Cornucopias: Centro

Luego del chirrido de las cortinas al cerrar el día, pareciera que todo guardara su sitio, que todo permanece quieto en este grandioso limbo: las casas, las iglesias, las vecindades, los edificios. Se escucha apenas eso a lo que suena el silencio y, apenas por arriba de ese rumor, lo que se muestra vivo suena […]

Texto de 24/11/16

Luego del chirrido de las cortinas al cerrar el día, pareciera que todo guardara su sitio, que todo permanece quieto en este grandioso limbo: las casas, las iglesias, las vecindades, los edificios. Se escucha apenas eso a lo que suena el silencio y, apenas por arriba de ese rumor, lo que se muestra vivo suena […]



Luego del chirrido de las cortinas al cerrar el día, pareciera que todo guardara su sitio, que todo permanece quieto en este grandioso limbo: las casas, las iglesias, las vecindades, los edificios. Se escucha apenas eso a lo que suena el silencio y, apenas por arriba de ese rumor, lo que se muestra vivo suena un tanto menos quedo. Paseo, pues, de nuevo por el Centro, nuestro viejo rejuvenecido, otrora brioso sabio ya fatigado que, sin embargo, se mueve. Porque aunque sus regiones más transparentes se oscurezcan ahora bajo un mismo velo (y hagan sentir al caminante que deambula entre lo caído y lo derrumbado, lo hagan confundirse entre lo que yace medio vivo y lo que corre medio muerto entre una pátina de tedio), las cosas aquí siguen su camino, continúan a paso lento. De la mano de los siglos y los siglos, como si fueran vigas, trabes, lozas y piedras, se amontonan en su cuerpo las cicatrices, las heridas abiertas (sendas declaraciones de amor y de odio, bellas odas y cruentos recelos), en un complejísimo rompecabezas que no se conforma de piezas sino de eras.

Al caminar por estas calles, y habrá que decirlo, tanto de arquitecturas bellas (las más antiguas, robustas, elegantes, apolíneas, casi perfectas) y otras ciertamente siniestras (muchas de las nuevas, denigradas como muladares, chiqueros, piqueras), pareciera que los traumas y las esperanzas, los cataclismos y las nostalgias, fueran sus almas gemelas. Aquí, los hombres y las mujeres, sacrificados en pos del orden y el progreso o condenados al abismo de cualquier infierno que gustemos y ordenemos, se pasean al menos por esta noche como por su casa, sin necesariamente escuchar sus pasos resonar en otros lares, acompañados acaso por la frialdad del destierro, espectros de algunos perros devorando sus huesos fantasma, en donde sólo es real la niebla. Día con día, palmo a palmo, en esta puesta en escena, los de arriba y los de abajo mezclados (los que roban a los pobres para dárselo a los ricos y los que roban a los ricos para aparecer en los diarios), es decir, los que fueron dados por sentado, y los que eternamente vivirán de su fuero, persiguen la misma luz: “Disculpe usted, ese halo que se ve allá, a un costado de Catedral, ¿es ya el Mictlán?”. Ya lo creo.

Camino. Camino y pienso. Me sale al paso un hombre deshilachado, tal vez de carne y hueso, quizás un resucitado, que luego de despojarme de la camisa que vestía, me hace una invitación a su casa. Lo sigo y lo medito. Caminamos juntos por varias calles, doblamos a la izquierda en Pino Suárez y de pronto ahí, sobre una de las cuadrículas de la inmensa Plaza de la Constitución (con su Enrico Martínez dictando el nivel medio verdadero de las aguas que se besan en el kilómetro cero de esta federación), entre lágrimas de soledad y dicha, plantado en el Centro de facto que en definitiva no podría ser de nadie más, es que el deshilachado  me grita: “¡Bienvenido!”. Ya lo creo.

Sigo mi camino. Nunca me he sentido más orondo de caminar por estos sitios, coronado por sus luces y por sus sombras. Nunca tan suelto e íntimo. Cuando aquí caminamos, no sabemos exactamente lo que somos: si es que nos movemos como borregos peripatéticos del Francis Alÿs o somos un cuerpo dentro de la carroza fúnebre de Los Caifanes. Si le daremos de nuevo el culo a Spencer Tunick así, sin pensarlo mucho, o incendiaremos Palacio para hacer como si nos doliera en serio México, y que no pertenecemos al imaginario sino al profundo. No lo sé. En verdad no sé nada del Centro. Pero nadie lo sabe. Lo reto. Llevo pisando estas calles desde hace veinticinco años y contando, y no conozco nada del Centro aún. Pero nadie lo sabe. Lo reto. Porque simple y sencillamente no hay tal. Porque a “esto” no se llega en camiones o vuelos, mucho menos por guías o trípticos, seamos turistas o viajeros. No es un mero lugar en el tiempo: es una forma de ver. De mirar. De manera que no sólo se transita, se vislumbra, se imagina. Tales son las leyes de la materia para pasar por este punto de la Tierra.

Tal vez por ello los místicos anden diciendo que el Centro tiene una rara energía que se cuela por lo que algunos se obligan a mentar como memoria o desmemoria, su mito, leyenda o historia según como les vaya en la feria. Y que nadie saldrá ileso de aquí. No sin antes dejarse un gran tajo en el campo. Es cierto. Cuando caminamos por aquí hasta huele a acequia, a camarón de río, a pescado, huele hasta a naftalina, a establo. Huele a casa de madera, a cantina, huele a Parián, a caballeriza, a incensario de catedral, copal, a anafre de mercado. Y apenas se ha olisqueado todo ello, la coraza se cierra, el Centro se agazapa, se envuelve para volver a dormir. Nunca sabremos qué sueña este Centro, por cierto. Si piensa en su futuro o se queda anegado en el pasado. No nos es permitido saberlo y mucho menos juzgarlo. ¿Cómo nos atreveríamos a hacerlo, a meternos a las refriegas de su plan de manejo, tan burocrático como etéreo? ¿En las que rigen lo mismo las leyes del Tlalocan que las del promovido cielo, la Coatlicue que el santísimo tantas veces expuesto, de esos homúnculos tan católicos, apostólicos y romanos de su gobierno tan asquerosamente malsano? ¿Por qué no nos rigen en todo caso nuestros artistas y artesanos, nuestros faunos más paganos? Porque vaya que es mínimamente raro lo que pasa en este Centro de lo que aún llamamos México, en este submundo en donde conviven a diario activos y pasivos, opresores y oprimidos, dejados y sublevados. Aquí de entrada se trabaja duro para seguir con vida y, aquí mismo, a la salida, se firma un salvoconducto hacia la nada. Y apenas digo nada me reprocho porque, ¿no será que en estos parajes, en esta cara de la ciudad tan señorial y tan vejada, es donde da la vuelta el lenguaje, las palabras viejas se desahucian y las nuevas llueven sobre la ciudad recién preñadas? Ya lo creo.

Camino en el Centro, sí. Ya lo vemos. Ya lo pisamos. Y no sé el porqué de mi hablar en plural. Tal vez porque su origen me reclama este mínimo gesto ético y tal vez hasta moral. Caminamos, mejor dicho fluimos por este plano porque nos pone los pies en la tierra: porque da justo en la diana de lo que somos y nos sitúa en el centro de nosotros mismos. El mismo Centro que también, entre accesos de miedo, furia o tristeza, celebra jubiloso nuestra existencia y en el apogeo de la fiesta nos pregunta: ¿Qué nos espera como territorio, como población, como Patria, qué a nuestra gente dentro de su dura cultura? ¿Qué será de este ombligo hundido, casi como una mentira, entre la sabiduría ancestral de sus pirámides y el infinito ego de sus rascacielos? ¿Qué de su eterna luna, poema viejo y espejo del tiempo, qué de su sol para el eterno recomienzo? No lo sé. Pero nadie sabe lo que será de este Centro. Lo reto. Tal vez nos queden sólo estos senderos para reconocernos en él con todos nuestros colores, credos y géneros, sólo estos empedrados de preguntas que son paseos por el pensamiento, y acaso sean apenas un secreto que le cuentan las piedras secas a las nubes del cielo.

Camino. He cerrado las cortinas. Me dirijo a casa al terminar la jornada. Pareciera que todo guardara su sitio en este grandioso limbo. Como por arte dramático cae una leve lluvia sobre mi cara. Me siento vivo porque debajo de mí, casi lo podría sentir magnéticamente, yacen nuestras células madre, nuestro código genético, la prueba fundamental de nuestra existencia hasta el fin de los tiempos. Aquí, en este puerto solar, en este Aleph como embarcadero cultural, convergen todas las raíces, todos los deltas, todas las ramificaciones de nuestro profuso árbol genealógico, los rostros y máscaras de nuestra compleja identidad. Pregunto a un peatón: “Disculpe usted, ese halo que se ve allá, a un costado de Catedral, ¿es ya el Mictlán? ¿Una puerta secreta para darle vuelta a la rueca y volver a comenzar?”. Ya lo creo.  ~



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