El arte que no puede ser arte en el confinamiento

Investigo la acción de caminar como una coreografía mínima, la máquina del cuerpo entregada a una de la tareas más simples y automatizadas a las que quepa enfrentarla: el avance erguido.

Texto de 16/10/20

Investigo la acción de caminar como una coreografía mínima, la máquina del cuerpo entregada a una de la tareas más simples y automatizadas a las que quepa enfrentarla: el avance erguido.

Flexiono el tobillo derecho, desprendo el talón del suelo en un movimiento fluido que desplaza el peso del cuerpo hacia el metatarso y luego hacia los dedos de los pies, para continuar, tras un ligero impulso de la punta, con un salto imperceptible que es más bien una suerte de pedaleo en el aire, una forma de escalar en el vacío o de impulsarse en la nada a falta de un auténtico sostén, mientras el pie izquierdo se planta firmemente por una fracción de segundo sobre la superficie y, sin interrupción, le llega el turno de flexionar el tobillo y de desprender a su vez el talón del suelo, trasladando el peso hacia la punta. 

Más que atender al silbido infraleve que se produce al caminar, más que una exploración de la distancia que se abre entre las piernas y que permite el avance (esa fricción casi inaudible y siempre presente que acompaña nuestro andar y que tanto obsesionó a Marcel Duchamp, quizá porque en algún sentido constituye nuestra huella digital sonora, ese rastro apenas perceptible pero único y característico que dejamos al desplazarnos), investigo la acción de caminar como una coreografía mínima, la máquina del cuerpo entregada a una de la tareas más simples y automatizadas a las que quepa enfrentarla: el avance erguido. Asedio e interrogo desde todos los ángulos, conmigo como conejillo de indias, el dinamismo del cuerpo como un posible arte que surge y se desarrolla directamente en la vida, que bascula entre el comportamiento cotidiano y el arte que no puede ser arte. 

Tal vez no haya nada más común y rutinario que estirar los pies para dar un paso y luego otro y otro sobre la superficie terrestre. Pero la acción de caminar casi siempre la vinculamos a algún propósito, a la consecución de algún fin, ya sea por el desplazamiento que conlleva, ya por la distensión mental y corporal que comporta cuando la realizamos a modo de paseo. La cuestión es si caminar, el simple acto de caminar de un lado a otro, sin la intención de llegar a ningún lado, sólo para recorrer un espacio meditativamente, sintiendo la superficie del suelo bajo nuestros pasos, dibujando círculos obsesivos que, vistos desde arriba, tal vez revelarían símbolo del infinito, podría calificar como hecho artístico sólo por el tipo de atención que le presto, por la hiperconciencia de entenderlo como arte, de señalarlo como tal, y no tanto por la forma de realizarlo o por el contexto en que sucede, por la presencia de espectadores que lo atestigüen (o no), ni por la serie de huellas que deja tras de sí o por la precaución de hacer su registro detallado.

“La cuestión es si caminar, el simple acto de caminar de un lado a otro, sin la intención de llegar a ningún lado, podría calificar como hecho artístico sólo por el tipo de atención que le presto.”

Después de todo, se trata únicamente de caminar, de caminar sobre la duela en un segundo piso, tal y como suelo hacerlo todas las mañanas de aquí para allá antes de sentarme a escribir (sólo que ahora descalzo, como un ejercicio consciente de estar en contacto con la materialidad del suelo). En contraste, barrer la calle o lavarse los dientes se antojan actividades más especializadas y complejas, que alcanzan el estatuto de “tareas” y que, en medio del ensimismamiento que consienten, no sólo demandan cierto grado de dedicación, destreza y empeño, sino que admiten la idea de perfeccionamiento y aun la modificación de la técnica. A pesar de que resultaría natural que alguien nos dijera que no sabemos barrer o que no sabemos lavarnos los dientes (y entonces tome el instrumento para hacernos una demostración de cómo debe empuñarse y qué clase de movimientos son eficaces y cuáles no), parecería más estrafalario que alguien nos amonestara con la noticia de que no sabemos caminar, de que nunca lo hemos aprendido correctamente, y acto seguido nos aleccionara con su propio cuerpo como ejemplo o a través de instrucciones sobre cómo debe proceder la locomoción de los pies. Salvo en círculos específicos muy restringidos como el modelaje o la ortopedia, caminar no puede ser confundido con una disciplina ni llevarse a una determinada cima de naturalidad y galanura; cada quien camina como su cuerpo y su constitución y sus hábitos se lo permiten, y aunque se pueda corregir la postura y levantar, por ejemplo, el rostro y los hombros, de modo que no parezcamos un títere lánguido y casi rastrero del que su titiritero se ha desentendido por completo, se podría pensar que hay algo intransferible y único en nuestra forma de caminar.

(Aunque me vi tentado, algunas líneas atrás, de inscribir este caminar en la gran masa de recorridos de la historia de la humanidad, y casi sin pensarlo estuve a un milímetro de decir que me dedico “simplemente a caminar como lo han hecho nuestros antepasados desde que descendieron de los árboles”, me asalta la duda de en qué momento comenzó esta forma de caminar en círculos, este ir y venir que no se propone nada, que parece poca cosa comparado con los grandes desplazamientos nómadas, que se antoja una aberración comparado incluso con los recorridos lineales al trabajo, la escuela, a comprar una barra de pan… ¿Acaso en el paleolítico ya existía este caminar que vuelve una y otra vez sobre sus pasos? ¿Había ya algo parecido, quizás alrededor de la fogata o en las inmediaciones de la caverna, a este errático desperezamiento de los músculos y a este despertar de la mente en movimiento, de aquí para allá y otra vez de vuelta? ¿Responde más bien a los espacios confinados y a la sensación de encierro? ¿Es consecuencia, en una palabra, de la arquitectura?)

Advierto que el andar lento no es esencialmente majestuoso, como presumía Balzac en su Teoría del andar. Aunque demasiada movilidad exterior no sienta bien a nadie y pueda sacar de quicio a los demás, produciendo una suerte de ruido corporal fastidioso, su opuesto sugiere una disposición cansina, ese no sé qué de languidez y dificultad que revela sopores apenas superados. Las plantas de los pies que se arrastran y emiten un susurro —en vez de un débil taconeo—, parecen confesar en voz baja una acumulación de claudicaciones. Cuando, en cambio, la acción de ir y venir se realiza sin brusquedad pero sin pesadumbre, cuando los movimientos del andar carecen de un objetivo pero también de urgencia, más que un revoloteo a semejanza de la mosca, se diría que estamos ante un ejercicio eminentemente mental, ante un caso de reflexión ambulatoria o más propiamente de divagación, en que parece que los pasos, la distensión de las piernas, las zancadas que no persiguen ninguna meta, ayudan a rumiar, como si se tratara de mandíbulas complementarias, una idea demasiado fibrosa. 

Subrayo que no estoy caminando al interior de una galería ni yendo de aquí para allá como león enjaulado adentro de un museo. Tampoco, a la manera de Richard Long en su acción célebre de 1967 —Una línea hecha caminando—, me propongo trazar con los pies una incisión en el paisaje de mi habitación, una recta insistente o un camino elemental de luminosidad puramente humana, en este caso en el polvo acumulado sobre la duela. Mi propósito no es introducir el andar bípedo a los recintos consagrados del arte ni convertir al cuerpo y su compleja dinámica en un ready-madeambulante. He caminado, por supuesto, y algunas veces como león enjaulado, por muchos museos y galerías, pero nunca bajo la idea de que caminar bajo techo apenas si ha sido aceptado como arte y que quizá, justo porque dar vueltas sobre los propios pasos es una de esas actividades ordinarias que permanecen ocultas y desapercibidas en medio de lo más obvio —oscurecidas por su misma proximidad y frecuencia—, podría practicarse con esa posibilidad en mente.

Tampoco me encuentro en un escenario de danza contemporánea en donde cualquier movimiento, incluso el mero pendular de los brazos y la locomoción natural de las piernas, sería susceptible de convertirse en una forma de baile, tal como quería Merce Cunningham siguiendo muy de cerca la abolición de las fronteras entre arte y no arte, entre acto artístico y ruido, que tanto propició su colaborador y cómplice John Cage en el campo de la música. 

Desde luego tampoco hay una alfombra roja iluminada por reflectores que se despliega bajo mis pasos a medida que avanzo, ningún escenario construido para dotar a este desplazamiento, que se diría insulso y de lo más corriente, circunscrito al espacio de lo doméstico, de cierto grado de espectacularidad. Estoy caminando solo en una habitación, como quien va y viene de la cama al living al sentir el encierro y, más allá de este texto, no quedará ninguna documentación de mi actividad ni siquiera bajo la forma de un sendero un poco más brilloso o reluciente sobre la vieja madera, ni habrá instantáneas polaroids ni videos o grabaciones del roce infraleve de mis pantalones que algún día terminarán expuestas en paredes blancas, con los marcos artísticos adecuados y bajo el domo de las expectativas correctas. 

Aunque he recordado una y otra vez a Muybrigde y sus legendarias series fotográficas en blanco y negro que estudian paso a paso la dinámica corporal; aunque todo este ir y venir podría confundirse con un pequeño homenaje privado a Bruce Nauman, una revisión de sus filmes y videos de eventos cotidianos y esmeradamente ociosos de los años sesenta, yo no he colocado ninguna cámara ni ningún dispositivo de registro en los alrededores, nada que diseccione o descomponga o pueda salvar de su cualidad efímera y banal al acto pedestre de mi locomoción bípeda bajo techo. 

Tampoco hago joggingen cámara lenta para un trabajo fenomenológico del viaje alrededor de mi cuarto, ni pretendo poner a prueba el concepto de fin del arte de Hegel, tan en boga en los últimos tiempos bajo otras designaciones, con este ir y venir pausado en el que se dirimiría, ni más ni menos, si efectivamente el arte ha llegado a su término porque ha alcanzado tal grado de autoconciencia que se ha convertido en una reflexión generalizada sobre la naturaleza misma del arte; una reflexión plástica, desbordada y proliferante, tan controvertida como seductora, que cristaliza en dispositivos y artefactos, en gestos y acciones que se columpian peligrosamente en las fronteras de lo artístico —algunas tan ordinarias como este mismo caminar—, pero que, en cuanto reflexión, confluye o desemboca en lo que hace más de un siglo se llamaría pura y llanamente “filosofía del arte”: una reflexión del arte sobre sí mismo, sobre sus propios alcances y presupuestos: al fin y al cabo, un meta-arte.

Estoy solamente aquí, sin testigos ni desde luego espejos en las inmediaciones, en un estado de alerta continua a mi forma de caminar, a la redistribución de pesos y tensiones que se produce al desplazarme, atento a los músculos que entran en acción y en reposo continuamente, estirándose y contrayéndose sin la menor dificultad, desde el cuello hasta el tendón de Aquiles, solícitos y prestos pero casi siempre relegados a un segundo plano de la atención; procuro percibir el suave vaivén de la cabeza que el cerebro compensa en forma automática para crear una sensación de estabilidad, el bamboleo de los hombros que tanto contribuye a que la marcha sea también un guiño, un despliegue por momentos incitante y atractivo. Me empeño en llevar a cabo el experimento ya propuesto por Allan Kaprow de que un acto de la vida cotidiana se ejecute como una forma de arte y se ilumine de tal modo por la hiperconciencia hasta que termine cargado de cierto poder metafórico. Los brazos se balancean rítmicamente, a modo de contrapesos de las piernas: el brazo derecho se desliza hacia delante cuando la pierna izquierda va quedando atrás y, a medida que la planta del pie derecho se despega a su vez del suelo, el izquierdo retrocede como para guardar el equilibrio, en una reminiscencia clara de nuestro pasado cuadrúpedo, un atavismo del tiempo en que las palmas de las manos también se apoyaban en el suelo, pues aun ahora no sólo caminamos con los pies, sino también con los brazos y aun con los dedos, que quizá tengan la misma función que los bigotes de los gatos de no descompensar al organismo en movimiento, de buscar apoyo, por decirlo así, en el aire, de brindarle algún asidero a lo largo de esa operación espontánea pero siempre amenazada por la caída que es el echarse a andar, evitando que la máquina corporal se vaya en picada apenas comenzado su torpe pero prodigioso vuelo al ras. EP

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