1 Brama como
bestia alcanzada por un dardo de ponzoña. Cuando no brama, camina por la celda,
con el traje de recluso lleno de Oscar Wilde. Y las mangas quedan grandes. Los
zapatos, lo mismo. Al principio tuvo miedo, ya no. O a la inversa: entró rijoso
y ahora la indefensión le pandea los orgullos. No sabe que después de los años
de trabajo forzado, de los juicios por bancarrota y los meses que lleva
cautivo, seguirá recluido otro tiempo. Y otro. Que sus pies no dejarán de
hollar la soledad devastadora. Que apenas lo liberen, con tremendo jirón en el
costado creativo y sin dinero ni casa ni familia ni hijos (el juez le prohibió
verlos), se irá a Francia. Tampoco sabe que publicará un libro más, La balada de la cárcel de Reading, y en
tierra gala, a los cuarenta y seis años, va a morir.
Brama.
2 “[…] qué delito
cometí / contra vosotros naciendo; / aunque si nací, ya entiendo / qué delito
he cometido. […] pues el delito mayor / del hombre es haber nacido”. De este
modo se desgañita el recluso Segismundo, muy cariacontecido, en La vida es sueño, de Calderón de la
Barca. No es para tanto. La verdad, no es para tanto ser inquilino del
calabozo. Del bote. Del tambo. Estar en chirona, pues, en la peni, el tanque,
bajo llave, en cana, guardado, en la jaula, el penal. Y no, no era penal.
Muchos escritores deben agradecer al encierro aceitarles la
creatividad. El cinicazo William Burroughs era un yonqui gringo y prófugo, que
aterrizó en México a fines de los cuarenta, en uno de sus viajes literales y
lisérgicos. Una noche de fiesta jugó a un lamentable Guillermo Tell con su
esposa, tuvo mal tino y en vez de perforar el vaso que Joan Vollmer sostenía
sobre la cabeza, la mató. Fue llevado a Lecumberri. Gracias a aquella suite en
el Palacio Negro pudo convertirse en el gran novelista beat de El almuerzo desnudo.
Okay, en un novelista beat. Pero
antes no era nadie.
3 Una suerte de
embriaguez malsana, la de un licor no inventado todavía, llevó a Wilde a tener
tratos con Lord Alfred Douglas. Bosie. Éste, de veintiún años, le pidió un
consejo de escritura. Sucedía mucho, el irlandés ocupaba cabalmente el centro
del mundo. Hijo de intelectuales. El Señor del lenguaje. Un dandi. Políglota.
Árbitro de estilo. Capaz de engendrar “nuevas formas de la belleza”, según
dijo.
Cómo saber que se infatuaría por Bosie y éste sería el
cazador que no da tregua, voraz y avorazado cuando presiente la aniquilación. Y
la procura. “Fuiste la desgracia absoluta de mi arte”. Wilde, de treinta y
siete años, conoció por él la adrenalina que empuja a seguir adelante, aun
sabiendo que la lucha es desigual. Por Bosie empeñó el porte y la pluma. El
prestigio. “Tu amistad destruyó todo lo refinado que había en mí, intelectual y
éticamente hablando”. Por él lo acusaron de sodomía y cayó en prisión; por él
fue maldecido. Lo amargo en la saliva.
4 Se llama Oscar
Wilde pero ha tenido un montón de nombres. Pablo de Tarso, Eugenia Ginzburg,
José Agustín, Camille Claudel, Álvaro Mutis, Aleksandr Solzhenitsyn, sor Juana
Inés, Miguel de Cervantes, José Revueltas, el Marqués de Sade, Tina Modotti.
Vaya, hasta Juan Gabriel tuvo su celda creativa. Quizá porque suponen tocar
fondo, las vacaciones forzadas resultaron el acicate que algunos precisaban
para crear una obra descomunal.
Juan de la Cruz nació poco grandilocuente, nomás se llamaba
Juan de Yepes. Adoptó el apellido de crucifijo e igual acabó en un calabozo muy
siglo XVI, por un lío de ¿fe? Era partidario de la reforma comandada por Teresa
de Jesús entre los carmelitas descalzos, para distinguirlos de los carmelitas
calzados. Y no, no es un juego de palabras. El asunto es: los que tenían
zapatos, furibundos, lo guardaron ocho meses en la cripta de un convento. Ahí
escribió las primeras treinta y una estrofas del Cántico espiritual, aquel de “¿Por qué, pues has llagado / aqueste
corazón, no le sanaste? / Y pues me le has robado, / ¿por qué así le dejaste, /
y no tomas el robo que robaste?”. Yo pediría el doble de su condena a cambio de
firmar como propios cinco versos iguales.
Por otro lado, si Miguel de Cervantes hubiera empleado su
prestigioso futuro como influencer habría
librado la mazmorra, pero ignoraba que el
Quijote acaso sería trending topic.
Así, mientras era recaudador de impuestos lo invitaron a ponerse tras las
rejas, por cuentas que no cuadraban. Se ve que la experiencia le dejó buen
sabor, porque tres veces más fue a la loma, una de ellas como rehén de guerra.
Al inicio del Quijote se refiere al
presidio: “[esta historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo] se engendró
en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste
ruido hace su habitación”. Estaría bueno preguntarle ahora. Cómo no van a serle
queridos los años en el frescobote, si pudo concebir a Alonso Quijano.
5 Esta esquina de
la jaula huele a orín y mierda. Aquella, a ultraje. Wilde ha visitado las otras
infinidad de veces sin descubrirles olor, porque cuando llega a ellas ya su
mente está en otra cosa. Se cura el desgarro y toma el aire en casa, con sus
hijos. Triunfa de nuevo en teatro, poesía, narrativa, ensayo. No. Abraza a
Bosie, quien le pide perdón por humillarlo. Por decirle “Cuando no estás en tu
pedestal no me resultas interesante”.
6 Su acta de
nacimiento no era espectacular, decía “Miguel Hernández”. Podría ser cualquier
hijo de vecino; de hecho, lo fue. Pobretón pero bien leído, luchó como
republicano en la Guerra civil española. Desde el frente de batalla motivaba a
los soldados a fuerza de poemas, suyos o prestados. Durante esa época escribió
un par de libros; se sostienen, pero no son los mejores de su obra. Los
franquistas lo encarcelaron al ganar la guerra. En el penal escribió su Cancionero y romancero de ausencias, que
entre otros incluye las “Nanas de la cebolla”. Es impresionante. Pregúntenle a
Serrat.
Murió de tuberculosis a los treinta y un años, aún
encerrado. Ni a la edad de Cristo lo dejaron llegar y con todo escribió estos
versos de rigor decantado: “No, no hay cárcel para el hombre. / No podrán
atarme, no. / Este mundo de cadenas / me es pequeño y exterior. / ¿Quién
encierra una sonrisa? / ¿Quién amuralla una voz?”.
A Fiódor Dostoievski lo conocemos como papá de Raskolnikov,
el atormentado que deslumbra a quienes una vez lo acompañamos por los
corredores de Crimen y castigo. El
escritor fue muy-sabio-muy-sabio, pero no le alcanzó para dilucidar que ser
parte de la disidencia política era mala idea si estabas en Rusia y corrían
mediados del siglo xix. Fue apresado y estuvo a punto del fusilamiento, pero el
zar le catafixió la ficha “condenado a muerte” por la de “trabajador forzado en
Siberia”. Quién sabe, chance lo vio venir y aceptó con tal de escribir la
historia de Raskolnikov, Los hermanos
Karamazov, Memorias del subsuelo.
Están en la repisa más elevada del arte.
7 Durante estos
meses, por primera vez la palabra de Wilde quedó floja. Desbravada. No tuvo
efecto, como si no fuera suya al prodigarse. Ahora mismo escribe De profundis, larga carta a Bosie en la
que parece preguntarse dónde quedará su facultad creativa. Si aguantará esta
vergüenza para la bestia de escritura domada a golpes. Si ha de ser capaz de
perdonarse la falta de amor propio ante quien lo ha vejado.
Ignora que no verá a sus hijos. Que en cuanto salga se
encontrará con Bosie. Y que cuando muera, éste lo va a difamar sin descanso. No
sabe que tras ciento veinte años ha de seguir vivo.
Brama.
8 El desastre
fractura las entretelas. La sustancia misma de quien uno es. Por eso los
grilletes ofrecen al artista la posibilidad de encontrar nuevas texturas al
fuego del infierno, Malcolm Lowry dixit.
En otras palabras, no cualquiera que pase un rato entambado escribirá un
prodigio, pero estar ahí potencia el filo de quien ya tenía los arrestos para
poner de cabeza el mar a golpe de verbos.
Luego, con el honor remendado a cachitos de diurex, el autor
puede morir. O vivir décadas. Da igual. Ya la calamidad drenó lo mejor de su
arte, pudo hablarle de tú a los dioses. Que no se queje, pues. Que agradezca.
Algunos no hemos tenido tamaña suerte. EP
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