Puto, putotzin, Putin: ¿de qué hablamos cuando hablamos de censura?

La prohibición de ciertas palabras ha cumplido, a lo largo de la historia, una serie de funciones muy dispares entre sí. Por un lado, y acaso de manera más extendida, se han censurado palabras —y libros: contenedores de palabras— por motivos autoritarios, muchas veces derivados de dogmas religiosos.

Texto de 01/07/18

La prohibición de ciertas palabras ha cumplido, a lo largo de la historia, una serie de funciones muy dispares entre sí. Por un lado, y acaso de manera más extendida, se han censurado palabras —y libros: contenedores de palabras— por motivos autoritarios, muchas veces derivados de dogmas religiosos.

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La prohibición de ciertas palabras ha cumplido, a lo largo de la historia, una serie de funciones muy dispares entre sí. Por un lado, y acaso de manera más extendida, se han censurado palabras —y libros: contenedores de palabras— por motivos autoritarios, muchas veces derivados de dogmas religiosos. Siglos de dictadores de toda índole, desde el papa Pío V, que tachó de impío el fresco de Miguel Ángel para la Capilla Sixtina, hasta Vladimir Putin, que encarceló a las chicas del grupo punk rock feminista Pussy Riot, han sabido que su poder radica en la ignorancia de aquel que los obedece, y por lo tanto han hecho lo necesario para prohibir cualquier otro instrumento de aprendizaje que ponga en riesgo su poderío.

Claro que no toda censura parte de un afán autoritario. Del otro lado del espectro está el lenguaje políticamente correcto que tanta polémica ha desatado en los últimos años. Inicialmente pensado como una manera de evitar la discriminación o el racismo, el término se ha demeritado tanto que hoy tiene un tufo antidemocrático ante el cual muchos intelectuales liberales han lanzado advertencias. “La corrección política es enemiga de la libertad”, declaró Vargas Llosa hace poco en una entrevista (¿de la libertad de quién?, valdría la pena preguntarle).

Si bien el afán de buscar sustitutos eufemísticos para algunas palabras puede resultar impositivo y ridículo, especialmente para aquellos que están siempre dispuestos a la indignación, hay cierto nivel de cuidado en el lenguaje que cumple con funciones de inclusión social y respeto a minorías étnicas, políticas, ideológicas y culturales. Es esencial tener en mente esta dimensión benévola de la corrección política si no queremos caer en argumentos como los que Donald Trump usó como ejes de su campaña para presentarse como un candidato “auténtico” que se atrevía a decir la verdad: en nombre de la libertad de expresión habló de las mujeres como cerdos, de los mexicanos como violadores y de los musulmanes como terroristas.

No hay duda de que la corrección política puede caer en el exceso y en la mojigatería, pero tacharla toda de hipócrita y antidemocrática también conlleva sus riesgos, además de que se ignora el peso simbólico de las palabras y la manera en que éstas cambian al mundo en el que son dichas. Alemania, por ejemplo, tiene leyes estrictas sobre los discursos de odio y los símbolos relacionados con el nazismo. La Segunda Guerra Mundial transformó para siempre el significado de muchas palabras: Brausebad, el antiguo vocablo para ‘ducha’, se cambió por Dusche por estar el primero demasiado asociado al término que se usaba en los campos de concentración para designar a las cámaras de gas. Más radicalmente, otras palabras y símbolos asociados al nazismo han quedado prohibidos legalmente, por ejemplo la frase Mit deutschem Gruß (‘con saludos alemanes’), equivalente durante un tiempo a Heil Hitler, o Unsere Ehre heißt Treue (‘nuestro honor se llama lealtad’), el eslogan de la SS. Asimismo, hacer el saludo nazi se castiga con cárcel: apenas hace un par de meses, en el festival de rock Schild und Schwert (Escudo y Espada), al que cientos de simpatizantes neonazis acuden a celebrar el natalicio de Hitler, un hombre fue arrestado por hacerlo.

En diciembre del año pasado el gobierno de Trump prohibió el uso de las palabras “transgénero”, “feto”, “diversidad” y “vulnerable”, y de expresiones como “basado en pruebas” y “basado en datos científicos”, en los informes del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), la agencia central de salud pública estadounidense. En un giro a la derecha nada sorpresivo, la medida imprimió un sesgo conservador a la narrativa de temas como el aborto o la orientación sexual, así como un desprecio a la ciencia, lo que obstaculiza la investigación científica. Por si eso fuera poco, durante el gobierno del republicano, el Departamento de Salud ha eliminado de su página web información dirigida a la comunidad LGTB, por ejemplo sobre los servicios a los que tiene derecho o la orientación para pedir ayuda en caso de tráfico sexual.

Un caso tal vez un poco más vano, pero no menos grave, es el de los gritos homófobos en los estadios de futbol mexicanos que nos hicieron acreedores, hace algunos años, de multas por parte de la FIFA, órgano rector del futbol internacional. La Federación Mexicana de Futbol (FMF) decidió, por supuesto, defender el cántico: Guillermo Cantú, el entonces secretario general, declaró que el grito no era discriminatorio y llamó a entenderlo de manera cultural. El seleccionador nacional Miguel Herrera no se quedó atrás y aseguró que la palabra puto procede del náhuatl putotzin, que significa ‘que despeje mal el portero’.

En este caso, como en muchos otros, el argumento cultural es riesgoso porque no profundiza en los mensajes que se transmiten a través de las palabras, como si éstas estuvieran huecas de contenido además de la intención de quien las pronuncia. Independientemente de nuestra posición al respecto, debemos partir del hecho de que las palabras son entes vivos que, al ser dichas, transmiten ideas mucho más complejas de lo que parece a simple vista. Decir que el grito de “¡puto!” une a los fanáticos mexicanos del futbol esconde el origen de esta unión: que puto es un término ofensivo y machista que parte del desprecio a los homosexuales y homologa la condición homosexual con la cobardía.


Al margen de esas discusiones políticas hay otra serie de motivos de censura cuyo motor está más claramente basado en la lógica del mercado. Acaso el mejor ejemplo de esto sea la veda legal que entró en vigor por el Mundial de Rusia y que le prohíbe a quienes no sean patrocinadores oficiales utilizar una larga lista de palabras, frases e imágenes, por ejemplo: “2018 FIFA World Cup Russia”, “FIFA World Cup”, “Copa Mundial 2018” (en varios idiomas), la ciudad anfitriona + el año (como Moscú 2018), además de imágenes como la mascota y el emblema y el eslogan oficiales (“Where the Stars Align”).

La FIFA justifica esta medida con el argumento de que beneficia a aquellos patrocinadores que con su apoyo financiero hacen posible el evento. En este sentido, el capitalismo es simple e implacable: la veda protege los derechos de quienes pasaron por caja, castigando en el camino incluso acciones inocentes como hacer un concurso para sortear entradas o utilizar una marca registrada para bautizar un negocio que en ningún sentido compite con los grandes patrocinadores, como la canchita municipal “Copa Mundial 2018” o el puesto de antojitos “Moscú 2018”.

Desde el punto de vista publicitario, prácticas como ésta se repiten en varios certámenes deportivos, ante lo cual las marcas no patrocinadoras han respondido con el “marketing de emboscada” para aprovechar la ola de dividendos. Entre los casos más famosos está el de la aerolínea sudafricana Kulula, que en Sudáfrica 2010 se presentaba como “la aerolínea no oficial de la Copa del Mundo”. Otro ejemplo claro, en ese mismo año, fue cuando la cerveza holandesa Bavaria aprovechó un partido de Dinamarca contra Holanda para que un grupo de modelos vestidas de naranja entraran al estadio para hacerles publicidad y dejar en ridículo a Budweiser, patrocinador oficial. Además de las multas correspondientes, varias de esas mujeres fueron arrestadas, pero la publicidad seguramente les funcionó. De cualquier modo, sospecho que eso de las vedas es un asunto que en realidad les importa poco a los espectadores.


Hablar de palabras prohibidas, ya sea por corrección política, por protección a las minorías y grupos vulnerables o por motivos de marketing, es hablar de la libertad y de sus límites. En principio, casi toda expresión se encuentra constitucionalmente protegida en una sociedad democrática, y con razón: la diversidad de opiniones incentiva el debate y lo enriquece. Pero como ocurre siempre con las sutilezas del lenguaje, cada caso es complicado y merece ser analizado con detenimiento.

Rumbo a Rusia 2018, por ejemplo, circuló en redes sociales una campaña de Cerveza Victoria proponiendo sustituir el grito de “¡puto!” por “¡eh, Putin!” para así evitar multas en los estadios. Ante esta iniciativa, Eduard R. Malayán, embajador de Rusia en México, consideró que el juego de palabras es inaceptable porque en nuestro país no es costumbre gritar nombres o apellidos de personalidades políticas en los estadios. ¿Es la propuesta de Victoria un vil truco para darle la vuelta a la bien merecida censura a un grito homófobo o es una ingeniosa manera de burlar las prohibiciones de la FIFA? Yo, la verdad, no lo sé. Todo sea por hacer enojar a Putin.

Las palabras están vivas y contrario a lo que podría creerse, no son solamente reflejo de la manera en que pensamos, también son motor de nuestras ideas y acciones. Esto no quiere decir que debamos convertirnos en censores, pero sí atenderlas con cuidado, porque significan muchas más cosas de las que solemos creer. Cuando decidimos usar una palabra en lugar de otra, estamos tomando una decisión que nos transforma. Las palabras importan porque en ellas está contenido el mundo: no son el mapa para andar el territorio, son el territorio. EP

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