Sinapsis: Mito

Observaba a los asistentes con nerviosismo. Eran como miles de ojos mirándome. Me escuchaban con generosidad, eso es poco común. Fui a hablar de mi novela El animal sobre la piedra a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Mi expresión oral no me distingue. Suelo hacer pausas largas y es recurrente que […]

Texto de 24/06/19

Observaba a los asistentes con nerviosismo. Eran como miles de ojos mirándome. Me escuchaban con generosidad, eso es poco común. Fui a hablar de mi novela El animal sobre la piedra a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Mi expresión oral no me distingue. Suelo hacer pausas largas y es recurrente que […]

Observaba a los asistentes con nerviosismo. Eran como miles de ojos mirándome. Me escuchaban con generosidad, eso es poco común.

Fui a hablar de mi novela El animal sobre la piedra a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Mi expresión oral no me distingue. Suelo hacer pausas largas y es recurrente que me falten las palabras que quiero decir. Pero acepté ir tras la invitación del escritor Jorge Volpi, profesor titular de la clase, porque me hago responsable de lo que he escrito.

Puse las manos sobre la mesa y dialogué durante casi dos horas con los alumnos. Procuré responder y debo decir, con franqueza, que disfruté la conversación. Dije ahí que estoy escribiendo una novela con un protagonista hombre. Es la primera vez que lo hago. Dos alumnas me preguntaron a qué se debía y les contesté que me interesa ahondar en la masculinidad. Al final, afuera del salón, ellas se acercaron a decirme que me deseaban suerte con esa novela, que estarían pendientes de su publicación (si no recuerdo mal). Minutos después, vino hacia mí otra alumna para contarme algunos sucesos recientes de su historia personal: hablaba de su hija. La narración me llevó a recordar el mito de Eurídice. Ella era esposa de Orfeo y, mientras andaba por un valle, Aristeo intentó raptarla o poseerla o hacerse de ella; Eurídice huyó y pisó una serpiente cuya mordida le produjo la muerte. Orfeo fue a buscarla al Tártaro para traerla de vuelta al mundo, sujeto a la condición de no mirar hacia atrás hasta que la luz solar cayera sobre él. Mientras tanto, tocaba su lira. Cuando el sol lo alumbró, él volvió el rostro y notó que Eurídice había desaparecido

Conocí este mito mientras estudiaba en la universidad. Recuerdo haber escuchado en el relato que el sonido de un río del Tártaro simulaba el nombre de ella: Eurídice, Eurídice… hasta la eternidad.

Se suele aconsejar a los que se mudan de sitio que no miren hacia atrás. Yo en esta época he sentido que no hay oportunidad de volver la vista y sentir amor por la historia propia. No importa si estamos en mudanza o no. Creo que, desde hace tiempo, hay altos intereses puestos en adueñarse de nuestras experiencias personales e íntimas.

La narración que me dio aquella mujer acerca de su hija reafirmó lo que había experimentado: como si la humanidad hubiera decidido pulsar el botón de reset o plantear un game over, nos encontramos fuera de quicio en el más estremecedor sinsentido. Por eso recupero el mito y hago la siguiente síntesis: Aristeo quiso poseer a Eurídice contra su voluntad y, en consecuencia, ella encontró la muerte. Orfeo fue a salvarla, pero miró hacia atrás.

En el libro Mitología griega: dioses y héroes, de Ángel María Garibay, se explican los mitos en pocas palabras. Tras la Eurídice mencionada, el autor se refiere a otra del mismo nombre y se lee esto: “II. Hija de Amintas, y cuya madre era Cinane, hija del rey Filipo II de Macedonia. Fue dada en matrimonio a otro Filipo, el llamado Arrideo, antes de 323 a. C. Tuvo una serie de aventuras que no entran en un cuadro mítico. Es más bien asunto de historia. Se menciona para evitar equivocaciones y por tener alguna fama legendaria”.

Yo espero que la fama no me alcance para no entrar en los asuntos de Historia, como esa Eurídice que es mencionada de manera oblicua. Seguiré haciéndome responsable de lo que escribo, y si terminara en el Tártaro sujeta a que un hombre que toca la lira me salvara, estoy segura de que volvería la vista atrás como una rebelión: haría así mi más performático homenaje al silencio y la libertad.

Cuando regresé a casa, tras la conversación, sentí bastante miedo y viví un episodio delirante: quienes caminábamos por la calle éramos jueces de todos los demás y no teníamos piedad. EP  


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