Sinapsis: Óvalo

Columna mensual

Texto de 09/08/19

Columna mensual

Recuerdo levantarme temprano para ver si había puesto la gallina. Abría la puerta de metal y después el mosquitero para salir al jardín. La casa de mi abuela, en Amecameca, corresponde al reino de lo maravilloso. Ella se fue de la ciudad a un poblado camino a los volcanes que se llama Coapexco, cuando tenía sesenta años. Como Olga Kochen Rodríguez era el centro del universo familiar, íbamos a visitarla con frecuencia los fines de semana. Aquella casita era de otro mundo porque sus rincones tenían tesoros: había una figura de piedra que era un búho, una escultura de madera del arcángel San Miguel al centro de la repisa de la chimenea y latas diminutas de La Lechera, de vainilla o fresa, que eran nuestra golosina más preciada. Y mi abuela tenía un diario empastado en cuero, de cientos de páginas, que desearía leer. Nunca pude hojearlo, siquiera; debe permanecer allí entre las pertenencias ahora desprovistas de vida.

Yo pedía dormir en el cuarto aledaño al suyo, el techo era bajo, sumaba las cualidades de un refugio, era oscuro, pequeño, con un armario en donde guardaba su ropa. Había una repisa con cremas para el cuerpo, recuerdo una en especial, de almendras, en un bote blanco con letras verdes: Oleoderm, puede haberse llamado.

La casa era de una sola planta, pero tenía un tapanco en el que también dormíamos a veces, cuando coincidíamos en el viaje, mi prima Carolina y yo.

Vienen a mi mente decenas de visitas en las que llegaba con mi madre a la casa y doña Olga nos estaba esperando sentada en su silla de tiras plásticas, entre un eucalipto y un pino, a mitad del jardín. Solía poner queso en un plato, abrir dos cervezas y recibirnos así para hacer la antesala a la comida, que era en casa de mi tío, unos metros más abajo en el camino principal.

Pasamos varias fiestas de Pascua allí. Mi tía Valentina compraba huevos de chocolate Ferback y los escondía en el jardín para que Carolina y yo pudiéramos lanzarnos a la búsqueda justo después del amanecer. Había conejos hechos de chocolate; los papeles brillaban entre las hojas de los arbustos o en el nudo que formaban las ramas de los árboles.

Estuvimos siendo felices muchos años en aquel sitio. Un verano, mi abuela nos mangoneó para que montáramos varias obras de teatro y los nietos fuimos actores. Incluso hicimos Sueño de una noche de verano. Éramos demasiados; entonces, mi abuela escribió algunos personajes más. Yo recuerdo haber sido el Lucero de la mañana con una peluca plateada; a mis cinco o seis años recitaba un poema que ella había escrito. Hicimos una gira por varias casas de tías y tías abuelas en la ciudad. Conocimos el éxito.

En aquel reino maravilloso de la infancia y la adolescencia, comíamos gusanos de maguey, conejo y huevos recién puestos: mi abuela colocaba la sartén deformada sobre el fuego, echaba un trozo de mantequilla y nos freía los huevos que acabábamos de recoger para el desayuno. Solía faltar el agua y cuando había nos bañábamos con agua helada. Podían transcurrir días sin que pasáramos por la regadera. Preferíamos seguir sucias a sufrir el suplicio gélido. Íbamos al río y metíamos los pies. En aquella época era caudaloso.

Creo que permanecí varios meses mirando lo que iba a destruir de aquella casa. Sobre la mesa pequeña del centro de la sala, mi abuela tenía un platito con dos piedras de colores y un huevo minúsculo, de un pájaro. Lo había visto allí y cuando estaba en la sala, clavaba los ojos sobre el huevo preguntándome quién sabe qué. Una tarde decidí proceder. Tomé el pequeño huevo y me fui al cuarto que era mi guarida. Allí lo quebré contra la esquina del armario. Abrí en dos el cascarón con inmensa curiosidad y encontré dentro un pellejo blancuzco. No recuerdo qué edad tenía, pero supe que estaba rompiendo algo más que aquel pequeño óvalo, y también que iba a crecer y transformarme en una persona distinta.

La memoria me ayuda a reconciliar aquel pasado remoto. Desde mi ánimo y por los recuerdos que se fijan como lunares sobre la piel, cada fin de semana añoro volver atrás y caminar por el bosque con mi abuela y mi madre, pero el huevo se quebró hace tiempo. EP


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