Sinapsis: Multitud

Columna mensual

Texto de 10/09/19

Columna mensual

Anoche soñé que estaba siendo amenazada por dos tigres. Uno de ellos se dormía encima de mí; yo trataba de respirar suave para no morirme. Ojalá los sueños se parecieran más a la realidad. Ojalá, pienso, pudiéramos estar amenazados por animales feroces. Quizá dejaríamos de ser lo que somos: estos sapiens tan creídos de sí mismos y tan torpes ya.

El año pasado me dijeron que dentro de cincuenta años se extinguirán los primates. Era una buena fuente la que me reveló la información. No sé en dónde leí que evolucionamos rápido y que las otras especies no tuvieron la misma velocidad, y nos sentimos orondos aunque produzcamos bastante basura. Abrir los ojos hacia el mundo hoy cuesta trabajo. Resulta mejor escaparse y ver unas siete horas de la serie recién estrenada o irse al cine para perder el tiempo. La cotidianidad es el tedio y el hartazgo. Sobre todo en las grandes ciudades, creo, donde el espacio es reducido y se compite por unos centímetros para permanecer de pie en el transporte público o donde hay que eludir los cuerpos de los otros en los cruces de calles para no llevarse un golpe.

Hace once años publiqué mi primera novela. La protagonista asciende en la escala evolutiva y se convierte en una especie de iguana. No sabía lo que escribía —todavía no lo sé y tampoco quiero saberlo—, pero sí quería decir que preferiría ser otro animal.

Yo ignoraba, de niña, que el futuro consistiría en el hacinamiento. No podría habérmelo imaginado: el planeta era muy amplio, la abundancia se manifestaba alrededor, las selvas eran vírgenes con vegetación asombrosa. No sabía que el futuro estaría sobrepoblado, que nos calcinaríamos bajo el sol y que el agua escasearía. No tenía ni la menor idea de estas posibilidades. Pero parece que es así. No sucedió en tanto tiempo, si se piensa.

El otro día una profesora me dijo que otra profesora suya le comentó que la manera de salvarse en el porvenir será conseguir un sitio con agua y sombra. Pero si la profesora de mi maestra se lo dijo a más de diez personas, ya hay diez lugares con sombra y agua que serán habitados, además de los miles de millones que necesitaremos hacer lo mismo. Porque si vamos de prisa a sumar más de ocho mil quinientos millones de habitantes en unos años, a ver por cuál agua nos conviene suplicar. Recuerdo que en el pasado íbamos a comer o visitábamos una casa y se daba un vaso con agua de cortesía. Lo común era que se tratara de agua hervida porque las botellas de PET llegaron después como una plaga autosustentada.

El hacinamiento también es digital, se sabe. Poblamos el ciberespacio como marabuntas y no sabemos de qué modo fuimos en el pasado porque ya se nos ha planteado que para habitar el presente es necesario ser dinámico, distraído y estridente. Así vamos siendo millones de engendros que buscan ser escuchados aunque sea por un minuto, pues la velocidad y la compra de la vida privada arrancaron de tajo las expresiones venidas del silencio y el recogimiento. Ni lo que leemos en los medios nos importa realmente ni echa raíces en nuestro interior. Lo relevante es, en todo caso, que se vean las bocas clamando por un mejor mundo, aunque nadie oiga al que tiene al lado.

Encima (y no es que quiera fastidiar a los lectores) hay que propinarse las modas en las redes sociales y atestiguar, para dar un ejemplo, una tarde en que la mayoría ha empleado una aplicación que envejece los rostros. Porque es preciso “verlo todo”.

Perdimos los tigres y perderemos a los demás animales. No quisiera recordar, cuando sea mayor (si el tiempo me rinde), que escribí este texto y que era predictivo en algunas de sus partes. Prefiero que me persigan las bestias en sueños y continuar con mis performances de escritura, pues seguramente estoy equivocada. Resta espacio habitable y solemos ser una multitud fastidiada de ver que acabamos con el mundo circundante. EP


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