Las paredes oyen

El desarreglo de mis noches comenzó de manera súbita (casi podría señalar una fecha exacta en el calendario), y aunque en ello tuvo que ver indudablemente la edad, me temo que fue consecuencia de mi obsesión por comprender las distintas fases del sueño.

Texto de 11/03/21

El desarreglo de mis noches comenzó de manera súbita (casi podría señalar una fecha exacta en el calendario), y aunque en ello tuvo que ver indudablemente la edad, me temo que fue consecuencia de mi obsesión por comprender las distintas fases del sueño.

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La vieja sospecha de que las paredes oyen ha sido cumplida por la arquitectura contemporánea, que se inclina por paredes apenas más gruesas que el papel. Lejos de las fantasmagorías y juegos de sombras que se crean con los auténticos paneles shōji japoneses, nuestras paredes levantadas con tabiques de hormigón, tan livianas e insustanciales que parecen de mampostería, producen más bien juegos sonoros, aberraciones y trampas de la acústica, todo lo cual se confabula para transformar los pasos confiados del vecino en la visita trepidante de un ladrón. ¿Cuántas veces, a mitad de la noche, no habré jurado que un intruso abría la puerta y avanzaba hacia mi cuarto con la decisión de un asesino a sueldo, para desviarse repentinamente hacia el baño del departamento de arriba?

            Si detrás de la idea de una pared que oye está la postulación de una membrana de cemento que hace las veces de tímpano, quizás el vestíbulo y los pasillos de la casa forman una especie de laberinto que magnifica los ruidos más leves y lejanos, condenándonos a vivir en el sobresalto permanente. El cráneo es una caja de resonancia fabulosa, pero también demasiado propensa a la fabulación y, sobre todo en la madrugada, en esas horas desprevenidas en las que esperamos que todo duerma, le basta un leve tintineo de origen desconocido para levantar un ejército de acechanzas en su contra.

             En su libro The Thing About Life is That One Day You’ll Be Dead, David Shields subraya que, con la edad, una noche de sueño ininterrumpido se vuelve una rareza, casi una bendición milagrosa, y que a partir de los 73 años —en el supuesto de que alcancemos esa edad—, nos despertaremos cada noche un promedio de 21 veces. El libro de Shields es una suerte de memento mori en cascada, una tormenta de datos acerca de la finitud de la existencia, perturbadora y paradójicamente estimulante; una reflexión sobre la vida en cuanto proceso de deterioro y, en fin, una carta sincopada al padre sobre el aprendizaje de la muerte, que se vale del humor y la memoria personal para poner en perspectiva curiosidades fisiológicas relativas a la entropía del cuerpo humano. Está compuesto de capítulos breves que he leído casi siempre en la cama, a veces después de que un ruido me despertara.

            El desarreglo de mis noches comenzó de manera súbita (casi podría señalar una fecha exacta en el calendario), y aunque en ello tuvo que ver indudablemente la edad, me temo que fue consecuencia de mi obsesión por comprender las distintas fases del sueño; obsesión que coincidió con la presencia inusual de ruidos nocturnos, amplificados por la suma de extranjería y espanto que flotaba en medio de lo irreconocible en una época en la que todavía no me acostumbraba a dormir en las inmediaciones del bosque.

            A pesar de que ya desde la pubertad empezamos a perder células sensitivas del oído y nuestra capacidad auditiva se reduce notablemente con el paso de los años (el rango de audición de un bebé alcanza los 40,000 Hz por segundo, el doble de un adulto), llegados a cierta edad —y sospecho que de manera pronunciada si hemos tenido hijos—, desarrollamos un sentido de alerta que compensa de alguna manera el declive y la sordera incipiente; cierta hipersensibilidad entremezclada con aprehensión y sospecha, gracias a la cual incluso el zumbido de un mosquito adquiere las proporciones de un brusco despliegue de alas, que en algunas circunstancias puede arrojarnos a la deriva en medio de las aguas turbulentas de la noche. Antes que una mayor agudeza perceptiva, quizá se trate simplemente de un aumento en la angustia nocturna; la telaraña de temores gusta de alimentarse de sí misma y extenderse a nuevos rincones, dispuesta a vibrar ante el menor roce, así sea el de la quejumbre consabida de la madera. Ese estado de alerta, como una pesadilla que se muerde la cola, suele ser la causante de más desordenes del sueño, que a su vez redunda en dificultades para respirar, en opresión en el pecho y la garganta —es decir, en más y más angustia—, que como una bola de nieve mental contribuye a precipitar el desenlace fatídico que David Shields tanto se empeña en recordarnos.

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¡Qué insignificante parece el horror a la página en blanco cuando se compara con el horror a las noches en vela! Hace un par de años, un libro menos desasosegante que el de Shields tuvo el efecto de alterar, quizá para siempre, mi ciclo circadiano, la línea cada vez más delgada que separa el sueño de mi vigilia. Durante una estancia solitaria fuera de la ciudad, en las proximidades del bosque, me llevaba a la cama todas las noches el libro de Jean-Didier Vincent, Viaje extraordinario al centro del cerebro, una exploración fantástica a esa galaxia desconocida que habita en nuestra cabeza. De un día para otro, mientras leía el apartado sobre las fases del sueño, algo cambió radicalmente en mí; tal vez la disminución esperable de melatonina en mi química cerebral se hizo patente de forma abrupta; tal vez mi fábrica corporal ingresó extraoficialmente a su etapa de franca decadencia, el caso es que mientras dormía empecé a seguir mentalmente las fases del sueño, a recorrer sus crestas y profundidades como quien repasa una asignatura para un examen. En un desdoblamiento insano y enloquecedor en el que se alternaban la primera y la tercera persona, dormía y me miraba dormir, soñaba y me miraba soñar; y aun a veces, como si hubiera quedado atrapado en una prisión concebida por Piranesi y dibujada por Escher, soñaba que me miraba soñar; el sueño era tan vívido que pronto se confundía con la vigilia, por lo que se creaba el efecto de una tercera persona que miraba al que soñaba mirar, todo lo cual ocasionaba un cortocircuito que terminaba por despertarme.

            En pocas palabras, no descansaba nunca. Y si aquella sobreexcitación de la autoconciencia puede ser clasificada entre las formas de “dormir”, se trataba de una variedad superficial y muy poco satisfactoria. Como si el acto de escrutar el cerebro humano produjera una perturbación indeseable en el propio cerebro, me despertaba después de completar cada ciclo de sueño, más o menos al cabo de una hora y media; y pese a que lograba dormirme de nuevo a los pocos minutos, en ocasiones ya no pegaba el ojo para nada, cada vez más inquieto por los ruidos desconocidos y los elementos fantasmas circundantes, que se habían intensificado por el arribo del verano y las primeras lluvias, y a los que mi condición vigilante enrarecía y magnificaba de sobra.

            La fase REM o de sueño paradójico (en español MOR: Movimiento Ocular Rápido) combina una intensa actividad cerebral con el bloqueo casi total de los músculos del cuerpo, y es sobre todo en su etapa final en la que somos capaces de captar —y de incorporar subrepticiamente a la lógica de los sueños— cierta información del exterior, sonidos o atisbos perceptuales que se arremolinan y transfiguran en evoluciones oníricas imprevisibles. Es en esos minutos, por ejemplo, que una migaja perdida entre las sábanas puede crecer desmesuradamente hasta convertirse en un acantilado; y era también en esos minutos ambiguos en que los párrafos del libro de Vincent se volvían más presentes, más inescapables y angustiosos, como en una pesadilla repetitiva que se fuera dictando a sí misma, idéntica cada noche. Por más que la investigación sobre el cerebro se presentara como una especie de travesía interestelar, a medida que pasaban los días —las noches en blanco—, más bien se me figuraba como un ejercicio de autoespeleología para el fisgoneo de los procesos internos, un remedo de vivisección no exenta de riesgos, cuyo germen de morbosidad me estaba jugando una mala pasada.

            Quizás fue el vértigo del cerebro en el acto de auscultarse a sí mismo, descoyuntado por el esfuerzo de escrutar sus propios procesos en el espejo; quizás fue la sugestión producida por el libro de Vincent, de tan palpables y fascinantes descripciones, pero ya no lograba conciliar el sueño sin que un hilo de la conciencia acompañara mis noches hasta finalmente despertarme. Incluso en las honduras de la fase Delta (aquella en que la respiración alcanza su ritmo más lento y el sueño es más pesado y en principio, más reparador), algo en mí parecía permanecer despierto, y conforme me remontaba hacia la superficie con el cuerpo completamente paralizado, como si aleteara sólo con los párpados en dirección de la vigilia, el hilo de la conciencia, adelgazado hasta lo indecible pero nunca roto ni disuelto del todo, me hacía darme cuenta de que estaba en la última fase del sueño y me despertaría de un momento a otro, hasta que, como en una maldición autocumplida, abría los ojos.

            En una noche común y corriente, ese regreso a la vigilia, transitorio e imperceptible, es apenas la ocasión para tomar un poco de aire de realidad y sumergirnos de regreso en el sueño. En las circunstancias de extrañamiento en que me encontraba, intoxicado por las revelaciones del libro y rodeado de toda clase de graznidos misteriosos y deslizamientos espectrales, la tensión superficial de la vigilia se adensaba o endurecía hasta tornarse impenetrable, y por más esfuerzos que hiciera en busca de abandonarme en las aguas huidizas de la inconsciencia, por más respiraciones 4-7-8, 4-7-8 que practicara, por más tapones para los oídos a los que recurriera, lo único que conseguía era darme de topes contra el suelo, contra ese suelo repentino que apenas unos segundos antes era del todo líquido y me envolvía.

            Aunque el sueño continuo de ocho horas sea una invención reciente, que obedece a los ritmos del capital —se diseñaron campañas de “higiene” para promoverlo durante la Revolución Industrial—, tanta intermitencia me estaba convirtiendo en un sonámbulo de tiempo completo, regido por las indicaciones de un libro de texto que funcionaba a manera de metrónomo.

            Tal vez era lo que me despertaba en primer lugar, pero allí, tendido en la cama sin ninguna esperanza, la materia sonora de la noche pasaba a primer plano y me transportaba a una región muy próxima al miedo, exactamente como si en la fachada de mi casa se estuviera proyectando una película de misterio que no alcanzaba a ver: ladridos, ululaciones, rodamientos sospechosos sobre la hierba; contra el telón eléctrico de las cigarras se distinguían rasgaduras, silbidos de ranas con disfraces de pájaro; aullidos dolientes del viento entre los árboles, alternados por garras que excavaban con desesperación, juraría que a las puertas mismas de mi cuarto; pisadas sigilosas en el techo, apareamientos salvajes de criaturas nocturnas, explosiones guturales de placer que se confundían con ecos que juraría salidos de los cuadros de El Bosco… Una vez que, con los primeros rayos del alba, irrumpía el estruendo de las chachalacas, más puntuales y efectivas que el canto del gallo, mi corazón daba un vuelco, me incorporaba agitado y bañado en sudor, pero después de tantas horas alucinadas en las tinieblas esas matracas emplumadas y locas significaban al menos el anuncio del alivio de la luz.

3

A causa de la poca familiaridad con el entorno, una invitación a pasar la noche fuera de casa puede ser una invitación a pasar la noche en blanco. Cierta gente del campo necesita, para abandonarse al sueño, de la almohada vibrante del canto de los grillos; y hay habitantes de las urbes que no se relajan sin el arrullo de los coches como ruido de fondo, pero que se alteran ante el chirrido lejano de una cigarra. Morfeo es un dios cambiante y seductor, de allí que el sonido de sus muchas alas se escuche diferente en cada latitud. Y aunque a plena luz del día aquilate y ponga en práctica el concepto de Murray Schafer de “paisaje sonoro” o soundscape, a lo largo de aquellas noches intranquilas cualquier defensa del valor del silencio y del sonido por sí mismo como fuente de creatividad se me presentaba como un tobogán hacia el infierno.

            En Relatos de un bebedor de éter, Jean Lorrain, el dandy decadentista que alguna vez se batió en duelo con Proust, cuenta las peripecias de una noche intoxicada a las afueras de un pueblo en la provincia, cuando de visita para asistir a un baile de disfraces lo alojaron en una zona remota y un tanto descuidada de la casa. Una vez solo, y todavía sin suministrarse dosis alguna de droga, alcanza el sueño de los justos mientras afuera cae una borrasca de nieve pavorosa, acompañada de un festín de ruidos confusos y gemidos, que tienen el efecto improbable de tranquilizarlo. En la madrugada, cerca de las dos, lo despiertan los quejidos y aspavientos de lo que parece un ave nocturna, tan invisible como inquietante y que, al parecer, ha quedado atrapada en la chimenea. Al poco rato serán dos aves más, sin otra consistencia que las sombras, las que lo asedien y le impidan dormir, con sus movimientos torpes y sus picotazos insistentes y una palabrería como de “viejas socarronas”. Es verdad que ya para entonces ha recurrido al éter, pero sólo con la intención de calmarse, pues la pesadilla auditiva ha ido en aumento y, como si las alucinaciones tuvieran doble filo —uno mental y otro físico—, ahora presenta heridas en una mano y hay manchas de sangre por todos lados. Cuando por fin la luz disipa la espesa cortina sobre la que se desarrolló el ataque, la habitación está revuelta pero no hay el menor rastro de los pajarracos; y si bien la venganza burlona de esos demonios alados se antoja un delirio de la toxicomanía, la fiebre alta y los temblores que lo aquejan parecen más una consecuencia que una explicación de lo ocurrido. La sangre, como sea, se ha derramado realmente y su mano presenta los signos de una lucha inexplicable.

            Cada vez que paso una mala noche en el campo me acuerdo del relato de Jean Lorrain. Dado el largo historial de abuso de sustancias del protagonista (un trasunto apenas disimulado del autor, que terminaría sus días carcomido por las úlceras producidas por el éter), podría pensarse que las alucinaciones auditivas tienen que ver con unos nervios reducidos a hilachas, con la fragilidad de un organismo consumido por la droga, presa fácil de la paranoia y la ansiedad. El relato termina, sin embargo, cuando los dueños de la casa le hacen saber que tiempo después encontraron los esqueletos de tres lechuzas atrapadas en la chimenea de la habitación en la que se hospedó…

            Por más que, a fuerza de largas temporadas en la proximidad de los árboles, me haya habituado a los sonidos deslizantes y a los cacareos confabuladores de la oscuridad, debo decir que la figuración de bestias salvajes no se ha interrumpido, e incluso alcanza proporciones fantásticas cuando la tela del silencio se rasga por algún ruido nuevo o irreconocible, lo que sucede con frecuencia, pues la vida en los límites del bosque es cambiante y variada y no deja de deparar sorpresas y también algún susto. Mientras, con un guiño a Jean Lorrain, juro mantenerme lejos de los estimulantes y las plantas psicoactivas a fin de no atizar el vendaval de las noches, no he dejado de descubrir, aquí y allá, indicios o contrapartes materiales de los sonidos que me desvelan, como aquella vez en que, tras una semana de escuchar pisadas acechantes y rasgaduras obsesivas en el piso deshabitado de arriba —en las fronteras de la inconsciencia yo creía que arañaban las paredes de mi cráneo—, descubrí dos boquetes de unos veinte centímetros en la fachada superior. A juzgar por la profundidad de la obra, poco faltó para que la alimaña no identificada consiguiera su objetivo de ingresar a la casa…

            ¿Y qué decir del visitante enigmático que solía rondar por las inmediaciones al amparo de la noche? Sus pisadas, parecidas a las de un hombre de edad que arrastra los pies con pesadumbre y sin embargo es capaz de movimientos ágiles y repentinos, lograron espantarme el sueño en más de una ocasión. Elusivo, refractario a la luz de la linterna y especialmente hábil para camuflarse en la espesura, cuando salíamos a avistarlo se diría que contenía la respiración y que suspendía sus signos vitales para confundirse entre las rocas. Sólo después de mucho tiempo, en un claro de luna llena, entreví a un viejo y pesado armadillo que escarbaba apaciblemente en busca de raíces frescas.

4

Mucho más infernales que los estruendos del bosque pueden llegar a ser los gemidos de dolor humano. Quizá porque los peligros entre nuestros semejantes adquieren rostros familiares y se materializan de formas consabidas, cuyos desenlaces fatales el cine y la fotografía han representado con gran despliegue técnico y buena iluminación, la actividad más bien fantasiosa y desbocada de los insomnios campiranos se convierte en terror cuando la quietud de la noche se quiebra de improviso por algún grito o disparo. Si las ensoñaciones noctámbulas que inspira el viento entre los árboles responden a miedos atávicos derivados de nuestra vulnerabilidad en el seno de la naturaleza, el espanto urbano ante las reverberaciones del crimen procede del pozo de nuestra propia oscuridad, de prestar oídos a los mismos horrores de los que somos capaces.

            Durante muchos años el departamento debajo del mío permaneció sin habitar; al parecer lo alquilaba alguien que vivía fuera del país y que se daba el lujo de conservarlo exclusivamente para los viajes más bien esporádicos que hacía a Ciudad de México. Desde el punto de vista de la sana distancia y la consideración con el prójimo, se trataba del vecino perfecto: ausente y sin rostro, si acaso un rastro tenue de desplazamientos un par de veces al año que, como sea, se perdían en medio del ajetreo cotidiano. Ni siquiera un fantasma habría sido tan propicio para la convivencia más o menos estrecha a la que nos obliga la vida vertical en las grandes ciudades. No es que rechace el sentido de pertenencia comunitaria ni que me incline por la misantropía vecinal, pero ni el trato más solidario y amable ni la posibilidad de contar con una taza de leche para la cena se comparan con la libertad de bailar hasta el amanecer un lunes cualquiera, o de martillar los estantes de la biblioteca a las cuatro de la mañana, o de trasladar, como hacíamos a menudo, el mueble rodante del televisor hacia la cama para las funciones de cine de medianoche.

            Por más gruesos y sólidos que sean los muros de un edificio (en el que vivo data de los años cuarenta: una mole bien plantada de techos altos y columnas a prueba de terremotos, cuyo único inconveniente, desde el punto de vista acústico, es la decrepitud demasiado achacosa de la duela), siempre sabremos más de la vida de nuestros vecinos de lo que el sentido de la discreción juzgaría recomendable. Por el simple hecho de habitar un mismo espacio, uno se expone a conocer los ritmos amatorios del vecindario y a reconocer el rechinido característico de las distintas camas. Todas esas revelaciones escuchadas, todas esas infidelidades atisbadas, sin querer, se vuelven comprometedoras al desearles los buenos días en escaleras y pasillos, y llega un punto en el que, conscientes de habitar en una cámara de ecos, todos nos comportamos como si estuviéramos en falta, a la manera de los personajes de El quimérico inquilino de Roland Topor, aquella novela escalofriante de ruidos indiscretos y duplicidades suicidas.

            En lo personal, me avergüenza y ofrezco disculpas por mi deriva vociferante; quizás el hecho de haber sido sometido a toda clase de grabaciones de bel canto durante mi infancia y el que mi padre gustara de celebrar la vida ensayando arias los domingos y días festivos, me llevaron a entender el mundo de forma demasiado operática y a alzar la voz desproporcionadamente a medida que el apasionamiento en la conversación aumenta. Y tampoco puedo callar o minimizar aquí las peleas domésticas y las discusiones a gritos que yo mismo propicié y no supe o no quise detener y que seguramente llegaron a oídos a de los vecinos; la sarta de necedades, injurias y humillaciones que proferí al volumen correspondiente de la furia y que —me temo haberlo entendido muy tarde— no eran más que esfuerzos desesperados de tener el control, manifestaciones autoritarias de la impotencia, exabruptos de una psique al cabo vertical, poseída por la voluntad de dominio, que recurre al estallido

cuando se cree acorralada y no encuentra los recursos emocionales ni creativos para sobreponerse a las desavenencias, a la adversidad, a todas aquellas presuntas traiciones que juzga inaceptables.

            Cuando hace años visité en Guadalajara a El mago Pérez, el hipnotista de Sergio Pitol, Mario Bellatin y algunos conocidos más, el ejercicio que me asignó consistía en sacar a la calle, en bolsas de basura, el volumen desmedido e innecesario de mi voz, para que el camión del servicio se lo llevara lejos. En medio del trance al que sin embargo yo, desde mis reservas demasiado racionales y anquilosadas me resistía, pude apresar esos jirones de voz en el espectro grave, esas reverberaciones que no disimulan su intención de erigir un despliegue físico, y las vi perderse calle abajo, anudadas en plástico negro y apagadas por la campana ambulante del barrendero. Tuvo que transcurrir más de una década para que ese ejercicio lo asumiera como un ritual cotidiano y todavía un poco más para que al fin entendiera que, a la par del volumen de tenor, debía arrojar a la basura también las máscaras de autoridad a las que ese volumen correspondía, todas esas caretas operáticas de jerarquía y altivez desde las cuales me atribuía, de una forma u otra, una posición de superioridad. Aunque sabía que “persona” significa máscara y deriva de la expresión del teatro antiguo per-sonare, “sonar a través de”, hacía falta desmontar los distintos artilugios de amplificación que me he adosado al rostro y de los que aún perduran resabios e incómodas costras resecas…

5

La mayor pesadilla acústica que recuerdo provino del lugar más silencioso e inesperado, y de algún modo tuvo que ver con esas máscaras de autoridad masculina a las que solemos recurrir, especialmente en grupo, para romper el hielo y, así sea de manera torpe y estentórea, demostrar nuestros afectos y nuestro espíritu de camaradería. Todo comenzó con una fiesta en el departamento de abajo, que por inusitada llamó nuestra atención desde sus preparativos, pues ya eran altisonantes y pendencieros y, aunque amortiguados, llegaban hasta nosotros con los ecos equívocos de un palenque o una pelea de gallos. Estábamos acostumbrados a las largas noches de duelo solitario, con música de Chavela Vargas y abundante tequila, de nuestra vecina de arriba, que acababa de enviudar y a la que comprendíamos y acompañábamos en su dolor e incluso procurábamos consolar, pero la fiesta de abajo, más que por su estruendo, se distinguía por su brutalidad, por su sorna soez y una crueldad en aumento que se filtraba por los postigos y las rendijas y hacía que se cimbraran las paredes del edificio.

            Puesto que no conocíamos para nada al vecino, no alcanzábamos a adivinar el tipo de reunión que se desarrollaba bajo nuestros pies, pero cierto tono destemplado y acaso lúbrico en el ambiente, así como el hecho de que involucrara a una cofradía solamente de varones, la emparentaba con una despedida de soltero, con esas ordalías saturadas de testosterona, envalentonamiento y situaciones al límite, que esta vez acaso coincidía también con la despedida del departamento.

            Como habíamos organizado antes muchas fiestas, si bien con la precaución de invitar a los vecinos (no sólo para que estuvieran al tanto, sino con la idea de que, en lugar de padecerla, se pudieran sumar eventualmente a ella), aceptamos de buena gana que fuera nuestro turno de recurrir a los tapones anti-ruido. Tanto provecho habíamos sacado de ese departamento vacío bajo nosotros que, así fuera en homenaje a los inolvidables zapateos para recibir el amanecer, no venía a cuento que ahora nos pusiéramos los moños, ni siquiera porque era entre semana —¿martes?— y los decibeles parecían aumentar a medida que se apagaban las luces del vecindario.

            A eso de las tres o las cuatro nos despertaron los golpes secos y los gemidos de dolor. No se escuchaba ya otra música salvo la de los hielos girando en remolinos de alcohol, además de voces y risitas que confabulaban y parecían turnarse para infligirle daño a alguien, presumiblemente ya tendido en el suelo, que resistía y encajaba los golpes sin gritar, aun cuando no alcanzara a reprimir de tanto en tanto algún quejido puramente animal. ¿Un ajuste de cuentas?, ¿una tortura de larga duración embozada bajo la pantomima de un brindis entre amigos? Si era una fiesta, era de ese tipo salvaje y desmedido en que la violencia se celebra a sí misma. ¿Por qué la víctima —si es que en realidad lo era— no gritaba o pedía ayuda abiertamente?, ¿por qué parecía reprimir o contener el sufrimiento y permanecía estoicamente con la boca cerrada sin clamar piedad?, ¿estaba amordazado?, ¿se trataba de un rito consensuado y masoquista del que no quedaba ni sombra de placer?, ¿la iniciación en alguna secta satánica? Ese mutismo agónico no podía responder a un miedo enrevesado al qué dirán; en todo caso, se trataba de una violencia de tal magnitud que sólo el silencio podía ser su garante.

            Pero si la garganta no estallaba en gritos de auxilio, el cuerpo no dejaba de emitir sus propios estertores, en el mismo tono sordo y silbante en que un costal de huesos respondería a una lluvia de palazos. Ni los ruidos más amenazantes del bosque pueden compararse con ese aullido de la piel al ser embestida sin contemplaciones; no hay pisadas furtivas que puedan rivalizar en horror con ese vaciamiento angustioso de los pulmones, ese puro flujo material de aliento que escapaba del cuerpo, reacio a la descripción y a los lugares familiares de la lengua, sólo equiparable al sonido de un odre de cuero despojado de las cuerdas vocales.

            En cuanto uso presimbólico de la voz, el grito pertenece a un orden más allá de lo discursivo; es una brusca descarga de la laringe, una suerte de secreción anterior al lenguaje, que sobreviene o es arrancada cuando el lenguaje ha sido sobrepasado o reducido a cenizas, pulverizado por las laceraciones del suplicio o el gozo. Acá el dolor —o el pacto de silencio— había llegado tan lejos como para anular incluso el grito; de ese departamento fantasmal, de pronto convertido en el gabinete secreto de las novelas de Sade, no salían sino exhalaciones y afonía, masa de carne lastimada y sus erupciones sonoras. Por las propias novelas de Sade sabemos que hay quien disfruta de esa lengua triturada, de esos espasmos más allá de lo gutural que corresponden a los últimos movimientos de la vida.

            ¿Qué debíamos hacer?, ¿llamar a la policía?, ¿directamente a una ambulancia?, ¿ysi nos ganábamos un problema y más tarde nos perseguían las represalias? Quienesquiera que fuesen los participantes en esa saturnal de golpes, no les sería muy difícil atinar con el origen de la llamada de denuncia… Otra opción era salir a la calle a tocar el timbre en señal de advertencia, interrumpir, con una descarga eléctrica del exterior, el hechizo de vejación y muerte, esa continuación feral y adulta de El señor de las moscas, pero corríamos el riesgo de encontrarnos a los camorristas sonriendo en las escaleras, apostados en los pasillos como vigías de una tribu caníbal, a la espera de más víctimas sacrificiales. La sola idea de levantarse de la cama se antojaba comprometedora: cualquier rechinido de la duela nos delataría como testigos. Estábamos atrapados en una caja de música de horror.

            No hubo ningún llamado a parar, nadie allá abajo pidió clemencia por el cuerpo extenuado a causa de la paliza y acaso agonizante; simplemente los ruidos se detuvieron sin previo aviso, devorados por el silencio sobrecogedor de la madrugada. Nunca supimos qué fue del inquilino invisible, ni siquiera si había sido la víctima o el oficiante de la tortura nocturna. Un par de meses más tarde, como si nada, se mudaron al departamento nuevos vecinos. EP

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