicada ni amable. Era berrinchuda y obstinada. Había llegado a mí sin ninguna compunción por estar hirsuta y llena de lombrices, y sus actos de repentina violencia me retaban a que me atreviera a acercarme para expresarle mi amor. Cata no iba a conformarse con la idea que alguien tuviera de cómo debía comportarse, viniera de mí o de cualquier otra persona.

Tuve que volver a los Estados Unidos durante casi un mes y Félix, nuestro jardinero, se ofreció a llevar a Juana a su casa para cuidarla durante nuestra ausencia. La hacienda está como a un kilómetro y medio del pueblo, por lo que Félix sugirió traer una carreta tirada por un caballo para subir a Cata en la parte de atrás. Sin embargo, en cuanto colocamos a la burrita junto al carro advertimos lo profundamente equivocado del plan. Cuatro o cinco de nosotros nos paramos a su alrededor tratando de convencerla para que se subiera a la rampa mientras ella nos ignoraba, impasible. Por fin, decidimos amarrar su cuerda a la carreta y conducirla así hasta el pueblo, pero en cuanto la carreta avanzó Juana se negó a hacerlo. Clavó las cuatro pezuñas en la tierra, derrapó un poquito y  se dio un sentón.

La liberamos. Felix regresó a su casa en la carreta para esperarme allá. Tomé la cuerda y empezamos a caminar, solos Juana y yo, por el sendero que lleva al pueblo. Por motivos propios e inexpugnables, me siguió con obediencia y ni siquiera trató de morderme.

Fue una caminata muy agradable por el largo y sinuoso camino que atraviesa los sembradíos de los campesinos. Aquí y allá había hombres cultivando, labrando la tierra y atendiendo la cosecha que acababa de brotar. Un remolino de polvo alzó las hojas de maíz en veloces espirales, para luego liberarlas y dejar que flotaran libres en el cielo azul. Las nubes se desparramaban sobre el otro extremo del valle. Adelante apareció el pueblo, remetido al pie de un dramático acantilado que se llama El León, y los campanarios de la iglesia se asomaron por encima de las copas de los árboles. Dicen que el pueblo tiene mil años: mil años de cosechas, festivales, amoríos y decepciones, disputas, enemistades, nacimientos y muertes, chismes. A la distancia se erigía Danush, la colina encantada donde dicen que se encuentra la puerta a otro mundo.

Entrando al pueblo no lograba deshacerme de la absurda autoconsciencia de la imagen del gringo llevando al burro con una cuerda por las calles empedradas. Soy el único norteamericano que vive en mi pueblo, dudo que sus habitantes hayan presenciado esta escena particular en algún otro momento. Cuando pasé frente a la biblioteca del pueblo, la escuela primaria y luego la iglesia, agradecí que fuera mediodía, cuando por lo general las calles están desiertas porque los pobladores están trabajando en sus casas o en las tierras de cultivo. Entonces una voz familiar me gritó en inglés:

Hello, güero, how are you?

Era Juan, una de las autoridades municipales. En una ocasión contraté el bulldozer del pueblo para nivelar una parte de la hacienda y Juan era el operario. Después se bajó de la máquina a platicar un rato y contarme que había pasado varios años en Seattle, trabajando en la construcción, pero tenía más curiosidad por conocer mi historia  y preguntarme por qué había venido a vivir aquí cuando tantos querían irse.

Quizá yo sea el único estadounidense que hay en el pueblo, pero la gente de aquí no está poco habituada a las personas que vienen de los Estados Unidos. Muchos de los pobladores, si no es que la mayoría, han ido a trabajar allá y, a menudo —como en el caso de Juan—, me sorprenden con un inglés casi perfecto que ya no es una anomalía ni siquiera en las zonas rurales. Han trabajado en Iowa y Alabama y Oklahoma como nanas, albañiles, lavaplatos, yeseros, recolectores de fresas, o alguna otra actividad por la que han dejado a sus familias e incluso arriesgado su vida.

“Enriqueció mi vida más allá de cualquier medida, incluso si, en ocasiones, me orillaba a llegar al límite de mis fuerzas.”

El primer día que hablamos, intenté responder con la mayor honestidad posible porqué vine, explicando que salirme de la cultura en la que nací y sumergirme en la de él extendió mi conocimiento del mundo y amplió mi humanidad. Enriqueció mi vida más allá de cualquier medida, incluso si, en ocasiones, me orillaba a llegar al límite de mis fuerzas. Pero Juan no se había ido de México para incrementar su humanidad sino para proveer para sus seres queridos y luego retornar. Así que le pareció que mi respuesta no tenía mucho sentido, y como mi respuesta no tenía sentido, yo tampoco lo tenía.

Él había estado en mi mundo y había regresado. Yo había venido al suyo y aquí estaba. Nos miramos no sabiendo cómo tender un puente entre el abismo que nos separaba. Hablamos sobre el burrito.

—Se ve fuerte —dijo por fin—. ¿Están sembrando?

—No —respondí, pero entonces ¿si no era para labrar la tierra, para que querría yo un burro? —Ésta muerde demasiado fuerte —le mostré mi antebrazo donde, de hecho, Juana me había dejado una cicatriz cuando se prendió de la piel sobre la muñeca y no quiso soltarla.

—Pues si no te sirve avísame si quieres venderla.

—Lo haré, Juan. Buen día.

Empecé a moverme, pero él no había terminado.

—¿Puedes ayudarme a conseguir una visa? –preguntó.

—¿Quieres regresar?

Asintió.

—Pero, Juan —le dije—, ¿por qué querrías volver y dejar a tu familia para llevar ese tipo de vida?

—Pero el dinero… —respondió, encogiéndose de hombros.

—¿El dinero realmente lo vale? ¿Allá no te trataron mal? —Imaginé diez hombres por cuarto, los abusos de los patrones, noches en las que no había más que gastarse todo el dinero en alcohol.

—Para nada —respondió y sonrió al recordar—. Todos fueron muy amables conmigo.

Regresando de mi viaje fui a recoger a Juana Cata a casa de Félix. Cuando nos reunimos no se mostró precisamente emotiva, pero por la forma en que se paró en sus dos patas traseras e intentó lanzar una dentellada, supe que estaba contenta de verme. Yo había llevado mi bicicleta pues preferí evitar de nuevo el espectáculo del gringo tirando de su burro por la calle principal, así que nos fuimos por una de las salidas laterales, uno de los caminos de terracería que usan los campesinos.

Dejamos atrás los límites del pueblo y esta vez Juana no se resistió, sino que trotó detrás de la bicicleta a buen ritmo, es decir, hasta que impulsivamente decidió cambiar velocidades. Escuché el clop de sus cascos a medida que aceleraba y me rebasó a galope. Al principio pedaleé más aprisa para alcanzarla en la bicicleta, pero pronto me di cuenta que no tenía que pedalear en absoluto. La cuerda estaba enganchada a su cabestro y, tensada entre los dos, me jalaba en su estela. Me encantó ver a Juana correr, moviendo las patas velozmente a la altura de los tobillos mientras el resto de su cuerpo permanecía prácticamente inmóvil, como algo salido de una caricatura. La avalancha física de marchar a gran velocidad por un camino rural y descubrir el improbable deporte de esquí con burro hizo que me asaltara una onda de deleite.

“¿Quién habría podido decirme que un burro es capaz de enseñarte a volar?”

Para mí uno de los grandes misterios de este animal es cómo puede transformar todo ese impulso hacia adelante en un repentino e inexplicable alto. No era una habilidad que yo compartiera con ella. Sin advertencia alguna, Juana se detuvo y yo salí volando. Vi cómo la cuerda se aflojó cuando la rebasé y tensarse tan aprisa que realmente no hubo tiempo para evitar el inevitable jalón hacia atrás en pleno aire, mientras la bicicleta seguía avanzando debajo de mí. ¿Quién habría podido decirme que un burro es capaz de enseñarte a volar?

Si ya antes me había avergonzado la imagen de mí tirando de un burro con una cuerda por las calles del pueblo, sólo debido a las limitaciones de mi imaginación jamás contemplé la posibilidad de que el gringo fuera catapultado por su burro hacia el espacio. Me elevé y luego chupé faros; por fortuna mi ego salió más lastimado que mi cuerpo. Al ponerme de pie rápidamente miré a mi alrededor para ver si alguno de los campesinos había presenciado el fenómeno que acabo de describir. Tuve suerte. O bien los pocos hombres que trabajaban en los alrededores eran demasiado respetuosos para doblarse de risa o sencillamente estaban muy ocupados cosechando ajos como para prestarle atención al gringo volador.

Tomé la bicicleta con una mano y la cuerda de Juana con la otra, y reiniciamos nuestro sombrío desfile a casa. Juana obedeció, pero sólo el tiempo que consideró adecuado. Y de repente ella ya había tenido suficiente. Jamás lograré entender la mente de un burro. Pero quedó muy claro que esta burrita difícilmente se mostraba ambivalente sobre lo que estaba dispuesta o no a hacer. Cuando recuerdo nuestro duelo, lo veo desde la distancia, como si lo mirara a través de los ojos de un campesino. En medio de aquel idílico y verde paisaje, dos figuras se preparan para la batalla. El gringo tira de la cuerda con todas sus fuerzas, lanzando insultos, suplicando, agitando las manos en el aire; mientras, la burra con la cabeza en alto, se niega a ceder. EP

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