Desmemoria

La semana antepasada, presa del absoluto asombro que producen los misterios, sin saber de qué modo pudo ocurrir, apareció en el escritorio de mi computadora una carpeta bajo el nombre de “Teresa”.

Texto de 28/08/20

La semana antepasada, presa del absoluto asombro que producen los misterios, sin saber de qué modo pudo ocurrir, apareció en el escritorio de mi computadora una carpeta bajo el nombre de “Teresa”.



Es común que se disuelvan los recuerdos. En mi caso, no necesito que transcurra demasiado tiempo, lo vivido se me olvida pronto. No atribuyo esta deficiencia mental a la carencia de atención propiciada por los aparatos inteligentes porque es una cualidad con la que convivo, y de la que me avergüenzo, desde hace mucho tiempo.

            Durante estos días infinitos y parecidos entre sí que han compuesto el confinamiento a causa de la pandemia, han tenido lugar en mi vida acontecimientos difíciles de comprender y de múltiples órdenes.

            Suelo tener el escritorio de mi computadora bastante ordenado. Cuando los documentos y carpetas se suman y comienzan a encimarse, me entra la desesperación cabal por lo desmemoriada que soy. La acumulación me hace olvidar aún más lo que acaba de ocurrir. Entonces, ordeno los documentos de inmediato. Quizá por eso la semana antepasada, presa del absoluto asombro que producen los misterios, sin saber de qué modo pudo ocurrir, apareció en el escritorio de mi computadora una carpeta bajo el nombre de “Teresa”. Cuando la vi estoy segura de haber hecho bizcos con los ojos y los hemisferios cerebrales: ¿de dónde vino esa carpeta?, me pregunté. Y guardé silencio. Con curiosidad, aunque también con temor, la abrí y me encontré una fotografía. Una sola con el nombre image00001.jpeg. La imagen retrata a una mujer de unos cuarenta y varios años, calculo, de pie frente a la cámara. Lleva puesto un vestido rojo y, a la par suyo, con la cabeza recargada en su brazo derecho (porque está sentado) hay un niño de diez u once años. Entre el autor de la fotografía y ellos, se ensancha una mesa en la que, en primer plano, se ve un gran pastel de chocolate sobre un periódico con encabezados —que no conseguí leer completos al ampliar la imagen y, por lo tanto, no pude buscar en Google—. Lo más misterioso —si es que puede haber algo más extraño o incomprensible que ver aparecer una carpeta con el nombre de una mujer y, dentro de ella, esta fotografía—, lo más misterioso es que el pastel tiene encima la vela blanca del aniversario y es apenas un número 1. Pero ni el niño ni ella tienen esa edad. ¿De quién es el cumpleaños, entonces?

Lo perturbador de la historia es que, con el paso de los días, el rostro de esta mujer, que puede o no llamarse Teresa, me ha resultado familiar. La del niño también. Pero, ¿en dónde viven?, ¿por qué llegaron a mi computadora?            

En la imagen hay otros elementos: sobre la barra de la cocina que está a la derecha de Teresa, pueden distinguirse tres recipientes. Dos parecen de atomizadores de algún producto de limpieza o desinfectante. El otro es de metal y se asemeja a un bote de mousse para el cabello. Hay un cuadro abstracto detrás de Teresa y el niño, presenta varios colores y ninguna forma, tal vez dos figuras centrales irreconocibles. Del lado izquierdo, hay unas escaleras que suben hacia el segundo piso de lo que, en apariencia, parece una casa pequeña. Teresa y el niño están tomados de ambas manos. Ella sonríe desde unos ojos pequeños, como dos heridas, el pelo le cae sobre el rostro y tiene un corte asimétrico. El niño mira a la cámara con los ojos más redondos y una sonrisa discreta, pero satisfecha. Digo que no sé quién haya tomado la fotografía y tampoco cómo llegó a mí. Ojalá sea la memoria que me falla como nunca antes. Siempre he temido perderla del todo. Pero supongo que esta imagen es el recordatorio de algo. El archivo fue creado el 4 de mayo de este año de locos. Es agosto y no sé todavía cuándo tomé la fotografía de dos personas que no había visto nunca y que, sin embargo, ahora reconozco. EP



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