De cuando estar en prisión es lo mejor que te pudo pasar

“Se llama Oscar Wilde pero ha tenido un montón de nombres. Pablo de Tarso, Eugenia Ginzburg, José Agustín, Camille Claudel, Álvaro Mutis, Aleksandr Solzhenitsyn, sor Juana Inés, Miguel de Cervantes, José Revueltas, el Marqués de Sade, Tina Modotti. Vaya, hasta Juan Gabriel tuvo su celda creativa. Quizá porque suponen tocar fondo, las vacaciones forzadas resultaron el acicate que algunos precisaban para crear una obra descomunal.”

Texto de 18/02/20

“Se llama Oscar Wilde pero ha tenido un montón de nombres. Pablo de Tarso, Eugenia Ginzburg, José Agustín, Camille Claudel, Álvaro Mutis, Aleksandr Solzhenitsyn, sor Juana Inés, Miguel de Cervantes, José Revueltas, el Marqués de Sade, Tina Modotti. Vaya, hasta Juan Gabriel tuvo su celda creativa. Quizá porque suponen tocar fondo, las vacaciones forzadas resultaron el acicate que algunos precisaban para crear una obra descomunal.”

1 Brama como bestia alcanzada por un dardo de ponzoña. Cuando no brama, camina por la celda, con el traje de recluso lleno de Oscar Wilde. Y las mangas quedan grandes. Los zapatos, lo mismo. Al principio tuvo miedo, ya no. O a la inversa: entró rijoso y ahora la indefensión le pandea los orgullos. No sabe que después de los años de trabajo forzado, de los juicios por bancarrota y los meses que lleva cautivo, seguirá recluido otro tiempo. Y otro. Que sus pies no dejarán de hollar la soledad devastadora. Que apenas lo liberen, con tremendo jirón en el costado creativo y sin dinero ni casa ni familia ni hijos (el juez le prohibió verlos), se irá a Francia. Tampoco sabe que publicará un libro más, La balada de la cárcel de Reading, y en tierra gala, a los cuarenta y seis años, va a morir.

Brama.

2 “[…] qué delito cometí / contra vosotros naciendo; / aunque si nací, ya entiendo / qué delito he cometido. […] pues el delito mayor / del hombre es haber nacido”. De este modo se desgañita el recluso Segismundo, muy cariacontecido, en La vida es sueño, de Calderón de la Barca. No es para tanto. La verdad, no es para tanto ser inquilino del calabozo. Del bote. Del tambo. Estar en chirona, pues, en la peni, el tanque, bajo llave, en cana, guardado, en la jaula, el penal. Y no, no era penal.

Muchos escritores deben agradecer al encierro aceitarles la creatividad. El cinicazo William Burroughs era un yonqui gringo y prófugo, que aterrizó en México a fines de los cuarenta, en uno de sus viajes literales y lisérgicos. Una noche de fiesta jugó a un lamentable Guillermo Tell con su esposa, tuvo mal tino y en vez de perforar el vaso que Joan Vollmer sostenía sobre la cabeza, la mató. Fue llevado a Lecumberri. Gracias a aquella suite en el Palacio Negro pudo convertirse en el gran novelista beat de El almuerzo desnudo. Okay, en un novelista beat. Pero antes no era nadie.

3 Una suerte de embriaguez malsana, la de un licor no inventado todavía, llevó a Wilde a tener tratos con Lord Alfred Douglas. Bosie. Éste, de veintiún años, le pidió un consejo de escritura. Sucedía mucho, el irlandés ocupaba cabalmente el centro del mundo. Hijo de intelectuales. El Señor del lenguaje. Un dandi. Políglota. Árbitro de estilo. Capaz de engendrar “nuevas formas de la belleza”, según dijo.

Cómo saber que se infatuaría por Bosie y éste sería el cazador que no da tregua, voraz y avorazado cuando presiente la aniquilación. Y la procura. “Fuiste la desgracia absoluta de mi arte”. Wilde, de treinta y siete años, conoció por él la adrenalina que empuja a seguir adelante, aun sabiendo que la lucha es desigual. Por Bosie empeñó el porte y la pluma. El prestigio. “Tu amistad destruyó todo lo refinado que había en mí, intelectual y éticamente hablando”. Por él lo acusaron de sodomía y cayó en prisión; por él fue maldecido. Lo amargo en la saliva.

4 Se llama Oscar Wilde pero ha tenido un montón de nombres. Pablo de Tarso, Eugenia Ginzburg, José Agustín, Camille Claudel, Álvaro Mutis, Aleksandr Solzhenitsyn, sor Juana Inés, Miguel de Cervantes, José Revueltas, el Marqués de Sade, Tina Modotti. Vaya, hasta Juan Gabriel tuvo su celda creativa. Quizá porque suponen tocar fondo, las vacaciones forzadas resultaron el acicate que algunos precisaban para crear una obra descomunal.

Juan de la Cruz nació poco grandilocuente, nomás se llamaba Juan de Yepes. Adoptó el apellido de crucifijo e igual acabó en un calabozo muy siglo XVI, por un lío de ¿fe? Era partidario de la reforma comandada por Teresa de Jesús entre los carmelitas descalzos, para distinguirlos de los carmelitas calzados. Y no, no es un juego de palabras. El asunto es: los que tenían zapatos, furibundos, lo guardaron ocho meses en la cripta de un convento. Ahí escribió las primeras treinta y una estrofas del Cántico espiritual, aquel de “¿Por qué, pues has llagado / aqueste corazón, no le sanaste? / Y pues me le has robado, / ¿por qué así le dejaste, / y no tomas el robo que robaste?”. Yo pediría el doble de su condena a cambio de firmar como propios cinco versos iguales.

Por otro lado, si Miguel de Cervantes hubiera empleado su prestigioso futuro como influencer habría librado la mazmorra, pero ignoraba que el Quijote acaso sería trending topic. Así, mientras era recaudador de impuestos lo invitaron a ponerse tras las rejas, por cuentas que no cuadraban. Se ve que la experiencia le dejó buen sabor, porque tres veces más fue a la loma, una de ellas como rehén de guerra. Al inicio del Quijote se refiere al presidio: “[esta historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo] se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Estaría bueno preguntarle ahora. Cómo no van a serle queridos los años en el frescobote, si pudo concebir a Alonso Quijano.

5 Esta esquina de la jaula huele a orín y mierda. Aquella, a ultraje. Wilde ha visitado las otras infinidad de veces sin descubrirles olor, porque cuando llega a ellas ya su mente está en otra cosa. Se cura el desgarro y toma el aire en casa, con sus hijos. Triunfa de nuevo en teatro, poesía, narrativa, ensayo. No. Abraza a Bosie, quien le pide perdón por humillarlo. Por decirle “Cuando no estás en tu pedestal no me resultas interesante”.

6 Su acta de nacimiento no era espectacular, decía “Miguel Hernández”. Podría ser cualquier hijo de vecino; de hecho, lo fue. Pobretón pero bien leído, luchó como republicano en la Guerra civil española. Desde el frente de batalla motivaba a los soldados a fuerza de poemas, suyos o prestados. Durante esa época escribió un par de libros; se sostienen, pero no son los mejores de su obra. Los franquistas lo encarcelaron al ganar la guerra. En el penal escribió su Cancionero y romancero de ausencias, que entre otros incluye las “Nanas de la cebolla”. Es impresionante. Pregúntenle a Serrat.

Murió de tuberculosis a los treinta y un años, aún encerrado. Ni a la edad de Cristo lo dejaron llegar y con todo escribió estos versos de rigor decantado: “No, no hay cárcel para el hombre. / No podrán atarme, no. / Este mundo de cadenas / me es pequeño y exterior. / ¿Quién encierra una sonrisa? / ¿Quién amuralla una voz?”.

A Fiódor Dostoievski lo conocemos como papá de Raskolnikov, el atormentado que deslumbra a quienes una vez lo acompañamos por los corredores de Crimen y castigo. El escritor fue muy-sabio-muy-sabio, pero no le alcanzó para dilucidar que ser parte de la disidencia política era mala idea si estabas en Rusia y corrían mediados del siglo xix. Fue apresado y estuvo a punto del fusilamiento, pero el zar le catafixió la ficha “condenado a muerte” por la de “trabajador forzado en Siberia”. Quién sabe, chance lo vio venir y aceptó con tal de escribir la historia de Raskolnikov, Los hermanos Karamazov, Memorias del subsuelo. Están en la repisa más elevada del arte.

7 Durante estos meses, por primera vez la palabra de Wilde quedó floja. Desbravada. No tuvo efecto, como si no fuera suya al prodigarse. Ahora mismo escribe De profundis, larga carta a Bosie en la que parece preguntarse dónde quedará su facultad creativa. Si aguantará esta vergüenza para la bestia de escritura domada a golpes. Si ha de ser capaz de perdonarse la falta de amor propio ante quien lo ha vejado.

Ignora que no verá a sus hijos. Que en cuanto salga se encontrará con Bosie. Y que cuando muera, éste lo va a difamar sin descanso. No sabe que tras ciento veinte años ha de seguir vivo.

Brama.

8 El desastre fractura las entretelas. La sustancia misma de quien uno es. Por eso los grilletes ofrecen al artista la posibilidad de encontrar nuevas texturas al fuego del infierno, Malcolm Lowry dixit. En otras palabras, no cualquiera que pase un rato entambado escribirá un prodigio, pero estar ahí potencia el filo de quien ya tenía los arrestos para poner de cabeza el mar a golpe de verbos.

Luego, con el honor remendado a cachitos de diurex, el autor puede morir. O vivir décadas. Da igual. Ya la calamidad drenó lo mejor de su arte, pudo hablarle de tú a los dioses. Que no se queje, pues. Que agradezca. Algunos no hemos tenido tamaña suerte. EP

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