Quitarse el sombrero, las mujeres de la generación del 27

Claudia Cabrera cuenta una historia que pocas veces se menciona acerca de las mujeres de la generación del 27. ¿Qué nombres de mujeres hubo además del de Federico García Lorca, Rafael Alberti o Luis Cernuda? ¿Quiénes fueron “Las Sinsombrero” y qué llevó a que se nombraran de esta manera? Este es un pequeño tramo de ese larguísimo camino que seguimos recorriendo en cuanto a la equidad de género dentro del ámbito literario.

Texto de 13/08/21

Claudia Cabrera cuenta una historia que pocas veces se menciona acerca de las mujeres de la generación del 27. ¿Qué nombres de mujeres hubo además del de Federico García Lorca, Rafael Alberti o Luis Cernuda? ¿Quiénes fueron “Las Sinsombrero” y qué llevó a que se nombraran de esta manera? Este es un pequeño tramo de ese larguísimo camino que seguimos recorriendo en cuanto a la equidad de género dentro del ámbito literario.

En la historia de la literatura abundan las omisiones, confusiones e imprecisiones y, cuando se trata de autoría femenina, las aguas se revuelven, las arenas se tornan movedizas y las letras de imprenta tienden a perder su característica consistencia. Durante el siglo xix vieron la luz una serie de obras escritas por mujeres cuyos nombres ahora nos resultan familiares, pero brillaron por su ausencia al momento de su publicación: Emily y Charlotte Brontë, Mary Ann Evans, Cecilia Böhl de Faber o Amantine Dupin, por mencionar algunas, firmaron sus maravillosas narraciones bajo los seudónimos de Ellis y Currer Bell, George Elliot, Fernán Caballero y George Sand, respectivamente. La primera edición de Frankenstein (1818), de Mary Shelley, apareció como anónima, mientras que Sidonie-Gabrielle Colette, autora de Claudine, se vio obligada a firmar sus primeros relatos con el apellido de su marido: Gauthier.

“En España, el siglo xx se inauguró con el impulso creativo e intelectual de autoras como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán; sin embargo, pronto se hizo evidente que faltaba un largo camino que recorrer en materia de equidad de género en el ámbito literario —y en muchos otros—”

            En España, el siglo xx se inauguró con el impulso creativo e intelectual de autoras como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán; sin embargo, pronto se hizo evidente que faltaba un largo camino que recorrer en materia de equidad de género en el ámbito literario —y en muchos otros—. En las primeras décadas de la centuria, la Institución Libre de Enseñanza transformó la educación en la Península e inauguró sus clases mixtas “hasta poner los pelos de punta a los reaccionarios mojigatos”, como recuerda María Teresa León en Memoria de la melancolía; nació la Residencia de Señoritas, en 1915, en estrecha relación con el espíritu de la Residencia de Estudiantes; el laicismo se abría paso poco a poco en una sociedad conservadora y las vanguardias revolucionaban los espacios artísticos gracias a autores como Ramón Gómez de la Serna y Luis Buñuel, y artistas plásticos como Pablo Picasso y Salvador Dalí. En este contexto se consolidó la llamada Generación del 27 —la “Edad de Plata”—, con célebres integrantes como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Dámaso Alonso o Vicente Aleixandre. Su denominación proviene de un acto realizado en honor del poeta cordobés Luis de Góngora —cuya obra fue estudiada y recuperada durante esos años— en el Ateneo de Sevilla, en ocasión del tercer centenario de su fallecimiento.

            A pesar del incipiente liberalismo de la época y de la revolución artística consolidada, en buena medida, gracias al futurismo de Marinetti, el dadaísmo de Tristan Tzara o el surrealismo de André Breton, las mujeres artistas no trascendieron de la misma manera que los hombres. Pocas veces escuchamos o leemos sobre María Teresa León, Josefina de la Torre, Rosa Chacel o Ernestina de Champourcin. En México, es prácticamente imposible adquirir un libro de cualquiera de ellas y la única autora del grupo a la que se ha hecho cierta justicia es a la filósofa María Zambrano. Dado que su obra se dio a conocer al mismo tiempo que la de sus pares masculinos, e incluso en las mismas publicaciones: Revista de Occidente, Alfar, La Gaceta Literaria o El Mono Azul, por mencionar algunas, la escasa reedición de sus obras y la poca atención recibida por parte de la crítica obedece, probablemente, al machismo de la época, así como al hecho de que algunas de ellas estaban casadas o emparentadas con intelectuales cuya obra debía tener un impulso mayor. En una sociedad muy patriarcal, como la española, eso las perjudicó, como apunta la investigadora Sara M. Saz.

““Las Sinsombrero”, apelativo proveniente de un acto subversivo que tuvo lugar en la Puerta del Sol, en Madrid, en el que Margarita Manso y Maruja Mallo, junto con García Lorca y Salvador Dalí, se quitaron el sombrero porque decían que les estaba “congestionando las ideas”, y los paseantes los apedrearon e insultaron.”

El grupo de mujeres de la generación del 27, al que también pertenecieron las artistas plásticas Marga Gil, Maruja Mallo y Margarita Manso, entre otras, ha sido llamado “Las Sinsombrero”, apelativo proveniente de un acto subversivo que tuvo lugar en la Puerta del Sol, en Madrid, en el que Margarita Manso y Maruja Mallo, junto con García Lorca y Salvador Dalí, se quitaron el sombrero porque decían que les estaba “congestionando las ideas”, y los paseantes los apedrearon e insultaron. El sombrero: “ese corsé intelectual que las relegaba al papel de esposas y madres”, en palabras de Tània Balló, directora —junto con Manuel Jiménez Núñez y Serrana Torres— de un documental que profundiza en la historia de estas mujeres y autora de dos libros dedicados a ellas.

            Una de las anécdotas ilustrativas del machismo literario español en la década de 1930 es la publicación del volumen Poesía española: Antología 1915-1931, en 1932, a cargo de Gerardo Diego, en el que se incluyó a diecisiete autores. A pesar de que escritoras como Ernestina de Champourcin, Concha Méndez o Josefina de la Torre habían publicado sus poemas en diversos medios, ninguno de ellos fue seleccionado para formar parte del libro. Dos años después, cuando sale a la luz la segunda edición de la antología, finalmente se incorporaron piezas de dos de ellas (De Champourcin y De la Torre), aparentemente gracias a la presión de Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas, y no a la intención de Gerardo Diego de enmendar su error, como señala Balló en Las Sinsombrero. Si bien esta omisión ha sido parcialmente reparada, gracias a estudios particulares sobre las tres escritoras y libros como Antología de poetisas del 27, de Emilio Miró, de 1999, la difusión de su obra sigue siendo escasa en comparación con la de los varones de la generación.

“…la Casa de las Siete Chimeneas, ostenta una placa —colocada con cierta demora, en 2017— en la que se lee: “Este edificio fue la sede del Lyceum Club Femenino (1926-1939). Lugar referente para el protagonismo de las mujeres en la conquista de sus derechos civiles”.”

            La creación del Lyceum Club Femenino en 1926, presidido por María de Maeztu, fue uno de los hitos de la liberación femenina en la época. Como señala María Teresa León en sus memorias: “En los salones de la calle de las Infantas se conspiraba entre conferencias y tazas de té. Aquella insólita independencia mujeril fue atacada rabiosamente”. Algunos autores consagrados, como Jacinto Benavente, se rehusaron a participar en las actividades del recinto argumentando que no podían dar una conferencia “a tontas y a locas”. Pero un buen número de intelectuales, como Rafael Alberti, apoyaron el proyecto y hubo actos importantes bajo la dirección de María de Maeztu y con la activa participación de Carmen Baroja, Zenobia Camprubí, Concha Méndez, Ernestina de Champourcin y un centenar más. Esta iniciativa, como tantas otras, se vio interrumpida por la Guerra Civil, y el Lyceum cerró sus puertas en 1939. El inmueble que lo albergó en la Plaza del Rey, en el centro de Madrid, la Casa de las Siete Chimeneas, ostenta una placa —colocada con cierta demora, en 2017— en la que se lee: “Este edificio fue la sede del Lyceum Club Femenino (1926-1939). Lugar referente para el protagonismo de las mujeres en la conquista de sus derechos civiles”.

            La guerra truncó una serie de proyectos culturales y educativos, así como el camino del país hacia la liberalización y la consolidación de la democracia. El sufragio femenino, recién conseguido en 1931, se ejerció en 1933 en las elecciones municipales y generales, pero no pudo hacerse efectivo para elecciones presidenciales hasta 1977. Pero, además de la suspensión de estas iniciativas, la vida de numerosos hombres y mujeres terminó antes de tiempo de forma violenta, o bien fue trastocada irreversiblemente. Esbozaré brevemente el destino de tres de las integrantes de esta generación que cruzaron el océano para encontrarse a salvo: Concha Méndez, Rosa Chacel y María Teresa León.

            La poeta madrileña Concha Méndez, quien en su juventud tuvo una relación amorosa con Luis Buñuel y posteriormente se casó con el editor e impresor Manuel Altolaguirre, realizó un periplo por Barcelona, París y La Habana antes de establecerse en México junto con su marido y su hija. En la capital cubana lograron montar nuevamente la imprenta en el barrio El Vedado, que habían instalado anteriormente en Madrid, La Verónica, y que había dado vida a revistas como Héroe y Caballo Verde para la Poesía. Una vez en nuestro país, la pareja se separó y Méndez permaneció en su casa de Coyoacán, en la calle Tres Cruces, en donde acogió a Luis Cernuda hasta la muerte del poeta sevillano en 1963. Ella murió en la capital mexicana en 1986. En 1995, James Valender publicó una edición de su obra poética titulada Poemas 1926-1986, bajo el sello de Hiperión.

            Rosa Chacel salió de España rumbo a Francia y posteriormente viajó a Suiza y Grecia, en donde la recibió el escritor Nikos Kazantzakis. Vivió durante tres décadas en Brasil, junto con su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, con largas estancias en Buenos Aires y Nueva York. Es autora de las novelas Estación. Ida y vuelta (1930), Teresa (1941) y Memorias de Leticia Valle (1945). El libro de relatos Icada, Nevda, Diada (1971) compila buena parte de su narrativa breve. Su cuento “Fueron testigos” ha sido incluido en volúmenes como la Antología universal de la literatura fantástica, de Jacobo Siruela, Los mejores relatos del siglo xx, de José María Merino, o Narraciones de la España desterrada, de Rafael Conte. Para la autora, hay una relación estrecha entre lo que se desea y lo que sucede, desde su propio nacimiento. Para ella, su salida de España, tras la Guerra Civil, fue un acto voluntario, sin sufrimiento. Como ella misma afirmó: “vuelvo a decirles que mi exilio fue un premio. […] En otros sitios no habría hecho una vida tan libre, tan cómoda […] Del exilio no he sufrido nada, nada de contrariable, nada de nada […] porque yo no me fui nunca, el exilio no existió para mí”. Sus libros y memorias se publicaron bajo los títulos Desde el amanecer y Alcancía, entre otros.

            La escritora riojana María Teresa León fundó la revista Octubre junto con su marido, Rafael Alberti, en 1933. Durante la guerra contribuyó a la creación de un organismo encargado de proteger las obras de arte del Museo del Prado y El Escorial, y creó el grupo artístico Las Guerrillas del Teatro, el cual representó y adaptó obras de Lorca, Schnitzler y Cervantes. La pareja se exilió en Argelia, Francia e Italia para finalmente instalarse en Buenos Aires —con numerosas estancias en Uruguay— y, años más tarde, en Roma. Tras el fin de la dictadura volvieron a España, en donde ella padeció Alzheimer y murió, en 1988. Escribió novela, ensayo, relato, obras de teatro y guiones cinematográficos. Destacan sus Cuentos de la España actual (1935), Morirás lejos (1942) y Fabulas del tiempo amargo (1962), además de sus espléndidas memorias. En estas se describe el machismo que vivió de niña y adolescente en una España en donde las mujeres decentes no podían ser cómicas y en donde contrajo su primer matrimonio a los diecisiete años: “Nació el hijo primero cuando ella era tan joven que enternecía”, escribe sobre sí misma en tercera persona. “Le costó mucho acostumbrarse a que un niño y no una muñeca la esperase en casa”. El exilio, para Teresa León, trastocó todo lo que había construido, la vida que gracias a su dedicación y talento había conformado en la capital española. Memoria de la melancolía, escrito a sus sesenta y siete años, es testimonio del dolor provocado por la circunstancia que la arrancó de su país natal:

Nosotros somos aquellos que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles deshechas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros derruidos, de torres caídas y campos devastados. Un paraíso donde quedó la muchacha, el muchacho, la sonrisa, la canción, la flor, el amor, la juventud, los ojos, los labios tensos para besar […] Nosotros somos los desterrados de España, los que buscamos la sombra, la silueta, el ruido de los pasos del silencio, las voces perdidas.

Como María Teresa León, varias de estas autoras escribieron, además de una vasta producción poética o narrativa, entrañables diarios y memorias que hoy resultan fundamentales para reconstruir la historia de España durante aquella época, así como para seguir los pasos de los ciudadanos que continuaron su lucha —ideológica, artística, feminista— desde el exilio. Investigaciones realizadas en las últimas décadas han contribuido a honrar el legado de estas talentosas mujeres. Ojalá en un futuro sus obras puedan ser leídas y apreciadas en todas las latitudes. EP

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