Punto de cruz

¿Qué son las mentiras si no las consideramos como tales? Daniela Tarazona piensa en su excesiva credulidad y cómo eso puede transformar la forma de entender la verdad y la mentira.

Texto de 27/08/21

¿Qué son las mentiras si no las consideramos como tales? Daniela Tarazona piensa en su excesiva credulidad y cómo eso puede transformar la forma de entender la verdad y la mentira.

Soy de las personas que pueden ser engañadas con facilidad. En principio, creo en lo que me dicen los otros. Alguna vez, hace muchos años, un compañero de la escuela —todo terreno en bromas y maldades— me señaló la imagen de un billete con don Benito Juárez y me aseguró que era su descendiente. Yo le creí de inmediato, ¿por qué me mentiría? Pero cuando él, que no era perverso, vio mi cara de sorpresa, se retractó y me dijo que había sido una broma. Ese mismo compañero después me besó durante una fiesta. Nos queríamos de alguna manera, supongo, sin mentiras de por medio. Nunca fue mi novio.

            Años después hicimos una obra de teatro. Mi amigo fue el protagonista y tenía dotes para actuar de maravilla. No sé, bien a bien, por qué no se dedicó a eso. El teatro no es el territorio de la mentira, sino el de la persuasión. Ojalá mi amigo hubiera sido actor.

            Solemos atribuir engaños a los demás, aunque seamos personas que se engañan a sí mismas. Yo pasé décadas con la creencia de que debí haber sido actriz, en vez de escritora. Por eso, cada vez que tengo tiempo y el cerebro y el alma libres de humo, me voy al teatro a que me persuadan. Yo me presto a eso, soy ese tipo de persona.

Quienes escribimos también mentimos en cierto sentido. Ya se ha comentado bastante acerca de eso. Y vamos más lejos: tomamos prestadas las historias y los párpados y los ojos de los otros para conformar nuestros textos aproximándolos a lo que se nos antoje decir.

            Quienes escribimos también mentimos en cierto sentido. Ya se ha comentado bastante acerca de eso. Y vamos más lejos: tomamos prestadas las historias y los párpados y los ojos de los otros para conformar nuestros textos aproximándolos a lo que se nos antoje decir. No siempre nos salimos con la nuestra. (De hecho, yo creo que es mejor perder el rumbo, pero el extravío es tema de otro texto.) Por ejemplo, si coloco en esta línea la imagen de la mujer que sube escaleras con saltos de dos en dos —como si la vida se le fuera en ello—, quizá las lectoras y los lectores puedan figurarse que la psicología de ella está determinada por la prisa. No es que vaya a llegar al piso de arriba antes que quienes habitan la misma casa; el problema con este personaje radica en su intención. Se puede deducir, entonces, que la mujer de este extracto de relato no quiere saber llegar, sino quiere llegar antes. ¿Pero antes de qué?: Misterio disfrazado de mentira.

            En el reino de las mentiras siempre hay ambigüedad. A mí la ambigüedad, como recurso literario, me fascina y procuro emplearla de manera recurrente en mis escritos. En este punto, la mentira es semejante al chisme en su constitución: no sabemos en dónde se origina, especulamos qué tanto del chisme recibido es verdad, sopesamos, atamos cabos, nos proponemos hipótesis. Pero hay chismes más verdaderos que las mentiras.

            Hay quienes son chismosos de manera franca. Yo confieso ser una chismosa contenida y casi siempre discreta. Me fijo bien en las fuentes, pongo atención, me atengo a lo que sé de manera previa, porque la experiencia es lo único que tenemos ya —en este mundo cruel, y al paso de las décadas (yo atravieso la cuarta transformación y me faltan cuatro años para llegar al quinto piso)—.

            Me gusta mucho el alcance casi místico de la definición de chisme que da el H. Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Arranca con “Noticia verdadera o falsa…”, me enciende la mirada porque pienso: claro, el chisme implica la creencia de quien lo escucha, su devoción, y para escuchar de verdad es necesario creer. El sujeto o sujeta del chisme es semidiós(a) en este sentido, entonces se juega la probabilidad, la verdadera identidad del fantasma que aparece ¿Creemos en él o en ella? Ahí está el detalle, como diría Cantinflas. ¿Cantinflas lo diría? Ya no se sabe si sería posible en este mundo cruel. En uno de los semáforos de Gabriel Mancera hay un muchacho vestido de Cantinflas que hace números durante la luz roja y suele decirme: “Gracias, Chata”. Siempre volteo a ver a José y le digo: ¿Yo qué tengo de chata? Lo pregunto seriamente. Soy una persona a la que es fácil engañar.

            Puedo decir con solemnidad que alguna vez supe bordar en punto de cruz. No miento. Yo creo que sería capaz de recuperar esas habilidades, pero el tema tremendo es que ya no veo bien y evito desgastarme más los ojos. Entonces, eludo el bordado. EP

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