Simples cubos de papel y cuero (segunda parte)

Luigi Amara continua con la reflexión acerca del tipo de compañeros que son los libros y las formas en las que mantenemos “conversaciones”, cuando los tenemos en las manos, cuando tocamos sus palabras, cuando están sólo esperando en nuestra biblioteca siendo ecos constantes, fantasmales. En esta segunda parte Luigi nutre la reflexión y la significación de los libros con algunos momentos históricos y referentes que se han hecho preguntas similares. ¿Qué hay en nuestras bibliotecas, además de libros?

Texto de 17/06/21

Luigi Amara continua con la reflexión acerca del tipo de compañeros que son los libros y las formas en las que mantenemos “conversaciones”, cuando los tenemos en las manos, cuando tocamos sus palabras, cuando están sólo esperando en nuestra biblioteca siendo ecos constantes, fantasmales. En esta segunda parte Luigi nutre la reflexión y la significación de los libros con algunos momentos históricos y referentes que se han hecho preguntas similares. ¿Qué hay en nuestras bibliotecas, además de libros?

Según Jules Renard, que murió relativamente joven, a los 46 años de edad, “es al afrontar la muerte cuando leemos más libros”. Desde aquel vértigo temprano, desde aquel desasimiento o desmayo rodeado por miles de volúmenes en la vieja biblioteca, he sospechado, por el contrario, que es cuando leemos más libros que nos enfrentamos y casi palpamos la muerte. Quién sabe cuántos escritores emborronen páginas y páginas y se demoren en encontrar el adjetivo perfecto pensando directamente en la muerte, fantaseando con esa forma un tanto chapucera de burlarla que llamamos posteridad; pero al menos en mi caso es difícil que tome un ejemplar de la estantería sin que la muerte me recuerde su presencia, sin que perciba su aliento helado y reciba la bofetada de su fetidez. Tanto si se trata de un libro de hace dos mil años como de uno escrito por alguien más joven que yo, allí está la sombra del fin, la insidiosa pregunta sobre la perduración de sus páginas sobrevolándolo como una nube fantasmagórica de polillas.

            Julian Barnes, lector fervoroso de Jules Renard al grado de considerarlo un pariente “no carnal”, en Nada que temer, su aguda y sabrosa meditación sobre la muerte, anota que, salvo el primero, nunca ha escrito un libro sin pararse a pensar en que podría morir sin antes terminarlo. Más que la anticipada congoja por la obra maestra que la humanidad se perdería por el inoportuno deceso, el temor de Barnes parece una nueva enunciación de lo que ya sabía de sobra Scheherezade: que la escritura es una carrera contra la muerte. Habida cuenta de que la idea de una inmortalidad vicaria se antoja bastante idiota, de que desafiar a la muerte o trascenderla a través de nuestras obras, a través de todos nuestros engendros de tinta y papel jamás ha consolado a nadie (“puedes llevarte mi cuerpo, llevarte toda la materia blandengue que hay dentro de mi cráneo, pero no puedes llevarte lo que he hecho con ella”), Barnes opta por hacer suya una lección aprendida en los Ensayos de Michel de Montaigne: como es imposible derrotar a la muerte, la mejor manera de contraatacar es no perderla de vista, nunca bajar la guardia frente a sus embates sigilosos, “tener el sabor de la muerte en la boca y su nombre en la boca”.

“¿tener el sabor de la muerte en la boca implica soñar con libros que se sabe perecederos y no eternos, libros sin esperanza, al fin y al cabo terrestres, demasiado terrestres, que se han liberado de la preocupación por la muerte y, por tanto, también un poco de su servidumbre, libros desencantados que se afirman en su fugacidad, ufanos de su condición pasajera y mortal?”

La enseñanza de Montaigne que Barnes recoge y adopta, ¿sugiere acaso que ya no hay más forma de escribir sino con la perspectiva de la finitud y la aceptación de la falta de futuro?, ¿significa que los libros han de escribirse no sólo en una carrera contra la muerte, con plena conciencia de que cada párrafo puede ser el final y cada punto el definitivo, sino con la desaparición y el olvido también como horizonte para el libro mismo, en contraste con ese espejismo de inmortalidad que suele rodear a algunos de ellos, por lo menos a ese puñado que denominamos “los clásicos”?, ¿tener el sabor de la muerte en la boca implica soñar con libros que se sabe perecederos y no eternos, libros sin esperanza, al fin y al cabo terrestres, demasiado terrestres, que se han liberado de la preocupación por la muerte y, por tanto, también un poco de su servidumbre, libros desencantados que se afirman en su fugacidad, ufanos de su condición pasajera y mortal?

En un célebre poema dedicado a Heráclito de Halicarnaso (poema que por cierto ha sobrevivido ya cerca de 2,500 años), Calímaco expresa una idea muy frecuente sobre la perspectiva desigual que aguarda a los hombres y a los libros frente a la desaparición. Allí escribe que Hades, “que todo lo arrebata”, jamás pondrá su mano sobre los poemas que compuso su amigo.

Alguien contó, Heráclito, tu suerte, y me hizo llorar

con el recuerdo de las muchas veces que ambos

despedimos el sol al conversar. Dondequiera que estés,

amigo de Halicarnaso, hace ya tiempo que eres polvo.

Mas siguen vivos, como ruiseñores, tus cantos, a los que Hades,

que todo lo arrebata, jamás pondrá sus manos encima.

Esta idea —este difundido anhelo— según la cual la muerte no puede enseñorearse sobre las creaciones artísticas y los libros porque esos no son del todo sus dominios, cabría contrastarla —o al menos matizarla— tomando como ejemplo la suerte que ha corrido la obra del propio Heráclito de Halicarnaso, poeta elegíaco del que, cuando mucho, y eso tras no pocas averiguaciones, podemos tener noticia en una página perdida de la Antología Palatina o en las notas al pie de alguna publicación erudita. Su obra (como también la de Heráclito de Éfeso, con quien se le confunde a menudo, así como la de la mayoría de los filósofos presocráticos), ha sobrevivido sólo en fragmentos, en citas, glosas y alusiones de otros autores, por ejemplo en la hermosa y ya citada elegía de Calímaco, infaltable en cualquier antología de epigramas e inscripciones funerarias griegas.

“Calímaco de Cirene es que, además de haber escrito un poema hoy perdido sobre la constelación de la Cabellera de Berenice, fue durante espacio de veinte años bibliotecario en Alejandría, donde introdujo un método para la catalogación y el acomodo de los libros, por el cual hoy se le reconoce como el padre de la bibliotecología.”

A propósito, entre las cosas que sabemos de Calímaco de Cirene es que, además de haber escrito un poema hoy perdido sobre la constelación de la Cabellera de Berenice, fue durante espacio de veinte años bibliotecario en Alejandría, donde introdujo un método para la catalogación y el acomodo de los libros, por el cual hoy se le reconoce como el padre de la bibliotecología; de modo que habrá tenido ocasión de sobra para estremecerse ante el paisaje cotidiano y abrumador de miles y miles de rollos y papiros desordenados y sin identificar, y quizá para preguntarse también sobre su destino, sobre su futuro que tal vez entonces no parecía del todo incierto, pues la gran biblioteca, el sueño imperecedero de Alejandro Magno, estaba llamada a perdurar por toda la eternidad. El propio catálogo de Calímaco,  conocido como “las Tablas” (Pínakes), una contribución sin precedentes a la sistematización de la lectura, no se ha conservado, sin embargo, y sabemos de él sólo de manera indirecta, por comentarios y citas dispersas. 

En el caso de Heráclito de Éfeso, aun es materia de controversia si su inconfundible estilo aforístico, reputado ya desde la antigüedad de “oscuro”, procede de haber escapado de milagro y, como se dice, “por los pelos”, de la mano implacable de Hades y haber llegado a nosotros como mera pedacería y escombros, o si, por el contrario, tal era su intención y ese el estilo filosófico buscado, con lo cual su desafío a la muerte y su astucia para ponerla en su sitio sería considerablemente mayor. Irene Vallejo, en El infinito en un junco, refiere que uno de los primeros libros de los que se tenga noticia es precisamente Sobre la naturaleza, obra que el propio Heráclito depositó en el templo de Artemisa de Éfeso, en el tránsito entre el siglo VI y V a. C., y de la que han llegado hasta nosotros unas cuantas pero poderosas astillas.

“…cada escritor que se muere hace que la biblioteca adquiera un aire sombrío de necroteca, que salga a la luz su cercanía con el depósito de cadáveres o, quizá mejor, con una galería de muertos vivientes, de esa clase de muertos a los que sólo nosotros, los lectores, podemos inyectar un poco de vida.”

Es la misma temporalidad distendida del libro, la resistencia para sobrevivir a su autor, así sea unas cuantas semanas más —no olvidemos que también los libros son condenados a la guillotina—, lo que en parte le confiere su cariz fúnebre y también ese acento de gravedad e importancia que a tantos intimida y deja del otro lado de sus puertas (conocidas como “portadas”); gravedad y resistencia que no pocas veces crean las condiciones para que el libro se ubique fatalmente, sobre todo en ciertas noches silenciosas, del lado del memento mori. Puesto que las obras pueden perdurar durante siglos y convertirse en lápidas de papel, volúmenes que ya nadie abre ni mucho menos interroga y que simplemente cumplen con el cometido de consignar el paso de su autor por este mundo —esa dilatada forma de emborronar, sobre las impalpables paredes del tiempo: “Yo estuve aquí”—, cada escritor que se muere hace que la biblioteca adquiera un aire sombrío de necroteca, que salga a la luz su cercanía con el depósito de cadáveres o, quizá mejor, con una galería de muertos vivientes, de esa clase de muertos a los que sólo nosotros, los lectores, podemos inyectar un poco de vida.

Y quizá por el descubrimiento quién sabe si muy original de que los libros tienen también algo de zombis, de zombis taimados y de apariencia inofensiva, con todo y su hambre nunca saciada por alimentarse de nuestros cerebros, me acuerdo ahora, gracias a un desvío impremeditado por las películas de terror de serie B, de que ya Michel Tournier había presentido en los libros la sombra apenas disimulada de los vampiros:

Seres alados de papel, vampiros secos ávidos de sangre que se desperdigan al azar en busca de lectores.

“…el canto superior de los volúmenes es el lugar favorito de las moscas para abandonarse a la muerte, y que es allí donde uno se las encuentra cotidianamente, bocarriba o en posiciones inverosímiles y rígidas aun cuando la tarde previa se haya pasado diligentemente el plumero.

            (Entre paréntesis, hay que decir que en un sentido más literal el libro también llega a convertirse con el tiempo en un cementerio, en un exiguo y apenas disimulado depósito de pequeñas criaturas. George Orwell, quien por cierto vio esfumarse su vieja fascinación por los libros tras haber trabajado en una librería anticuaria y estar rodeado y casi se diría cercado día y noche por ellos, observa que, por alguna causa desconocida, el canto superior de los volúmenes es el lugar favorito de las moscas para abandonarse a la muerte, y que es allí donde uno se las encuentra cotidianamente, bocarriba o en posiciones inverosímiles y rígidas aun cuando la tarde previa se haya pasado diligentemente el plumero. Esta abundancia de pequeños cadáveres alados —por no hablar de las polillas y pececillos de plata que sucumben en su interior, quién sabe si hastiados de tanta pulpa o envenenados por los ácidos del papel o por el plomo de la tinta— hace que, cuando menos lo esperamos, toquemos directamente la muerte con las yemas de los dedos, una experiencia breve e insignificante si se quiere, pero que lleva a que más tarde no nos sea tan fácil apartarla de la vista cuando nos disponemos a leer tranquilamente ese ejemplar ya manchado por la oscuridad y la finitud.)

«como observa en algún lugar Emerson, los amantes de los libros se comportan con tanta consideración y a veces con tanto arrebato como el que suelen manifestar los más apasionados amantes, y los hay que confunden su biblioteca con una suerte de harem inmóvil que apartan con celo y prudencia de las miradas ajenas, se trata a fin de cuentas de “un placer lánguido”»

            Antes de que Giacomo Casanova dejara de vivir su vida rocambolesca, rica en desdoblamientos y disfraces, en excesos y despilfarros y amoríos, y se recluyera en el castillo del Dux, en la antigua Bohemia, con el más bien sosegado puesto de bibliotecario (que, entre otras cosas, le permitiría redactar página tras página sus abultadas memorias durante trece horas diarias), pasó una temporada de ocho días encerrado en la biblioteca de Wolfenbuttel. Y aunque cuenta que allí fue feliz, que la biblioteca era comparable al enamoramiento —una experiencia tan deleitosa como cualquiera de sus conquistas—, siempre me ha parecido que esa encerrona, ese retiro demasiado enfático que de algún modo anuncia su posterior abandono del mundo aventurero en busca de una vejez rodeada de libros, lejos de dar pie a una versión fascinante o seductora del ratón de biblioteca o del lector apasionado, configura uno de los perfiles menos halagüeños de la biblioteca en cuanto habitación de los muertos o de los espíritus, incapaz de sacudirse el estigma de estar consagrada especialmente a aquellos que han optado por apartarse de la vida. Si Casanova habrá más tarde de jubilarse, por así decirlo, precisamente en una biblioteca, es porque intuye que su vida está ya de algún modo acabada y su única continuación más o menos palpitante consistirá en rememorarla por escrito, en reanimarla a través del recuerdo y la reflexión, bajo la tutela de cientos de libros hacia los cuales se ha desplazado la pulsión erótica, pero en los que inevitablemente se respira el polvo de las tumbas y de las voces también muertas y acabadas. Pues si bien, como observa en algún lugar Emerson, los amantes de los libros se comportan con tanta consideración y a veces con tanto arrebato como el que suelen manifestar los más apasionados amantes, y los hay que confunden su biblioteca con una suerte de harem inmóvil que apartan con celo y prudencia de las miradas ajenas, se trata a fin de cuentas de “un placer lánguido”, tal y como lo caracterizó Montaigne, de un placer al cabo insuficiente y sombrío, que está siempre un paso atrás de la vida tanto como la sombra lo está del cuerpo, y que no pocas veces termina por anquilosar el espíritu y por entumecer las funciones vitales, hasta que uno queda literalmente acartonado de pies a cabeza, reducido a poco más que una pila de libros, a la manera de ese óleo de Giuseppe Arcimboldo que retrata a un bibliómano o ratón de biblioteca cuyos rasgos, en la tradición de sus célebres “cabezas compuestas”, se conforman sólo de volúmenes empastados, de separadores de listón o cuero, de plumeros de colas de animal y de unos ganchos para sujetar papeles que hacen las veces de anteojos, en un equilibrio tan dificultoso como retraído que le da una apariencia contrahecha y miope a la figura, pero también un aire un tanto mezquino, como de quien no quiere compartir sus tesoros y los aparta hacia sí con recelo y avaricia.

            Y es justo en mi propia biblioteca que ciertas noches, necesitado de grata compañía, mientras recorro con la mirada ese cementerio atestado de fantasmas para reanudar mi deshilachada conversación con los muertos, mientras deslizo distraídamente el dedo por esa densa muralla de celulosa que yo mismo he construido con los años, he sentido la asfixia de los encierros lánguidos y demasiado cerebrales. Cierta lasitud, cierto repentino mareo, más cercano a la incomodidad que al desmayo, y que tiene algo de sequedad y de empolvamiento del ánimo, en que se diría que el árbol gris de la teoría me acerca sus frutos momificados y me tienta con sus encantos recubiertos de esa pelusa amarga y tóxica que crece en la penumbra, gracias a los cuales me quedo con el sabor de la muerte en la boca y el nombre del vacío a medio formar entre los labios. EP

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